Representaciones cotidianas del realismo sucio de Pedro Juan Gutiérrez: goce y agonía en la Habana

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Representaciones cotidianas del realismo sucio de Pedro Juan Gutiérrez: goce y agonía en la Habana

Resumen 

En esta breve reflexión se desarrolla algunas características de la narrativa del escritor cubano Pedro Juan Gutiérrez. Destacando aspectos como la recreación de situaciones límites, aspectos oscuros de los personajes y de su alter ego. Cuestión que guarda relación con la denominada “sombra”, utilizada en la perspectiva psicológica junguiana y con el estilo literario del “realismo sucio”. También, describir a través de los relatos de la colección Viejo Loco (2014) las constantes situaciones de goce y agonía, plasmadas en la trama de sus relatos. Inspirados y creados en el contexto de la crisis cubana de los 90 en la vida cotidiana de un barrio de Centro Habana.

Palabras clave: vida cotidiana, “realismo sucio”, Ciclo de Centro Habana, Pedro Juan, sombra, personalidad.

 

Abstract

In this brief consideration, some characteristics of the narrative of the Cuban writer Pedro Juan Gutiérrez are developed. Highlighting aspects such as the recreation of extreme situations, dark aspects of the characters and their alter ego, which is related to the so-called “shadow”, used in the Jungian psychological perspective and in the literary style of “dirty realism”. It also describes through the stories of the Viejo Loco collection (2014) the constant situations of pleasure and agony, embodied in the plot of their stories. Inspired and created in the context of the Cuban crisis of the 90s in the daily life of a neighborhood in Central Havana.

Keywords: daily life, “dirty realism”, cycle of Central Havana, Pedro Juan, shadow, personality.

 

Relaciones entre la psicología profunda y la literatura

El sociólogo Bernard Lahire al referirse a las relaciones entre la sociología y la literatura, expresa

lo fascinante y atractivo de la literatura es “[…] que da a leer escenas, experiencias intimas, racionamientos, acciones e interacciones que ningún sociólogo de la vida real podría hacer aparecer. Por más sutil que sea y por más presente que esté, el sociólogo-etnógrafo no puede acceder al ámbito mental de los actores que estudia”.[1] En efecto, el literato puede sumergirse en ámbitos íntimos, domésticos y anímicos de sus personajes, descubriendo zonas o estados psíquicos y situaciones límites que trastocan la tranquilidad de las convenciones instituidas del mundo social y nos acercan a los aspectos psicopatológicos de la individualidad. También, en su ejercicio narrativo nos ofrece un sentido particular de “[…] analizar las relaciones sociales o las experiencias socializadoras”[2] al mostrar una variedad de formas de sociabilidad, prácticas cotidianas y escenas de la vida social. Ambas cuestiones, resultan de capital interés para una sociología de la vida cotidiana y una psicología, interesadas en comprender los motivos íntimos que conllevan al “desprendimiento del Otro”,[3] y a indagar, una gama de experiencias y fenómenos llamados “patológicos” que revelan psicológicamente una tensión con aquello que desbasta, fragmenta o escinde.

En tal sentido, la literatura explora la “estructura poli-psíquica de la personalidad humana” (Lahire, 2000) reconociendo en la producción de personajes: desdoblamientos, multipersonalidades, discontinuidades psicológicas y afectivas como las descritas en la obra de R. L. Stevenson (1850-1894) El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde (1886) en donde se describen dos facetas o dualidades de la personalidad, una de exagerada rigidez, atareada por mantener una apariencia apacible y vigilante de sus obligaciones morales. Por otro lado, Hyde posee una personalidad oculta y perversa que emerge involuntariamente con una apariencia abyecta y monstruosa, carente de toda conciencia moral y entregada a las satisfacciones de los impulsos. Además, en la medida que el doctor Jekyll niega su personalidad opuesta, ésta retorna con un mayor poder y autonomía, paralizando cualquier posibilidad de integración.[4]

El tema del “otro yo” y de personajes que expresan una disociación fragmentaria de la personalidad nos conecta con contenidos y categorías de la psicología profunda como las empleadas por C. G. Jung de persona y sombra. En términos del psiquiatra suizo “[…] la figura de la sombra personifica todo lo que el sujeto no reconoce y lo que, sin embargo, una y otra vez le fuerza, directamente o indirectamente, así, por ejemplo, rasgos de carácter de valor inferior y demás tendencias irreconciliables”.[5] La sombra es representada como una personalidad o figura siniestra que generalmente desempeña en la vida individual “funciones inferiores oprimidas”[6] debido a un desarrollo unilateral de la personalidad. Esa “personalidad inferior” contiene lo aspectos negados en las convenciones y reglas de la vida consciente, originando una “grieta” en el sistema psíquico. Contrapuesta a la sombra, se encuentra la persona: “[…] es el vestido y el disfraz, la coraza y el uniforme en el cual, y tras el cual el individuo se oculta, harto a menudo no sólo ante el mundo, sino también ante sí mismo. Es la actitud tras la cual se disimula lo inestable e insostenible; la imagen válida tras la cual permanece invisible lo extraño y lo oscuro, lo desviado y lo misterioso conjugados con lo fantástico”.[7] Volviendo a la dualidad entre Dr. Jekyll y Mr. Hyde, el personaje del Dr. Jekyll encarnaría los caracteres del ideal de virtudes correspondiente a la noción de persona y Mr. Hyde el lado maleante que irrumpe autónomamente como un otro, ambos representarán los extremos de la escisión de la personalidad.

