El ofrecimiento de la intimidad editada

Home #38 El ofrecimiento de la intimidad editada
El ofrecimiento de la intimidad editada

 

Últimamente, la palabra “virtualidad” suena por todos lados; no ha habido otra época en que se haya recurrido tanto a aquélla como hoy. Sí, es por lo mismo que seguramente ya están pensando y no sólo eso: es porque ahora mismo están leyendo este texto dentro una plataforma “virtual”.

No puedo abandonar el pensamiento sobre lo que Sócrates nos legó acerca de los conceptos en cuanto al hecho de hablar y hacer relaciones con base en ellos, una vez que los hemos internalizado para expresar una idea más o menos completa, por eso me tuve que remitir al concepto de “real” y de “virtual” para esta reflexión: el primero, según la máxima autoridad en nuestra lengua nativa, el español, –la RAE– se trata de lo que otorga la cualidad de una existencia objetiva –no quisiera remitirme aquí a la discusión de lo que es “objetivo” para los propósitos que me ocupan, creo que es necesario dejarlo a lo que coloquialmente entendemos por objetivo–, mientras que el segundo concepto, “virtual”, entendemos, según la misma instancia, a aquello que posee la virtud de producir un efecto aunque no lo produce de presente –quiero entender que se está refiriendo al tiempo presente– y que además se opone a lo efectivo, a lo real pues. Es decir, tendríamos que la definición de realidad virtual quedaría más o menos así: la existencia objetiva de algo que además produce un efecto en diferentes tiempos, pero que no es real –pensé en un primer momento en excluir al pasado, pero ahora recuerdo que Facebook ya se ocupó de regresarlo, al menos mediante su aplicación “tus recuerdos en Facebook”–.

Según este par de definiciones dadas por la RAE, estaríamos hablando de un oxímoron cuando decimos que la “realidad virtual” tiene existencia objetiva pero que no es real, entonces ¿de qué estamos hablando? Es un tema bastante amplio e interesante que además podríamos analizar con ejemplos muy divertidos tipo películas Matrix, Interestellar y por el estilo, pero en este momento no escribo para ello ni podemos llegar a una conclusión al respecto, aunque sí dar un brochazo acerca de lo que entendemos y vivimos como realidad virtual quizás solamente acomodando algunas ideas y usando parcialmente aquellas definiciones:

Es cierto que la recurrencia del uso de la palabra virtualidad –al menos actualmente– señala más que otra cosa a las aplicaciones creadas en Internet y que ahora inciden en nuestra existencia objetiva y subjetiva. Es decir: las expresiones, imágenes, avatares, aplicaciones que nos facilitan el ejercicio de nuestras posmodernas actividades, ahora más que nunca tienen que ver con nuestra existencia práctica, objetiva, tangible. Tanto es así que existe una policía cibernética, que miles de empleos pueden ejecutarse desde la comodidad del hogar, que incluso se puede conseguir la droga más potente, arma o cualquier tipo de objeto o ejecución de actividad ilícita –sí, no importa que exista la policía cibernética, esto sucede más o menos como en nuestra realidad física, también hay impunidad… o simplemente no se escarba en esos pantanosos terrenos si no se tiene el interés–, el punto es que sí hay una gran incidencia de lo que se experimenta en la realidad virtual y la manera en que vivimos nuestras vidas cotidianas… y muchas de las veces no es en el presente en estricto sentido de la palabra.

¿Qué significa esto? Refiriéndome concretamente al uso de redes sociales virtuales y apelando al puro sentido de “socializar”: que aquello que compartimos para este cometido está atravesado por segundos, minutos, horas –tiempo que nos da para poder editar, pensar, decorar– y que hace que esa proyección de la realidad, que es ficticia y que no está realizada en tiempo presente, se muestre a los ojos de las decenas o miles de personas que nos siguen y que ahí están, tejiendo una relación con ese avatar idealizado con nuestros propios deseos, insatisfecho como buen ser humano, pero posiblemente con la –ahora sí– sensación pasajera de ver colmado su anhelo perenne de realización. Así es, y quizás es allí por donde podríamos empezar si de buscar la intimidad perdida se trata.

