Microrrelatos del asombro

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Microrrelatos del asombro

Rafael Guevara Fefer, Lo duro de las ciencias blandas. Microensayos sobre la sociedad contemporánea, las ciencias y su historia, UNAM, México, 2014.

 

No hay duda que los libros impresos siempre sorprenden. Tienen aún ese halo mágico que envuelve secretos recónditos que uno tiene que descubrir a través de pequeñas pistas, de pequeñas huellas dejadas como si no importaran, pero que son como esos pequeños pedacitos de pan del cuento de hadas alemán, recogido por los hermanos Grimm, Hansel y Gretel, y que sirven como marcas para sitiar una realidad.

Los libros son eso, un espacio maravilloso de asombro ante el mundo y qué mejor cuando el tema de ese texto trata de otro escenario cuasi mágico que es la ciencia, así, con lo duro de su peculiar método. Este es entonces un libro que no sólo contiene “Microrelatos”, como dice el título, sino que, además, contiene narraciones que traen el sabor de la tierra, de las peripecias de un estudioso de la historia asombrado por las formas que toma el contemplar “a un hombre hacer una polea con su cuerpo y mecates para convertir un palo en un molinillo de chocolate”[1] en un pueblo tan mítico como es México.

Toda una suerte de fenomenología de estos quehaceres que sólo se nombran con un término un poco despectivo puesto que no se considera arte, pero que algo de eso tiene: “[…] también observamos en el artesano dominio de técnicas que implican pericia, pensamiento matemático, control sobre su cuerpo y hasta un hábil ejercicio de mercadotecnia, de modo tal que me hizo percatarme de que, a veces, el show de la tecnociencia sorprende menos que el espectáculo de un artesano”.[2]

Este libro, Lo duro de las ciencias blandas. Microensayos sobre la sociedad contemporánea, las ciencias y su historia, de Rafael Guevara Fefer, publicado por la UNAM es un texto sui generis. Desde el título extraordinariamente bien pensado, provocativo, se antoja leerlo porque nos promete un constante maravillarnos de ese encanto que tiene de hacer de lo ordinario algo extraordinario. Estos son microensayos, es decir, breves reflexiones sobre la ciencia, su quehacer, su enfoque, pero igual, también formas de acercar la ciencia al lector común, al lector que el sólo nombre de ciencia ya predispuso para no comprender lo que se escribe, acercar eso cotidiano para que adquiera otra dimensión, una superficie y una textura infinita, a romper con la vulgaridad del mundo y hacernos comprender cómo es que nada es despreciable si se le ve con los ojos del asombro.

Rafael Guevara, en este trabajo, hace verdaderos esfuerzos por asociar la ciencia a los saberes prácticos de la vida, como cuando escribe, en las primeras páginas que “Hay tanto por hacer en el campo de los saberes no científicos, sobre todo si aceptamos que la ciencia sólo es uno de tantos modos de comprender y transformar la naturaleza, y que es deseable que conviva con mucho otros, tal como sugería Paul Fayerabend […]”.[3] Foucault habría señalado que Rafael Guevara se refiere a los “saberes sometidos”, esos saberes que quedaron desplazados cuando la ciencia se convirtió en constituyente de la vida del saber en adelante.

Por otro lado, he de decir que me gustó el libro, su tono desenfadado, su transitar de un tema a otro, como en el caso del extinto IFE, ahora INE (piense Usted lo que quiera) del derroche de dinero puesto para que la gente llegara a votar sin alcanzar su objetivo, ni entonces ni ahora: una democracia fallida o una democracia de fingimientos.

Me gusta el libro porque combina la democracia fallida con el acontecer de la Ruta 1 del metrobús de la Ciudad de México. Me gusta que hable de Riva Palacio y que de pronto estemos en aquel texto de Durkheim que se convirtió en un icono de nuestro tiempo: el suicidio. Me gusta que combine lo que dice con los datos duros de la ciudad de México, en donde esa es la segunda causa de muerte entre los jóvenes de 15 a 24 años. Me gusta que vuelva sobre Edmundo O’Gorman, un gran historiador que comprendió el Ser y tiempo de Heidegger como ningún filósofo de su tiempo. En fin, que Rafael Guevara combine las sentencias de este historiador imprescindible con sus sentencias sobre el surgimiento de la Navidad, es cosa única, enteramente disfrutable.

Diría con una simpleza total y a riesgo de ser fustigado que el libro es único en su género, pues establece categorías que se nos antojan imposibles en el ambiente enteramente académico, de ese rigor que impone “el palacio de la citas”, pues igual nos habla de cómo es que Hayden White conoce América Latina, de Felipe Cazals, o de Felipe Buelna como de los chichrrones sin cerdo en donde recompone un lenguaje coloquial que muy pocos millennials podrían comprender como ese concepto casi extraído del libro XII de la Metafísica de Aristóteles: “patidifuso”.

Pienso que este libro tiene un encanto y una virtud: el encanto reside en su lenguaje llano, de enorme sapiencia, de combinatorias que se nos antojan imposibles y de temas que inundan nuestro imaginario porque de una u otra manera todos nos podemos sentir interpelados como decía Althusser. Una virtud: que no es pretencioso, a pesar de su gama de temas, del juego historiográfico que se está dando, de la tensión que produce debajo de ese humor que nos hace doblarnos de la risa, nunca pretende dar lecciones, ni epistemológicas ni morales, sólo es el ejercicio fresco de un historiador que sabe contar las cosas de la vida cotidiana, esas que en nuestro diario transcurrir hemos dejado de observar, de entender, de comprender.

EDMUNDO O’GORMAN

 

Me gusta, ya lo dije, que se ocupe de O’Gorman, mi admirado historiador y que se ocupe significativamente de su ingenio en uno de los ensayos más espléndidos que concurren en este libro: “Lo duro de las ciencias blandas”; ahí dice Guevara que este historiador utilizando el aforismo señaló en su día que “el sexo débil, ni tan débil; el sexo fuerte ni tan sexo” y que con el ir y venir de los años, “esas palabras de aquel historiador sufrieron una metamorfosis en el salón de clase en el que se piensa la ciencia de la historia hasta que un día se convirtieron en la frase «Las ciencias blandas, ni tan blandas; las ciencias duras, ni tan ciencias»”.[4] No diré lo que sigue, léalo Usted estimado lector, si es que se anima a pasar un buen rato en esta lectura extraordinaria.

 

Notas

[1] Rafael Guevara Fefer, Lo duro de las ciencias blandas. Microensayos sobre la sociedad contemporánea, las ciencias y su historia, UNAM, México, 2014, p. 17.
[2] ídem.
[3] ídem.
[4] ibídem, p. 55.

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