Habitar la guerra. Filosofía del urbicidio

Fotografía de Oliver Weiken, (2014)

Resumen

¿Cómo es posible la guerra en nuestros días?, ¿cuál es la relación de la guerra con nuestras ciudades?, ¿qué ciudades nos esperan en un contexto bélico mundial? El presente escrito problematiza estas cuestiones a partir de una mirada espacial sobre el fenómeno social de la guerra en entornos urbanos. Se parte de la hipótesis de que la guerra en tanto que práctica espacial vinculada a la violencia, transforma física y perceptualmente las ciudades. Estableciendo con ello una postura interdependiente entre espacio urbano y violencia bélica. El resultado se evidencia en el concepto de urbicidio (bélico) que ayuda a comprender que una guerra es en principio urbicida por tener a la ciudad como objetivo de daño.

Palabras clave: ciudad, destrucción, guerra, urbe, urbicidio bélico, violencia.

 

Abstract

How is war even possible in our times? What is the relationship between war and our cities? And what kind of cities await us in a global war context? This paper problematizes these questions adopting a spatial approach to the social phenomenon of war in urban environments. It is based on the hypothesis that war, as a spatial practice linked to violence, physically and perceptually transforms cities. In doing so, it establishes an interdependent position between urban space and war violence. The result is evidenced in the concept of urbicide, which helps to understand that a war is in principle urbicide because the city is the target of damage.

Keywords: city, destruction, war, urban space, urbicide, violence.

 

Toda guerra implica un proceso de destrucción. Es un ejercicio de violencia que destruye cuerpos, vidas, hábitats y ciudades. En las definiciones clásicas, como la de Clausewitz, la guerra es en principio sangrienta, es decir, su objetivo es la muerte colectiva de los otros.[1] También es un ejercicio de violencia que, a lo largo de la historia, ha cambiado en sus dinámicas de daño y crueldad. Como fenómeno social cambia en función de sus objetivos: pueblos, Estados, gobiernos, motines, prestigio, hegemonía y poder. Pese a la metamorfosis de sus objetivos permanece una constante: las ciudades.

 

La guerra es históricamente un ejercicio urbicida. Muestra de esto es que los espacios urbanos han sido, desde las guerras antiguas, objetivos o blancos a vencer en las contiendas bélicas. De ello dan cuenta los vestigios y testimonios que muestran que hubo ciudades sitiadas, arruinadas, saqueadas, tomadas, devastadas o reducidas a escombros: víctimas de guerra.

 

En ese sentido, el presente escrito muestra la relación entre guerra y urbe en un acontecimiento más general como lo es el urbicidio bélico. Este problema se reflexiona desde un enfoque filosófico con aportes del urbanismo y la polemología (o ciencia de la guerra). Primeramente, nos preguntamos: ¿qué es la guerra?, ¿qué es la urbe?, ¿cuál es la relación entre guerra y ciudad? y ¿por qué pensar en una filosofía de la guerra y la ciudad? La guerra se define como un ejercicio de violencia caracterizada por el homicidio y la destrucción en dimensiones colectivas. Tiene la cualidad de desarrollarse competitivamente entre un bando y otro.[2] Además, es un ejercicio de violencia física en tanto que destruye cuerpos físicos, es decir, atenta contra la materialidad de sus víctimas. En el lenguaje común, o coloquial, a veces suele confundirse con otras formas de competencia. Ejemplo de esto es la Guerra Fría que, más bien, es una competencia ideológica, o la Guerra Comercial entre Estados Unidos y China, que se trata de una competencia comercial. En suma, la guerra a la que nos referimos tiene que ser sangrienta o dañina para los actores que involucra.

