La verdad en el sentir

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La verdad en el sentir

1. La verdad ha sido uno de los temas capitales —si no el principal— de la filosofía. Desde su origen, la llamada ciencia primera ha intentado esclarecer el sentido de la verdad, asumiendo que sólo el pensamiento depurado de opiniones puede alcanzarla. Ejemplo de esta asunción es Parménides, quien en su Poema ontológico informa que la diosa Diké le ha prohibido seguir el camino de las opiniones (doxai) para conducirse por la senda del logos. Afirma el eleata, con base en la revelación de la diosa, que sólo a través del pensar es posible dar con la verdad rotunda, a saber, el hecho de que el ser es y no es posible que no sea. Y sólo es posible llegar a la verdad porque se ha seguido el camino de la razón, dejando de lado las meras opiniones que conducen invariablemente —así, dice el filósofo— al error. En el esquema planteado por Parménides, la verdad es un hallazgo que sólo se alcanza por vía de la facultad racional toda vez que el pensamiento y el ser coinciden

[1]: todo pensar da con el ser y, correlativamente, éste sólo puede contemplarse por mor de la racionalidad.

Esta imagen de la verdad supone un dualismo tremendo. Como ha señalado Eduardo Nicol a lo largo de su obra, con Parménides puede detectarse una crisis radical en la historia de la filosofía, pues lo que lleva a efecto el eleata es la escisión entre el ser y el devenir. En efecto, al negar la posibilidad del no-ser por asumir que éste corresponde a la nada, Parménides niega también la patencia del cambio. Esto se debe a que este último supone el tránsito del ser al no-ser. Mas si se afirma que el no-ser no es, entonces se niega también el movimiento mismo y, por consiguiente, se admite la permanencia inmutable del ser. Este último, para Parménides, no tiene tiempo ni cambio, ni devenir. Pero el cambio es una evidencia. Es notorio que la realidad en la que el hombre se halla inmerso varía, que el movimiento es patente, que el tiempo acontece. Y, sin embargo, Parménides (y con él sus sucesores, Zenón y Meliso) afirman que el cambio es una ilusión: una mera opinión que aleja de la recta razón que revela contundentemente la estabilidad del ser y la falsedad del devenir. Para los eleatas, entonces, la verdad es racional o no es verdad.

Parménides de Elea

Dado que la verdad sólo se alcanza por vía de la razón, parece claro que únicamente el hombre puede llegar a ella. En efecto, como dice Aristóteles, el ser humano es animal racional. Se trata del ser que posee logos, lo cual implicaba para el griego una doble facultad: la de pensar y la de hablar. Pensamiento y lenguaje son dos caras de una misma moneda. Por ello, si para Parménides la única vía posible para llegar a la verdad es el logos, lo que se estaría aceptando es que la verdad sólo puede ser obtenida lingüística y racionalmente. Sin embargo, a pesar de que todos los hombres poseen logos, no podría afirmarse que, sólo por esto, ya todos logran la verdad. Ya los pensadores arcaicos fueron recelosos al respecto y admitieron que no todo decir ni todo pensar lleva indefectiblemente a la verdad. Con el advenimiento de la filosofía, surgió la distinción entre la doxa y la episteme; es decir, entre la opinión y la racionalidad científica.

Zenón de Elea

De acuerdo con Nicol, la división entre doxa y episteme es correlativa a los términos subjetividad y objetividad. En efecto, la opinión sería una expresión particular generada por un individuo atendiendo a sus propios pareceres, los cuales se hallan siempre determinados por el contexto en el cual se halle el sujeto. Esta forma de articular la palabra y la razón, son efectivos modos de ser de los hombres, toda vez que cada uno se expresa en función de la situación en que se encuentre inmerso. Nicol indica, pues, que la expresividad es el término empleado para señalar el carácter singular que cada hombre tiene para articular la palabra.

Opuesta a la expresión sería la verdad, es decir, el hallazgo del logosque renuncia al simple parecer en pos de lo que es y, por tanto, accede al ámbito de la objetividad. ¿Cómo se logra el salto de lo subjetivo a lo objetivo? O, dicho de otro modo, ¿cómo se logra el tránsito de la opinión a la verdad? Nicol señala que la filosofía y, con ella, la vocación científica en general, logran dar el paso de la doxa a la episteme cuando se atiende a las cosas mismas sobre las cuales se habla. Es decir, la vocación científica (pues recuérdese que para Nicol, la filosofía es ciencia) o episteme adquiere la convicción de que son las cosas el criterio que decide si una opinión es verdadera o no. Es el mundo el que, a través de su presencia, se ofrece como criterio seguro del correcto pensar y el buen decir.

