Correspondencia amorosa entre Eva Illouz y Pascal Bruckner: un intercambio intelectual acerca de las relaciones contemporáneas

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Correspondencia amorosa entre Eva Illouz y Pascal Bruckner: un intercambio intelectual acerca de las relaciones contemporáneas

En su ensayo La paradoja amorosa, Pascal Brukner propone un nuevo dispositivo afectivo, apoyándose en la distinción entre el amor durable, fundador de la familia, y las aventuras sentimentales y sexuales precarias y secundarias que tienen que ser integradas a las parejas para que no se destruyan. Una propuesta que deja a la socióloga Eva Illouz impresionada, visto que ella analiza el tema desde el punto de vista de la historia del capitalismo y considera que actualmente estaríamos siendo incitados a consumir y a multiplicar nuestras experiencias amorosas en nombre de un nuevo “mercado del amor”.[1]

 

1ª. CARTA

Pascal Brukner escribe:

¡Querida amiga!

Desde algunos años existe en Paris una rara ceremonia que acontece en la plaza Abbesses, en la loma del barrio Montmartre durante la época de las vendimias: jóvenes parejas vienen a registrar frente al alcalde su “no-pedido” y se declaran como en las canciones de Brassens: “tengo el honor de no pedir tu mano”. Ninguna ley es bella lo bastante para nosotros, parecen decir estos amantes de un tipo nuevo. Te propongo seguir su ejemplo: comencemos por no casarnos. Siempre tendremos tiempo para ceder a esta institución, si todavía lo queremos, la cual debería cerrar y no abrir nuestra vida amorosa. Hagamos cuanto podamos para ser eternos novios. Tú eres como yo: un animal conyugal que desconfía de la pareja. Tú sabes muy bien cómo este ideal se destruye al realizarse. Una constatación, antes de seguir: el amor nunca fue tan difícil de vivir como después que rompió con la tutela que lo constreñía. Es “libre”: pero es una divinidad cruel que nos acaricia y nos daña a la vez, nos persigue en nombre de exigencias elevadas. El equívoco: el verdadero amor se burla del amor.

La pareja moderna despliega dos ambiciones: amar apasionadamente una persona, y ser amado en retribución, sin dejar de ser autónomo. Estar involucrado sin estar bloqueado, con esperanza de que la vida común sea suficientemente flexible y permita la coexistencia harmoniosa. Tú, como yo, hablamos dos lenguas extranjeras: la de la conexión fatal y esta de la libre disposición de sí. Es la superposición de estas dos lenguas que concede a las relaciones actuales su aire de novelas intensas y a la vez monótonas. Se acabó la época en que las mujeres aceptaban sacrificarse por la felicidad y el éxito del marido. Incluso hay mujeres que ganan muy bien su vida y se dedican enteramente a sus carreras. Yo no toleraría, de mi parte, que pararas de trabajar, te quiero independiente económicamente. Y si tú quieres hacer fortuna y mantenerme, créeme, no me molestaría.

La pareja contemporánea sabe que es mortal. Ella es a sí mismo su hijo más caro, su problema más difícil. La pasión, digamos, es irresistible. ¡Desafortunadamente! Ella resiste a todo, excepto a sí misma. La tragedia clásica oponía una ligazón imposible a un orden cruel; la tragedia moderna es el amor matado por sí mismo, que muere con su propia victoria. Es al ejercerse que se desintegra, su apoteosis es su caída. La prudencia debe ser fundamental hoy en día, visto el tamaño del miedo de que seamos devorados. Velar por su espacio vital, circunscribir sus respectivos territorios, es preservarse del ahogamiento, y la buena intención es la que huye de la simbiosis. Los enamorados mueren por estar muy cercanos, pues un intervalo les hace falta para comunicarse. Segunda regla, entonces: no vivamos juntos. Conservemos lo más que podamos las casas separadas. Esto permitirá la sorpresa de los reencuentros y los dolores benéficos de la ausencia. Nosotros debemos extrañarnos para tener el placer de reencontrarnos. Protejámonos de la asquerosa suavidad de la proximidad. En su Fisiología del matrimonio, Balzac ha defendido las recamaras separadas: las parejas deben unirse sin estar oprimidos por una contigüidad física. Dormir es más íntimo que el sexo. Así evitaremos caer en miserables detalles domésticos: los hechizos más dementes agonizan sobre la vajilla sucia, la cama deshecha, los calcetines tirados. Practiquemos una utopía inteligente de la distancia. La miseria de la saciedad es peor que esta de la falta, porque ella no tiene remedio.