 

Ahora bien, ¿por qué la guerra es un asunto de ciudades? Como se había dicho al principio, las ciudades han sido objetivos de guerra, sin embargo, la forma de destruirlas no ha sido la misma en todos los momentos de la historia. Cada ciudad supone, por su diversidad y particularidad, una forma de destrucción específica. En la Antigüedad, cuando la guerra se hacía de manera horizontal, es decir, cuerpo a cuerpo y de frente, las ciudades estaban alejadas de la zona de batalla. Era la época de las batallas campales. No obstante, el objetivo continuaba siendo la ciudad, después de ganar la batalla había que tomarla. Frente a esto, la ciudad requiere de cierta protección que se materializa en forma de murallas. El paradigma de la ciudad amurallada nace gracias a la guerra. Se hacen cada vez más fuertes y altas frente a catapultas y, posteriormente, explosivos de pólvora que intentan penetrarla.[3]

 

Estos contextos muestran que la ciudad se construye en función de la guerra. En tanto que es una práctica espacial, la violencia es un ejercicio que configura ciertos espacios. Según Lefebvre,[4] las prácticas espaciales —que son al mismo tiempo prácticas sociales— marcan, configuran, construyen o destruyen espacios. Como resultado, el espacio toma la forma de sus prácticas. Habrá que pensar que la guerra es una práctica que moldea el espacio donde se ejecuta: la ciudad. De ahí que el ejemplo de las murallas tan solo sea uno más entre otros en la historia: trincheras, sótanos, refugios, resguardos, túneles, bunkers, etcétera. Aparecen representaciones del espacio que hacen referencia a las prácticas hostiles que se avecinan. Son “[…] representaciones del espacio, que se vinculan a las relaciones de producción, al orden que imponen y, de ese modo, a los conocimientos, signos, códigos y relaciones frontales”.[5] Habrá que entender que el orden hace referencia a un modo de configuración espacial, en este caso en función de las dinámicas de guerra.

 

Tejer este puente teórico entre las prácticas sociales (violentas) y la producción del espacio urbano permite comprender cómo se dan las afectaciones físicas que sufre la ciudad. Parece entonces que un espacio se define por sus prácticas. En la historia tenemos a la ciudad agrícola (de las primeras civilizaciones sedentarias), la ciudad comercial (en puertos y puntos estratégicos), la ciudad sagrada (como puntos religiosos),[6] hasta las recientes ciudades industriales y financieras. Con este antecedente estamos en condiciones de pensar una ciudad hecha, paradójicamente, de guerra. Una ciudad configurada por prácticas bélicas que dan origen a pensar ¿qué es la ciudad ante la violencia? ¿Es posible la vida urbana ante la violencia de la guerra?

 

La relación entre guerra y ciudad es más evidente en los urbicidios bélicos de la edad contemporánea. Después del crecimiento demográfico acelerado que trajo consigo la Revolución Industrial, la proliferación de ciudades en los Estados nación modernos instauró una edificación de las ciudades sin murallas. La guerra ya no era una actividad tan constante como en tiempos pasados. Sin embargo, el cambio a la actividad industrial no mitigó las posibles hostilidades, por el contrario, las sistematizó. Al menos en Europa, centro de la Primera y Segunda Guerra Mundial, la actividad bélica adquirió un sentido industrial. La producción sistemática y organizada de armas se tradujo en producción de muerte y destrucción masiva. Era el momento en el que a las principales ciudades europeas se les atacaba desde el aire: tanto bombardeos aéreos a centros urbanos, como el desarrollo y lanzamientos de las primeras bombas nucleares en las ciudades de Hiroshima y Nagasaki.

 

En tal contexto, al paradigma de las Guerras Mundiales del siglo XX se le ha agrupado como una Guerra Total.[7] Una guerra en la que las reglas comunes de guerra clásica comienzan a romperse. Por ejemplo, es de las primeras ocasiones en las que los ataques se realizan de noche, como pudo verse en la Guerra relámpago (Blitzkreig) del bombardeo nazi a Londres. También es el momento en el que se rompe la geometría clásica que operaba de manera horizontal: con los bombardeos aéreos, ataques submarinos, campos de concentración, campos minados, túneles y fosas comunes, comienza a notarse la relevancia vertical del escenario de guerra. Las ciudades víctimas de estrategias beligerantes comienzan, como en una maqueta, a visualizarse en un horizontal y vertical volumen del terror que va más allá de la superficie de la tierra. Ahora abarca el aire y la profundidad del suelo.

