La escritura como código y programa

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Example of a source code written in C (highlighting of gvim, “kr” style) upon sockets, autor: Romainhk. Fuente. https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Source_code_in_C.png

 

 

Resumen

 

Este texto tiene por objetivo explicar la noción de escritura desde la formulación que realiza Jacques Derrida en De la gramatología (1967) y Firma, acontecimiento, contexto (1971), para analizar la posibilidad de relación con la escritura de código y programa (software). Para ello, se vuelve necesario, mostrar el vínculo entre técnica y escritura, según la lectura derridiana. Posteriormente, se analiza la crítica de Derrida sobre la escritura como un medio de comunicación y se exploran las consecuencias de esta lectura en la propia noción de código y programa. Finalmente, se examinan las consecuencias que trae consigo el desarrollo de código desde una concepción logocéntrica, a saber, la consumación de la eficiencia y el cálculo.

 

Palabras clave: código, programa, software, técnica, comando, comunicación.

 

 

Abstract

 

This text aims to explain the notion of writing made by Jacques Derrida in Of Grammatology (1967) and “Signature, Event, Context” (1971) to analyze the possibility of a relationship between code writing and software development. To do so, it becomes necessary to show the link between technique and writing, according to the Derridean reading. Subsequently, Derrida’s critique of writing as a means of communication is analyzed, and the consequences of this reading on the notion of code and software are explored. Finally, the consequences of code development from a logocentric conception, namely the consummation of efficiency and calculation, are examined.

 

Keywords: code, program, software, technics, command, communication.

 

Para Jacques Derrida, cuando preguntamos “¿qué es la escritura?”, inevitablemente entramos al campo de la metafísica de la presencia, en donde las respuestas que puedan darse solo podrán formularse en términos de la determinación del “ser”. Así, cuando nos preguntamos por la escritura, podría ensayarse una forma de pregunta que no busque su delimitación final, sino que cuestione los efectos que trae consigo cada tipo de definición. Se trataría, entonces, de tachar el verbo ser, reconociendo que la forma misma del lenguaje no nos permite eludirlo, pero que podemos valernos de los efectos de su tachadura. Por otro lado, cuando se pregunta en términos de la esencia, no puede dejarse de lado el origen que se implanta como el único legítimo. En palabras de Derrida: “¿Qué es la escritura? Quiere decir ¿dónde y cuándo comienza la escritura?”.[1] Toda apelación a un principio trae consigo el problema de la esencia y con ello una metafísica de la presencia sobre la cual se ha erigido un binarismo que compone gran parte de las construcciones filosóficas en Occidente. De ahí que Derrida afirme que no hay un comienzo pleno, principio único u origen simple, no obstante, se mantiene esta noción para poder volver hacia ella, mostrar sus límites y tacharla, mostrando así su imposibilidad de integridad.[2]

 

Como herederas de esta pregunta, no podemos dejar de indagar por los efectos que ha traído consigo el desarrollo de la escritura logocéntrica, pues encontramos que en ese desarrollo es crucial la concepción de la escritura como un medio de comunicación o una técnica que puede ser dominada. Por ello, es necesario volver sobre la relación entre técnica y escritura, ya que abre un campo referido a la forma de la experiencia que está produciéndose actualmente a través de la escritura de órdenes o comandos, es decir, de códigos guiados a ejecutar programas (software).

 

Ahora bien, la pregunta por la programación como una escritura propia de nuestro de tiempo implicaría acercarse con una mirada advertida por el peligro de concebirla como un medio de comunicación. Es decir, tendríamos entonces que separarnos de la perspectiva de la programación: 1) como un medio de comunicación; 2) como una escritura que solo sirve como herramienta a los usuarios; 3) como algo que no afecta la producción de la experiencia, sino que solo la extiende como presencia plena hacia otros ámbitos. De lo contrario, la programación solo ampliaría el campo de la escritura concebida desde el logocentrismo, esto es, como la presencia plena de la palabra, hacia un medio más eficaz y rápido. Toda esta concepción de la escritura presupone, como señala Derrida, un campo homogéneo de la comunicación, es decir, que las condiciones del contexto permanezcan siendo siempre las mismas.