 

No tropecemos sobre promesas imposibles: “no te engañaré jamás”. Es difícil ser constante, es sencillo no serlo. “Debajo de la cintura no hay ni Ley ni Rey”, afirma el dicho. Hoy conocemos dos tipos de celos: estamos celosos del otro tanto como de nuestra independencia. Que te sientas atraída por otros hombres, puedo entender, y no lo querré saber. Es tu parte secreta, como tengo la mía. Pero por favor, ahórreme saber de tus impulsos, como yo te economizaré saber los míos. No hagamos de nuestra libertad el estandarte de nuestra grosería. No creo en la transparencia mística tal como la practicaban Sartre y Beauvoir, eso es otro nombre para el control y la voluntad de potencia. La política confesional es antes de toda una política del no-cuidado: decir todo es maldecir, mientras la omisión revela un principio de delicadeza. Anunciar la verdad a su pareja como haríamos en un tribunal es someterlo a un chantaje insoportable. Inversión de la moral clásica: en cuanto mentimos, manteémonos ligados al otro, y mostramos que cuidar de la relación importa más que la confesión. Callarse es proteger. Confidenciar es saquear. Es lo que podríamos llamar la paradoja francesa ya vislumbrada por Bertrand Russel en 1929: grande tolerancia frente a las aventuras de hombres y mujeres, desde que no interfieran en la vida de la pareja. La tranquilidad conyugal que se hace de pequeños arreglos entre los cónyuges es marca de un verdadero refinamiento.

El acuerdo amigable (“partage a l’amiable”)[2] (Fourier) puede ser un intermedio benéfico entre los amantes: suaviza al otro sin anularlo y refuerza frecuentemente un contracto fallido. Claro que sufriremos y lloraremos bajo la tormenta de la posesividad devoradora, pero evitaremos los meandros de la frustración en nombre de una distancia controlada.

Para finalizar: no hagamos de nuestro compromiso amoroso el fruto de nuestra renuncia al mundo. Nada es más triste que los torturados comprimidos en sus nidos como dos pájaros asustados. Te pido que me sostenga y me sorprendas: que el hogar sea un relleno algodonado y el lugar del temblor, una unión bien particular del ardor y la sopa de verduras. Nuestro modo de vivir no será la apertura o el cierre, sino la porosidad: un entre-dos que deja filtrarse lo mejor. La intimidad no puede ser una simple operación de resta, se debilita si no es a la vez exposición al mundo, el cual es nuestro aliado y no nuestro enemigo. Definitivamente, la peor infidelidad que podemos cometer es frente a nosotros mismos: si nos mostramos indignos del afán que nos movió uno hacia el otro y dejamos que la niebla de la repetición borre la embriaguez de nuestro comienzo. Y como el amor es esta parte de la existencia que frustra toda predicación, rompa esta carta y olvidemos todo que escribí. Ninguna carta dictará la historia inédita y, espero, maravillosa que vamos a vivir.

 

Pascal.

 

2ª. CARTA

Eva Illouz esbribe:

 

¡Caro amigo!

Su carta me dejó perpleja. A lo largo de días pensé en diferentes respuestas. Comencé por decirme que no discordaba de nada y que su proposición es un antídoto inteligente frente a la condición amorosa de nuestros tiempos. Luego me pregunté si en el fondo usted no proponía más bien un arreglo burgués bastante clásico, dividido entre la mujer oficial, a la que se miente legítimamente, y las mujeres de la penumbra que conceden placer, y a veces incluso grandes sentimientos, pero a quienes se rechaza toda promesa y la transparencia que sólo la legitimidad social puede conceder. No pude impedirme de pensar que, a pesar de que en teoría el arreglo sea simétrico, es casi siempre más practicable y confortable para los hombres que para las mujeres. Y pues, en un tercer momento, me quedé impresionada por su resignación: usted propone que ajustemos nuestra psique amorosa a lo que hace falta en nuestra época.

Posponer la caducidad del matrimonio o negarla es hacer como si el amor que nos ha unido fuera nada más que una cuestión de puros sentimientos, puesto que nosotros, los Modernos, ahora negamos el papel y la potencia de las instituciones. Usted rechaza la institución, pero, a los que entre nosotros no quieren y tampoco pueden sacrificar su seguridad psicológica, usted ofrece un sustituto bien más difícil de realizar: la relación de larga duración sin el encuadramiento de la institución. A los que entre nosotros tienen la necesidad de la excitación de los placeres renovados, usted sugiere que no se desesperen, podríamos gozar no sólo de los placeres, como del sentido permanente de lo posible, que concede incluso más placer que el placer él mismo.