En tal sentido, la literatura por su carácter autobiográfico ofrece la posibilidad de examinar problemáticas generales de la naturaleza humana, en particular, los aspectos psicopatológicos, punto de partida de la psicología profunda. De hecho, algunas narrativas son el testimonio personal de experiencias extremas del sufrimiento y formas expresivas de comprender como nuestros comportamientos se desalinean de lo considerado “normal”. Exponiendo esas condiciones anímicas del alma extremis. En efecto, siguiendo a James Hillman “[…] entre las líneas de cada biografía y en las líneas de cada rostro podemos leer una lucha con el alcohol, con la desesperación suicida, con la espantosa ansiedad, con las obsesiones sexuales lascivas, con la crueldad, con las alucinaciones secretas o con los espiritualismos paranoicos”.[8] Tales existencias psicológicas enmarcan las realidades de emblemáticos personajes literarios. Un narrador que expresa con original estilo, la naturaleza psicológica de los personales y de las situaciones cotidianas es el cubano Pedro Juan Gutiérrez (Matanzas, 1950). En relación a su interés por la literatura responde: “[…] la literatura sirve para comprender un poquito mejor esta especie tan agresiva, violenta y depredadora a la que pertenecemos. Somos los animales más crueles y autodestructivos del planeta, pero nos complace creernos que somos buenos y santos. La literatura casi siempre nos coloca frente a frente y sin concesiones y sin blandenguerías”.[9] A continuación, procuraremos reflexionar sobre su narrativa enfocándonos en algunos de sus temas en relación al género del “realismo sucio” en su ciclo narrativo del Centro Habana.

WARDELL MILAN, “A LATE SUMMER’S NIGH (2017)

 

“Realismo sucio” y cotidianidad en Centro Habana”

Pedro Juan Gutiérrez es un reconocido exponente del denominado “realismo sucio”[10] por la crítica literaria, aunque el propio narrador en repetidas entrevistas ha manifestado un rechazo por las etiquetas. Reiterando que su narrativa no obedece a un proyecto intelectual, sino a una especie de catarsis y de relatos autobiográficos, sobre la realidad cotidiana de la ciudad de la Habana en los duros años de la era postsoviética, en la década de los 90 durante el llamado “periodo especial”. De ahí, la importancia que adquiere el contexto social de miseria en sus relatos y novelas recreando una imagen de Cuba contrapuesta a la publicitada por las agencias turísticas o la ideología progresista revolucionaria, sino ambientes y personajes desgarrados por una vida abrumada de carestía e inmersos cada día en estrategias de sobrevivencias y en vivencias repletas de picardías, sexo desenfrenado, perversiones, borracheras, desencantos y violencias como antídotos al desasosiego. Apartado de una posición política e ideológica panfletaria, narra las vicisitudes desde adentro de la “gente común” en la capital de Cuba.

A partir de la obra Trilogía sucia de la Habana publicada primeramente en España (1998) inicia el “Ciclo de Centro Habana”: El rey de la Habana (1999), Animal tropical (2000), El insaciable hombre araña (2002) y Carne de perro (2003). Tratan sobre una serie de relatos y novelas con un estilo cercano a lo testimonial, a la crónica periodística,[11] a la autobiografía, a una escritura minimalista y directa sin regodeos. A título personal ha confesado que desde la azotea de un edificio viejo de Centro Habana corroído por el tiempo y el deterioro extrae como un contemplador omnisciente, segmentos del material testimonial de sus relatos. “Mi cuarto está en un octavo piso. Es una azotea frente al mar. Y hay otros cuartos más. Gente como yo. O más pobres todavía y medio analfabetos. Bueno, eso es lo que tengo”.[12] Empleando como materia prima “[…] el efecto demoledor de la pobreza, la miseria y el hambre extrema tiene sobre la gente”, en los escenarios y cotidianidad de Centro Habana. De igual forma, su alter ego Pedro Juan (P.J.) recrea desvergonzadamente una sexualidad orgiástica e indómita que subsiste en medio de una realidad devastadora.

La profesora de literatura comparada Esther Whitfield (2008, 2010) analiza las conexiones entre el autor cubano y sus lectores y el contenido sexual expuesto, al referirse a la Trilogía sucia de la Habana, destaca que la fascinación generada obedece a que sumerge a los lectores a una especie de turismo de los bajos mundos, exponiendo una Habana arruinada, obscena y híper-sexualizada. Dentro de ese mundo relatado de exotismo y erotismo, el análisis de Jamie Fudacz (2010) exalta las prácticas sexuales del voyeurismo. En efecto, son numerosas las situaciones narradas, en las cuales, el personaje Pedro Juan contempla como un voyeur escenas lujuriosas en espacios públicos, y a su vez, en un acto de complicidad exhibicionista con los intemperantes, se masturba sin decoro. Fudacz señala que Gutiérrez, produce una relación entre el texto voyeurístico y el texto exhibicionista, “Mientras lee, el lector mismo está cometiendo un acto de voyerismo, y así comienza a identificarse con el narrador a pesar del disgusto que siente frente a las acciones suyas y los temas abyectos que elige describir”.[13] Además, se percibe en algunos relatos de Trilogía sucia de la Habana que las conexiones inherentes entre “las acciones de mostrar y ver”[14] dan posibilidad a que los placeres del voyeurismo y el exhibicionismo mostrado por Pedro Juan, suscite un goce cómplice que en lugar de separar como en un disfrute egoísta, recreen lazos sociales psicológicos y físicos. En la medida, en que los actos de voyeurismo y de exhibicionismo no son invasiones de la privacidad, sino de un modo u otro, se hacen partícipe de una comunidad de goce. “Así que un exhibicionista (y cada día hay más en los parques, en las guaguas, en los portales) cumple con una hermosa función social: erotizar a los transeúntes, sacarlos de su stress rutinario, y recordarles que, a pesar de todo, apenas somos unos animalitos primarios, simples, y frágiles”.[15] O sea, los personajes exhibicionistas, el voyeur (“mirahuecos”) y el “pajero” se convierten en los extremos generadores y conductores de vínculos sociales placenteros de la “comunidad emocional” evocada en las narraciones. Igualmente, el lector se hace copartícipe de esa comunidad al identificarse con el personaje voyeur.

