Algunos viajes a Nápoles. El rey, el abate y los vendedores de bagatelas

 

 

 

Ciprian Vălcan/Trad. Miguel Ángel Gómez Mendoza

 

 

Cestas de mimbre. Mientras paseaba por las estrechas callecitas de Nápoles, a menudo veía una cesta de mimbre que descendía lentamente a la calle, mediante una cuerda, desde los pisos superiores de los antiguos edificios del centro de la ciudad. En el extremo superior de la cuerda siempre estaba una anciana. Alguien, de costumbre un joven o un niño, esperaba la llegada de la cesta, tomaba la lista con las compras necesarias y el dinero para ellas, luego hacía una señal y la cesta era levantada. Después de hacer las compras, aquel que asumía esta tarea regresaba frente al edificio y anunciaba que había llegado. La anciana reaparecía en la ventana o en el balcón. La cesta de mimbre bajaba de nuevo. En ella se colocaban cuidadosamente las compras y el dinero no gastado, luego podía ser izada.

 

Al principio, solo veía en esta secuencia de descenso y ascenso de la cesta de mimbre un hecho curioso. Un elemento colorido, específicamente napolitano, similar a otros descubiertos especialmente en Via Forcella y sus alrededores. Sin embargo, comprendí la realidad dramática que se escondía detrás de ello solo después de haber vivido varias veces en el quinto piso del edificio en el número 68 de Via Settembrini. El edificio en el que me alojaba la señora. Schettini, al igual que todos los demás en los alrededores, tenía cinco enormes pisos, que probablemente equivaldrían a diez pisos de los bloques socialistas en nuestro país. Los escalones eran muy altos y no había ascensor. Cada vez que tenía que subir con las maletas o cuando me veía obligado a llevar las bolsas llenas de baratijas compradas en la tienda Carrefour de la esquina, sentía que estaba a punto de desfallecer. Llegar al quinto piso del edificio requería serias habilidades atléticas.

 

Solo después de ser alojado varias veces en Via Settembrini, entendí que un anciano quien vive en los pisos superiores de estos edificios es prisionero en su propia casa y prácticamente no tiene la posibilidad de salir de allí. Para hacerlo, debe ser llevado en brazos o llevado en la espalda. Si carece de parientes o amigos, corre el riesgo de morir de hambre, ya que, incapaz de subir y bajar esas escaleras interminables, no puede realizar las compras banales que nuestros jubilados hacen diariamente; por lo que su supervivencia depende totalmente de la ayuda recibida de la comunidad. No pude averiguar si los jóvenes que hacían las compras a los ancianos eran recompensados con una pequeña suma de dinero o simplemente estaban dispuestos a ayudar, pero me di cuenta de que sin su participación, aquellos a quienes ayudaban podrían haber corrido el riesgo de morir de hambre. Las humildes cestas de mimbre permitían la supervivencia de algunas decenas de miles de ancianos…

 

De las Moiras, Clotho tejía el hilo de la vida de los hombres, Láquesis lo desplegaba y establecía su longitud, mientras que Átropos, siempre inflexible, lo cortaba. La más anciana de ellas es Átropos, la que trae la muerte. Al ver el hilo de cuerda que descendía lentamente hacia los jóvenes dispuestos a ayudar en la calle, no pude evitar pensar en el hilo del destino de cada uno de nosotros, como si las ancianas de Nápoles, prisioneras en sus hogares, fueran solo una encarnación del Destino acostumbrado a supervisar nuestros pasos con severidad, sin divertirse ni entristecerse, sin derramar lágrimas ni reír a carcajadas, implacable, inflexible, siempre despiadado.

