El Ángel Caído de Alexandre Cabanel, fechado en 1868. Col. Privada.
1 El asceta que se retira al desierto sabe que tendrá que luchar con los demonios, pero se consuela pensando que al menos se librará de algunos curiosos.
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El asceta sabe que el diablo es quien lo alienta a cruzar la línea.
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El asceta que continúa usando el látigo sobre su propia espalda solo atrae la atención del diablo.
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Los demonios están enloquecidos con las almas turbulentas.
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El mejor de los mundos posibles es aquel en el que el Mesías es Mozart.
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Aunque no entiende la ironía, el tonto tiene la sensación de que ella lo quema.
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En lugar de seguir luchando con los ascetas en el desierto, el diablo ha comenzado a tentar a los contadores.
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La estética del diablo es siempre barroca.
El diablo detesta la simplicidad.
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Los suizos han hecho su vida monótona para no atraer la atención del diablo.
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Los que carecen de imaginación son difíciles de tentar.
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Los artistas son los más fáciles de tentar, pues dan la impresión de que solo esperan toda su vida el encuentro con el diablo.
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Al diablo le gustaría ser titiritero si Dios no se ocupase ya de eso.
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Aunque no cesan de hablar en contra del diablo, los escritores reaccionarios parecen, para cualquier observador imparcial, profundamente inspirados por el diablo.
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El reaccionario cree en Dios, pero sabe que el diablo está más cerca.
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Para muchos escritores reaccionarios, el diablo es un ejemplo de estilo.
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El misántropo no cree que el hombre haya sido creado a imagen y semejanza de Dios, sino a imagen y semejanza del diablo.
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Te quejas que el diablo siempre te ronda, pero te decepcionas si no lo encuentras.
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El diablo no desperdicia su energía en vano: –solo toca en puertas abiertas.
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Si pones tu alma en subasta, es posible que no te ofrezcan nada por ella. Por eso, es más sabio entenderse directamente con el diablo.
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El odio nos fascina en mayor medida que el amor, pues parece ser un obsequio del diablo.
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El diablo parece susurrarnos: “Odias, luego existes “.
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El mundo estará verdaderamente en peligro solo cuando los demonios comiencen a predicar el amor.
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La gente del Sur no le da mucha importancia al Diablo, lo considera un bromista que forma parte de la familia, un espíritu juguetón que no debe ser tomado demasiado en serio. Como tratan casi todo el tiempo con él, no les inspira miedo ni les provoca ninguna inquietud especial. Los boquisucios, creen que tienen siempre un as bajo la manga para deshacerse de él y pueden ahuyentarlo con algunas palabras bien dirigidas. Ni siquiera necesitan invocar a los santos para librarse de sus interminables payasadas; son capaces de arreglárselas por su cuenta y ponerlo en el infierno.
En cambio, la gente del Norte le confiere al Diablo una cierta solemnidad, viéndolo como una entidad compleja y llena de sutileza, casi invencible en todo lo que concierne a los resortes de la mente humana. Si para la gente del Sur el Diablo es un camarero o un peluquero insolente, que puede ser puesto en su lugar con unas cuantas bofetadas o una patada en el trasero, para la gente del Norte es un tenebroso príncipe de la Iglesia que pasa su tiempo en meditaciones metafísicas, conspirando incesantemente contra el Todopoderoso.
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La gente del Sur se enfrenta a la insolencia del Diablo, a la que saben responder con creces sin caer en ningún momento a la tentación. La gente del Norte está paralizada por la profundidad tenebrosa del Diablo, que les parece un príncipe de Dinamarca decidido a derrocar el orden del mundo.
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La gente del Norte teme al Diablo, mientras que la gente del Sur se ríe de él.
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Probablemente, el único hombre del Norte que trató al Diablo desde la perspectiva de un hombre del Sur fue Lutero. Para Lutero, el Diablo era un canalla.
Notas
[1] Original en rumano: “Cîteva reflecții despre diavol”. Traducción al español de Miguel Ángel Gómez Mendoza. Profesor Universidad Tecnológica de Pereira-Colombia.