 

A partir de lo anterior, pretendo mostrar que el tipo de escritura propia de la programación, como un tipo de escritura logocéntrica, tiene efectos sobre la forma de la experiencia actualmente que pueden ubicarse en el cálculo, la eficiencia y la escritura de comandos. Si bien hay diversas obras en las que Derrida desarrolla problemas relacionados con la escritura y la técnica,[3] tomaré dos textos fundamentales para la comprensión de la noción de escritura, a saber, De la Gramatología (1967) y “Firma, acontecimiento, contexto” (1971). Considero que los argumentos más importantes para pensar la relación entre escritura y programa se encuentran ahí y sirven como guías para comprender las tres preocupaciones mencionadas anteriormente.

 

 

1. Escritura y técnica

 

En el ejercicio de desmontaje propuesto por Derrida, no se concibe a la escritura como “medio” ni mucho menos como un medio de comunicación.[4] Esto implicaría entenderla como una herramienta o técnica de la que hacemos uso, como si se tratara de algo que podemos dominar plenamente para alcanzar ciertos fines, por lo cual su condición solo puede ser la de un “medio”. Específicamente, la escritura como una herramienta implicaría que ésta responda a un “querer decir” o a una “voz interior” que se calca de forma transparente.

 

En su lectura de La pregunta por la técnica (1953) de Martin Heidegger, Derrida retoma la advertencia de pensar a la técnica en su determinación instrumental y antropológica. Heidegger toma distancia del pensamiento de la técnica en ese sentido porque implica comprenderla como aquello que puede ser totalmente controlado y conducido por la voluntad humana, es decir, que la técnica no escaparía al control y al cálculo de los fines para los que “sirve”. Esto solo puede traer como consecuencia que lo existente se presente solo como medio para un fin utilitario. Así, este carácter antropológico de la técnica la reduce a ser un medio para conseguir un fin y, en consecuencia, vuelve a todo lo existente como materia a disposición para ser utilizado, es decir, “un recurso”. En este carácter instrumental de la técnica, lo existente solo tiene valor en tanto útil y servil.[5]

 

Siguiendo la propuesta de la técnica desde un carácter no instrumental, se vuelve más clara la crítica a la concepción de la escritura como un “medio”, es decir, como una técnica que solo está al servicio de la “voz interior” o de la conciencia de un sujeto que acciona un “querer decir”. Esto es lo que Derrida caracteriza como una comprensión logocéntrica de la escritura. En su lugar, propone una noción de escritura que no estaría al servicio de un sujeto pleno que solo se sirve de ella, sino que la escritura, en cuanto técnica, sería justamente lo que produce los efectos que conforman aquello que hemos llegado a nombrar como “sujeto” o “humano”. Precisamente, a través de este entendimiento de la técnica, se busca evidenciar que no hay un binarismo entre lo humano y lo técnico, sino que una y otra se componen de tal manera que se tienen que estudiar en la forma histórica en las que ambas se han producido. Esto implica ubicar las diferentes nociones que se han creado históricamente para nombrar lo “humano” y cómo se definen las esencias que lo distinguen de lo demás, así como las tecnologías específicas que se han desarrollado en cada contexto. Así, al enfocarse en los efectos, se evita formular preguntas que remitan nuevamente al “ser” de los conceptos y, con ello, a binarismos que establezcan esencias. Como indica Derrida, esto implica preguntar por genealogías, es decir, investigar cómo se han constituido ciertos tipos de trascendentalidad o de valores inamovibles, sin buscar posicionar, en su lugar, otro fundamento u origen.[6]

 