 

El abate Galiani. Al descubrir cuánto apreciaba Nietzsche al abate Galiani, un personaje del cual no sabía nada en mi adolescencia y a quien consideraba un moralista francés caído en el olvido, decidí leerlo tan pronto como tuviera la ocasión. Esta se presentó en 1997, cuando encontré en la Biblioteca Nacional de Francia el libro con el que ganó, en 1770, la fama europea, Dialoques sur le commerce des blés. No me impresionó mucho, quizás porque en ese momento no me interesaban mucho los problemas económicos, pero noté su espíritu agudo y recordé la siguiente definición de Croquis d’un dialogue sur les femmes, que me divirtió durante un tiempo: “La mujer es un animal débil y enfermo”. La fórmula encontrada por Galiani para capturar la esencia de la mujer me recordaba la definición del hombre propuesta por Platón (“un animal bípedo sin plumas”), una definición ridiculizada sin piedad por el cínico Diógenes, quien desplumó un gallo y lo llevó al anfiteatro, diciendo: “Este es el hombre de Platón”.

 

Ya sabía desde hacía bastante tiempo que Galiani no era francés, sino italiano, pero leí que nació y murió en el Reino de Nápoles solo después de comprar, en 2016, en la librería Gibert Jeune de París, dos de los cinco volúmenes de su correspondencia con la señora d’Épinay. Al leerlos, entendí que Nietzsche no se equivocaba en absoluto y que el abate Galiani fue uno de los escritores más interesantes del siglo XVIII, rivalizando con las mentes más brillantes de la Ilustración. Para él, el período más importante fue el que pasó en París, entre 1759 y 1769, en calidad de secretario de la embajada de Nápoles en Francia, cuando se hizo amigo de la señora d’Épinay, Diderot, D’Alembert, D’Holbach, Helvétius, Friedrich Melchior Grimm. De vuelta en Nápoles, donde asumió otras altas responsabilidades oficiales, siempre quiso regresar a Francia, como le escribió constantemente a la señora d’Épinay, lamentando el hecho de estar obligado a estar lejos de los salones parisinos que frecuentaba con gran éxito, ganando la reputación de un encantador hombre de espíritu. Aunque Nápoles era en ese momento una de las ciudades más importantes de Europa, él se sentía como en el último rincón del mundo y esperaba con impaciencia cualquier noticia de París, porque estaba convencido de que solo allí podían suceder cosas capaces de cambiar la apariencia del mundo.

 

Leyendo su correspondencia, se pueden descubrir a cada paso muestras de la virtuosidad y vivacidad de su inteligencia, así como innumerables pruebas de la maestría con la que escribía en francés. He elegido para ejemplificar la manera como él aborda el problema de la curiosidad, que se ha convertido en el verdadero motor de nuestro mundo completamente orientado hacia las redes sociales.

 

En una carta enviada desde Nápoles a la Señora d’Épinay el 31 de agosto de 1771, Galiani comenta el artículo “Curiosité” del Diccionario Filosófico de Voltaire. Aunque está de acuerdo en que Voltaire tiene razón y todo lo que ha escrito sobre este tema es “superbe, sublime, neuf et vrai”, también expresa ciertas reservas. En su visión, la curiosidad es una pasión que solo puede manifestarse si la persona que la experimenta se siente segura, ya que cualquier posible peligro hace que desaparezca su interés por las cosas exteriores y lo obliga a replegarse sobre sí mismo. Por esta razón, la curiosidad es una consecuencia de la pereza, el descanso y la seguridad, y observa que “plus une nation est heureuse, plus elle est curieuse”, lo que lo lleva a afirmar que París es la capital de la curiosidad, mientras que otras ciudades (Nápoles, Lisboa, Constantinopla) tienen menos curiosidad o incluso ninguna. Para Galiani, es evidente que “Un peuple curieux est un grand éloge pour son gouvernement”.

 

Galiani le reprocha a Voltaire que no haya observado que solo el ser humano está dotado de curiosidad, mientras que el animal carece de esta apertura hacia el mundo. El animal puede dar la impresión de estar impulsado a veces por la curiosidad, pero en realidad está determinado a actuar por el miedo que experimenta o por su necesidad constante de buscar alimento. Para Galiani, no hay duda de que “Si la curiosité est impossible aux bêtes, l’homme curieux est donc plus homme qu’un autre homme, et c’est vrai en effet. Newton était si curieux, qu’il cherchait les causes du mouvement de la lune, de la marée, etc. Le peuple le plus curieux a donc plus d’hommes qu’aucun autre peuple”.