Jamie Fudacz explora el contenido de lo erótico y lo exótico[16] en la obra de Gutiérrez. Asimismo, críticos como Dionisio Márquez Arreaza (2007), Pedro koo (2008), Matthew Edwards (2007) y Jorge Luis Torres (2018) entre otros, indagan sobre la temática de las identidades sexuales de los personajes y las representaciones de sus cuerpos-texto abyectos. También, su narrativa ha sido discutida dentro de los parámetros del realismo sucio, asociado a un estilo minimalista, con un lenguaje sexual explícito, personajes al margen de la normativa social (outsiders), situaciones violentas, una estética de lo abyecto, próximo a lo cotidiano y autobiográfico de escritores estadounidenses como Raymond Carver, John Fante, Charles Bukowski, Chuck Palahniuk entre otros.

En Latinoamérica, Teresa Basile señala que “[…] tal vez, sería necesario deslocalizar la etiqueta de realismo sucio de su anclaje en la tradición estadounidense, y relocalizarla en una genealogía latinoamericana”.[17] Propone que el lenguaje utilizado por esa narrativa, propio de una estética de los bajos fondos y escatológica, estigmatizada por los discursos higienistas y puritanos de políticas autoritarias de exclusión social, se convierte en un ingrediente crítico. En el caso de Gutiérrez, implica un cotejo con el discurso higienista de la revolución cubana en especial durante la década de los setenta. Igualmente, el “realismo sucio” latinoamericano ha sido relacionado con una “estética de la violencia”[18] reflejada en el género novelesco y cinematográfico en películas como Rata, ratones y rateros (1999), Amores perros (2000), Ciudad de Dios (2002), y la serie argentina El marginal (2016). Teniendo como centro escenas trágicas, correccionales, barrios marginales urbanos, personajes problemáticos y picarescos. Por otra parte, la narrativa de Pedro Juan, y en especial El rey de la Habana, lo asocian a la literatura picaresca tradicional[19] por la condición antiheroica, grotesca y pesimista de sus personajes.

Ahora bien, Gutiérrez tiene su propia concepción del “realismo sucio” al disertar sobre su novela Animal Tropical señala:

[…] yo creo que ese libro está dentro de una línea fuerte del realismo sucio, entendido como una manera de llegar siempre al límite de la literatura, al límite de los personajes, de no esconder nada de los personajes. Eso es lo que yo entiendo del realismo sucio. Hay quien cree que realismo sucio es hablar de la suciedad material que pueda haber en Centro de Habana o describir escenas sexuales.[20]

En tal sentido, Gutiérrez apuesta por una literatura que explora a través de los personajes aspectos que no solo tengan relación con el lado afable de la personalidad, o lo que la psicología analítica entiende como “persona”, la cual, implica la adaptación del individuo a las convenciones sociales y a las formas o máscaras como se presenta el individuo en lo social. En cambio, indaga sobre las “zonas pantanosas” del ser humano o aquellas vivencias y realidades, que preferimos no recordar o suprimir, aunque, en los subterfugios de la conciencia claman por expresarse, e ineludiblemente, nos acerca a una realidad más cercana a lo humano, y a su vez, más distanciadas de nuestras ennoblecidas seguridades idealizadas.

 

Relatos cotidianos: entre el goce y la agonía

Con la intención de recrear y reflexionar sobre algunos relatos que expresen el talante existencial y psicológico del Ciclo de Centro Habana, indagaré a modo de un ejercicio interpretativo el texto Viejo loco (2014), en el cual, se agrupan unos cuentos inéditos y otros de las ediciones de Trilogía sucia de la Habana (1998), El insaciable hombre araña (2002) y Carne de perro (2003). En los relatos narrados exploraré algunas formas como los personajes viven y encaran la miseria, los infortunios cotidianos y los fracasos existenciales.

Los primeros relatos son inéditos: Era un hombre decente, Viejo loco y Fuera de Control. El primer cuento acontece en un policlínico, Pedro Juan asiste a una cita médica. De repente, se encuentra a una señora que le recuerda una situación jocosa que vivieron. Tal encuentro, hace que la estadía en el espacio asistencial y su ambiente sea menos hostil. La señora interpela a P.J. a mirar indiscretamente en una rendija para observar el cadáver de su vecino. Una frase enunciada por la señora marcará la trama del relato: “era un hombre decente”. La señora cuenta con un estilo muy personal, la dramática vida del vecino difunto. Debido esencialmente al alcoholismo y a sucesos fatales como el abandono de sus hijas, el suicidio de su esposa, la soledad, la perdida de la cordura y el no sentir fuerzas vitales. Sin duda, el alcoholismo parece haber cumplido un papel relevante en afianzar la disolución de las relaciones con los otros y en corroer la condición anímica del vecino. En tal sentido, en el relato, el alcohol pierde ese carácter divino de propiciar un religar, sino por el contrario impulsa lo que Marion Woodman analista junguiana, al pensar las adicciones denomina un “ritual compulsivo”[21] que como un huracán atrae a su víctima y la lanza en la inconsciencia.