Al mismo tiempo que Derrida recupera de Heidegger esa comprensión de la técnica no instrumental, también toma distancia de ese planteamiento en la medida en que este tiene como objetivo definir una dimensión ontológica de la técnica y, por lo tanto, alejarse de cualquier tipo de elemento que la remita al estudio de entes específicos, por ejemplo, a una determinación a través del estudio de máquinas o tecnologías. Derrida nos advierte que esta definición ontológica sostiene un origen no-técnico de la técnica, retomando un dualismo entre la naturaleza y la técnica.[7] Contrario al propósito de Heidegger por alejarse de la definición de la técnica a partir de lo óntico, Derrida insiste en la importancia de reflexionar sobre los vínculos que generamos con las máquinas y artefactos de nuestro contexto. Esto permite una comprensión más amplia de la tecnología, pues se reconoce que tanto las tecnologías específicas, como la propia definición de esta, pueden cambiar según las diferentes geografías y tiempos. Este peso de lo particular y lo contextual abre la exigencia de pensar la técnica y lo tecnológico en una transformación constante y no situada en la atemporalidad de las esencias, a su vez este giro demanda reconocer la diversidad de experiencias que pueden producirse en la composición con lo técnico. Así, la tecnicidad de la técnica implicaría arrojar definiciones, siempre provisionales, desde el análisis de artefactos y desarrollos tecnológicos de una época, justamente para mostrar la artificialidad de la constitución entre lo “humano” y lo “técnico”. Podría afirmarse que este es precisamente el objetivo de De la gramatología (1967), en la revisión y crítica que realiza Derrida sobre la noción de escritura, técnica y logocentrismo.

 

En la comprensión de la técnica propuesta por Derrida, se mantiene una tensión y ambivalencia entre ir hacia los objetos técnicos específicos de una época y no plantear un fundamento metafísico que homologue todas las posibilidades de la técnica, al mismo tiempo que, como se indicaba anteriormente, no es posible eludir completamente esa determinación metafísica. Hasta ahora he esbozado la relación de la escritura fuera de su comprensión como medio, por lo que se vuelve preciso mostrar cómo acontece esa escritura que define a los programas (software), es decir, explorar la noción de código.

 

 

2. Escritura y código

 

A través de un ejercicio de desmontaje de la escritura logocéntrica, Derrida muestra cómo los efectos que ésta tiene pueden encontrarse en todo lenguaje que se ubique como presencia de algo más. De ahí que parte de su proyecto en De la gramatología (1967) se centre en realizar una crítica al concepto de signo como una forma específica de comprensión de la experiencia como presencia plena de un significado. En principio, lo que se analiza es la relación del signo como aquello que toma como prioritario su correlación con el significado más que con lo mutable del significante o marca que, aunque es parte constitutiva del signo, no adquiere la misma relevancia. Precisamente, Derrida da un giro en el análisis del signo, enfatizando la importancia de su materialidad, es decir, de su condición de “marca”. Esto permite mostrar que el signo puede ser radicalmente borrado e iterado y, por lo tanto, separado de su contexto. Este desmontaje y crítica al signo continuaría en la caracterización de la escritura que Derrida ensaya en “Firma, acontecimiento, contexto” (1971), donde podemos ubicar los siguientes tres puntos que traen consigo los planteamientos ya realizados en De la gramatología (1967) pero con un viraje hacia la relación de la escritura y la comunicación: 1) iterabilidad y contexto; 2) ausencia (del firmante y del receptor) y; 3) espaciamiento. En esos elementos se sostiene una crítica al circuito clásico de la comunicación y de la escritura misma como un “medio de comunicación”. Remitirse a la explicación de estos puntos es necesario para mostrar cómo la noción de “marca” o “huella”, en el campo de la comunicación, opera siempre como código.

