“El mago y el escultor”. Una paideia de los detalles

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“El mago y el escultor”. Una paideia de los detalles

ESCULTURA EN BRONCE DE MICHAEL ALFANO, TOMADA DE ALIBABA.COM

 

Resumen

La tradición judeo-cristiana instala el mito de la creación como explicación del origen del mundo, en términos metafóricos, de una oscuridad nace una luz; se trata de un mecanismo que funciona a partir de un código binario y de una explicación ritmada en dos tiempos. La configuración de nuestra cultura a partir de esa teología influye en la educación que tampoco escapa a tales supuestos, de ahí que se piense que las prácticas educativas funcionan como mecanismos de conversión donde la persona se transforma de manera mágica, rápida y en dos tiempos. Por tanto, contra la tradición de los magos y sus magias rápidas y fugaces, propongamos la tradición de los escultores, su esfuerzo y su atención al detalle, cuya fuerza vale también para esculpir las resistencias y las avanzadas políticas de hoy.

Palabras clave: judeo-cristiana, mito, origen, educación, conversión, resistencias.

 

Abstract

The Judeo-Christian tradition installs the myth of creation of the world’s origin explanation. In metaphorical termns, from the darkness a light is born; it´s a mechanism that works from a binary code and two-time rythm explanation. The configuration of our culture from this theology refers to the fact that in the case of education, it doesn’t escape such assumptions, hence it is thought that educational practices function as mechanism of conversion where the person is magically transformed, fast and in two times ; therefore against the tradition of the magicians and their quick and fleeting magic, let´s propose the tradition of the sculptors, their effort and their attention to details, whose strength is also worth to sculpt the resistances and the politic vanguards of today.

Keywords: judeo-christian, myth, origin, education, conversion, resistances.

 

Inmanencias atómicas contra trascendencias mágicas

 

Ejercicios de caligrafía conceptual: —Contra— ¿Qué designa esta palabra? Un no para afirmar un sí ¿decir no a qué? A las crueldades cuyas sombras ahogan los bienes ¿decir sí a qué? A las fuerzas que instituyen bondades. Contra, significa un punto de partida para realizar la válida y necesaria afirmación de las singularidades humanas cuyas infinitas combinaciones instauran un hecho: “la pluralidad es la ley de la tierra”.[1]

 

Primera definición que hago de esta palabra: ¿para establecer qué? Un punto de partida para buscar y realizar la afirmación de una infinidad de singularidades. De aquí en adelante este artículo se encarga de afirmar una: la singularidad de la naturaleza y sus detalles, contra, las “magias” que inventan mundos instantáneos… La tradición judía introduce en el mundo occidental la idea de creación, la cual es conservada y continuada por el cristianismo. Según el mito de la creación Dios creó el mundo en siete días y lo hizo a partir de la nada, es decir: Creation ex nihilo. Con este mito se instaura una especie de lógica de código binario: donde antes no había nada ahora hay algo; dos tiempos, uno dado en seguida del otro, algo que nos recuerda los ritmos binarios del tambor o al código del 0 cerrado y el 1 abierto con los que se codifican las cadenas de información virtual.

 

Así, el mito de la creación difumina con un plumazo de escribano judío, el trabajo de la naturaleza y el largo tiempo que a ésta le tomó formar este planeta, en el cual el homo sapiens es un habitante reciente, teniendo en cuenta los 4,500 millones de años de la tierra. Si los avances de la geología, la paleontología y la biología modernas nos permitieron una concepción diferente del tiempo natural, tales avances son recientes en comparación con los centenarios de tradición judeo-cristiana cuya historia de larga duración[2] ha producido una mentalidad de las creaciones instantáneas que después aspiran a ser eternidad, tal es el caso de las revelaciones y la pretensión de elevarlas como morales planetarias. La revelación tiene también en su núcleo una lógica de código binario; revelar es ‘correr el velo’; lo que no se mostraba ahora lo hace; sobre esto recuperemos el agudo avistamiento de Bakunin: “[…] pero quien dice revelación, dice reveladores, mesías, profetas, sacerdotes y legisladores inspirados por Dios mismo”.[3]

 

De las prácticas de la revelación se desprende no solo una naturaleza cercenada del tiempo que anula de tajo sus tiempos desarrollo y crecimiento, sino también un envilecimiento de la materia, pues en la lógica de las revelaciones no hay inmanencia, más bien, las cosas vienen del cielo como una panspermia teológica; “proceden de arriba abajo, de lo superior a lo inferior, de lo complicado a lo simple”[4], por tanto, desde esa lógica, la naturaleza no se reproduce por sí misma, no actúa, no se mueve, está condenada a una pálida pasividad, entumecida en sus procesos. Todo lo que realiza gracias a sus mecanismos le está impedido; por mecanismos entendamos el movimiento de los átomos, los simulacros y el clinamen de los que habla Lucrecio[5], o aquella “Naturaleza naturante”[6] de la que habla Spinoza, ambos conceptos generadores y organizadores de la infinidad de formas y disposiciones naturales, es decir “naturaleza naturada”.[7]