 

La Señora d’Épinay no está de acuerdo con la opinión de su amigo sobre la falta de curiosidad en los animales y, en la carta del 4 de octubre de 1771, trata de ofrecerle una serie de pruebas de su experiencia cotidiana que contradicen sus afirmaciones. Quiere asegurarle que ha estudiado bien al perro y está absolutamente convencida de que demuestra curiosidad en muchas ocasiones, sin que se trate de miedo o de buscar comida. Ella cree que detrás de la curiosidad está el interés, ya sea físico o moral, y este interés implica atención. Además, argumenta más adelante, “vous ne pouvez pas nier que le chien n’apporte attention aux ordres et aux volontés de son maître”. Agrega que nunca ha golpeado a su perro, e incluso lo ha mimado, pero esto no ha tenido ningún efecto negativo en su comportamiento: “Il m’écoute, cherche à me comprendre, quelquefois mes volontés l’étonnent, mais il n’a alors aucun symptôme de crainte; vous conviendrez que cette attention, cet étonnement ressemblent bien à la curiosité et y mènent bien directement”.

 

La Señora d’Épinay vuelve sobre este tema en la carta del 19 de octubre de 1771, insistiendo en que los animales son curiosos. Se detiene en dos ejemplos que parecen respaldar su opinión: la caza de alondras con la ayuda de espejos especiales y el comportamiento del gato frente a un objeto desconocido. En la primera situación, las alondras vienen desde lejos para observar la extraña concentración del sol en estos espejos, y su fascinación es tan fuerte que no se alejan, incluso después de escuchar los primeros disparos y ni siquiera después de que algunas de las aves del grupo fuesen abatidas, sino que ellas continúan volando sobre el lugar, la curiosidad es más fuerte que el miedo. En la segunda situación, el gato, “animal si défiant”, se acerca con precaución a un objeto desconocido, lo rodea y lo examina, “la crainte et l’inquiétude le feraient fuir, la curiosité seule le peut faire approcher et l’engager à l’examen”.

 

El Abate Galiani responde en la carta del 9 de noviembre de 1771, proponiendo la distinción entre curiosidad y perspicacia. Para él, la curiosidad es el placer que tiene el ser humano al observar algo que le es indiferente o inútil, mientras que la perspicacia es “cette attention que nous prêtons à une chose inconnue ou obscure pour découvrir ce que c’est, et savoir à quoi cela est bon”. Los animales demuestran perspicacia incluso en mayor medida que los humanos, pero son incapaces de tener curiosidad. Pleno de ironía, Galiani concluye su carta con la observación de que nunca veremos a los perros acudiendo a presenciar la ejecución de otro perro en la famosa Plaza de Grève (lugar habitual para las ejecuciones en la París de su época), como lo hacen las personas que se aglomeran puramente por curiosidad para ver a sus semejantes torturados y asesinados.

 

Via Forcella. Era niño cuando encontré en la biblioteca de mi padre un manual de historia de los años 30, que leí de un tirón porque sostenía tesis opuestas a las que aprendía en la escuela, en aquellos años de privaciones bajo el régimen de Ceaușescu. Lo que más me divirtió fue una caricatura que describía de manera sugestiva la situación de los habitantes de París durante la Comuna: en la boca de un canal, decenas de hombres esperaban la aparición de una rata que pudieran atrapar y comer, supervisados rigurosamente por un policía regordete, asegurándose de que todos esperaran en fila sin hacer trampas. La caricatura en cuestión no estaba lejos de lo que vivíamos en Rumanía en los años 80: la comida se volvía escasa y difícil de encontrar, y cuando algo aparecía en una tienda, se formaban interminables filas. No solo se esperaba en las filas para carne, pan, leche, yogur, sino también para jabón, detergente y papel higiénico. A los niños no les importaba mucho cómo se las arreglaban sus padres para poner algo en la mesa, pero sufrían por la falta de dulces y frutas consideradas exóticas. En ese tiempo, sabíamos que solo existían naranjas, mandarinas, limones, pomelos, piñas y plátanos. No teníamos idea de mangos, papayas, pitayas, chirimoyas, platonias, kiwis, maracuyás, kumquats, clementinas, litchis, caquis, durián, rambutanes, granadillas, coconas, dukus, safús, jabuticabas, nonis, marulas, salaks y tantas otras. Pero ni siquiera las pocas frutas conocidas en Rumanía podían encontrarse. Cuando alguien de la familia lograba comprar, después de esperar horas en la fila, un kilogramo de naranjas o bananos era todo un acontecimiento y los niños se alegraban durante días pensando en poder degustar tales delicias.

