Entrada y Misericordia

Entrada y Misericordia

1.

San Lorenzo Tezonco, Iztapalapa

24 de diciembre del 2015

Reclusorio Oriente

La última vez que vi el reloj marcaba las 2:45 de la tarde. No tengo mucho tiempo, pero por fin doy vuelta en la esquina, me quedan quince minutos y todavía me falta caminar esta larga cuadra que en los días de visita se llena con puestos ambulantes, ropas sin cuerpo suspendidas al sol, playeras, sudaderas, pantalones, bermudas, prendas que pintan en beige y en blanco el camino hasta la entrada del reclusorio. El Charly, el Rodrigo, el Eduardo, el Tanque, el Chuky, el Mauricio, el Porfirio, el Ángel, tajante ausencia de este lado de la barda, imposible no pensar en lo paradójico de la distancia, de la separación, del adentro y el afuera, del muro que se levanta con todos esos kilos y metros de concreto en nombre de la justicia, de la seguridad. Las piernas queman no hay tiempo para detenerse, una señora pregunta la hora, <<son diez para las tres>>, grita el señor que vende pollos al carbón, cruzo la calle y camino lo más rápido que puedo, la entrada parece aún muy lejana, alzo la vista, no soy la única que corre, todos vamos a paso apurado con bolsas en las manos. Al fin cruzo la reja y el aliento descansa, busco mi identificación, me formo frente a las puertas giratorias de metal, es mi turno, no logro pasar correctamente por la máquina el código de barras del Curp, el reloj de la pantalla marca 2:55 pm, un custodio se pone justo a mi lado y grita <> mis movimientos se angustian, hago un segundo intento pero la prisa lo entorpece todo <<les quedan 7, les quedan 6 y no queremos que su familiar se quede sin comida de navidad, ¿verdad?>>. Por fin la máquina lee el código de barras, coloco mi dedo índice sobre el lector para que revise mi huella digital, mi foto y mi nombre aparecen en la pantalla, el seguro de la puerta se abre, por fin estoy adentro, soy de las últimas mujeres en pasar. Cuando entras te sientes chiquito, ¿cómo ignorar las enormes e imponentes paredes grises que se te echan encima como una losa? Lo primero que ves justo al frente es la división entre hombres y mujeres del primer filtro de revisión: a la derecha hay cuatro cuartos donde las custodias revisan a las mujeres, y a la izquierda otros cuatro cuartos para que los custodios revisen a los hombres. En lo alto, desde una especie de palco, todo lo vigila el parco gesto del jefe de custodios; justo desde su indolente posición se desdobla una gran lona con el dibujo de una manzana mordida que dice <>. No hay fila para la revisión, todos los visitantes nos agolpamos como un enjambre de avispas; por la tercera puerta aparece una custodia, me sonríe, me llama con la mano, no hay otra puerta abierta y camino hacia ella.

1.1

-Pásale reina. Tranquila ya llegaste-, me dice.

Entro al cuarto de revisión, no tiene techo, al frente hay una puerta cerrada, aquí no caben más de 4 personas de pie, dejo mi bolsa en el suelo y la custodia cierra la puerta.

1.2

-¿No traes nada chula? ¿Celular?

-Niego con la cabeza, abro y levanto ambos brazos; mientras me habla pasa sus manos a lo largo de mis mangas.

-¡Uy reina, estas bien sudada y estas toda de azul!, vas a tener que salir a encargar tu camisa.

Palpa mi espalda, repasa con sus dedos varias veces de arriba abajo el centro de mi pecho, verifica que no esconda nada entre la ropa.

-Ya otras veces me han dejado pasar con esta camisa y no traigo otra, además, si salgo ya no voy a poder entrar, ya son las 3 de la tarde-. Bajo los brazos y recojo mi bolsa del suelo.

-¡Uy nena!, mira, ese azul sí esta permitido, el problema es que tú traes el pantalón y la camisa azul; aquí a veces vienen de visita las internas de Santa Martha y muchas están vestidas de azul, por eso te digo, ¿cómo le vas a hacer?, si ya sabes como son aquí, si yo te lo digo por eso, yo como quiera te dejo pasar, pero más adelante va estar el problema, todos te van a pedir, ya sabes.

Me pongo de pie, la miro, sonrío.

-¿Cuánto quieres?-. Abro mi bolsa y busco el monedero.

-¡Uy nena! Yo no soy de esas que te dicen “dame tanto”, esto debe ser algo que salga de ti, de lo que tú me quieras dar.

Sobre el lado izquierdo de su pecho, bordado en color dorado, el escudo nacional: el águila devorando a la serpiente se posa en el negro uniforme que reviste a esta mujer de autoridad. El miedo y la autoridad van de la mano.

1.3

-Tengo un billete de cien-, le digo, mientras ella sonríe con la boca colorada.

-¿Cuánto me vas a dar?-. Se lleva las manos a la cintura, abre una cangurera y saca una bolsa de plástico transparente llena de monedas.

-Veinte pesos-, digo con seguridad. Le entrego el billete, abre la bolsa de plástico, saca monedas de diez pesos, las cuenta sobre la palma de su mano y me las entrega.

-Cuéntale reina, tienen que ser ochenta pesos.

 Guardo unas monedas en la bolsa derecha del pantalón, el resto las pongo en mi monedero. Ella suspira pausadamente mientras desliza el cierre de su cangurera, guarda la bolsa de plástico y me mira.

-¡Feliz navidad!-. Abre la puerta y camino hacia afuera.

¡Pásale por acá!

Llego al segundo filtro de revisión, donde una larga barra de metal se interpone, nos divide: ellas, nosotras, custodias, visita; la fila paralela hace que nos miremos de frente, la madre, la esposa, la hermana, la hija.

