Ciencia y metáforas. Crítica de una razón incestuosa

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Ciencia y metáforas. Crítica de una razón incestuosa

Palma, H. (2016), Ciencia y metáforas. Crítica de una razón incestuosa, Buenos Aires, Editorial Prometeo

1.

“Era una metáfora. La metáfora es siempre
la mejor forma de explicar las cosas”
(J. Saramago, Todos los nombres)

Introducción

El subtítulo de este libro – “Crítica de una razón incestuosa”- más que describir y denunciar los límites de alguna oscura y prohibida inclinación de la razón humana, alerta sobre una concepción de la razón, artificial y normativa, que pensó que el uso de metáforas obedecía a una lógica por fuera del saber. Cuando Kant escribió sus tres críticas (de la razón pura, de la razón práctica y del juicio), utilizando “crítica” en su sentido hoy más olvidado de “límite”, pensaba una razón universal, única, a priori. No podía imaginar, por una cuestión temporal, en una razón a priori de las biografías individuales pero que fuera un a posteriori biológico en el sentido de ser el resultado de la evolución de nuestra especie. Menos podía pensar una razón situada histórica y sociológicamente. A partir de allí, la filosofía se ha ocupado de administrar los límites, rigurosos e infranqueables, de la razón científica. Pero la discusión sobre los límites siempre ha ocultado cuestiones más interesantes del problema: la idea misma de límite implica que se generen zonas grises, zonas de intersección más o menos amplias y difusas, zonas de interacciones, entrecruces, mezclas y combinaciones heterodoxas, y, por qué no, de disputas importantes sobre espacios de poder simbólico, teórico, institucional o político. Los límites, en este sentido resultan una ficción, y no porque estén bien o mal puestos o estén ubicados artificial o forzadamente (cosa que puede ocurrir también), sino más bien porque allí donde hay un límite, lo que se genera, inmediata e ineludiblemente, son interacciones, intersecciones, bordes y solapamientos. Insisto: no como residuos de unos límites mal trazados sino como unas consecuencias necesarias, más relevantes y por sobre todo más interesantes, que los límites mismos.

1.1

Un cambio de enfoque

Pensamos y hablamos con metáforas. Y no reparamos en la ubicuidad de la metáfora porque vivimos con ellas, las usamos a diario para comunicarnos y porque hemos naturalizado su uso. Además, desde la literatura, que la tiene como uno de sus recursos fundamentales y, tradicionalmente, como su lugar natural de pertenencia, se ha expandido al discurso político y retórico. Pero también la historia de la filosofía está plagada de metáforas, algunas realmente maravillosas y memorables. Baste recordar la serie de fragmentos de Heráclito acerca del río o el fuego. Platón, maestro de las metáforas, ha dejado entre otras su alegoría de la caverna que se repite y relee una y otra vez, o su “mito de los metales” por nombrar solo dos. El ‘giro copernicano’ al que se refiere Kant para dar cuenta de un nuevo enfoque acerca del conocimiento. El búho de Minerva que, según Hegel, levanta vuelo al atardecer. Las mónadas, sin ventanas para Leibniz, con ventanas para Husserl y tiradas en la calle para Heidegger. La tabula rasa de Locke. El Leviathan de Hobbes. El ‘contrato social’ de los contractualistas del siglo XVII en adelante. El ‘cuerpo político’.

Pero, además de lo señalado, ¿qué hacen sino una metáfora, los que sostienen que el universo es una especie de organismo, o bien que es una máquina, o que es un libro escrito en caracteres matemáticos; los que sostienen que la humanidad o una civilización se desarrolla o muere; que las leyes de la economía o la sociología son equivalentes a las de la física newtoniana; que entre las empresas comerciales, las innovaciones tecnológicas, o aun entre los pueblos y culturas hay un mecanismo de selección de tipo darwiniano; que  el mercado se autoregula a través de la mano invisible; que la mente humana es como una computadora o bien que una computadora es como una mente; que la ontogenia humana repite o reproduce la filogenia o, por el contrario, que la filogenia repite la ontogenia? Muchas veces, y en defensa del privilegio epistémico de la ciencia, suele señalarse que expresiones como las precedentes son meras formas de hablar, un lenguaje figurado o desviado que cumpliría, en el mejor de los casos, funciones didácticas o heurísticas, pero que no expresaría la verdadera explicación, que la ciencia posee pero que es inaccesible para los no especialistas. Es indudable que esta es una parte del problema, aunque la menos interesante y que, en infinidad de ocasiones las metáforas utilizadas resultan genuinos intentos de descripción y/o explicación acerca del mundo.

Es que siempre hay algo misterioso y sospechoso en la metáfora, una expresión que quiere decir algo diciendo otra cosa; una expresión en la que aquello que quiere decirse aparece difuso y semioculto por detrás de algo que se dice pero que no es lo que se quiere decir. Este estigma fundacional ha perseguido a la metáfora desde Aristóteles hasta nuestros días y la ha restringido a usos y funciones estrictamente relacionados con la literatura o el discurso meramente persuasivo y, consecuentemente, le ha negado toda relevancia para el conocimiento y las ciencias.