 

En lugar de esto ¿qué hay? La afanosa pretensión de ajustar el mundo a un solo libro, que, además, pretende ser el libro único, pretensiones cuyas guerras santas y económicas se practican todos los días en todo el mundo como sacramentos necesarios para su imperio. Así, en lugar de la naturaleza, ofrecen la figura de un Dios creador que se lleva de tajo todo el crédito de un trabajo que ha costado un largo y paciente tiempo, a lo que se agrega que la naturaleza no hace nada sin permiso de esa figura antropomórficamente delimitada, la cual centraliza y administra el trabajo de la naturaleza al establecerse como su dueño y creador.

 

¿De qué manera quitar esos sellos teológicos de administración y propiedad de la naturaleza? Constatando que a la par del tiempo natural existe también una tenacidad constante, una fuerza de construcción y de conservación, presente, por ejemplo, en las mariposas que migran cada año, invencibles, con su delicadeza, nos recuerdan lo extraordinario en lo ordinario, cada año las mariposas monarcas dan una lección filosófica: sus vuelos hacia ambos hemisferios son la afirmación de lo que, en el caso de los seres humanos, Spinoza llama una “fuerza de existir”.[8] Admirar dichos mecanismos es  una manera de rendir homenaje al detallado actuar de la naturaleza y en esto Bakunin es claro a la hora de denunciar a los magos que desvanecen las maravillas inmanentes de la fuerza/sapiencia del mundo natural:

 

Han quitado a la materia la inteligencia, la vida, todas las cualidades determinantes, las relaciones activas o las fuerzas, el movimiento mismo sin el cual la materia no sería si quiera pesada, no dejándole más que la imponderabilidad y la inmovilidad absoluta en el espacio; han atribuido todas esas fuerzas, propiedades y manifestaciones naturales, al ser imaginario creado por su fantasía abstractiva; después, tergiversando los papeles, han llamado a ese producto de su imaginación, a ese fantasma, a ese Dios que es la Nada, ‘ser supremo’, y, por consiguiente, han declarado que el ser real, la materia del mundo, es la Nada. Después de eso vienen a decirnos gravemente que esa materia es incapaz de producir nada, ni aun ponerse en movimiento por sí misma, y que por consiguiente ha debido ser creada por Dios.[9]

 

A partir de las lógicas de la revelación y de sus reveladores se configura una mirada que ve magias y una sensibilidad que anhela transformaciones instantáneas. Para el caso de la educación, la tradición de los magos piensa en hechizos y no en procesos de construcción, genera vuelcos instantáneos y no traza genealogías, desata demonios en lugar de deconstruir los infiernos, niega y derriba sin distinción en lugar de afirmar y de construir bienes, produce e inventa  magos que engañan con fetiches y baratijas. ¿El contra veneno de todo esto? Los archipiélagos y las constelaciones de los escultores, figuras no inventadas sino formadas y a la vez formadoras, que invitan no a las magias rápidas sino a la experiencia de las manos para forjar una obra de arte.

 

Así, frente a la tradición de los magos que se vuelcan en lo instantáneo y que piensan la formación como la creación de una acuarela rápida, propongamos una contra tradición que se encargue del trabajo y las acciones moleculares y atómicas, de las irrigaciones formadoras que germinan y de las ramificaciones formantes, que brotan como detalles y que con el tiempo devienen en iridiscencias o en exuberancias únicas. De la naturaleza entendida como la gran savia que germina diversidades infinitas, brotan los escultores y su paideia de los detalles cuyo sentido es el de ocuparse de la escultura viva que somos.

 

Si hiciéramos una trasposición de técnicas podríamos decir: el campesino labra la tierra y el escultor germina los detalles, hay algo de escultor en cada campesino y algo de campesino en cada escultor. Así el escultor campesino labra y germina, ¿qué cosa? Labra un cuerpo y germina unos gestos, labra una existencia y germina una inteligencia. De esta tarea formadora y cultivadora brota la necesidad de rechazar los nitratos venenosos, a saber: la inteligencia marchita y opaca, la existencia enlutada y ensombrecida; y en su lugar afirmar: la postura de llamarada y la seguridad de la marcha, los gestos afinados con agudeza y colmados con vitalidades, en suma, la afirmación de las existencias tornasoladas por venus y rechazo de las existencias eclipsadas por marte.