Con Platón y Aristóteles (principalmente en este último), el logosadquiere una dimensión que cabría denominar propiamente lógica. Se quiere decir con esto que, tanto el ateniense como el estagirita ofrecen métodos que permiten al logosarticularse de forma depurada. La palabra-razón tiene la posibilidad de auto-corregirse y determinar si su pliegue respecto de la realidad es adecuado o no. Para Nicol, tanto la opinión como la ciencia son dos formas del logos. Pero en la primera, la palabra-razón es descuidada ya que se ocupa poco de una correcta vinculación con aquello sobre lo cual versa. En cambio, el logos de la ciencia es lógico porque posee método, es decir, un modo cadencioso a través del cual, la palabra y la razón van, paulatinamente, hablando con verdad sobre aquello a lo que se refiere. Nicol indica, por tanto, que el logos de la episteme es distinto del de la doxa por el hecho de ser metódico: toda palabra y racionalidad científica es, necesariamente, método-lógica.

Así pues, Nicol indica que la verdad y la expresión fueron considerados como dos modos distintos e, incluso, opuestos del logos. Y estos dos modos encontrados de la palabra, correspondieron plenamente a los dos órdenes de realidad que, desde Parménides, quedaron escindidos: el ser y el devenir. De manera que, para alcanzar el conocimiento de lo verdadero, el hombre tuvo (y aún tiene, según la práctica científica contemporánea) que depurar su lenguaje y su razón. El logos metodológico, o sea científico, ha de ser el que dé con la verdad. En cambio, la palabra empleada en la opinión será siempre expresión singular. Este último se trataría de un logos que da cabida al no-ser y, por tanto, que se pliega al cambio patente en las cosas. El que opina, por consiguiente, sólo puede decir lo que ve en cierto momento y, dado que los momentos transitan, la opinión será variable e, incluso, contradictoria. De este modo, se puede observar que el hiato entre ser y devenir supuso, recíprocamente, la distinción entre doxa y episteme o, en términos de Nicol, entre expresión y verdad.[2]

2. La verdad fue considerada como algo ajeno al cambio. Por ello, el proceder filosófico exigía que se abandonase la confianza en las apariencias pues en ellas se fundaba el error. Lo evidente fue tomado como el preámbulo de la falsedad, por estar asociado a la contingencia: en lo temporal no puede haber conocimiento fidedigno, pues su mutabilidad impide fijar con claridad y distinción lo que el ente sea verdaderamente. La división ontológica entre lo que siempre es y lo contingente, hizo que la verdad fuese algo, literalmente, fuera de este mundo. Sólo el discurso de la vocación filosófica poseía la vía de acceso a la realidad eterna, absolutamente certera y verdadera.

Pero el discurso filosófico o científico es una forma del logos. Otra forma es la del lenguaje ordinario en el cual se expresan las opiniones. ¿Es que el método empleado en ciencia logra que su logos sea completamente otro respecto del logos común? Desde la perspectiva nicoliana la respuesta es no. Ello se debe a que, según Nicol, todo logos es expresivo. Tanto la palabra-razón que se emplea en el lenguaje cotidiano como el lenguaje especializado del científico son modos de la expresividad. Así, la expresión no queda acotada al mero parecer de los individuos, sino que constituye el modo propio del ser humano. Se declara, entonces, que el ser humano es expresión y, por ello, todo logos es el modo eminente en el cual la expresividad se ejerce.

Con base en lo anterior ya se alcanza a ver que el discurso científico no se opone al discurso cotidiano, en el sentido de que no son dos lenguajes completamente ajenos e incompatibles. En tanto que expresivos, los lenguajes científico y cotidiano sólo se distinguen por su afán de corresponder a las cosas mentadas, es decir, por el método con el cual la palabra reduce la posibilidad del equívoco. Pero, no obstante, el logosde la opinión puede ser verdadero sin precisar de una metodología especializada, pues puede referirse a las cosas mismas. Asimismo, el logos de la ciencia puede ser erróneo a pesar de su afán formalista. En efecto, la verdad no se garantiza con un lenguaje depurado de pareceres: el puro método no necesariamente da con la verdad.

Ya se ha mencionado líneas arriba que el criterio de verdad es algo más allá del logos mismo. Se trata de la realidad mentada por la palabra que se erige como criterio último. Por ello, el habla cotidiana que, sensata y humildemente, reconoce la presencia de las cosas y procura plegarse a su modo de acontecer, dice la verdad. Por otra parte, también existe la posibilidad de que el lenguaje científico que pierde el horizonte y se enfrasca en los formalismos y en la pura coherencia interna de su discurso, pierde de vista el mundo y, consecuentemente, yerra en su decir haciendo de éste un puñado de palabras vacías. Así, no todo discurso depurado de opiniones conduce a la verdad, ni tampoco está condenada al error toda opinión.