 

Sin embargo, con respecto a los bananos, no era suficiente obtenerlos, debías tener paciencia para que se volvieran comestibles, ya que, cuando se compraban, casi siempre estaban verdes. Por lo tanto, era necesario envolverlos cuidadosamente en papel de periódico y ponerlos en el armario de la habitación, donde debían permanecer al menos unos días. Solo si todo el ritual se había llevado a cabo con cuidado y los niños habían tenido suficiente paciencia para no contenerse y no sustraer los plátanos del armario antes de tiempo, solo entonces estos frutos, tan deseados, podían ser comidos y saboreados. De lo contrario, eran rarezas indigestas, difíciles de masticar y con la consistencia de papas descongeladas, que no ofrecían ninguna alegría.

 

Quizás esta fue la razón por la cual un incidente de la juventud de mi abuela materna iba a quedarse para siempre en mi memoria. Mi abuela, Mamá Zina, me contó que, en un momento dado, un vagón cargado de plátanos descarriló en la ciudad vecina donde vivía, y las personas que se enteraron de este accidente corrieron rápidamente hacia la estación del tren, llevando consigo a casa racimos enteros cargados de bananos. Para mí, acostumbrado solo a unos pocos bananos verdes, dejados para madurar en el armario, esta imagen se convirtió en la típica imagen de la abundancia, así que no deseaba nada más que tener alguna vez un racimo entero pleno de bananos…

 

Nunca tuve un racimo cargado de bananos, aunque cultivos de bananos por todas partes durante mi estancia en Colombia en 2016, pero guardé cierta nostalgia por la abundancia debido a las privaciones de mi infancia bajo el régimen de Ceaușescu. Sin embargo, de manera extraña, no llegué a identificar la abundancia con los supermercados llenos de mercancías de las grandes ciudades europeas o latinoamericanas que visité a lo largo del tiempo, sino con el conmovedor desorden de Vía Forcella en Nápoles, la calle de la que mis amigos italianos me dijeron desde el principio que estaba controlada por la Camorra napolitana, que cobra impuestos de protección a todos los comerciantes de la zona. Vía Forcella era una calle fea juzgada según los cánones urbanísticos europeos, torcida y caótica, con aceras escasas, casi destruidas, con edificios antiguos y en ruinas, con el estuco caído, que parecían estar a punto de derrumbarse. Las tiendas eran auténticas barracas sucias, desde las cuales te miraban con cierta melancolía íconos de la Virgen María que habían perdido su color original hace mucho tiempo y retratos de Maradona de los años 80. Además, en Vía Forcella pasaba casi todo el tiempo una multitud variopinta y frenética, vestida pobremente, con caras en las que se podía leer una cierta tristeza que me parecía inusual para Nápoles, pero que me recordaba a los rostros de nuestra gente en la última fase de la época de Ceaușescu. La primera impresión no fue nada brillante y pensé inicialmente que intentaría evitar esa calle durante el resto de mi estancia en Nápoles. Buscaba el esplendor, el refinamiento, los colores del mar y del cielo, anhelaba Capri e Ischia, y esta parte miserable de la ciudad me hacía mover la nariz, recordándome la pobreza de los barrios rumanos periféricos de nuestras ciudades.