 

Arquitecturas bélicas

 

Así se configura una arquitectura del terror cuyo propósito es contrario al tradicional: el diseño de la destrucción de una ciudad. La arquitectura, en tanto que arte, ha tenido una función doble, tanto en el embellecimiento del espacio como en la generación de albergues de vida. Es de las pocas disciplinas artísticas a las cuales se les puede adjudicar una función de uso más allá de la estética. Quizá por ello es una de las artes más antiguas, pues, desde el acondicionamiento de una cueva, la choza más rudimentaria o cualquier construcción vernácula resultaba necesaria para el refugio o albergue de los habitantes. Las edificaciones suponen cierta protección a la vida. Un edificio o una casa implica un domo que otorga protección y marca la diferencia con el resto del espacio ante la intemperie. Se trata de un cuerpo construido que protege, a los cuerpos que alberga, del clima: el viento, el sol, la lluvia, etcétera.

 

Por otro lado, las edificaciones son construcciones producto de nuestras relaciones. Son evidencia de nuestra relación en común y, al mismo, tiempo procuran y cuidan las relaciones. Pero, ¿sin edificios no hay relación?, ¿qué tipo de relación protegen? Los edificios de la ciudad, la relación que guardan entre ellos, las calles que los separan y la forma en la que están puestos en el espacio, son muestra de la extensión material de las relaciones de los habitantes. Quien habita necesita un hábitat, natural o construido. En el caso del ser humano, nuestro hábitat se construye, es dinámico y requiere de cierto mantenimiento. Pero habitar no es solamente sobrevivir en el espacio. Habitar implica una apropiación y construcción constante, una manera de hacerlo habitual. Una manera de hacerse uno, una unidad con el hábitat. La construcción de una ciudad edificada es, entonces, muestra material tanto de la apropiación del espacio como de la protección ante la intemperie y de las relaciones que lo han hecho posible, que lo han con-struido.

 

La urbe, llámese polis, ciudad, metrópolis o megalópolis, o cualquier forma de urbanización supone una articulación de cuerpos. La urbe es obra de comunidad; obra en común realización, constantemente construida, constantemente habitada. Por ello, una urbanización articula a aquellos cuerpos que la habitan, y, más aún, existe en función de dicha articulación. Según Cerdà lo que caracteriza a la urbe es que sus elementos actúan de manera interdependiente, precisamente porque están articulados y ejercen “[…] uno sobre otro una acción muy directa, están en contante relación y forman, en consecuencia, una unidad”.[8] De ahí la relevancia de una de las obras pilares de un hábitat común.

 

Ahora bien, si la urbe es la obra de la comunidad, el urbicidio sería su desobra, el resultado de una comunidad desobrada, obra de la comunidad para la muerte, siguiendo a Nancy.[9] La destrucción de la gran obra de nuestra comunidad de habitantes. Pero, ¿qué es exactamente el urbicidio? ¿Cuándo se dice que una ciudad está muerta? Conceptualmente, urbicidio permite comprender una afectación a la ciudad como conjunto o unidad. Hace ver que existen afectaciones de gran magnitud, o intensidad, que llegan a afectar al resto de una ciudad.

 

Específicamente en un urbicido bélico, los ataques a la ciudad parecen acontecimientos aislados en puntos estratégicos, sin embargo, cuando la recurrencia es mayor, dichos ataques representan una afectación total a la ciudad. El daño irradia al resto del espacio urbano hasta que se logra poner en crisis su funcionamiento. El término urbicidio se ha usado para mostrar que ciertas afectaciones a la ciudad pueden llevarla al colapso. Algunos autores indican que puede acontecer por razones económicas, como en el caso de la gentrificación donde la forma de una ciudad original se ha dejado atrás por el desarrollo económico, o como en el caso de algunos monumentos que se han derrumbado y que han dejado de representar el tiempo de una ciudad.[10] Pero el más evidente, debido a sus causas violentas y hostiles, es el urbicidio por causas bélicas. Un acto intencionado por el deliberado ejercicio de violencia que ejerce en dimensiones colectivas. También porque dicha operación muestra evidentemente un daño a un objetivo concreto: la ciudad en la complejidad de sus calles, la solidez de sus edificios y la vida en común de sus habitantes.