Pero ¿qué tiene que ver la intimidad? Es un fenómeno digno de por lo menos describirse: el hecho de que tengamos a nuestro alcance un dispositivo –no uso dispositivo aquí como el término de Foucault acerca de que se trata de un mecanismo donde se constriñen poderes para ejercer la dominación… ¿o debería?–, un teléfono celular pues, para tomarnos fotos hasta en el baño, el espacio más simbólico o más representativo de la intimidad, y luego subirlas para que nuestros contactos las vean, pero no sólo eso, sino todo lo que rodea a ese hecho que consiste básicamente en una bifurcación de nuestra atención centrada por un lado en la construcción de detalles nimios de nuestra vivencia diaria en la pantalla y quizás en una aplicación de edición de imágenes, y por otro lado en estar físicamente, corpóreamente, atendiendo la circunstancia que nos rodea.

Esta práctica es interesante en la medida en que la virtualidad ha servido, entre otras tantas cosas, para producir un discurso que, dijera una colega hace unos días, nos conduce a abrir una nueva puerta o extensión en el lema “lo personal es lo político” para quedar en “lo íntimo es lo personal y lo personal es lo político” o incluso quedar en “lo íntimo es lo político” –aunque no precisamente en un sentido positivo y de lucha, como lo implica el lema original– y difuminar con ello los límites que alguna vez fueron referencia para ubicar nuestro entendimiento entre lo que es verdaderamente íntimo (comer o estar en el baño, por ejemplo) del ámbito de acción social.  

Y quizás más allá de esta mera práctica de moda, esta bifurcación se haya producido por el intento de ser vistos, de ser adorados, de llevar al acto el cumplimiento de nuestro designio acerca de que el ser humano es un semidiós por su capacidad racional y por ser consciente de sí mismo a través de la razón; de esta manera, hemos creado y ofrecido una intimidad virtual, una que no nos pertenece, un ideal de lo que somos y que podemos “ser” mediante imágenes y videos que queremos mostrar a nuestro público espectador.

Que quede claro que esta reflexión no lleva un juicio moral acerca de si hacemos bien o mal en integrarnos a esta moda de construcción de la intimidad irreal o editada, más bien la pregunta sería: ofrecer esa intimidad editada, ¿realmente nos lleva a la satisfacción sostenida?, ¿realmente con eso llevamos al acto el portentoso nombre de semidiós?… Y mejor aún sería preguntarnos si las nuevas generaciones, en algún momento sabrán que hubo un tiempo muy lejano en que la raza humana se consideró a sí misma como semidiosa por el hecho de tener consciencia de sí mediante la razón.

Será muy interesante ver el rumbo que toma este concepto, y al que tal vez le suceda lo mismo que a la “realidad virtual” –bueno, en este preciso momento ya descubrimos que se trata de una intimidad mediada por la edición y que la hace colocarse en un tiempo que no es el presente– y que al fin se torne en una referencia distinta a lo que inicialmente quisimos nombrar y que ya no sea propiamente a la intimidad, o en términos de lo que dice la RAE: a esa zona espiritual íntima y reservada de una persona o de un grupo, especialmente de una familia.       

Todo lo anterior pudiera implicar el nacimiento de una intimidad construida a modo pero no a discreción, y quizás es un tema que habrá de tratarse aparte pero no por ello se debe dejar de mencionarlo y es la alteración del tiempo… Precisamente por lo que ya he descrito: aunque la aplicación que usemos nos invite a subir contenidos con la frase “qué estás pensando”, ese “pensando” no implica necesariamente una acción simultánea o presente por el simple hecho de que podemos intervenirla a través de una recomposición – edición–, podemos hacerla ya no tan presente y sin embargo decir que es así (lo mismo pasa con la herramienta de video con la que podemos transmitir en vivo, aunque quizás ésta sea menos susceptible de editar, aunque sí de elegir como lo que está ocurriendo en ese presente seleccionado respecto del resto de circunstancias).

Como sea, al parecer la ruptura con el presente puede dar lugar a otro tipo de presente y lo mismo con la intimidad editada que ya no es tan intimidad, todo lo cual nos conduce a la transformación de los conceptos mediante prácticas vertiginosamente virtuales.  

Leave a Reply

Your email address will not be published.