En el segundo cuento, Viejo loco, P. J. se confronta con las consecuencias inevitables del paso de los años: la senectud y la muerte de seres queridos. Los encuentros amorosos con una bella muchacha al susurrarle en un acto lujurioso: “¡Ayyy, viejo loco, viejo loco! ¡Ayyy, viejo loco, por Dios, qué es esto! ¡Viejo locoooooo! Me encabroné: ¡No me digas más viejo loco!”,[22] removieron en P. J. una herida narcisista. De vuelta a su casa, se confronta con su imagen en un espejo, y constata los signos del envejecimiento en su apariencia. Por otra parte, en un cuarto, yace su madre próxima a morir de una enfermedad terminal. Cuestión que le ocasiona un llanto. Situaciones límites como la eminente muerte y el envejecimiento son asentidas con una frase filosófica: “La vida es un rio que fluye, a veces turbio, a veces limpio y transparente”.[23] De algo estaba seguro P. J.: aceptar lo inevitable y alejarse lo más posible de la congoja.

En la narración Fuera de control se hace explícito la versatilidad o desdoblamiento del personaje P. J. Uno cegado por los impulsos llameantes del sexo y el alcohol en exceso, que lo precipitan a una próxima caída libre. Viviendo distanciado del amor, de la serenidad y de la paz interior. Sin embargo, coexiste otro P. J. que disfruta de la buena compañía, del silencio, de los recuerdos gratos, de la soledad apacible, de una bebida deleitosa y controlada, del encantamiento erótico y musical, ¿juegos de la personalidad del autor? En el relato, reconoce la existencia de “[…] diferentes P. J. que juegan a lo largo del día. Alternativamente. Siempre hay uno en escena. Los otros tras bambalinas esperan su turno pacientemente. A veces durante días. Es una sensación extraña, pero nada paranoica. No siempre soy el mismo”.[24] Por un lado, Gutiérrez nos revela los desdoblamientos psicológicos y afectivos experimentados a través de sus cambios de “humores” o saltos de carácter y sentimientos. Por otro, concede a los personajes narrativos una potencia, que arrastra, al autor a perder su voluntad. Desatándose los personajes con un carácter demoniaco incontrolable.

El relato El boxeador publicado anteriormente en El insaciable hombre araña (2002), surge en un ambiente playero, P. J. acompañado de su pareja, disfruta de los elementos naturales de la playa: el mar, el sol, la brisa fresca, la calma, nadar entre otros. Observa una familia, cercana a su estancia, ocupan un apetecible espacio a la sombra de un cocotero. Primeramente, su atención se vuelca en la mujer, joven, bonita, con una gran barriga, cabello corto y desaliñado. La acompaña su pareja, un moreno alto, delgado, muy hablador y escandaloso. También, tres niños varones de corta edad. P.J. los interpela al ver que recogen sus cosas, con la intención de ocupar el relevo en el espacio, comienza una conversación. Cuestión que permitió crear empatía con el tipo y detallar a la mujer, que podríamos caracterizar como una belleza salvaje, atractiva, con un profuso pelambre sobresaliente en algunas zonas corporales, mirada cautivante y con un vientre flácido. El hombre por su rostro, denota las marcas dejadas por la práctica del boxeo. Se trataba de Eliades Silva un expugilista fracasado, aparentaba mucho más de su edad. Por otro lado, él y la familia, evidenciaban los signos de la pobreza por sus aspectos y vestimentas. Además, el relato de Eliades del consumo de un pollo podrido por su ansiedad de comer carne y su trabajo forzado de cargar sacos de papas en un mercado, exponían las vicisitudes de la dura vida. La conversación terminó con un apretón de mano amistoso de Eliades a P.J. y la invitación a visitarlo en una cafetería abandonada de los padres de la mujer a pocos metros de la playa.

En un segundo momento, P.J. junto con su pareja visitan la cafetería abandonada, arruinada por el salitre y la desidia. Gutiérrez fiel al estilo narrativo de describir ambientes sórdidos del Ciclo de Centro Habana describe:

Me acerco a la puerta de la cafetería. No tiene cerradura. Dentro está oscuro. Meto la cabeza. Intento mirar. Hay peste a ratón muerto. El local es grandísimo, húmedo, cerrado y tenebroso. En el centro hay un charco de agua podrida. A la izquierda, encima de unos camastros y unas colchonetas, están los tres niños y Eliades. Duermen. Una vieja sucia está recostada en la pared, al fondo.[25]

Los padres de la mujer están sumidos en la miseria, convertidos en unos entes fantasmagóricos en medio de la cochambre. El exboxeador se encuentra resignado ante las penurias, frustrado por los escapes jubilosos de su mujer en la estadía de sus padres y ansioso por volver a la monotonía de la vida familiar. Al parecer, su único refugio ante la calamidad.

Gutiérrez nos muestra En la zona diabólica (2002), el barrio de su residencia, en donde el vicio es una virtud. Tal zona no escapa de la visita de predicadoras religiosas que buscan con su verbo, exponer las gratificaciones de la bondad divina con la esperanza de sumar a sus filas a un alma perdida. El desilusionado P. J. encuentra en la política y en la religión “ejes de poder” que cumplen la labor de manipular a sus fieles y servidores. Por otra parte, ante lo que podríamos llamar el infierno nuestro de cada día, identificado en el plano terrenal como los tormentos que acechan la vida cotidiana. En el caso de P.J. el alcoholismo, la lujuria, la sensación de nada que hacer y la miseria del ambiente. Apuesta por contemplar, reductos de la ciudad infernal de la Habana, que pudiera ser cualquier lugar en Latinoamérica: México, Medellín o Caracas entre otras. Todas exhiben y viven sus infiernos diarios a determinada escala.