 

Los actos de violencia vinculados a la guerra tienen como objetivo el daño al espacio urbano. Pero ¿cómo es posible dañar el espacio?, ¿por qué se dice que un espacio se destruye? Cuando hablamos de urbe o urbicidio lo hacemos desde una perspectiva corpocéntrica, es decir, enfocándonos en cuerpos que van más allá del cuerpo humano. Si bien pensamos en cuerpos humanos, no humanos, animales, monumentos, edificios, plantas, etcétera, lo más relevante no son estos cuerpos en sí mismos, sino la manera en que se relacionan. Es decir, aquello que se destruye con un urbicidio es un cuerpo, sí, pero también la relación de este con el resto de la urbe. Lo que se destruye es un espacio relacional. No se trata de la destrucción abstracta del espacio ni de la dimensión mesurable geométricamente. Empero, se destruyen cuerpos y, con ello, la relación material que mantenían.

 

Una guerra consuma un urbicidio cuando logra, por medio de su violencia, desarticular la relación que mantenían sus habitantes, entre ellos y con su propio hábitat. El daño es triple: a) el daño físico en la destrucción de edificios, que inhibe las condiciones de habitabilidad; b) la desarticulación de la comunidad, en la medida en que el espacio que permitía y sostenía cualquier tipo de relación ya no está; y c) una afectación ontológica y metafísica cuando una vez destruida la ciudad, caen también los elementos que otorgaban cierto sentido, dirección y referencialidad en el espacio habitado. Esta última idea nos lleva a decir que, a partir de la desaparición de ciertos espacios de vida, se derrumba la posibilidad de proyectar un mundo. Es decir, caen, junto con los escombros de una ciudad, los sentidos de vida y el sentido que tiene un sitio en el espacio urbano.

 

Llegado este punto nos preguntamos ¿cuáles son las condiciones propicias para habitar un espacio? Después de una argumentación sobre el urbicidio, la cuestión anterior sugiere, lamentablemente, que este acontecimiento de violencia revela lo qué es la ciudad. Ayuda a definirla por aquello que se le daña. Entiéndase que urbe no es únicamente la dimensión social y/o política presentada por sus habitantes. Ni tampoco se trata de su dimensión monumental, sus edificios, calles y parques. Más bien, se trata de la articulación de estos elementos. La relevancia de una ciudad radica en la calidad de las relaciones que es capaz de articular. La guerra intenta romper dicha relación mediante la destrucción del espacio.

 

A la vez, la guerra configura, como toda práctica espacial, un espacio. Es común que las prácticas espacio sociales se piensen de manera constructivas, o sea, con una visión positiva. Las prácticas producen espacio, eso es lo que sabemos con Lefebvre desde el siglo pasado. La potencialidad de las prácticas espaciales es capaz de generar espacios (espacios de representación).[11] ¿Cuál es el espacio de representación generado por prácticas bélicas? De manera inversa a los procesos habituales de construcción del espacio existen dinámicas que desproducen el espacio. Que no tienen una visión positiva, por el contrario, resulta negativa y destructiva. Tan es así que estas prácticas están vinculadas a un proceso de producción destructiva del espacio. Al destruir producen paradójicamente espacios de destrucción. Una ciudad devastada, reducida a los escombros, un monumento arruinado por el bombardeo, o una urbe barrida y hecha cenizas son ejemplos de esta visión destructiva del espacio. Decimos producción porque, en el caso de la guerra, no es el azar, la naturaleza o el tiempo lo que han derrumbado la obra urbana.[12] Más bien, han sido el ingenio y la fuerza humana los que, estratégicamente, han diseñado y planeado la aniquilación urbana de una ciudad y, con ello, la destrucción de las condiciones de vida.