1.2

Desde Aristóteles hasta la actualidad, gran cantidad de autores se ha ocupado del problema de la metáfora según algunas líneas de trabajo más o menos claras. La primera y más profusa, niega a la metáfora toda relevancia y valor cognoscitivo, bajo el supuesto de su carácter retórico-literario y, entonces, los análisis se limitan a establecer la naturaleza (semántica o pragmática) de las metáforas y, eventualmente establecer alguna taxonomía de las mismas. La segunda, ligada a las epistemologías estándar que comenzaron a aparecer hacia mediados del siglo XIX y que tienen al lenguaje riguroso como desideratum epistémico, expulsa irreversiblemente a las metáforas del campo científico por su referencialidad difusa pero, a cambio, les reconocen un valor heurístico o psicológico, por su capacidad para sugerir nuevos conceptos, hipótesis o relaciones. La tolerancia epistemológica, en este punto, alcanza también para aceptar un uso didáctico, tan necesario en la enseñanza de las ciencias sobre todo a estudiantes no científicos. Finalmente, una tercera vía que se ha ido consolidando en las últimas décadas, pero que puede rastrearse en el siglo XIX, en buena medida como reacción contra la anterior, opera una crítica a la ciencia moderna y sus pretensiones de objetividad denunciando que las ciencias usan metáforas. La ciencia arrastraría, así, una hipoteca metafórica que la igualaría a otras prácticas humanas discursivas sin pretensiones cognoscitivas, como la literatura. No habría nada especial en las ciencias en el orden del conocimiento neutral acerca del mundo por el uso ineludible de metáforas.

Pero las estrategias de análisis precedentes se apoyan sobre un error sinecdóquico: considerar que todas las metáforas son similares, en todas sus características, a las metáforas literarias. Toman la parte por el todo y niegan el carácter cognoscitivo/epistémico de las metáforas científicas. Se acepta que las metáforas puedan tener funciones estéticas, retóricas, didácticas y heurísticas, pero no una función sustancial en las ciencias. En efecto, la primera línea de análisis otorga incumbencias culturales privilegiadas y específicas (retóricas y estéticas) a las metáforas a costa de renunciar a otras funciones; la segunda porque defiende la especificidad, rigurosidad y objetividad de la ciencia sobre la base de un lenguaje lo más formalizado y depurado posible en el cual sus enunciados puedan tener una referencia empírica directa (o deductivamente indirecta); y la tercera vía porque considera que el lenguaje de la ciencia, más allá de ciertos rituales y particularidades instrumentales, no diferiría de otras actividades y lenguajes no referenciales.

Como ya se ha señalado más arriba, la tesis defendida en este libro se apoya en un cambio de enfoque fundamental, a saber: que las metáforas que utilizan los científicos dicen algo por sí, y no como meras subsidiarias de otras expresiones consideradas literales y, por tanto, tienen una función cognoscitiva y epistémica legítima e insustituible. En este sentido debe quedar claro que este cambio de perspectiva no implica de ninguna manera una literaturalización de la ciencia sino, por el contrario, una indagación y una reivindicación del uso epistémico de las metáforas.

Hay al menos tres argumentos fundamentales en apoyo de este nuevo enfoque. En primer lugar la enorme cantidad de metáforas en todas las áreas científicas lleva a sospechar fuertemente que su presencia es más la regla que la excepción y que se trata más de un expediente cognoscitivo, que mera o solamente heurístico o retórico; en segundo lugar que en casi todos esos casos las expresiones metafóricas no son sustitutos o paráfrasis de otras expresiones literales y más esotéricas que los científicos usarían entre pares o entre entendidos, sino la forma única y habitual en la que se expresan; en tercer lugar que las consecuencias teóricas, conceptuales y prácticas de las metáforas son parte del corpus teórico al cual pertenecen, al modo de los teoremas de un sistema axiomático.

Este cambio de enfoque, obviamente, no es estipulativo. Requiere explicitar una serie de cuestiones. En primer lugar (Capítulo 1), mostrar en qué consiste este nuevo carácter de la metáfora, es decir no solo analizar qué es una metáfora, sino también bajo qué condiciones y características una metáfora científica (a la que llamaré “metáfora epistémica”) es distinta de una metáfora literaria y puede tener una vinculación con el conocimiento riguroso; aquí se incluye también una reconsideración de algunos tópicos epistemológicos generales y otros específicos acerca de la metáfora (como por ejemplo la relación entre metáforas y modelos científicos. En segundo lugar (Capítulo 2) se rastrean las formas en que se ha concebido la metáfora en el campo de la filosofía de la ciencia, desde posiciones que negaban funciones cognoscitivas a las metáforas hasta otras que las revalorizaron a costa de considerar a la ciencia como un producto cultural discursivo como otros. Luego (Capítulos 3 y 4) se expondrán ejemplos históricos del uso de metáforas en las ciencias. Posteriormente (Capítulo 5) se analizarán tres metáforas muy utilizadas en el campo de la filosofía de las ciencias: las epistemologías evolucionistas, las “revoluciones científicas” y las “leyes de la naturaleza” y algunas muy corrientes dentro del periodismo científico. Finalmente (Capítulo 6) se abordan algunas metáforas utilizadas en la comunicación pública de las ciencias

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