 

La posibilidad de que un signo, en cuanto marca, pueda ser borrado implica su relación con la ausencia. Si la ausencia a la que se refiere Derrida no es una modificación de la presencia, sino una ruptura radical con ella, (“la «muerte» o la posibilidad de «muerte»”[8]), ¿qué implicaciones tiene situar a la ausencia como lo que constituye a la escritura? Ese tipo de ausencia a la que se refiere es la del “destinatario”.[9] Derrida, destruye el clásico circuito de la comunicación y sus componentes: emisor, mensaje, receptor. Por ello, la caracterización de la escritura que propone se separa de: 1) la comunicación como horizonte de toda escritura; 2) la conciencia como garante último del sujeto que comunica con transparencia sus ideas, es decir, la conciencia como presencia plena del sujeto; 3) la escritura como una técnica que funciona como medio o transporte lingüístico de uno o varios significados y de un sentido; 4) la polisemia, en cuanto mantiene la caracterización de la escritura en el orden del sentido. Frente a la polisemia, Derrida sitúa a la diseminación, la cual apunta hacia el ejercicio de deconstrucción como una modificación de códigos y su posibilidad de lectura en otros contextos; y 5) del concepto de contexto como límite para situar las operaciones correctas / incorrectas de lectura de un texto. Se trata, entonces, de “un cierto absoluto de la ausencia”[10] al que estaría referida toda marca, o toda escritura, para ser constituida como tal.

 

La escritura se caracteriza por su legibilidad e iteración en la absoluta ausencia no solo del destinatario, sino de toda determinación ontológica que la ubique únicamente desde el sentido o la comunicación, es decir, se sitúa como apertura en la ausencia.[11] Que una marca siga siendo legible a pesar de que no haya destinatario es parte de la función de la escritura, así también el que se pueda repetir, es decir, que esa marca sea reiterable (itérable) en su falta de destinatario y de origen absoluto. Es preciso señalar que la etimología de iterabilidad (itérabilité) refiere a: “iter, […] itara, «otro» en sánscrito”.[12] Es decir, que una marca sea repetible es lo que la caracteriza como escritura, pero se trata siempre de repetición en diferencia, así, la marca es iterable, pero no es nunca la misma, sino un “otro”.

 

En esa posibilidad de producir radicalmente una diferencia en la iterabilidad, se genera un trastocamiento a la noción de “marca” como código cerrado. Según el Diccionario de la Real Academia Española, tres de las definiciones de “código” refieren a un sistema determinado por reglas:

 

  1. m. Combinación de letras, números u otros caracteres que tiene un determinado valor dentro de un sistema establecido.
  2. m. Sistema de signos y de reglas que permite formular y comprender mensajes secretos.
  3. m. Conjunto de reglas o preceptos sobre cualquier materia.[13]

 

Estas definiciones del código responden esencialmente a un conjunto de reglas que permiten que una escritura no sea algo azaroso, sino determinado. Pero, al plantear la ausencia radical del destinatario y del emisor de la escritura, Derrida propone un quiebre del concepto de código como un sistema finito de reglas, pues busca abrirlo y, con ello, afirmar que un código siempre puede ser leído de otra forma. De esta manera también rompe con el contexto como un protocolo o limitación que indique cómo opera un código: este siempre puede ir más allá de su contexto, puede ser leído más allá de él, sus reglas pueden ser creadas por cualquier lectora o, al menos, puede moverlas de contexto.

 

Derrida plantea una situación imaginaria en la que una lengua solo fuera compartida por dos personas. Si ellas dejaran de existir, esta lengua todavía sería una escritura, es decir, podría ser legible para otros en tanto: 1) se identifica como marca(s); 2) está regulada por un código (en este caso desconocido); 3) puede ser iterable. Cuando Derrida dice que “no hay código […] que sea estructuralmente secreto”[14] se refiere a que toda marca puede ser iterable y legible, no importa si no conocemos el código. En cuanto legible, puede transmitirse, descifrarse y ser iterado por cualquier “usuario posible”.[15] Este énfasis en que “cualquiera” pueda iterar un código implica la ausencia de un destinatario determinado. Así, una marca puede ser legible más allá de su contexto, fuera del límite y protocolo que la contiene. Es la disrupción tanto del código (reglas de un sistema de escritura), como del contexto (protocolos para que opere el código), lo que propone Derrida para romper el circuito de comunicación y abrir de esta manera la caracterización de la escritura como marca que puede ser iterable más allá de su contexto y que puede ser leída más allá de su autor o de su firmante.[16]

