Anafábulas, o campo minado de Josu Landa

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Anafábulas, o campo minado de Josu Landa

Reseña por Alberto Constante

 Josu Landa Anafábulas

Dice Ricardo Piglia que “El arte es un campo de experimentación de los lenguajes sociales. La vanguardia se propone, antes que nada, alterar la circulación normalizada del sentido”. Nada más cierto, y el ejemplo de ello es el segundo libro que Josu Landa ha publicado son el nombre de Anafábulas.

Pero ¿qué son las Anafábulas? He de decir que desde el nombre mismo me quedé sorprendido, porque conozco las tradicionales fábulas, esas pequeñas narraciones cuyos protagonistas casi siempre son animales en cuyo caso se resalta una peculiar virtud que puede convertirse en defecto. Estas fábulas creo que todos lo sabemos, son de carácter alegórico y poseen un enorme peso moral. Fabulistas fueron Esopo, de quien recordamos todavía “La zorra y el espino”, “El buen rey león”, “Los monos bailarines”, entre otras. Pero luego vinieron La Fontaine y Félix María Samaniego, del primero cómo no recordar la fábula de “El gato y la zorra”, o la fábula muy aristotélica y, al mismo tiempo, contemporánea de “Nada con exceso”; del segundo, “La gallina de los huevos de oro” que sigue aún en la mente de los políticos, o “Las zorra y las uvas”, que todo mundo confunde con Esopo, o la muy afamada “La cigarra y la hormiga” de la que no aprendimos nada de la moraleja, pero que sigue deleitándonos por la cigarra bohemia frente a la miserable hormiga que tiene la maldita costumbre de prever. Muy moral sajona, protestante, calvinista, frente a la moral católica despilfarradora.

¿Y las Anafábulas?

Sin duda, como todo gran escritor, Josu Landa crea este género. Género literario que ahora nos llena de gozo a quienes disfrutamos del humor negro, del golpetazo verbal, del doble discurso que por un lado se siente dulce pero que conlleva veneno a raudales. Aquí, el escritor es una suerte de antiartista y esto debe ser entendido, como decía Piglia, en el sentido de Gombrowicks y de Macedonio Fernández: no el artista que se autodesigna, sino el que se niega como tal, el sujeto de la pura percepción artística, el que mira a la distancia, el que se opone a la estetización generalizada. Pues si no que lo digan sus anafábulas que no moralizan, ni llevan enseñanzas, ni advertencias, sino más bien una muy bien lograda ironía, feroz sarcasmo ante todo lo que se nos muestra como en “Lección de tolerancia” donde escribe:

Vino, meó y se fue. La Tierra soportó el trago amargo en silencio.

Uno no puede por menos que sonreír o morirse a carcajadas, porque nos habla de nuestro tiempo, de sus dolencias, de su tráfago, de las miradas que podríamos echar sobre mitos que si se dieran en nuestro tiempo resultarían casi imposibles, como en “Conmoción en Transilvania”:

Una peste recorre las tumbas. Menudean las
noticias sobre vampiros muertos.
La explicación resulta sencilla, aunque ha
costado algo dar con ella: intoxicación aguda:
la sangre de muchos de los noctámbulos de
ahora es deletérea: contiene nicotina, plomo,
cocaína, antibióticos, esteroides, cafeína, tri-
glicéridos, alcohol, ácido úrico, residuos de
quimioterapia y alimentos chatarra, coleste-
rol… En las dosis intensas, extraídas bajo pa-
sión, ni los inmortales pueden con ese licor.

Incluso las paradojas filosóficas no quedan absueltas en este trabajo corrosivo, frenéticamente acre, como en “Justicia Filosófica”:

Iba camino a desovar, cuando observó a pocos
metros un gran embotellamiento en la auto-
pista.
Mientras la Tortuga seguía sin pausa, en su
ruta, los automóviles avanzaban media rueda y
paraban. Así, una y mil veces, durante horas.
-A ver qué dicen ahora los que se burlaban
de Zenón, murmuró el quelonio, cuando ya
casi llegaba a su destino

Josu Landa, juega con el corte de la fábula, incluso podríamos decir que en cada anafábula podemos encontrarnos los dichosos animales como queriendo con ello hacer un secreto homenaje a los fabulistas de antaño. Pero ahora es el siglo XXI, con todo y su horror decadente, y por esto ironiza a favor de otra percepción del mundo donde no se moraliza, ni se edifica a nadie ni se quiere construir una moral. Una anafábula es una construcción esmerada de la incitación interna que guía la escritura de ironía y parodia de la vida real. Con ello tenemos entonces un texto que construye una situación narrativa de una intensidad única porque logra, a través de la utilización de la narración, llevar a esa sátira al lugar de lo político, es decir, de nuestra actuación en el mundo. “Equívoco” es la anafábula con la que abre este libro, dedicada a Javier Sicilia, y nos rompe el corazón:

Se pusieron a matar y matar perros… y la ra-
bia, nada que se acabó.

Ficha:

Josu Landa, Anafábulas, Textos de Difusión Cultural, Dirección de Literatura, UNAM, México, 2014.

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