Mil años de historia no lineal de Manuel de Landa

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Mil años de historia no lineal de Manuel de Landa

 

 

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Mil años de historia no lineal, del filósofo mexicano Manuel de Landa, es el título de la obra publicada por la editorial Gedisa en el 2012, el cual está dividido en tres apartados: “Lavas y Magma”, “Genes y Biomasa”, y “Memes y Normas”. Cada capítulo inicia en el año 1000 d. C y finaliza en el año 2000 d. C, con el propósito de narrar la historia desde una perspectiva filosófica en la tradición de Braudel, Deleuze y Guattari, proponiendo, además, una explicación de los procesos materiales influidos por los más recientes descubrimientos de la dinámica. De este modo, sobresale la ambición del título: ¿Cómo narrar esos mil años de historia no lineal? ¿Cómo construir de manera coexistente la narrativa geológica, biológica y lingüística durante los últimos mil años, sin mirarlas como etapas progresivas?

De entrada, en la introducción, De Landa advierte que Mil años de historia no lineal, no es un libro de filosofía y tampoco uno de historia; aunque ello no impida que ambas disciplinas interactúen, y bastantes filósofos se hayan beneficiado de la evidencia histórica de los trabajos de historiadores como Braudel y MacNeil. A partir de esto, De Landa presenta uno de los postulados centrales del libro: “Todas las estructuras que nos rodean y forman nuestra realidad son el resultado de procesos históricos”. Sin embargo, es importante señalar que no es una historia lineal –como bien lo indica el nombre del libro- sino una historia no lineal cuyas combinatorias no coinciden con concepciones lineales y evolutivas de la historia, que aspiran al equilibrio o a desarrollos progresivos.

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En tal sentido, es importante mencionar que a De Landa le interesan las bifurcaciones, los puntos de fuga, los flujos de energía que se salen del equilibrio, y producen cambios contingentes, o sea, cuando los sistemas cambian repentinamente de un estado a otro: “Los atractores y las bifurcaciones son rasgos de cualquier sistema en el cual las dinámicas están lejos del equilibrio y cuyo comportamiento es no lineal, es decir, en sistemas en los que existen fuertes interacciones (o retroalimentaciones) entre los componentes”.

Por otro lado, es conveniente tener presente la influencia del estructuralismo en las tesis del autor: “Vivimos en un mundo poblado por estructuras: mezclas complejas de construcciones geológicas, biológicas, sociales, y lingüísticas que no son otra cosa que acumulaciones de materiales formados y solidificados por la historia”. Esto significa, que la hibridación de las estructuras abarca todas las manifestaciones posibles a través de las distintas disciplinas, es decir, coexisten materialmente en ese entramado que desencadenará en nuevas formas a través de su incesante movimiento. Lo interesante, además, es el énfasis que De Landa otorga a la palabra material, esto es, debido a su adhesión al realismo del llamado materialismo especulativo, donde se habla de materiales geológicos, genéticos, sociales, sociales, entre otros. En pocas palabras: todas las singularidades embonan y cohabitan en alguna materialidad.

En el apartado Lavas y Magmas, De Landa presenta un análisis de las dinámicas urbanas, en el cual, sobresale la siguiente tesis: “los mercados y las burocracias, tanto como las ciudades planeadas y las no planeadas, son ejemplos concretos de una distinción más general: embonajes autoorganizados de elementos diversos y jerarquías de elementos uniformes. Los embonajes y las jerarquías no sólo coexisten y se entrelazan, sino que constantemente dan origen unos a las otras. Por ejemplo, cuando los mercados crecen en tamaño tienden a formar jerarquías comerciales”.

Asimismo, para el autor, existen poblaciones que son diseñadas de manera a priori, puesto que son planificadas como un mapa orgánico con calles curvas; pero además, también existen otro tipo de poblaciones sin planificación alguna, es decir, son producto de la espontaneidad y su interacción con el medio ambiente. No obstante, no se puede afirmar que unas sean del primer tipo, y otras del segundo, porque en realidad para De Landa: “la mayoría de las ciudades son una mezcla de los dos procesos”. De ahí que la versión planeada y la orgánica coexiste y se metamorfosean de forma interactiva.

Ahora bien, al filósofo mexicano le interesa formular una serie de aseveraciones para responder a la pregunta: ¿Cómo fluye la energía a través de la ciudad? Y aquí, precisamente, se auxilia de su herramienta teórica fundamental (los modelos no lineales), para formular que a través de ellos es posible argumentar, que sin un flujo de energía de cierta intensidad, ningún sistema natural y ningún sistema cultural pueden tomar la ruta o las rutas de los atractores (estados endógenamente generados) y de las bifurcaciones (transiciones críticas entre los estados). Ante ello, es importante no perder de vista que para De Landa, los modelos no lineales son capaces de ilustrar cómo las estructuras generadas por flujos de materia y energía una vez que son emplazadas producen reacciones sobre los flujos tanto para inhibirlos como para intensificarlos. Es decir, pueden ejercer la función de desviación o barrera, o de incremento de potencial energético, de tal forma que: “Desde la perspectiva de los flujos energéticos y catalizadores, las sociedades humanas son parecidas a los flujos de lava; y las estructuras hechas por el hombre (ciudades mineralizadas e instituciones) son muy semejantes a las montañas y rocas: acumulaciones de materiales endurecidos y formados por procesos históricos…”

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En consecuencia, De Landa reflexiona: “la sociedad y la cultura (considerados como sistemas dinámicos) no son diferentes de las lavas y los magmas, las que funcionando como cintas transportadoras autoensambladas han movilizado a las placas tectónicas y han creado las estructuras geológicas que por milenios han afectado a la historia humana”.