Se reitera, entonces, la idea nicoliana de que todo logos es expresivo. Y lo que expresan las palabras y las razones es aquello que se presenta ante el hombre, a saber, los diversos entes que pueblan su entorno. Pero más fundamentalmente, lo que expresa el logos es el dato de la presencia de los entes, es decir, el hecho de que los entes son; que están ahí. De este modo, aquello que Parménides afirmaba encontrar tras la asunción del camino de la razón, resulta ser el punto de inicio de toda búsqueda posible. Como indica Nicol, el Ser ya no sería una el tesoro que recompensa la renuncia a la cotidianidad, sino el punto de partida de todo conocimiento posible. El Ser está a la vista, dice el filósofo catalán, en franca oposición a la tradición metafísica iniciada por Parménides. Para Nicol, el Ser es el dato primario fundamental, es la base de todo y es, contundentemente verdadero. En palabras del autor de La idea del hombre: “La simple afirmación «hay ser» es indestructible, y de ella deriva cuanto podamos decir y pensar. […] Digamos, entonces, que en esa evidencia simple, primaria y común, el logos manifiesta el ser. Pero esto es precisamente lo que hace toda verdad. La verdad es la manifestación del ser.”[3]

Cody Rocko, Sketches

Como puede apreciarse, Nicol admite que siempre sale al encuentro la verdad, toda vez que en cada momento, el Ser se hace manifiesto al hombre. Por consiguiente, ya no es necesario sólo un camino que, tras depurar las creencias, alcance la verdad. Es más bien al contrario. Siguiendo el planteamiento de Nicol, de la verdad se parte porque en todo momento se manifiesta el Ser. Todo cuanto se puede pensar y decir versa sobre algo que es. Por consiguiente, todo logos, sea científico o no, es ya un hacer expresa la verdad.

3. El modo en el que Nicol piensa la verdad, no parece distanciarse de la añeja noción de verdad: adaequatio intellectum ad rem.[4] Sin embargo, tampoco podría decirse que asume dicha noción del mismo modo en el que lo hizo la tradición metafísica. Para Nicol, en efecto, el logos re-presenta al Ser y, en este ejercicio, se adecua plenamente a él y lo manifiesta. Como se ha indicado, por y en esta manifestación del Ser, la verdad acontece. El hecho de que el logos, por decirlo de algún modo, se pliegue al Ser para hacerlo manifiesto, supone que éste último es una realidad independiente de la palabra-razón. De hecho, así lo cree Nicol y, por ello, sugiere que el logos re-presenta, o sea, vuelve a mostrar al Ser de manera simbólica.[5]

Nicol admite, entonces, que el Ser es fenómeno. Esto quiere decir que para el pensador catalán, el Ser es, de suyo, presente, claro, evidente y manifiesto. Es lo phanerós por excelencia, es decir, aquello que posee por sí mismo luz, lo cual hace del Ser algo indubitable y radicalmente luminoso. Así, el logos sólo atendería a dicha evidencia luminosa para, mediante el habla, re-presentar lo presente de suyo. Por esto, Nicol cree que el lenguaje y el pensamiento, invariablemente, muestran siempre al Ser.

Adaequatio intellectus ad rem

 

Ahora bien, cabe recordar que, para Nicol, el hombre es el ser del logos. Esto no quiere decir que la palabra-razón sea sólo un atributo del ser humano. Se trata, más bien, de lo que de-fine al hombre; de su condición esencial. Así, resulta que sólo el ente humano es quien puede crear símbolos y, por tanto, comprender la presencia del Ser. Y esto, a su vez, sólo es posible por el hecho de que posee logos. En consecuencia, habrá que afirmar que la verdad sólo surge merced al lenguaje y al pensamiento. Si, como sugiere Nicol, la verdad es la manifestación del Ser y, por otro lado, la verdad requiere del pensamiento y del lenguaje, entonces resulta claro que la verdad sólo puede darse ahí donde haya pensamiento y palabra.

Pero, acaso haya que preguntarse si el logos es, exclusivamente, palabra y razón. Se cuestiona esto porque resulta problemático asumir que únicamente mediante el lenguaje y el pensamiento, se ofrezca la evidencia primaria del Ser. Se propone, en cambio, que es desde el sentir donde se muestra la presencia de aquello otro en torno al hombre. En el contacto de la mano, en el aroma al que se aferra la nariz, en el sabor que se recrea en la lengua, en el sonido que habita en el oído y, por supuesto, en el desfile de imágenes que desborda a la pupila, se presenta contundentemente aquello otro que, incluso sin articular palabra aún, ya es una certeza apodíctica para el hombre.