En Caminando bajo los árboles, P. J. deambula por una zona tranquila de la Habana, se interesa por unas revistas y libros usados ofrecidos a la venta en una casa derruida por el tiempo. Al establecer comunicación con la vendedora, observa el lugar, “[…] todo estaba detenido en el tiempo, cochambroso y grasiento”.[26] Incluida la vendedora, una señora gorda solitaria acompañada de unos perros, al parecer no había salido por mucho tiempo de esa vieja casa, detenida en el tiempo desde unos 50 años. En una radio se escuchaba una novela, las paredes con afiches de películas de antaño, libros y revistas malgastadas, un pasillo oscuro y los objetos colmados de polvo y suciedad. Tal espacio sofocaba, al salir P. J. respira profundamente, en la calle sucede de golpe un accidente, un ciclista es golpeado por un carro, que se fuga. El infortunado quedó herido, lo auxiliaron, para trasladarlo a un lugar de atención médica. P. J. observa el charco de sangre y la bicicleta destruida, y cierra los ojos y respira profundamente. P. J. en medio de lo que acontece, en su transcurrir diario, nutre espiritualmente su cordura.

Ciertamente, en la narrativa de Gutiérrez sobre la Habana, el sexo (acompañado corrientemente de las 3 “p”: proxenetismo, prostitución y promiscuidad), las penurias cotidianas de los personajes y su alter ego en un contexto de pobreza son los motivos principales de sus tramas. Sin embargo, en ese ambiente sórdido-sexual-precario, subyace en sus escritos, una búsqueda espiritual inspirada en la escuela de la calle-vida. A criterio del autor cubano, se trata de disfrutar el día de hoy como venga. Todo es útil, aun lo que parece malo. Tal epígrafe de espiritualidad y sabiduría vivencial, es el antídoto que alivia las agonías de la vida cotidiana. En relatos como Nada heroico y El puñal chino (2002) recrea situaciones propias de la crisis en el “periodo especial” en Cuba, caracterizado por las vivencias de hambre, escases y el alto costo de la vida. “Todos los precios están disparados pa´ arriba: comida, ropa, zapatos. Todo, los precios de Japón y los salarios de Haití”.[27] Una estrategia de sobrevivencia es lanzarse al mar profundo en un bote inflable, durante la noche con la intensión de pescar. Siempre existirán los riesgos de ser arrollado por un buque gigante, ataques de tiburones y no pescar nada. Para eso, tomar las medidas apropiadas en la pesca y tener una actitud nada heroica. Por otra parte, la crisis al acelerar la pobreza y la desocupación laboral, mucha gente no tenía nada que hacer y algunos optaron por irse del país utilizando cualquier táctica y otros(as) quedando en una profundad soledad en un ambiente hostil. En tal panorama, las tragedias cotidianas se hacen más visibles y palpables, no hay maquillaje, el drama es representando sin camuflaje. La atención y el “asombro” de Gutiérrez, calca la fatalidad cotidiana. No obstante, en los sucesos contados por sus personajes extraídos de la cotidianidad, late la sospecha, que el drama vivido es superior a cualquier ficción, cada personaje es un explosivo de cruda realidad.

El mundo es muy peligroso es uno de los cuatros relatos tomados de Carne de perro. En dicha obra, como se expresa en la contraportada de la edición Anagrama (2003), el autor: “[…] intenta alejarse, escapar del desgarramiento y la locura cotidiana de una vida al borde del abismo. Pero a su alrededor todo retumba como un huracán tropical insaciable y voraz que desgasta y erosiona a nuestro hombre”. En el relato mencionado, nos muestra un personaje en la indigencia, abatido por el alcoholismo, deteriorado físicamente y mentalmente, marcado por la huella imborrable de la muerte imprevista de sus hijos por el ataque de tiburones. Además, P. J. representa en el relato un acompañante esporádico de la ruina del moribundo. Desde el primer momento, que lo auxilia de morir desangrado por las mordeduras de ratas y lo traslada a un hospital. Se recupera provisionalmente, pero luego en el desamparo de la calle, continua su trayecto agónico. P. J. lo aborda de nuevo, intenta establecer un dialogo, pero el solo responde cuando se le ofrecen tragos, las respuestas son solo recuerdos dolientes. Se tatúa rústicamente el nombre y la fecha de muerte de sus hijos. Al poco tiempo, aves carroñeras volaban en círculo, gente y la policía en el lugar del borrachito moribundo, yacía, su cadáver carcomido por las ratas y en estado de descomposición.

En Muñeca, P. J. intenta alejarse de su pesadumbre, explorando las experiencias vitales de un personaje femenino vigoroso. Muñeca es una mujer de sesenta y uno con un físico atractivo, en su época de moza, trabajó en un bar, era una de las más solicitadas y admirada por la clientela de hombres en su mayoría extranjeros, ávidos de aventuras exóticas-tropicales. Las vivencias referidas por muñeca de un tiempo que vivió, recrean parte de su estar-ahí en esa casa deteriorada, a la orilla del mar, en antaño un bar de chicas alegres y en la actualidad su vivienda, socavada por las indolencias del tiempo, por los vendavales y las inundaciones. La muñeca conserva esa belleza y vitalidad de tiempos pasados, y a su vez, acepta la dura realidad de la soledad y la pobreza de Antonia (su nombre) en el presente.