 

La crítica de Bakunin al monoteísmo cristiano, le permite comprender que “[…] la diversidad es uno de los atributos del mundo real”,[10] lección valida también para una Paidea comprometida con hacer válido el hecho de que somos un detalle dentro de los infinitos detalles que constituyen el mundo y el planeta, por tanto, tengamos un detalle con el mundo: hagamos válida nuestra singularidad. Apuesto por una filosofía que continúe con la crítica a los filósofos que niegan el orgullo por confundirlo con soberbia. Las indistinciones conceptuales también sirven como pretextos para las criminalizaciones teóricas, agrego, que como todas las criminalizaciones esta también es injusta pues él no se equipara con ella.

 

Veamos: el orgullo es un contento de sí mismo, “es una alegría acompañada de la idea de sí mismo como causa”.[11] En cambio, la soberbia “[…] es una alegría que brota de que el hombre se estima en más de lo justo”,[12] motivo por el que este “ama la presencia de los parásitos o de los aduladores, y odia la de los generosos”.[13] Así la soberbia produce su negatividad, ¿cuál? La del falso regocijo “que surge del hecho de estimar a otro en menos de lo justo”.[14] El orgullo equivale al contento de sí mismo, la soberbia al menosprecio de los otros, se trata de dos cosas distintas -salvo que también se quiera insistir en velar estos detalles- a lo que se agrega que la Ética de Spinoza vale como punto de partida para construir una paideia de las singularidades a partir de nuestro singular orgullo, o lo que es lo mismo, un detalle que produce “contento de sí mismo”.[15]

 

De frente a los totalitarismos, se hace necesaria la crítica de los filósofos que piensan el yo, el uno mismo, la individualidad o la singularidad a secas y sin sus correspondientes matices que nos indican que “[…] la humanidad de un individuo se define por la triple posibilidad conjunta de una conciencia de sí, una conciencia de los otros y una conciencia del mundo […] el que ignora quién es, quién es el otro y qué es el mundo está fuera de la humanidad aunque esté vivo”;[16] lección de Onfray de donde extraigo una crítica a los salvadores del mundo que ‘aman’ a los otros sin amarse a sí mismos, en esta constelación existen por ejemplo los militantes desbocados, de todos tipos y credos, crítica también para los soberbios que se ‘aman’ a sí mismos sin amar nunca a los otros, en esta constelación existen los negadores del siempre necesario y sano reconocimiento.

 

En su acepción original la palabra faber designa a los artesanos, obreros y artífices, fabriquemos entonces una paideia de los detalles que valide el hecho de que hemos nacido para así tener un detalle con nosotros mismos, con los otros y con el mundo, al afirmar nuestra  “[…] unicidad debido a la cual cada uno está separado de cualquier otro que existió, existe, o existirá […] y en virtud de la cual todo ser humano apareció una vez como alguien único y nuevo en el mundo”,[17] esta cita es por supuesto un detalle dejado por una singularidad llamada Hannah Arendt. La Paidea que propongo aunque nominalista recupera el hecho obvio de que no podemos educarnos solos pero al mismo tiempo señala que la educación no consiste en negar otro hecho igual de importante: el de la necesaria realización de nuestra unicidad.

 

Una paideia de los detalles consiste en la atención a los mismos, al estilo del escultor que ve aparecer las venas saturadas, la tersura de la piel y la tensión de los músculos en la roca, o como el campesino, que conoce cómo el agua empuja desde adentro para estirar el tallo de las plantas. En ambos casos es necesaria una conciencia de los ritmos del tiempo, entendidos como las pulsaciones que permiten conocer a la planta o a la escultura. Podríamos decir que al principio esa relación es de un cuidado en libertad y después el de la apreciación de una singular libertad.

 

Piénsese en los caballos salvajes que enseñan a correr a los potros sin necesidad de establos, ahora piénsese en esos potros esculpidos después como caballos y estirados como plantas, véaselos correr ya solamente junto al viento, que en esta imagen es metáfora de la vida. Hagamos de esa imagen, de los potros salvajes y libres, la imagen para una sentencia nietzscheana, que nos recuerda la importancia vital y radical de enseñar sin sacrificar las singularidades: “Tan odioso me es seguir como guiar”.[18]

 

Una senda corporal

 

FLAMMARION – ILUSTRACIÓN DEL LIBRO DE CAMILLE FLAMMARION L’ATMOSPHERE: MÉTÉOROLOGIE POPULAIRE (PARÍS, 1888)

 