 

Sin embargo, de manera extraña, regresé a la Vía Forcella al día siguiente, alentado por una curiosidad que me parecía enfermiza. Quería explorar solo esa calle de la perdición para poder enumerar más exactamente los signos del vicio, como un moralista desilusionado. El ligero disgustó que sentí en mi primer paso por allí se borró de inmediato, dejando lugar para la simpatía y la compasión. Pude ver los edificios históricos afectados por la decrepitud, magníficos hospitales e iglesias a punto de caer, señales de una grandeza de otros tiempos, huellas de los caprichosos cambios de humor de La fortuna que transformaron un reino rico y poderoso, sin duda uno de los reinos más fascinantes de Europa, en una pobre provincia de Italia, empobrecida y atrasada. También vi mercancía desbordándose por todas partes, sin preocupación alguna por la lógica, sin trucos de marketing, sin rastro de anuncios que llamaran la atención, mercancía que se derramaba como de un cuerno de la abundancia que había perdido su brújula y amenazaba con ahogar todo bajo los miles de productos que parecían caer desde todas partes, como si estuviéramos presenciando el abandono simultáneo de todos los sacos de provisiones en la bodega de un barco amenazado por el naufragio. Mostradores extendidos en las aceras, puestos de venta a la vista, puestos llenos, estantes sobrecargados de mercancía, todo llegó a la calle, haciendo casi imposible el caminar de los peatones, que se veían obligados a detenerse, cada pocos pasos, para esquivar los objetos que amenazaban con enredarse en sus pies. Y como si eso no fuera suficiente, muchos comerciantes extendieron sus mantas en el suelo, en el adoquín, exhibiendo así su mercancía, haciendo aún más complicada la salida de este laberinto.

 

¿Qué podías encontrar en la Vía Forcella? Galletas napolitanas, panecillos de todas las formas y tamaños, huevos de chocolate, decenas de variedades de dulces, zapatos, mantas, bolsos, sábanas, sutienes, destornilladores, pasteles, jabón, desodorante, pegatinas de futbolistas, lápices, alfombras, platos de plástico, ropa interior para niños, brochas de afeitar, cigarrillos, botellas de jugos de dos litros, encendedores, detergerte, máquinas de afeitar, palillos, escobas, soportes para pasteles, bicicletas, camisetas con la cara de Maradona, billeteras, juguetes de madera, balones de fútbol de cuero, figuritas de arcilla con Marek Hamšik, ídolo de los seguidores del S.S.C. Napoli, cinturones, pendientes de latón, cometas, bolígrafos, faldas largas y faldas cortas, medicamentos, preservativos, relojes, llaveros, papel higiénico estampado, antiguas revistas para adultos, fotos de celebridades locales, trenes de juguete, papas, naranjas, mandarinas, tomates, cecina de pescar, cabeza de cabra en conserva, discos de vinilo y muchas, muchas otras cosas. Tenía la impresión de que era imposible saber que necesitabas algo y no encontrarlo en la Vía Forcella, y a precios envidiables, precios que probablemente no se podrían encontrar en Europa más que en Albania, Macedonia o Moldavia. Gilda, mi esposa, solía comprar cigarrillos de Rumanía antes de nuestros viajes, sabiendo que, en Francia o Italia, a donde íbamos cada año, los precios eran el doble. Cuando llegamos en 2019 a la Vía Forcella, ella descubrió con asombro que un paquete de cigarrillos que costaba 4 euros en nuestro país se podía encontrar allí por 2 euros…

 

Ferrante, el coleccionista de momias. Cuando leí por primera vez sobre Ferrante, en el famoso libro de Jakob Burckhardt, La cultura del Renacimiento en Italia, ya tenía en mi memoria una serie de horrores monumentales descubiertos en los escritos de los historiadores. Cuando tenía unos 15 años, supe sobre la batalla de Clidio, en el año 1014, entre el ejército bizantino del emperador Basilio II y el ejército búlgaro del zar Samuel. Los búlgaros intentaron resistir el asedio de las tropas imperiales, pero fueron rodeados y derrotados. Los bizantinos tomaron 15,000 prisioneros. Enfurecido por haber perdido en la batalla a uno de sus generales más hábiles, Theophylaktos Botaneiates, Basilio II ordenó que los prisioneros búlgaros fueran mutilados: se les cortaron las manos y se les sacaron los ojos. Solo 150 de ellos escaparon con menos daño, perdiendo un solo ojo de manera que pudieran guiar a los demás frente a su emperador. 14.850 ciegos y mancos y más 150 tuertos emprendieron una larga y dolorosa marcha, acompañada de gritos espantosos y lamentos desgarradores, que terminó con un desfile grotesco frente al zar Samuel. Este, incapaz de soportar la intensidad del horror, sufrió un ataque de apoplejía y murió. Su imperio se derrumbó en solo unos pocos años, y Bulgaria cayó bajo el dominio del Imperio bizantino. Basilio II ganó el sobrenombre de el Matador de Búlgaros.