El relato Te pareces a Dick Tracy describe un flirteo de P. J. con una mujer con aire de serenidad-melancolía de nombre Lena en su espacio laboral. P.J. emprende su aventura de cautivador de mujeres, y mantiene la cautela de no precipitarse, ante la reserva de la dulce Lena. Al pasar pocos días, se consigue con la inesperada ausencia de la dulce mujer en su trabajo, había sido despedida. Sin un número telefónico o una dirección precisa, el entusiasmo por Lena, estaría llegando a su fin. No queda otra, volver a la oscuridad y al silencio de la calma-noche en soledad. Asentir las ausencias, en ocasiones producto del absurdo o del desencuentro con otros(as), para brincar ese cerco, y nadar al encuentro, otra vez de la aventura. El cuento Infiel hasta la muerte en una tónica existencialista algo similar, P.J. nada placenteramente a la orilla del mar y como un náufrago contempla a cierta distancia la aflicción de un hombre llorando, una vez en la arena camina y reflexiona, observa un preservativo usado carcomido por hormiga. Admite la necesidad de no pensar en nada, de ejercitarse en la nada. Luego, como una especie de sentencia reitera que “la vida es una comedia”.

GAVIN TURK, “DREAM MACHINE (2013)

Los relatos Cosas nuevas en mi vida, Las puertas de Dios y Salvación y perdición son tomados de Trilogía sucia de la Habana (1998). El primer texto del Ciclo de Centro Habana, nos muestra una serie de personaje anti-heroicos y situaciones límites, poco comunes a las representaciones de la Cuba revolucionaria: jineteras, transexuales, alcohólicos, rufianes, gente muy pobre, edificaciones arruinadas y sexo desenfrenado. Un cuadro característico de la Habana callejera en un barrio durante el “periodo especial” narrado con una dosis de turbación, goce y rebeldía. En el corto relato Cosas nuevas en mi vida, recrea una situación cotidiana de dos amigos de P.J. dispuestos a salir en balsa de Cuba. Los previene de los peligros y les deseó suerte en su proyecto. También, cuenta sobre un acto sexual, explicitando sin tapujos e hipocresías su concepción sobre el sexo: “[…] es un intercambio de líquidos, de fluidos, salivas, aliento y olores fuertes, orina, semen, mierda, sudor, microbios, bacterias. O no es. Si solo es ternura y espiritualidad etérea entonces se queda en una parodia estéril de lo que pudo ser. Nada”.[28] Por otro lado, P. J. se acostumbra a la situación de precariedad y escases existente con estoicismo y al estilo de un monje franciscano: a vivir casi sin nada.

En Las puertas de Dios inicialmente narra cómo su amigo extranjero (chicano) y P.J. son asechado por niños hambrientos, jineteros y jineteras jóvenes[29] en busca de obtener algunos dólares o comida. Tal escena, refleja la dimensión de la crisis vivida en la década de los noventa, ámbitos sociales como las condiciones económicas, la educación y la cultura parecen haber sufrido un profundo deterioro. En términos de Gutiérrez: “La miseria destruía todo y destruía a todos, por dentro y por fuera. Esta era la etapa del sálvese quien pueda, después de aquella otra del socialismo”.[30] En el recorrido nocturno de P.J. y el chicano presenciaron un apuñalamiento, al parecer un ajuste de cuentas, se encontraron con unos mexicanos que tenían la misión de predicar la palabra de Dios, convencidos de la necesidad de hacerlo en esas tierras de pecadores. Al regreso solo, P.J. por el Malecón, observa unas situaciones eróticas. Una pareja masturbándose recíprocamente, se entusiasmó y se masturbó, otro hacía lo mismo a cierta distancia y una mujer a la expectativa. De manera esporádica, se hacía participe de un grupo de voyeuristas y gozadores, ahuyentando de cierta manera, el desasosiego cotidiano.

Gutiérrez fiel a su intención de indagar sobre “[…] la oscuridad más profunda de los seres humanos. No me interesan las zonas iluminadas. No me interesa el lado bonito y simpático de la gente, el que todos mostramos satisfechos y sonrientes”.[31] Nos relata en el último cuento Salvación y perdición sobre un personaje poco llamativo. Un plomero dedicado por entero a su labor, desencantado del amor, sin grandes expectativas y distracciones. En uno de sus trabajos, se topa con una mujer negra, madura, hermosa que lo seduce, como recompensa y pago a su labor. Reacio a la proposición seductora, la diosa africana, lo avasalla con sus encantos físicos y eróticos. Su maestría en el acto sexual, hace que el hombre eyaculé rápidamente. El acto no cesa, como un animal descontrolado sin detener su pasión orgiástica, bofetea con fuerza a la mujer y la agarra del cuello, casi la horca. Se arrebata y dice: “¡Toma leche, puta, puta! Toma leche. ¿coge pinga, puta!”[32] Al terminar el acto, el hombre de espalda cansada, recibe los golpes y gritos de la mujer, reclamando por lo sucedido. Reacciona y la golpea con furia en el rostro, se retira y ella grita, llama la atención de los vecinos que se acercan. El plomero, ya en retirada, vuelve a su pequeño refugio doméstico, rodeado de herramientas y tubos oxidados. Desde hace tiempo, vive solo, no le interesa nada, con las mujeres siempre, le ocurría lo mismo, perdía la cordura y las golpeaba. Sus placeres eran simples: café, tabaco, el trabajo y reunir dinero. Ya nada lo salva y nada lo pierde.