Sentir, no obstante, no se limita a la llamada senso-percepción, es decir, a los datos que ofrecen los sentidos. Por el término sentir se mienta todo un ámbito del hombre o ser de la expresión, donde el logos actúa de un modo distinto al de la conceptualización y la articulación lingüística. Se siente el frío o el calor del ambiente, tanto como el sabor de un buen vino; pero también se siente el cansancio del trabajo o la emoción por reencontrarse con los allegados. Se siente temor o angustia y también se siente el amargor o la dulzura. El sentir es diverso y siempre vincula al hombre con su entorno; con aquello otro que hay en derredor y a través del propio ser.

4. Sentir es una forma más del logos que no necesariamente corresponde a la racionalidad y al ejercicio lingüístico. Como señalaba Nicol, el logos es comunicativo porque vincula a los individuos entre sí al referirse a una realidad común. De este modo, todo logos es diá-logo: la comunidad de lo otro y los otros se patenta y refuerza por su presencia. Puesto que, como se ha indicado, el sentir es una forma más del logos, también posee el carácter comunicativo. En efecto, por el sentir, lo otro se manifiesta al hombre en tanto presencia clara. Esta manifestación, incluso, por momentos llega a ser independiente de la palabra y el pensamiento conceptual. En el sentir, la experiencia acontece con todo el cuerpo comunicando al hombre con su mundo. Es en el sentir donde se da con claridad la manifestación de aquello que hay, incluso sin que se empleé el término Ser para mentar lo hay. En el logos-sentir, la verdad se muestra como el encuentro entre el hombre y todo cuanto hay.

A partir de la propuesta de Nicol, se ha observado que la verdad ya no es un hallazgo que exige una determinada metodología. Hay, en efecto, una verdad originaria que consiste en la manifestación de aquello otro que hay en torno y a través del hombre. Pero, a diferencia de Nicol, podría decirse que la verdad no sólo se aprecia con el pensamiento y el lenguaje, sino que, a partir del sentir, aquellas otras facultades se activan y co-operan en armonía complementaria. Sentir, pues, es encontrarse en todo momento con la verdad originaria: es mostración y descubrimiento de todo cuanto hay. Lo primero a causa de que, al sentir, lo sentido se hace expreso sin tapujos ni reservas, incluso ignorando exactamente lo que se ha sentido, la certeza de haber vivido una sensación es cabal. Pero encontrarse con la verdad también es descubrimiento porque permite conocer o re-conocer siempre nuevas formas de darse lo que hay: es aprehender el mismo mundo de modos siempre diversos.

Así pues, en el sentir reside la verdad. Esto, desde luego, se opone radicalmente a la tradición parmenídea de la que se venía hablando al inicio del presente texto, toda vez que se reconoce que no sólo en la razón depurada de sensaciones y pareceres se halla la verdad. Ésta se asoma en cada poro de la piel, pues verdadero es el roce del pie con el pasto y el viento que acaricia al rostro. Verdadero son los sabores de la comida y los aromas perfumados; verdadera es la imagen que se mira y la que se cree mirar. La verdad es este encuentro, siempre presente por constante, del cuerpo sintiente del ser de la expresión con eso otro que hay en derredor y a través suyo.

 

 

Fotografías de Miren Oller 

http://askmanuela.tumblr.com/

Cody Rocko, Sketches

http://codyrocko.com/

Bibliografía

  1. Conrado Eggers Lan, et.al. Los filósofos presocráticos I. Intro. y Trad. Conrado Eggers Lan y Victoria E. Juliá. Madrid: Gredos, 2008.
  2. Eduardo  Nicol, Historicismo y existencialismo. 3ª. edición. México: fce, 1981.
  3. Eduardo Nicol, Ideas de vario linaje. Ed. Enrique Hülsz. México: unam, 1990.

Notas

[1] Cf. Parménides, Poema ontológico, DK B6-B8.

[2] Cf. Nicol, Eduardo, “Verdad y expresión” en Ideas de vario linaje, pp. 147-174.

[3] Nicol, Eduardo, “Historicidad y trascendencia de la verdad filosófica” en op. Cit., pp. 230-231.

[4] “Adecuación del intelecto a la cosa”.

[5] El símbolo, para Nicol,  es pensado en su forma arcaica, a saber, como complemento, justo a la manera en que Platón lo expone en El Banquete. Pero, concretamente, el lógos es simbólico, según Nicol, porque tiene la capacidad de representar lo dado de maneras diversas mediante la creación de símbolos que permiten aproximarse a la realidad mentada sin ser esta última. Esto supone, por tanto, que el carácter simbólico del lógos comporta un doble movimiento que es crucial para la generación de todo conocimiento posible: la re-presentación y la creación. Así, todo lógos es, a la vez, apofántico y poético [poíesis].

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