 

También me acordé de Tamerlán, quien resultó ser despiadado con los enemigos capturados, de modo que su imperio terminó lleno de pirámides hechas con cabezas humanas. La primera pirámide fue construida en el año 1382. Enviado para reprimir la revuelta en la ciudad de Herat, el tercer hijo de Tamerlán, Muran Shah, construyó una pirámide con cabezas humanas y mortero. En el año 1383, después de la revuelta en la región de Sistán, 2000 prisioneros vivos fueron mezclados con ladrillos y arcilla para construir un minarete. En 1387, los hombres de Isfahán se rebelaron contra los recaudadores de impuestos enviados por Tamerlán. Algunas fuentes dicen que se erigieron 34 pirámides formadas por 70.000 cabezas, mientras que otras mencionan solo 42.000 cabezas utilizadas para construir 28 pirámides de 1500 cabezas cada una. En 1401, después de la conquista de Bagdad, se construyeron 120 torres con 750 cabezas cada una, lo que significa que para levantarlas fueron asesinadas 90. 000 personas. Si no hubiera muerto inesperadamente mientras viajaba hacia China, Tamerlán habría conquistado sin duda el Imperio Medio de Egipto, dejando también allí tras de sí cientos y cientos de pirámides de cráneos.

 

No pude olvidar a Iván el Terrible, quien siempre trabajaba su mente para encontrar nuevas formas de provocar sufrimiento. Insatisfecho con la falta de ingenio de sus verdugos, acostumbrados a usar solo un conjunto limitado de métodos de tortura que probablemente aprendieron durante su formación, él sugirió nuevas posibilidades de mutilar y matar. Decidido a castigar a los monjes que se negaron a entregarle un inventario completo del tesoro de su monasterio, los encerró en un patio rodeado de altos muros junto con algunos osos salvajes, ofreciéndoles solo algunos rosarios y algunos palos como armas para luchar contra las bestias. A su médico, Eliseo Bomelio, lo asó como a un pollo a la parrilla después de arrancarle las piernas. Al tesorero Funikov lo roció, por turnos, con agua fría como el hielo y agua hirviendo hasta que la piel se le desprendió del cuerpo. A otro boyardo lo dejó a merced de los perros de caza para que lo desgarraran vivo. Pero su obra maestra de crueldad fue la matanza de los habitantes de la ciudad de Nóvgorod. Ordenó que todos los sacerdotes y monjes de la ciudad fueran asesinados a golpes de garrote, mientras que a los demás habitantes los dividió en grupos de 1000 personas. Estos fueron llevados primero ante él y luego arrastrados, atados a los trineos sobre las aguas heladas del río Volkov y luego ahogados. Aquellos que intentaron salvarse fueron golpeados con hachas, garrotes o sables por los mercenarios del zar, que se encontraban en los barcos. Así perecieron, en un lapso de cinco semanas, entre 15.000 y 60.000 personas, las fuentes históricas ofrecen cifras diferentes.