 

Cuando Derrida afirma que una marca puede ser legible más allá del contexto, está problematizando el concepto mismo de contexto, pues muestra cómo en él está contenido un sentido de “límite” o “margen” que encierra elementos que no solo son determinados a partir de este, sino que son inmovilizados para no tensionar la propia frontera del contexto. Es decir, cuando se apela a este sentido del contexto, se busca necesariamente una petrificación de las dinámicas y las variables para que estas puedan ser analizadas. De ahí que tomar a la escritura como un medio de comunicación presuponga la existencia de un espacio homogéneo de la comunicación, esto es, de un contexto que es esencialmente el mismo y que, a su vez, se compone de elementos que no pueden cambiar.[17] Por ello, la noción de espaciamiento nombraría las relaciones que conforman y modifican constantemente un campo que ya no podría determinarse como contexto en ese sentido de límite o protocolo. El espaciamiento indica que no solo el contexto cambia, sino también la propia configuración del espacio y de los elementos que se vinculan en él, haciendo difícil la ubicación homogénea de límites o fronteras que los contengan.

 

Si para que una escritura opere como escritura debe poder repetirse, esa iteración siempre será en diferencia en la medida en que el código puede cambiar, así como el contexto en el que se inserta. Ni el código ni el contexto permanecen inmóviles. Es precisamente la noción de espaciamiento lo que nos permite entender que la escritura misma abre y compone su propia dimensión, sus propios campos. Esto implica ser más atentas a la singularidad de los modos en que pueden producirse espaciamientos a partir de ciertas marcas, pues ya no presuponemos un espacio homogéneo donde ocurra una interacción o una iteración. Por lo tanto, cuando preguntamos sobre el espaciamiento que trae consigo la escritura, se vuelve necesario preguntar en qué campo o en dónde se produciría esa escritura y cómo configura por sí misma ese espacio. Antes de llegar a la explicación sobre cómo la escritura opera como programa, es necesario ubicar la especificidad del código que se constituye a sí mismo como programa (software) y que, a su vez, posibilita la apertura del campo de lo digital.

 

 

3. Código y programa

 

La caracterización más elemental que podría hacerse del código es ser la escritura que compone a un programa (software), es decir, es su condición necesaria, pero no toda escritura de código ejecuta un programa. Tanto código como programa pondrían en función una orden que se escribe para un determinado fin, continuando con la concepción instrumental de la técnica y, a su vez, con la subjetividad consciente como aquel garante del funcionamiento de la máquina.

 

No obstante, puede objetarse que la escritura de código escapa a las determinaciones logocéntricas del signo por escribirse a través de una combinación entre escritura fonética y una serie de caracteres que ya no son legibles fonéticamente. En esa composición de elementos se genera un comando o instrucción que se escribe para ser ejecutada en la totalidad del programa. Si bien la programación no es totalmente fonética, sí se sirve de caracteres que operan como funciones que tienen que estar, en el sentido de presencia plena, para que se ejecute un programa.

 

La comunicación, desde la perspectiva logocéntrica, sostiene todo el desarrollo de la técnica como herramienta, pues en ella la escritura es: “un progreso continuo en una comunicación de esencia lingüística.”[18] Lo que implicaría concebir a la programación como un progreso y desarrollo de la escritura en ese horizonte, esto es, como signos que perpetúan pensamientos, solo que en este caso en la modalidad de órdenes simplificadas, sintéticas o abreviadas que harían de este tipo de escritura algo cada vez más eficaz. En palabras de Derrida: “La historia de la escritura estará de acuerdo con una ley de economía mecánica: ganar el mayor espacio y tiempo por medio de la más cómoda abreviación; esto no tendrá nunca el menor efecto sobre la estructura y el contenido de sentido (de las ideas) a que deberá servir de vehículo.”[19] Así, el progreso de la escritura y su desarrollo no abandonaría la concepción de su carácter representativo, aun cuando nos encontremos en el ámbito de los lenguajes formales, matemáticos o de escritura de software, pues la escritura continúa concibiéndose como un medio. Por ello, la programación extiende la noción de representación de la escritura porque no se deshace de la identidad entre signo e idea, a pesar de ser una escritura abreviada.