 

Después de las sistemáticas y destructivas Guerras Mundiales del siglo XX, sucedieron una serie de conflictos que cambiaron la forma de hacer la guerra. Ciudad y guerra son dos asuntos que cambian constantemente. Si se hiciera una historia de la relación entre guerra y ciudad podría verse que una cambia en función de la otra. Cambia la ciudad y cambia con ella la manera de atacarla, así como cambia la guerra y nacen maneras de proteger la ciudad. Desde que las murallas que la protegían han desaparecido, ante ataques aéreos que las hacían innecesarias, aparecen otro tipo de barreras que van más allá de lo físico. Ejemplo de esto son los llamados tratados de paz, acuerdos, desarmes nucleares, entre otras formas de blindajes diplomáticos que han tratado, desde el derecho internacional, de mitigar y prevenir otra posible catástrofe bélica. Cabe señalar que dichas políticas se aplican después de las guerras destructivas de la primera mitad del siglo XX, en el contexto de la mal llamada Guerra Fría que auguraba el peligro de una guerra nuclear con tensión apocalíptica.

 

Sin embargo, estas dinámicas pacifistas parecen no eliminar la hostilidad global. Esta última se traduce en el esfuerzo por ingeniar estrategias y operaciones de guerra que puedan eludir o burlar las restricciones y sanciones del derecho internacional. Aunado a esto se encuentra la creciente virtualidad y mediatización global que instaura el juicio moral de la opinión pública. Si se quiere hacer la guerra después de la creación de la Organización de las Naciones Unidas, habrá que preguntarse ¿cómo operar bélicamente o cómo generar contextos bélicos para dañar al oponente sin caer en sanciones jurídicas o el peso de la opinión pública?

 

El resultado fueron las guerras desde Vietnam, pasando por el Golfo Pérsico, Irak, Afganistán, Palestina hasta la actual Ucrania, que nos permiten cuestionar ¿cuál ha sido el paradigma de hostilidad que permanece como para que después de las lamentables consecuencias de la Segunda Guerra se continúe haciendo la guerra? Como se puede ver, la diplomacia internacional no logró terminar con este arquetipo de violencia. Más bien, fue la guerra la que comenzó a generar sus propios espacios de operación.

 

¿Cómo es posible la guerra en nuestros días? La separación de un área específica, o campo de batalla, de las ciudades había mantenido cierto margen de seguridad para los habitantes civiles. Pero, con la llegada de la guerra a las ciudades desde el siglo XX, era evidente que el campo de batalla ahora era la ciudad. No solo como objetivo a destruir sino como escenario de operaciones beligerantes. Se había consumado el momento de la guerra urbana y, con ello, se inauguraba una época caracterizada por una sociedad global con mayor acceso a la información mediática, con cierta hegemonía mundial, diplomática y políticamente correcta, pero incapaz de detener las hostilidades bélicas.

 

La guerra urbana es el ejemplo posmoderno de la violencia. La “[…] última forma posmoderna de guerra”.[13] Se trata de una dinámica de violencia que utiliza y opera sobre contextos urbanos complejos, se ajusta a ellos y los ajusta simultáneamente a través de su intervención. Aprovecha el anonimato de la ciudad para camuflar a sus actores. Con ello se hace notar de nuevo cómo ciudad y guerra se ajustan y se relacionan casi de manera interdependiente. Los resultados son ciudades hechas, paradójicamente, de guerra; donde las prácticas bélicas hacen aparecer no una ciudad para la vida, sino de muerte y destrucción. En este sentido, también se sugiere una interpretación distinta del espacio urbano. Para el urbicida la urbe no es ya un espacio solamente de vida y de refugio, es el entorno idóneo para su operación bélica. Donde aparece, ya sea como un plano de coordenadas y vectores de puntos estratégicos a destruir, o como el espacio materia prima para diseñar un campo de batalla. Una destrucción por diseño usada en los años más recientes por el ejército de Israel sobre la zona de Palestina, en la que parece que se preparaba un escenario beligerante. Para la década de 1960 se habían instalado antenas de comunicación, construido túneles de drenaje, mismas infraestructuras que servirían para establecer comunicación militar por medios telemáticos y transporte de armas y municiones, además de los campos minados.[14] Frente a esto se establecen campos de refugiados y comienza un éxodo de personas que huyen de la violencia. Otros, por su parte, intentan formar parte de la milicia no adiestrada, configurándose como terroristas o militares improvisados.