 

Iván no se contentó solo con eso, su refinamiento en la crueldad alcanzó su apogeo de esta manera: obligó a los hijos encarcelados a matar a sus padres para salvar sus vidas, y luego los acusó de parricidio…

 

Bastardo del rey Alfonso el Magnánimo (1442-1458), fundador de la dinastía aragonesa en el trono de Nápoles, Fernando I, conocido como Ferrante, creció en un entorno lleno de refinamientos, pero acechado por numerosos peligros. Su padre, un verdadero erudito y gran protector de los artistas de la época, estaba rodeado de numerosos enemigos y logró mantenerse en el trono solo gracias al juego extremadamente hábil de alianzas que selló a lo largo de sus 16 años de reinado. Para poder concentrarse en los enemigos externos, intentó mantener la paz dentro del reino otorgando privilegios a los barones más importantes. La esposa de Alfonso, María de Castilla, enfermiza y estéril, no veía con buenos ojos las relaciones de su esposo con las mujeres que le dieron hijos. Margarita Fernández de Hijar y Cabrera, quien trajo al mundo al primer bastardo del rey, fue ahogada junto con su hijo por orden de la reina enloquecida por los celos. El rey resultó más prudente en cuanto a su amante italiana, Giraldona Carlino, y la mantuvo alejada de la ira de la reina ultrajada. De su relación con Giraldona nacieron tres hijos: un niño, Fernando (Ferrante), y dos niñas.

 

Ferrante ascendió al trono gracias a los acuerdos entre Alfonso el Magnánimo y el Papa Eugenio IV, y tuvo que enfrentarse, desde los primeros días de su reinado, a muchos cuestionamientos sobre su legitimidad. Atacado tanto desde el exterior como desde el interior, adquirió una habilidad excepcional para sobrevivir a todas las traiciones y conspiraciones gracias a su inteligencia superior y su falta completa de escrúpulos, así como el arte de manipular fácilmente a aquellos que estaban a su alrededor. Hizo de sus excentricidades un arma poderosa en la guerra psicológica que libró casi continuamente contra sus numerosos enemigos, logrando mantenerlos a distancia con la ayuda de su crueldad ritualizada, que llegó a inspirar terror.

 

Burckhardt se preguntaba si Ferrante fue “tan sombrío y cruel” a causa de la sangre ardiente que corría por sus venas o más bien debido a “las conspiraciones de los barones que amenazaban su existencia”. Una respuesta plausible podría derivarse precisamente de la observación del historiador suizo de que Ferrante había hecho “un hábito de los actos más monstruosos”. Para él, lo que era chocante, detestable, contrario a la naturaleza humana se había convertido en una especie de normalidad para aquellos capaces de vivir más allá de la moral y la religión, más allá de las consideraciones naturales sobre el bien y el mal. La mirada irónica, capturada por el escultor que hizo su busto, ahora en el Louvre, nos hace entender que no le importaba para nada las convenciones ni las diversas perplejidades recurrentes provocadas por su comportamiento. Como un artista de la estirpe de Nerón, jugaba con las vidas de las personas para llevar a cabo sus planes, sin una pizca de lástima o de compasión, sin un poco de comprensión por aquellos que resultaban demasiado débiles para resistirlo. Sus grandes placeres, descritos por Burckhardt, nos hacen entender cuánto le gustaba difundir el miedo y poner constantemente a prueba la imaginación siempre lista para anticipar el desastre de sus súbditos: “Aparte de la caza, que practicaba sin piedad, tenía dos grandes placeres: saber que sus enemigos, capturados vivos, estaban encerrados en una habitación bien custodiada, y tener siempre cerca a sus enemigos muertos, bien embalsamados, preferiblemente vestidos con la ropa que portaban en vida. Sonreía socarronamente cuando hablaba con amigos íntimos sobre sus prisioneros; de su colección de momias no hacía ningún secreto. Sus víctimas eran en su mayoría personas secuestradas por traición, a veces arrancadas incluso de su mesa real”.

 

El alsaciano Johannes Burchard, que pasó más de 20 años en Roma, cerca de los papas, a fines del siglo XV y principios del siglo XVI, presenta el final de la vida de Ferrante como uno lleno de intranquilidad y remordimientos, envenenado por la situación inestable del reino de Nápoles y el destino incierto de su sucesor en el trono. Él escribe que, después de una vida llena de prosperidad y gloria, Ferrante terminó “sine luce, sine cruce, sine Deo”.