Por otra parte, en el capítulo Genes y Biomasa, sobresale la tesis que busca explicar lo siguiente: “las especies y los ecosistemas son el producto de procesos generadores de estructura, los cuales son básicamente los mismos que aquellos que producen los diferentes tipos de rocas que abundan en el mundo geológico”. Ante esto, el autor expresa que no existe otro planeta con una bióesfera tan completa como el nuestro. Pese a ello, no es recomendable conformarse con esta creencia, porque ello puede desembocar en lo que él llama un “chauvinismo orgánico” cuyo orden nos puede llevar a marginar o subestimar la vitalidad de los procesos de autoorganizacion en otras esferas de la realidad. Además, esta aseveración nos puede llevar al olvido de que todas las criaturas vivas y su contraparte inorgánica comparten flujos de materia y energía. En este sentido, De Landa señala: “Esta circulación es, en muchos aspectos, lo que verdaderamente importa, no las formas particulares que ésta puede hacer emerger”.

Luego De Landa, en su afán por llevarnos a comprender la interacción de un ecosistema explica: “…el surgimiento de un ecosistema es una búsqueda a ciegas de un estado estable en el que cada conjunto de plantas crea las condiciones que estabilizan al siguiente. Una variedad de constreñimientos históricos (energéticos, materiales, dinámicos) determinan cuando ya no hay otro estado estable que pueda alcanzarse dentro del actual ecosistema, por lo que el proceso llega a su culminación o clímax”. Esto significa, que el ecosistema agota su equilibrio (se empuja lejos de él) y la dinámica se bifurca hacia otro estado, generando cambios siempre y cuando exista retroalimentación y un flujo intenso de energía.

Por último, en el capítulo Memes y Normas De Landa, también aplica la fórmula de los modelos no lineales, para explicar el flujo de materiales lingüísticos, no solo a través de sus mutaciones gramaticales, sino también de su interacción con múltiples estructuras socioeconómicas: “Como los minerales, la energía inanimada, el alimento y los genes, también los sonidos, las palabras y las construcciones sintácticas se acumularon dentro de los muros de los pueblos medievales (y modernos) y han ido transformándose con la propias dinámicas urbanas.” Ello implica que la materialidad del lenguaje, al igual que el resto de los materiales, son coparticipes de la dinámica de las ciudades, sufriendo mutaciones en cada una de sus interacciones, modificando de esta forma su estructura y adaptándose a las nuevas necesidades del tiempo: “Algunos de estos materiales lingüísticos (por ejemplo, el latín escrito y prestigioso) eran tan rígidos e inmutables que simplemente se acumularon como una estructura inerte. Pero otras formas de lenguaje (el latín vulgar y hablado) constituyeron entidades dinámicas capaces de generar nuevas estructuras, como son el francés, el castellano, el italiano y el portugués”.

Finalmente, Mil años de historia no lineal, constituye una magnífica labor de investigación, que logra entretejer la interdisciplinariedad de las ciencias, pues en la mayoría de los casos son marginadas por el reduccionismo científico, en su afán por parcializar las disciplinas y no lograr o desear interconectarlas. El trabajo de De Landa ejemplifica de una forma brillante y original algunos de los presupuestos teóricos del estructuralismo y la teoría de sistemas en cada una de las esferas de la realidad (geológica, biológica y lingüística). No obstante, a pesar de ser una reflexión filosófica sobre evidencias históricas no lineales, al lector le puede quedar la impresión de ser una obra más de corte histórico-científico que filosófico.

Ciertamente el estilo de Mil años de historia no lineal, es mucho más aterrizado y claro (que el estilo de Deleuze y Guattari, por ejemplo) con demostraciones empíricas y no tanto abocado hacia un pensamiento meramente deductivo. De esta forma, el texto deja la sensación de estar más cerca de las ciencias naturales y sociales que de la filosofía en su concepción metafísica.

Por último no hay que olvidar que a De Landa se le clasifica dentro de la actual corriente filosófica llamada materialismo especulativo y como bien afirma Graham Harman (2015): “Derrida y Foucault hubieran preferido morir antes de suscribir la tesis de la existencia independiente de la realidad”.

 

 

Referencias

De Landa, M., Mil años de historia no lineal, editorial Gedisa, México, 2012.

Harman, G., Hacia el realismo especulativo. Ensayos y conferencias. Caja Negra, editores. (2015).

 

 

He afirmado a lo largo de este libro que estructuras tan distintas como la roca sedimentaria, las especies animales, y las clases sociales pueden ser vistas como productos históricos de un mismo proceso generador de estructura. O más precisamente, producto de diferentes procesos concretos que poseen la misma máquina abstracta o el mismo diagrama técnico.

La pregunta ahora sería ¿Posee el lenguaje una máquina abstracta también? La respuesta parecería ser sí, si consideramos que las sedimentaciones de materiales lingüísticos repartidas en conjuntos homogéneos y consolidadas por medio del aislamiento comunicativo, son ejemplos de sistemas estratificados.

De igual forma, en tanto que los sonidos, las palabras y las construcciones lingüísticas son vistas como replicadores, los idiomas poseen también una sonda exploratoria, buscando a ciegas y encontrando posibles sonidos, palabras, o construcciones gramaticales. Pero la cuestión a la que debemos enfocarnos es la siguiente: ¿existe una máquina abstracta específica del lenguaje? En otras palabras, ¿poseen los procesos responsables de la generación de frases y enunciados un diagrama técnico que diferencie la estructura del lenguaje de la estructura de las rocas, plantas, y animales?

 

 

 

 

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