 

Como se puede ver, el diseño de la guerra configura las nuevas formas de una ciudad bélica. Estamos ante una guerra que toma a las ciudades y las convierte en escenarios hostiles. Si bien toda guerra parece, en principio, urbicida, es notable que esta característica se acentúa con la aniquilación y devastación de ciudades como vimos en el siglo pasado. Pero, aún más, en la configuración de la guerra urbana o guerra híbrida que no aniquila el espacio físico de la ciudad, más bien lo sostiene como un elemento de guerra. Por otro lado, la guerra urbana tiene la característica de ser menos ostentosa, mediáticamente menos sonada, pero mucho más sangrienta y destructiva. Opera bajo un principio de proporcionalidad entre la intensidad del daño y la recurrencia en el tiempo. Guerras tan largas como la de Afganistán (2001-2021) lo evidencian mejor, donde parece que el daño no es tan intenso pero la permanencia de la guerra es mayor, siendo esta ejemplo de una de las guerras más largas de la época contemporánea. Según Weizman “[…] cuanto más bajo se cree que es el umbral de la violencia de ciertos medios, más frecuentemente son aplicados”.[15]

 

Lo anterior es muestra de un paradigma de la repetición que muestra formas de operación constantes, pero al mismo tiempo distintas. Si se sigue la lógica de Lefebvre sobre la producción del espacio, estamos ante un proceso de producción (evidentemente violento) que enfocaría estrategias y maquinaria (armas de destrucción) en la repetición de actos de guerra que harían de la ciudad un producto de guerra. Es producto porque, al final de la contienda, lo que queda es un espacio homogéneo, reducido a la indiferencia de los escombros. En donde parece que todo es estéril e inhóspito y, por lo tanto, reconstruible, es decir, un producto.[16]

 

Estamos ante casos de ciudades que han sido modificadas por estrategias de guerra. En la guerra urbana ya no estamos ante los tradicionales enfrentamientos entre bandos. Aparece otra dinámica que tiene que ver con la guerra de operaciones especiales. Una forma de idear las estrategias puntuales con mejor gestión del daño y, económicamente, más rentables. Ejemplo de esto son los asaltos enjambre, nutridos a partir de la experiencia de la Guerra de Vietnam por parte de las guerrillas, aprendida por el ejército estadounidense y perfeccionada y aplicada por el israelí en la guerra contra Palestina. El asalto enjambre consistía en una destrucción de viviendas de la ciudad, avanzando a través de los muros[17] en lugar de las calles. Dicha táctica suponía una reinterpretación del espacio urbano que daba lugar a difuminar la diferencia entre el espacio público y privado. En la guerra urbana hay una nueva interpretación del espacio. Este, como cualquier otra fuente de simbolismo, es interpretable y, al mismo tiempo, reinterpretable. Lo que nos muestra este paradigma de guerra urbicida es que el espacio se interpreta en función de los intereses, en este caso, beligerantes de los estrategas.

 

Ahora bien, ¿cuál es el rumbo de la guerra en nuestros días? Vimos cómo la guerra afecta a las ciudades físicamente, pero, frente a la nueva configuración global de la ciudad, ¿qué tipo de guerra aparece? Vivimos una era global en el que los espacios urbanos parecen interconectados. La ciudad global, como la llama Saskia Sassen,[18] exige a la guerra un ejercicio localizado, otros modos de operación. Una ciudad es global porque conecta con otras ciudades mediante características similares, sobre todo económicas: el comercio, las finanzas o la migración. Aunado a eso es innegable el contexto virtual y los nuevos espacios que suponen, y que permiten otra forma de práctica espacial que la guerra parece incorporar. La apertura de la comunicación en las redes sociales, el control remoto de drones de guerra, la lucha por la hegemonía de la información, seguida del peso de la opinión pública, hacen del ejercicio bélico una dinámica compleja en la que la ambigüedad de espacios y actores es mayor. Las preguntas que nos quedan son ¿cómo se legitima una guerra?, ¿qué tan pertinente es declarar una guerra?, ¿cuál es la ciudad que nos queda en un mundo constantemente amenazado por la destrucción bélica?