-Abre tu bolsa.

Coloco mis pertenencias sobre la barra, desabotono mi bolsa, la custodia la sacude y las pocas cosas que traigo resuenan contra el metal: una pluma, las llaves de mi casa, un lápiz color rojo y un cuaderno. Toma el cuaderno, me mira, lo abre, lo hojea, se detiene a leer algunas páginas, lo vuelve a hojear, echa un vistazo dentro de mi bolsa, no hay nada, me recorre con la mirada, levanta las cejas, ladea un poco la cabeza mientras se acerca.

1.4

-Ya puedes guardarlo todo-. Tomo mis cosas para meterlas de nuevo en la bolsa.

-¿Qué no te dijeron? Tu camisa.

Saco de la bolsa de mi pantalón una moneda de diez pesos, la pongo frente a ella, termino de guardar mis cosas, no la miro a los ojos, porque evitar el contacto visual es algo que aprende uno desde la primera visita, ellas y nosotras, madres, hijas, hermanas, esposas; aunque en realidad eso aquí, en este filtro, no importa, acá la costumbre dadivosa suena y resuena a golpe de moneda, la indulgencia uniformada.

-Doñita, ya lo sabe, si eso no es de ahora, la manzana no puede pasar.

-Es la ensalada de navidad. -¿Y ahora qué voy a hacer con tanta?

-Salga a encargarla.

-Eso no se puede.

-¿Entonces Doñita?

-No sé.

-Pues ya deme los treinta y ojalá que más adelante no me la regresen con todo y ensalada.

1.5

La fila sigue hasta el último filtro, agravio que ya no se asombra y se hace el mudo; de nuevo ellos y nosotros, custodios y visita, límite vivo que dramáticamente nos divide. Todas colocamos de nuevo nuestras pertenencias sobre la barra, ruta de metal que conduce en hilera bolsas de mandado, mochilas, bolsas de plástico que guardan “topers” con guisados, algunas botellas de refrescos de dos litros aún se mantienen paradas y otras ruedan mientras se dirigen hacia la máquina de control de rayos equis para recibir el último vistazo, todo cae sobre otra barra, el recorrido termina, me acerco para tomar mi bolso.

-Puede pasar-, me dice un custodio moviendo la cabeza en señal de velada aprobación.

Mujeres en cuclillas reacomodan bolsas, mochilas, refrescos, la fila se rompe, se pierde un poco el orden y, a destiempo, una tras otra y con ambas manos ocupadas se ponen de pie, un niño muy peinado carga una pequeña mochila y toma la mano de su madre.

Camino uno pocos metros más. Un sello y un cojín de tinta me miran desde la superficie casi vacía de una mesa, un par de custodias sentadas del otro lado platican, me detengo, arremango mi manga derecha, me miran con los ojos alzados y ese gesto incrédulo que les aprieta el entrecejo, una de ellas estira el brazo, se levanta lentamente de la silla, toma el sello y lo presiona contra el cojín.

1.6

-¡Tú camisa, reina!

Sobre la mesa dejo una moneda de diez pesos, apoyo el antebrazo y la tinta fluorescente del sello resplandece en mi piel bajo la luz negra. El paso se estrecha intencionalmente para conducirnos a todas a lo que parece ser el último filtro. Busco en mi bolsa la credencial de elector y el CURP; de nuevo la formación de mujeres se acomoda una tras otra ante un gran estante de cemento que resguarda a un grupo de custodios que reciben las identificaciones.

-¿A qué dormitorio vas?-, me pregunta un custodio de cejas pobladas y mirada como de piedra.

-Al cinco.

Le entrego mis documentos y me da a cambio un gafete de madera con un cordón de color rosa: el tono cambia dependiendo del dormitorio del interno.

1.7

-¿Y mi navidad?

Desenredo el cordón, me cuelgo el gafete al cuello, de la bolsa del pantalón saco dos monedas de diez pesos, sólo una la coloco sobre la barra de cemento y a la otra la aprieto en mi puño mientras recuerdo cuántas monedas me quedan en la bolsa del pantalón. La fila se desdibuja en un andar borroso entre tubos y barandales, rampas y escalones, y al fin un túnel que termina con lo que promete ser la luz del sol. El patio interior se confunde con un afuera que ha dejado de ser desde muchos metros atrás; un horizonte de malla, una ruta ciclónica delimita el rumbo de la espera, del encuentro, de la visita con horario de sentencia; aquí y ahora somos todos –visitantes, custodios, internos- penitencia repartida. Llego a otra puerta, a otra barra de cemento, a otra custodia que me clava la vista y alza los dos ojos.

– Reina… tu camisa-, me dice con la voz engolada.

Abro el puño y dejo la moneda sobre la barra de cemento, de inmediato la toma y la arrastra indicándome con la mirada el recuadro iluminado de luz negra, introduzco el brazo derecho en la caja y mi emplumado tatuaje se enciende.

– Pásale

Desdoblo la manga de mi camisa, suspiro profundo, cambio de hombro mi bolso. El rumor de voces se empasta casi armoniosamente con la repetición en serie de un villancico que suena e ilumina el marco del nicho de la Virgen de Guadalupe; la imagen mide casi los dos metros de altura y, a sus pies, la madre <<vida, dulzura y esperanza nuestra>> que reza con las manos en el pecho y los ojos cerrados <<ruega por nosotros los pecadores>>, aprieta los puños, dirige sus plegarias a un cielo techado que detrás promete un paraje misericordioso donde todos somos hijos de Dios <<fruto bendito de tu vientre>>. Madre, hijo, hermano. Un custodio de pie mira detenidamente a la mujer arrodillada que de pronto abre los ojos, y en un gesto simultáneo ambos se persignan ante la mirada de María de Guadalupe.

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