La tradición judía inaugura la idea de un tiempo lineal, el cristianismo la conserva, la actualiza y la continua por muchos siglos más. Se trata de un tiempo ideal e idealizado la mayoría de las veces. Ideal porque no corresponde al tiempo natural que vive en los ciclos de la naturaleza, sabemos que en ella lo que cambian son las formas o las especies, más no los ciclos de transformación. Desde las primeras especies hasta nuestros días hay una infinidad de transformaciones, sin embargo, estas no prescindieron de los ciclos elementales necesarios para los cambios: nacimiento, crecimiento y muerte, a lo que se agrega que la naturaleza no tiene un final definido. A diferencia del tiempo judeo- cristiano, la naturaleza no tiene un final de los tiempos y no desemboca en un fin específico, ella actúa de otra manera, se ramifica en una infinidad de especies, de esas ramificaciones no conocemos ningún destino, pues la naturaleza y el tiempo están abiertos una en el otro y viceversa: naturaleza temporal abierta y tiempo natural abierto, nunca cerrados.

 

Ese tiempo judeo-cristiano al ser ideal, es imaginario, por tanto, está cercenado de los ciclos del tiempo natural. Sabemos por ejemplo, que el desierto guarda la memoria de un modo, a su vez, la tundra, la sabana, la selva, el mar, los bosques, lo hacen a su manera, es decir el tiempo condensado en la arena, en el hielo, en los pastos, en los árboles, en el agua, en las resinas; así mismo en los animales: camellos, leones, simios, peces, lobos y, por supuesto, seres humanos. ¿Cómo negar que todo esto configura las historicidades? De ahí que la comprensión de una obra requiera siempre del necesario viaje a la tierra-mundo de los autores.

 

El tiempo vive en las cosas, recuperémoslo. Las sendas del tiempo no están en su versión ideal que lo obliga a cumplir con un futuro, sino más bien en la naturaleza que está siempre abierta y haciéndose día tras día, nada de clausura y mucho menos fin de la historia, a menos que alguien se empeñe en las versiones de un planeta idealmente clausurado. La naturaleza siempre abierta significa la posibilidad de lo inesperado, la novedad de la natalidad de la que habla Hannah Arendt tiene su base material en el cuerpo, que al aparecer trae consigo la posibilidad de algo nuevo. Podríamos decir: cuerpo nuevo para agregar nuevos detalles al mundo. Las sendas de las posibilidades se hayan en el cuerpo mismo, este traza una ruta abierta y permanentemente disponible, ¿nuestra tarea? Ayudar en la construcción de los puntos de llegada, tal ha sido una de nuestras tareas vitales desde que comenzamos a andar este viaje corporal-cultural cuyos recuerdos se llaman historia.

 

Una máquina cultural

 

La cultura hunde sus raíces en el cuerpo a tal grado que esta se transforma en una segunda sangre. Como una segunda madre, reclama al bebé desde su gestación; que los dramas y las alegrías existenciales sean configuraciones culturales, de eso no cabe duda. De los regocijos o de los desastres de la cultura dependerá que nuestra experiencia sea dulce o amarga.

 

El cuerpo siente y reacciona ante los placeres y displaceres, es la base material, para lo que después se llamará desde la cultura, las ideas o las teorías “bien y mal”. Por tanto antes de los “excesos teóricos”[19] que disertan sobre lo bueno y lo malo apelemos por una

 

[…] cuestión de sentido común: cuando no enfocamos la moral como teólogos ni como metafísicos, sino como filósofos interesados en el ser y no en el deber ser, se sabe que nos encaminamos naturalmente hacia el placer y huimos del displacer, que necesitamos encontrar culturalmente el sentido de ese tropismo natural y que el mayor placer supone a veces la renuncia a pequeños placeres.[20]

 

La imagen de una enredadera sirve para explicar el funcionamiento de esos tropismos naturales, el “hombre planta”[21] busca la luz del sol que lo acrecienta y lo fortalece, o se estanca en la sombra que lo enfría y lo marchita. ¿De qué depende el crecimiento o el letargo? De la invención de unos sentidos culturales que orientan la dirección de nuestras inclinaciones. Por tanto, la cultura educa al hombre planta y en ella va en juego el destino de esta enredadera corporal-cultural que somos.

 

De Julien Offray de La Mettrie podemos recuperar sus lecciones materialistas en torno al cuerpo para después formular reflexiones éticas que, a su vez, instauren posturas políticas para la actualidad, pues el conocimiento y la construcción de uno mismo funcionan como la base existencial que nutre y amplia nuestras formas de combate, pues la afirmación de uno mismo vale como el acto político que rechaza las negatividades que pretenden negarnos. Contra las aspiraciones de una ensoñada negación final opongamos la resistencia de nuestra afirmación.