 

Por otro lado, este tipo de escritura se guía por la consecutividad, lo cual participa de una forma determinada de la temporalidad: la lineal. O como le llama Derrida: “el tiempo de la línea o la línea del tiempo”.[20] Para la filósofa Federica Frabetti, este es el punto más importante al reflexionar sobre la programación, pues en la combinación del cálculo con la eficacia, o sentido de inmediatez, que ha desarrollado nuestra relación con lo digital, se ha transformado la propia experiencia de la temporalidad. Así, Frabetti se pregunta: “¿Qué tipo de temporalidad se nos vuelve accesible a través de las tecnologías que se basan en el procesamiento de software?”[21] y “¿A qué tipo de temporalidad accedemos a través de la programación y que tipo de relación con nosotros mismos establecemos a través del software?”.[22] Para Frabetti, la temporalidad, como un efecto que se produce en la escritura y ejecución de programas, es lo que muestra la relación que tiene la técnica con la composición de la experiencia, donde una y otra no están separadas. Las preguntas de Frabetti nos remontan a la lectura derridiana sobre Heidegger, en donde el cálculo se erige como la medición del tiempo en un sentido instrumental, pues es un buscar anticiparse a un acontecimiento como un intento de controlar la incertidumbre. La concepción del desarrollo tecnológico en ese sentido instrumental ayuda, aparentemente, a anticiparse cada vez mejor a la incertidumbre. Huir de esta y de la angustia que puede provocar, es parte de lo que empuja todo desarrollo de la tecnología, de manera que se amplíe el rango de lo calculable, esto es, lo que se puede prevenir y así generar certezas. Por ello, la calculación es una parte constitutiva del concepto de instrumentalidad.

 

La programación es la escritura menos ambigua y más esquemática, pues es una continuación de la escritura binaria y lógica que no admite ningún tipo de contradicción para que los comandos puedan ejecutarse. En ese sentido, se puede afirmar que trae consigo el cálculo como causa y como efecto. Así, la programación sería una lengua del cálculo formal que continúa la idea de presencia originaria, en la medida en que ahí no hay ambigüedad.[23]

 

Si bien la programación no busca comunicar, como transmisión de un sentido semántico, sino ejecutar órdenes, hay todavía representación porque se compone de comandos que están asociados a operaciones que deben realizarse. Este tipo de escritura continúa con una cierta representación que no se interpreta, sino que se ejecuta en su literalidad. La programación opera como un dictado que busca que se cumpla o ejecute una acción que a su vez produce efectos que están asociados al accionar mismo, es decir, a la eficacia y cálculo de la orden. Es por el estudio de sus efectos, por lo que vale la pena no solo advertir el camino logocéntrico que perpetúa la programación, sino cómo se ejecutan esos efectos en la experiencia. Uno de ellos se encuentra en la constitución misma del campo de lo digital, pues las tecnologías que componen lo digital comparten una característica común: todas ellas están basadas en un programa (software).[24]

 