 

Consideraciones finales

El escritor y artista plástico Pedro Juan Gutiérrez desde muy temprana edad, ha tenido que vérselas con dificultades. En su infancia, afrontó lo denominado en la actualidad como “trastorno del déficit de la atención”. Considera que la consecuencia más negativas “[…] no es la incapacidad de entender procesos lógicos, sino una autoestima mutilada y difícil de rehacer […] y lo bueno de este famoso trastorno es que, si bien no entiendes la lógica de nada, puedes resolverlo con intuición. La lógica se resuelve por pasos. La intuición por saltos, y así, es como he llegado a escribir y construir todo lo que he hecho”.[33] (Gutiérrez y Arriaga). Ciertamente, en cuanto a su narrativa, ha revelado que escribe más con “la intuición y con el corazón”.[34] También, por una necesidad personal de catarsis. De hecho, el primer texto del Ciclo de Centro Habana: Trilogía sucia de la Habana, fue escrito en un momento de crisis generalizada, en lo personal: un divorcio, separación de sus hijos, muerte del padre y amigos, salidas de amistades del país y la crisis del modelo político que había creído. A la par, en lo social, el impacto de la crisis económica en la Cuba de los noventa, conllevó a un deterioro de la calidad de vida y a la proliferación de “[…] fenómenos sociales como la prostitución, la mendicidad, el reajuste de los valores primando lo individual, y el incremento de actividades delictivas”.[35] En tal sentido, las obras de ese ciclo, reflejan ciertas vivencias o “porciones de la cotidianidad” propias de ese periodo y contexto social. Por eso, en términos del autor, los cuentos son tan duros, fueron una especie de terapéutica personal.

PEDRO JUAN GUTIÉRREZ

Ahora bien, el estilo autobiográfico y vivencial del autor, recrea una perspectiva narrativa de acercarse a lo cotidiano y a un universo marginal, en el cual, destacan, los personajes que viven el día a día con intensidad, porque no saben si tienen futuro: mendigos, jineteras, alcohólicos, niños hambrientos, personas sin nada que hacer, viviendo de la nostalgia y en situaciones de fracaso, entre otros. Sin olvidar, en términos del autor esas “zonas oscuras” o “pensamientos negros” que acompañan los dilemas existenciales de su alter ego, de los personajes y el carácter “ultrasexualista”[36] de las escenas narradas en algunos relatos. En otros términos, se trata de personajes anti-heroicos, que nunca aparecerán en los registros históricos de la nación o en las vallas turísticas publicitarias o de propaganda política gubernamental. Y que, de alguna manera, son parte de una memoria, que desea ser narrada sobre lo cotidiano.

Por otra parte, la narrativa de Gutiérrez realizada en medio de una crisis personal y social tremenda. Nos revela el potencial inherente a las formas expresivas del arte. De trazar brechas y salir del magma homogeneizador que paraliza toda capacidad creativa. De ahí, que el exponente cubano, conciba el beneficio del arte “[…] si es irreverente, atormentado, lleno de pesadillas y desespero. Solo un arte irritado, indecente, violento, grosero, puede mostrarnos la otra cara del mundo, la que nunca vemos o nunca queremos ver para evitarle molestia a nuestra conciencia”.[37] En tal sentido, el miedo y la impotencia, es lo peor que le puede ocurrir a las distintas variantes del arte o de la creación artística en sentido amplio. Por eso, la relevancia de encontrar vías expresivas, que canalicen nuestra ansiedad cotidiana, ante realidades enajenantes.

 

Bibliografía

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  8. Woodman, Marion, Adicción a la perfección, Luciérnaga, Barcelona, 2007.

 