 

Primer descubrimiento: el cuerpo es una máquina cuya mecánica funciona a partir de resortes, de donde se establece que su funcionamiento depende de “la organización de todo el cuerpo y que, por consiguiente, cada parte contiene en sí misma resortes más o menos vivos según la necesidad que de ellos tiene.”[22] Por ejemplo los resortes del corazón y del pene que a La Mettrie le parecen fascinantes, ambos necesarios, uno para vivir y el otro para vivir con beneplácito, ¿para muestra? ‘un botón’, expresión que probablemente la habría gustado al filósofo:

 

¿Por qué la vista o la simple idea de una bella mujer nos provoca movimientos y deseos extraordinarios? Lo que sucede entonces en algunos órganos, ¿proviene de la naturaleza misma de esos órganos? De ninguna manera: sino de la comunicación y de una especie de simpatía de esos músculos con la imaginación. No hay aquí sino un primer resorte excitado por el “bene placitum” de los antiguos o por la imagen de la belleza, la cual excita otro (resorte) que estaba, por su parte, muy amodorrado cuando la imaginación lo despertó. ¿Y cómo ha de suceder esto sino en medio del desorden y el tumulto de la sangre y de los espíritus que galopan con rapidez extraordinaria y van a henchir los cuerpos cavernosos?[23]

 

Segundo descubrimiento: la materia corporal se educa, la cultura actúa como un arado que dibuja una infinidad de surcos en las nerviosidades del cuerpo, trazando el sentido y la orientación de nuestros tropismos. Y en todo esto:

 

 […] ¿dónde está la perla? En su predicción del hombre neuronal. La Mettrie ha disecado cerebros, habla de su materia: la cantidad de circunvoluciones, las variaciones de volumen, la consistencia, la naturaleza de las fibras, el color de los cuerpos acanalados, la formación de las estrías, las “nates et tetes” (tubérculos cuadrigéminos de hoy). Habla del cerebro como de una víscera que se construye mediante los hábitos y una nueva educación.[24]

 

La Mettrie es un hombre de detalles, en el Hombre máquina habla de fibritas y de partículas —el diminutivo apunta al detalle— y dice: “[…] cada fibrita o partícula de los cuerpos organizados se mueve por un principio que le es propio, cuya acción no depende de los nervios, como los movimientos voluntarios, puesto que los movimientos en cuestión se ejercen sin que las partes que los manifiestan tengan con la circulación comunicación alguna”.[25] Tal es el caso del corazón que, una vez arrancado del cuerpo, continua latiendo, algo que fascinaba a Monsieur Machine.

 

Filosofar a partir del cuerpo lleva a La Mettrie a descubrir los límites fijados por la naturaleza, de ahí la postura trágica de este filósofo que aun en esto se muestra amable, es decir, asumir lo trágico para elaborar las posibilidades que nos permitan salir de la tragedia, postura válida para nuestros tiempos. Así enuncia: “[…] preferiría un hombre inteligente que no hubiera tenido educación alguna, antes que uno que la hubiera tenido mala, con tal que aquél fuese todavía bastante joven”.[26]

 

El rayo de luz en lo trágico de La Mettrie reside en esto: todo depende del cerebro, de los pliegues, de las informaciones proporcionadas por la educación y de las adquiridas. Somos lo que somos porque somos nuestro cerebro, que es la materia del espíritu. Pesimismo para el presente del individuo: imposible cambiar nada de nuestra organización una vez que ha cristalizado en esta materia neuronal; optimismo para el futuro de la humanidad: si se formatea de otra manera esta materia, si influimos en su organización, es posible esperar que las cosas cambien. También aquí, la política del filósofo es la de un médico: fabriquemos naturalezas felices actuando sobre la formación neuronal, el entrenamiento nervioso de la ‘tela medular’.[27]

 

Julien sabe, gracias al estudio de los cerebros, que los hábitos se cristalizan en la materia guardada en la cavidad craneal, ¿sino dónde más? Por eso apuesta a la juventud y a la buena educación de esta; ¿los viejos? Han servido al mundo, pero la edad fija su regla: la progresiva pérdida de la posibilidad de la novedad. La Mettrie descubre lo que hoy llamamos el “cerebro ético”,[28] del que podemos decir lo siguiente: “[…] el bien y el mal, lo verdadero y lo falso, lo justo y lo injusto, lo bello y lo feo, dependen de decisiones humanas, contractuales, relativas e históricas. Esas formas no existen a priori, sino a posteriori, y deben inscribirse en la red neuronal para existir; no hay moral sin las conexiones neuronales que lo permitan”.[29]

 

Por tanto, ¿qué proponer a partir de La Mettrie? A insistencia en la importancia de la educación cuya base es un cuerpo que fija requerimientos materiales, temporales y culturales, lejos de las leyes-ideales que viven de supuestos irrealizables. El cuerpo es una máquina cultural con sendas de posibilidades abiertas vía la educación que construye un cuerpo ético, lo que es tanto como decir, en todo el sentido de la expresión: un cuerpo político y resistente.  Tal apuesta requiere de la amable atención y del sano respeto para una infinidad de fibritas que se organizan y se disponen a ser bondadosos detalles para el mundo, de ahí la necesaria apuesta por una paideia de los detalles, artista ella, viene a continuación.