Su sugerencia, entonces, no concede más que la apariencia de estar fuera de la institución. No hay dudas que usted ve en una relación estable la garantía de la seguridad psicológica, extremamente necesaria en una época de tantas incertidumbres. La separación entre la historia principal (estable) y las historias periféricas que usted propone, refleja una división profunda que está en el propio corazón de las instituciones: el centro y la periferia; lo público y lo privado; lo cuotidiano y lo extraordinario; lo conocido y lo excitante; lo legítimo y lo ilícito. En el fondo, usted propone dividir el alma y las emociones según un eje que refleje estas separaciones. Y la libertad que usted sugiere en el dominio de lo sexual, no es más que el prolongamiento del imperativo de elección y goce que nosotros, los Modernos, nos hemos atribuido en otros dominios.

El arreglo que me propone es menos contra el casamiento o la institución, que contra la pasión que pide y exige todo, la totalidad de la existencia del otro, la cual empuja y molesta las distinciones institucionales, la estabilidad, la ilusión de la escoja e incluso el principio del placer.

Y como me escribe una carta, no puedo dejar de dirigirme hacia esta bella tradición de las cartas de amor, que eran escritas en el afán imperioso del otro y que usted parece haber sabido domesticar. Al escribir a su amada y prometida Felice Bauer, Kafka le imploraba que no le escribiera todos los días. Él se explicaba así: “No me escriba más que una vez por semana y de modo que yo reciba su carta en los domingos. Es que, debo decirle, no soporto sus cartas cuotidianas, no estoy en estado de soportarlas. Respondo a su carta, por ejemplo, y luego estoy aparentemente bien tranquilo en mi cama, pero me atraviesan palpitaciones por todo el cuerpo y mi corazón no conoce nada más que usted. Cómo te pertenezco, esta es verdaderamente la única posibilidad de expresarlo y ella es tan frágil” (Kafka).

Podemos, seguramente, burlarnos de este joven que por palabras, por simples palabras escritas sobre el papel, se veía en la imposibilidad de respirar. Sin embargo, también podemos admirar la transparencia y el abandono por el cual este ser se daba al otro. Kafka no debía casarse con Felice. Su pasión no era institucionalizable. En dos palabras él definía la esencia de la pasión amorosa: “te pertenezco”. La metáfora posesiva no tiene fuerza aquí si no es pronunciada en este sentido: jamás puede ser un “me perteneces”, sino un “te pertenezco”. La pasión es, entonces, el deseo de ceder nuestra libertad y nuestra propia voluntad a alguien. Este abandono de sí mismo exige una estructura psicológica que colectivamente hemos olvidado y perdido. No use su sabiduría y su bella inteligencia para aceptar esta perdida. No argumente por la libertad del sujeto, por su autonomía, por las ilusiones de que el amor nutre. Del mismo modo como Kant postulaba el imperativo categórico, yo postulo el imperativo pasional: vivir nuestros sentimientos como si la pasión fuera posible, como si ella constituyera el horizonte no franqueable de nuestros sentimientos. ¿Por qué? Porque solamente la pasión molesta eso que constituye el régimen ordinario de nuestra autonomía, la ilusión de que me basto a mí mismo. A la que sería su mujer, Constance, Oscar Wilde escribía: “Mi alma y mi cuerpo parecen ya no pertenecerme, sino mezclarse con los tuyos en un exquisito éxtasis.” La pasión desafía nuestro sentimiento de finitud porque ella se cree eterna, transciende los límites de la temporalidad; Katherine Mansfield firmaba sus cartas a su amante John Middleton Murry (quien sería su segundo marido): “tuya para siempre” (“Yours Forever”). Finalmente es eso que pone en jaque la soberanía y nos recuerda nuestra vulnerabilidad. En una linda carta que escribió a su maestra Virginia Woolf, Vita Sackville-West se exprimía así: “Te extraño, de manera sencilla, desesperada, humana […]. Esta carta es verdaderamente un grito de dolor.”

Usted me dirá, sin dudas: ¿por qué sufrir, por qué tener este sentimiento de eternidad, por qué pertenecer a un único ser, por qué comprometer este sentimiento de autonomía que hemos puesto tantos siglos para conquistar? Solo puedo responderle evocando una bastante conocida noción, y posiblemente en desuso: la pasión trae el sentimiento de lo sublime. Lo sublime, como Kant definía, es esta categoría de la experiencia que nos aterroriza y a la vez nos concede el sentimiento de grandeza. Es esta experiencia que a las ciegas en la pasión, y es a esta misma experiencia –que se burla de las divisiones y de los arreglos- no puedo renunciar.

Eva.

 

 

Notas                

[1] La revista francesa Philosophie Magazine (no.75, diciembre2013/enero2014, pp. 56-59) propuso a ambos un intercambio sobre el tema: en lugar de debatir teóricamente, los dos intelectuales aceptaron el ejercicio de escribirse cartas como verdaderos enamorados, las cuales fueron publicadas en la revista y las traducimos aquí.
[2] Termino jurídico utilizado para calificar los acuerdos amicales entre las partes en los casos divorcio o en la división de herencias.

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