Notas

[1] Lahire, Bernard, El espíritu sociológico, ed. cit., p. 169.
[2] Lahire, Bernard, Op. cit., p. 173.
[3] El sociólogo y psicoanalista Mario Elkin Ramírez (Ramírez Ortiz, Mario E., Aporías de la cultura contemporánea, ed. cit.) al analizar la situación de segregación social en la ciudad colombiana de Medellín de los sujetos bautizados como “desechables”: ladrones, prostitutas, locos, vagabundos, prófugos, drogadictos o mendigos que conforman de manera anónima la arquitectónica de la ciudad en las zonas oscuras, debajo de los puentes y en los parques públicos. Encuentra en sus historias particulares episodios marcados por una separación brutal de sus semejantes o por lo que denomina por la influencia del léxico de Jacques Lacan el “desprendimiento del Otro”. Debido a problemas familiares, situaciones de fracaso profesional, muerte de personas de las cuales dependían, la decepción de ideales, inflaciones a la ley, abandono afectivo entre otros.
[4] Stevenson traza premonitoriamente aspectos que serán profundizados por el psicoanálisis: “El hombre en realidad no es uno, sino que verdaderamente es dos porque el estado actual de mis conocimientos no va más allá. Otros vendrán, otros me superarán en el mismo campo y me atrevo a aventurar que llegarán a descubrirse en el hombre multitud de facetas incongruentes e independientes”. Stevenson, Dr. Jekyll y Mr. Hyde, ed. cit., p. 223.
[5] Jung, C.G., Recuerdos, sueños y pensamientos, ed. cit., p. 483
[6] Jung, C.G., Tipos psicológicos, ed. cit., p. 122.
[7] Neumann, Erich, Psicología profunda y nueva ética, ed. cit., p. 49.
[8] Hillman, James, Re-imaginando la psicología, ed. cit., p. 146.
[9] Pedrojuangutierrez.com/Entrevista_Es_odisea.htm
[10] “El Realismo sucio es algo más que un simple movimiento literario surgido en Estados Unidos y que se extendió en toda América Latina. Uno de sus autores, principalmente el que nos ocupa, Pedro Juan Gutiérrez, proyecta en sus libros una realidad contada desde el punto de vista más crudo del ser humano, puesto que el autor ha convivido con la pobreza y la animalidad, en un mundo violento, marginal y mezquino, de droga, sexo y de todo tipo de perversiones, es decir, de un auténtico Realismo sucio”. Arcos Pavón, María Esther, El realismo sucio en Pedro Juan Gutiérrez: Animal tropical, en https://cvc.cervantes.es/ensenanza/biblioteca_ele/publicaciones_centros/PDF/brasilia_2012/04_arcos.pdf, ed., cit., p. 22.
[11] Gutiérrez licenciado en periodismo, lo ejerció durante un tiempo. Cuestión que al parecer influyó en su prosa, en especial la crónica, género narrativo caracterizado por abocarse a la realidad de cada día, reunir historias, imágenes y personajes singulares de la cotidianidad. Constituyendo en términos de Carlos Monsiváis (1994) una “gran novela colectiva” sobre la historia de la vida cotidiana. Ver Carlos Monsiváis, Los mil y un velorios. Y sobre el género de la crónica: Bencomo, Anadeli, Entre héroes, fantasmas y apocalípticos. Testigos y paisajes en la crónica mexicana, ed. cit.
[12] Gutiérrez, Pedro Juan, “Anclado en tierra de nadie” en Trilogía sucia de la Habana, ed. cit., p. 67.
[13] https://www.academia.edu/25334453/Dossier_Literatura_sucia_Pedro_Juan_Guti%C3%A9rrez, p. 111.
[14] Ibidem, p. 112
[15] Gutiérrez, Pedro Juan, “Yo, revolcador de mierda” en Trilogía sucia de la Habana, ed. cit., pp. 101-102.
[16] El contenido de erotismo y exotismo en la narrativa de Gutiérrez es un aspecto que suscita gran interés, en especial, en el mercado editorial europeo. Un aspecto llamativo de lo que llama Esther Whitfield (2010) la “sexualización de la Habana” en la obra de Gutiérrez se refleja en las representaciones de las portadas de las ediciones europeas de la Trilogía sucia de la Habana. Como muestra, la portada del libro Bruna trylogie o Hawanie editada en Varsovia en el 2004.
[17] https://www.academia.edu/25334453/Dossier_Literatura_sucia_Pedro_Juan_Guti%C3%A9rrez, p. 117.
[18] Birkenmaier, Anke, “El realismo sucio en América Latina. Reflexiones a partir de Pedro Juan Gutiérrez”. Consultado el 27 de mayo de 2019, http://www.pedrojuangutierrez.com/Ensayos_ensayos_Anke%20Birkenmaier.htm
[19] En cuanto a la literatura picaresca Ramón Ordaz la relaciona a una “[…] literatura política, entendida ésta como la posición disidente […] A partir del travieso personaje se mueve toda una maquinaria de pensamiento que juzga y sentencia las costumbres de un período histórico”. Ordaz, Ramón, El pícaro en la literatura iberoamericana, ed. cit., p.139. El autor realiza un análisis ilustrativo entre la picaresca de la literatura tradicional española y la iberoamericana, reflexionando sobre las transformaciones del personaje del pícaro.
[20] http://www.pedrojuangutierrez.com/Entrevista_ES_Librusa.htm
[21] Woodman, Marion, Adicción a la perfección, ed. cit., p. 51.
[22] Gutiérrez, Pedro Juan, Viejo Loco, ed. cit., p. 14.
[23] Ibidem, p. 15.
[24] Ibidem, p. 26.
[25] Ibidem, pp. 39-40.
[26] Ibidem, p. 59.
[27] Ibidem, p. 64.
[28] Ibidem, p. 125.
[29] “El negocio de prostituirse tomó impulso en la década de los noventa […] El gobierno castiga con pérdida de vivienda a quien sorprenda vendiéndose, ha perseguido a las jineteras con redadas masivas que, como la de 1995, fue célebre. Según el escritor Amir Valle, autor del libro Las jineteras, aquel año cayeron doce mil mujeres, las cuales el 20% eran menores de edad” Samper Ospina, Daniel, “La Habana en una jinetera” en Soho crónicas, ed. cit., p. 354.
[30] Gutiérrez, Pedro Juan, Viejo Loco, ed. cit., p. 127.
[31] Ibidem, p. 6.
[32] Ibidem, p. 140.
[33] Gutiérrez, P. J. y Arriaga, G., “Diálogo con mí sombra (apéndice)”, en Todo sobre Pedro Juan. Consultado el 12 de junio de 2019, pedrojuangutierrez.com/prosa_dialogo%20mi%20sombra%20ES%20(dialogo%20Arriaga).htm
[34] Gutiérrez, Pedro Juan, Viejo Loco, ed. cit., p. 6.
[35]Miranda Parrondo, Patricia de, y Tabraue Castro, Carlos J., “Impacto social de la crisis económica en la cuba de los noventa”. Consultado el 12 de enero de 2020, http://lasa.international.pitt.edu/Lasa2000/PDeMiranda.pdf
[36] Término utilizado por el escritor Leopold von Sacher Masoch (1835-1895) en La venus de las pieles (1870) con la intención de connotar en la narración a los objetos, personajes, situaciones y a los mismos diálogos de sensualidad.
[37] Gutiérrez, Pedro Juan, “Yo, revolcador de mierda” en Trilogía sucia de la Habana, ed., cit., p. 105.

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