 

Paideia de los detalles: la escultura de las vitalidades

 

De los artistas recuperamos la mirada y el tacto para los detalles, a la par que aprendamos la ferocidad de su carácter, necesario para conducir los flujos de fuerza que son las vitalidades que alimentan a toda obra de arte. Ninguna obra -digna de tal nombre- nació sin ser antes una potencia realizadora, construida magníficamente a partir de una historia doblemente vivificante -la del artista y la de su obra- que narra los episodios de un apasionado proceso de construcción. Para la conducción de esta pasión edificante se necesita un artista feroz.

 

Ferocidad no para domesticar la potencia de esta fuerza, sino para conducirla hacia formas estéticas, de ahí que el carácter feroz del artista tenga también una facilidad para la sutileza, necesaria para la atención a los detalles. ¿Qué es un detalle? La expresión de una autenticidad, un principio de individuación y distinción, lo que carece de detalles se mezcla y se confunde. He ahí el carácter auténtico de la obra de arte, Las flores del mal de Baudelaire no se siembran en El cementerio marino de Paul Valéry, ni siquiera el poema escrito en la noche se mezcla al escrito por la mañana.

 

La autenticidad se expresa en el detalle y a su vez este tiene sus modos de expresión. Tiene extensión: hay grandes y pequeños detalles; tiene correspondencia: en la música los instrumentos con la afinación; en la pintura, los trazos con los matices; en la escultura, los tallados con las superficies; en la poesía las palabras con las imágenes. En todos los casos la belleza nace de la correspondencia de la existencia del artista con el tipo de obra de arte que, al mismo tiempo, figura como medida de la extensión, por tanto: a grandes existencias artísticas, grandes obras de arte. Entiendo por existencia lo más auténtico de una planta, animal, persona o ser vivo, en este caso la belleza es una existencia expresada como obra de arte. Los detalles expresan lo más auténtico de los animales, plantas y seres vivos, tienen una existencia que se expresa en los tallados y en los acabados que los distinguen.

 

Es cierto que no todos son artistas, pero todos conocen la necesidad de saber conducir la potencia de las fuerzas y que estas pueden ser oscuras o luminosas, constructoras o destructivas, amables o despiadadas, he ahí el motivo por el que se hace necesaria esta paideia cuya genealogía se encuentra en las experiencias artísticas. Una mirada a las iridiscencias de la historia nos muestra, por ejemplo, el sentido de la paideia griega, que es una artista escultora, a ello se debe que su filosofía esté tan profundamente conectada con su arte y con su poesía[30]. Tales iridiscencias se vislumbran en un libro que se ha asentado lo suficiente como para considerarlo un clásico: Werner Jaeger; Paideia. Los ideales de la cultura griega. De donde recupero el siguiente paisaje griego:

 

Poner estos conocimientos, como fuerza formadora, al servicio de la educación y formar, mediante ellos, verdaderos hombres, del mismo modo que el alfarero modela su arcilla y el escultor sus piedras, es una idea osada y creadora que sólo podía madurar en el espíritu de aquel pueblo artista y pensador. La más alta obra de arte que su afán se propuso fue la creación del hombre viviente. Los griegos vieron por primera vez que la educación debe ser también un proceso de construcción consciente.[31]

 

Escultura del hombre viviente porque este se esculpe a partir de la conducción de fuerzas vitales. Así, Grecia consideró la totalidad de su obra creadora “en forma de paideia, de cultura”,[32] he ahí el detalle que los distinguía de otros “[…] pueblos de la Antigüedad de los cuales fueron herederos”.[33]

 

De la paideia griega se puede extraer la experiencia que enseña que “[…] la educación es el principio mediante el cual la comunidad humana conserva y transmite su  peculiaridad física y espiritual”,[34] tal afirmación no ha perdido su actualidad, en el sentido de que la formación vale todavía como apuesta para re-continuar las sendas corporales con una cultura que ayude en la construcción de esculturas vivas, que aminoren las fuerzas de Tánatos y aumenten las fuerzas de Eros: “[…] la primera es una potencia negra; la segunda, una potencia luminosa.[35] Desatar negruras o formar luminiscencias, he ahí la importancia radical de la educación.