 

La historia de la guerra después de la Segunda Guerra Mundial parecía tener un rumbo flagrante con providencia apocalíptica nuclear. Lo cierto es que las guerras que le sucedieron indican que la hostilidad bélica logrará mermar nuestras condiciones de vida, nuestras condiciones de habitabilidad sin necesariamente desaparecerlas. Haciendo de nuestras ciudades lugares irremediablemente inhóspitos en los que la vida se reduce a la mera adaptación y sobrevivencia.

 

Bibliografía

  1. Aguirre Moreno, Arturo, Giovanni Perea Tinajero y Eduardo Y. Baez Gil, Filosofía de la ciudad herida, Buenos Aires, Biblos, 2021.
  2. Bouthoul, Gaston, Ganar la paz, evitar la guerra, Barcelona, Plaza & Janes, S. A. Editores, 1970.
  3. Cerdà, Ildefonso, Teoría general de la urbanización, y aplicación de sus principios y doctrinas a la reforma y ensanche de Barcelona, Madrid, Imprenta española, 1867.
  4. Fraga Iribarne, Manuel y José Yanguas Messia, La guerra y la teoría del conflicto social, Madrid, Gráficas Uguina, 1962.
  5. Keegan, John, Historia de la guerra, Madrid, Turner publicaciones, 2014.
  6. Lefebvre, Henri, La producción del espacio, Madrid, Capitan Swing, 2013.
  7. Nancy, Jean-Luc, La comunidad desobrada, Buenos Aires, Arena Libros, 2003.
  8. Sassen, Saskia, Global Networks, Linked Cities, Nueva York, Routledge, 2002.
  9. Toynbee, Arnold, Ciudades en Marcha, Madrid, Alianza Editorial, 1971.
  10. Weizman, Eyal, Hollow Land. Israel´s Architecture of Occupation, Londres, Verso, 2007.
  11. Weizman, Eyal, A través de los muros: cómo el ejército israelí se apropió de la teoría crítica posmoderna y reinventó la guerra urbana, Madrid, Errata Naturae, 2012.

 

Notas
[1] Clausewitz, K., apud Bouthoul, G., Ganar la paz, evitar la guerra, ed. cit., p. 22.
[2] Ibid., p. 351.
[3] Véase Keegan, J., Historia de la guerra, ed. cit., p. 121.
[4] Cf. Lefebvre, H., La producción del espacio, ed. cit., p. 262.
[5] Ibid., p. 92.
[6] Cf. Toynbee, A., Ciudades en Marcha, ed. cit., p. 178.
[7] El término Guerra Total es polémico por la variabilidad de elementos y agentes que participan en su conformación, pero también, acertado porque evidencia que es —precisamente— un momento en el que todos los elementos urbanos funcionan y actúan en razón de la guerra. Cf. Fraga Iribarne, M., y Yanguas Messia, J., La guerra y la teoría del conflicto social, ed. cit., p. 89.
[8] Cerdà, I., Teoría general de la urbanización, y aplicación de sus principios y doctrinas a la reforma y ensanche de Barcelona, ed. cit., p. 29.
[9] Cf. Nancy, J-L., La comunidad desobrada, ed. cit., p. 114.
[10] Cf. Aguirre Moreno, A.; Perea Tinajero, G.; Baez Gil, E. Y. Urbicidio. Filosofía de la ciudad herida, ed. cit., p. 32.
[11] Cf. Lefebvre, H., Op.cit., p. 92.
[12] Cf. Lefebvre, Ibid., p. 56.
[13] Cf. Weizman, E., A través de los muros: cómo el ejército israelí se apropió de la teoría crítica posmoderna y reinventó la guerra urbana, ed. cit., p. 18.
[14] Véase Weizman, E., Hollow Land. Israel´s Architecture of Occupation, ed. cit.
[15] Cf. Weizman, E., Op.cit., p. 106.
[16] Cf. Lefebvre, H., Op.cit., p. 56.
[17] Cf. Weizman, E., Op.cit., p. 81.
[18] Cf. Sassen, S., Global networks, linked cities, ed. cit., p. 10.

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