 

La potencia como detalle

 

La activación de las potencias corporales depende de las fuerzas culturales, activémoslas con la ferocidad del artista que incluso es capaz de conducirlas al jardín de Las flores del mal. A partir de aquí se puede emprender o re-continuar una salida al nihilismo y al cinismo de la época, “[…] una salida válida para quien esté dispuesto a abandonar el supuesto fatídico de que el nihilismo es una bruma infranqueable, una actitud cómoda y, por supuesto, deseable para quienes tienen especial y perverso interés en que el mundo se mantenga tal cómo es”,[36]  pero para rechazar esa mirada opaca fijemos la atención en dirección a las exuberancias del mundo para desde ahí, “[…] decir que el nihilismo no es el mundo y todas sus posibilidades sino la crisis de los proyectos dominantes”.[37]

 

Así los bancos de ceniza de los siglos pasados y aun los del nuestro se nos presentan como nieblas oscuras, ante esas catástrofes cínicas o nihilistas se impone nuestra fuerza inmanente que responde que “[…] en la educación, tal como la practica el hombre, actúa la misma fuerza vital, creadora y plástica, que impulsa espontáneamente a toda especie viva al mantenimiento y propagación de su tipo”.[38]

 

Schiller lo veía a principios del siglo XIX, lo advierte en sus Cartas sobre la educación estética de la humanidad, él pudo ver en el horizonte el barullo de un banco de niebla, cuyos remolinos formaban uno de los nihilismos que todavía hoy nos sofoca: “[…] la utilidad es el gran ídolo de nuestra época, y a él deben complacer todos los poderes y rendir homenaje todos los talentos. En esta vil balanza, las virtudes espirituales del arte no tienen ningún peso y, al quedar privadas de todo reconocimiento, desaparecen del bullicioso mercado de nuestro siglo”.[39]

 

De los artistas aprendamos sus formas de reconducir la fuerza, arte clarificado en la escultura, práctica milenaria que consiste en “[…] buscar la materia, depurar, suprimir para encontrar en el epicentro, una forma que se encuentra en la voluntad del hombre, si no en su espíritu: esa es la obra del escultor, su tarea”.[40] En ella se hace presente ese chorro de fuerzas que se dirige contra la roca para liberar las formas de la materia compactada como brutalidad, una imagen que no es ajena a nuestro tiempo.

 

Al hablar de esas ferocidades formadoras de esculturas Michel Onfray piensa por ejemplo en Miguel Ángel de quien dice que emprende su tarea “[…] contra un bloque de mármol de varias toneladas para extraer de él […] el David, con su energía, su potencia y su mirada feroz”.[41] A lo que, por mi parte, agrego: el David no es una imitación de la naturaleza sino continuación de Miguel Ángel, la expresión de su existencia es el David mismo, igual que la expresión de la existencia de Lucrecio son sus poemas mismos. Estos dos hombres gozan de extensión; son grandes detalles que embellecen el mundo.

 

Los artistas son escultores que aman los relieves de la materia que es la vida. De la sublimidad de la experiencia artística reconduzco fuerzas que me permitan elaborar una paideia de los procesos de construcción a partir de los detalles, contraria a la de los magos encantadores, a su vez, vía la filosofía he aprendido la mirada, la atención, el tacto y el cuidado de los detalles, de ahí que sus constelaciones estén hechas también por artistas y escultores, es decir, educadores.

 

La vida en los detalles

 

IMAGEN TOMADA DE YAQEENINSTITUTE.ORG

 

Dice Michel Onfray que el lugar de la ética es el detalle donde se encarna.[42] Por tanto, ¿cuál es la importancia de estos? Puede notarse que, a lo largo de este artículo, no aparecen las palabras escuela, estudiante o pedagogía: concibo a la paideia como algo que supera el espacio escolar y que, por ende, las vidas en las que actúa no están limitadas a la figura del estudiante ni a la del maestro.

 

Evidentemente, esta no es una propuesta que aspire a ser universal, nada más contrario al detalle- sino, más bien, a recordar que las singularidades para su crecimiento y conservación pueden hacer uso de la infinidad de formas disponibles en el mundo. Cuando digo ‘disponibles’ me refiero a todo aquello que la naturaleza y los otros nos permiten utilizar, he ahí la diferencia entre colaboración amable y rapiña despreciable.

 

Así esta paideia no solo concibe la escuela, sino también la casa, el trabajo, la ciudad, la naturaleza, por tanto piensa en la convivencia, los compañeros, los familiares, los animales, las plantas y el cosmos; donde cada cosa educa de acuerdo a sus mecanismos y dinamismos, de ahí la importancia de descentralizar y desacralizar a la escuela como la fuente más importante de la educación, haberlo hecho le ha costado a nuestra cultura el desprecio y por tanto la pérdida de otros saberes igual de útiles y necesarios.

 

Finalmente, ¿en dónde radica la extrema importancia del detalle? En que en los detalles va en juego la posibilidad de una existencia que desate las potencias oscuras de Tánatos o que haga brotar las potencias luminosas de Eros; en esa apuesta elijamos ser formadores de esculturas vivas, las obras más importantes que habremos de ayudar a construir y transmitir, pues de la atención, cuidado y respeto por los detalles dependerá nuestro letargo en páramos ensombrecidos o la continuación del movimiento que apertura sendas luminiscentes.

 

Bibliografía

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  9. Nietzsche, Frederich, La gaya ciencia, Edaf, Madrid, 2002.
  10. Onfray, Michel, La construcción de uno mismo. La moral estética, Perfil, Buenos Aires, 2000.
  11. __________ La fuerza de existir. Manifiesto hedonista, Barcelona, Anagrama, 2013.
  12. ____________ Los ultras de las luces. Contrahistoria de la filosofía, IV, Anagrama, Barcelona, 2010.
  13. ____________ La política del rebelde. Tratado de resistencia e insumisión. Barcelona, Anagrama, 2011.
  14. Schiller, Friedrich, Cartas sobre la educación estética de la humanidad, Acantilado, Barcelona, 2018.
  15. Spinoza, Baruch, Ética demostrada según el orden geométrico, Alianza, Madrid, 2011.

 

Notas

[1] Hannah Arendt,  La vida del espíritu, ed. cit., p. 43.
[2] Fernand Braudel, Una lección de historia de Fernand Braudel, ed. cit.
[3] Mijail Bakunin, Dios y el Estado, ed. cit., p. 28.
[4] Ibidem., p 16.
[5] Lucrecio Caro, La naturaleza, ed. cit.
[6] Baruch Spinoza, Ética demostrada según el orden geométrico, ed. cit., p. 96.
[7] Idem.
[8] Ibidem., p. 301.
[9] Mijail Bakunin, Dios… Op. cit., p. 14.
[10] Ibidem. p. 85.
[11] Baruch Spinoza, Ética… Op. cit., p. 269.
[12] Ibidem,. p. 376.
[13] Idem.
[14] Ibidem, pp. 240-241.
[15] Idem.
[16] Michel Onfray, La fuerza de existir. Manifiesto hedonista, ed. cit., p. 191.
[16] Ibidem, p. 105.
[17] Hans Jonas, “Actuar, conocer, pensar. La obra filosófica de Hannah Arendt”, ed. cit., p. 29.
[18] Friedrich Nietzsche, La gaya ciencia,  ed. cit., p. 53.  En esta editorial la traducción aparece así: “Tan odioso me es seguir a otros como guiarles yo”.  Sin embargo prefiero la del epígrafe que aparece en: Michel Onfray. La política del rebelde. Tratado de resistencia e insumisión.
[19] Michel Onfray, Los ultras de las luces. Contrahistoria de la filosofía, IV, ed. cit., p. 160.
[20] Ibidem., pp. 154-155.
[21] La Mettrie usa esta expresión en El hombre máquina.
[22] Julien Offray de La Mettrie, El hombre máquina, ed. cit., p. 80.
[23] Ibidem., p. 82.
[24] Ibidem., p.130.
[25] Ibidem., p. 79.
[26] Ibidem., p. 44.
[27] Michel Onfray, Los ultrasOp. cit., p. 130.
[28] Michel Onfray, La fuerza… Op. cit., p. 105.
[29] Ibidem., p. 105.
[30] Werner Jaeger, Paideia: Los ideales de la cultura griega, ed. cit.
[31] Ibidem., p. 11.
[32] Ibidem.
[33] Ibidem., p. 6.
[34] Ibidem., p. 3.
[35] Ibidem., p. 33.
[36] Yarib Balvanera García, “Hogueras epistolares. Pedagogía de la historia”, en Revista Electrónica de Psicología de Iztacala, ed. cit.
[37] Idem.
[38] Werner Jaeger. Paideia…ed. cit. p. 3.
[39] Friedrich Schiller, Cartas sobre la educación estética de la humanidad, ed. cit., p. 9-10.
[40] Michel Onfray, La construcción de uno mismo. La moral estética,  ed. cit., p. 82.
[41] Ibidem., p. 29.
[42] Michel Onfray, La fuerza… Op. cit.

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