Por otro lado, hay que cuestionar cómo se establece cierta escritura del código para configurar programas. Derrida dedica una parte de De la gramatología (1967) al análisis y crítica de la postura de Claude Lévi-Strauss sobre la escritura, pues encuentra una perspectiva etnocentrista sobre la escritura alfabética que se posiciona como superior a la escritura de las tribus que estudió el antropólogo. De manera que la escritura entendida como grabar, arañar, tallar, raspar o imprimir era menos desarrollada que la escritura alfabética. Desde la ingeniería de software, disciplina nacida en la década de 1960, se define al desarrollo de programas como “una técnica de escritura avanzada que traduce un texto o un grupo de textos escritos en lenguajes naturales (principalmente, las especificaciones de los requisitos del ‘sistema’ del programa [software]), a través de un proceso paso-a-paso de refinamiento gradual.”[25] Esta concepción de la programación como una escritura más desarrollada no solo perpetúa un tipo de etnocentrismo al situarse por encima de otras, sino que incluso establece una lengua específica, el inglés, como la que debe utilizarse, ya que un gran porcentaje del código producido está escrito en ese idioma.

 

Comúnmente escuchamos el término “analfabetismo digital” para referirse a la falta de competencias en el uso de la tecnología y, más específicamente, aquellas referidas a la computación digital. Esto puede reducirse al simple uso de aplicaciones y de servicios disponibles por la www, pero también a no saber programar o ejecutar comandos en la consola de las computadoras. Es decir, se fomenta un “deber conocer” de este tipo de escritura que supuestamente nos acercaría más a la eficiencia propia y de las máquinas. Recordemos que esto es precisamente a lo que invita el análisis genealógico propuesto por Derrida, pues al trazar diferentes registros históricos, se muestra que la programación no es la culminación de todas las posibilidades tecnológicas y que el posicionarla de esa manera trae consigo no solo el priorizar ese tipo de escritura por encima de otras, sino que refuerza la noción del sujeto que es capaz de dominar la técnica. Más aún, puede reducir la propia noción de tecnología al campo de lo digital.

 

A partir de la crítica que realiza Derrida a Lévi-Strauss, se vuelve importante no situar a la programación como una escritura superior que solo serviría como una herramienta de comunicación más eficaz. Esta perspectiva sobre una escritura que no es alfabética totalmente, pero sí binaria, matemática y lógica nos deja ver el entramado “económico-técnico-político”[26] que se teje al promover este tipo de escritura como superior a otras o que tiene más efecto que otras. Todo ello para estar en una “verdadera” comunicación y apropiación de las máquinas. Posicionarla como una escritura más desarrollada divide a quienes la conocen y ejecutan de quienes son ignorantes de ella. En palabras de Derrida:

 

“Desde hace mucho se sabe que el poder de la escritura en manos de un pequeño número, de una casta o de una clase, siempre ha sido contemporáneo de la jerarquización, diremos nosotros de la diferencia política: a la vez distinción de los grupos, de las clases y de los niveles del poder económico-técnico-político, y delegación de la autoridad, potencia diferida, abandonada a un órgano de capitalización”.[27]

 

Para Derrida estas jerarquizaciones se producen mucho antes de la aparición de la escritura, es decir, desde que una sociedad se construye como tal, pero reconoce también que debe darse un lugar a cómo se ejerce, paralelamente, la subordinación con la aparición de ciertos sistemas de escritura en la forma de exclusión etnocéntrica y colonial. Entonces, si la programación no es un tipo de escritura que todos deberían conocer, lo que se tiene que analizar son los efectos que trae consigo el privilegiar este tipo de escritura y cómo la apertura del campo de lo digital llegó a concentrar la mayoría de los vínculos y archivos en la actualidad. Esto implica, a su vez, una crítica a toda la cultura de la innovación tecnológica que se impone como signo de civilizaciones desarrolladas. Si no se realiza ese ejercicio reflexivo, entonces, se continúa la misma línea que Lévi-Strauss cuando ubicaba al alfabeto como la forma de escritura de los pueblos civilizados, mientras que la pintura y la representación en símbolos era despectivamente relacionada con una visión colonial de los pueblos salvajes y bárbaros.[28]

 

 

4. Conclusión

 

Hasta ahora he realizado un recorrido analítico sobre la noción de escritura y las dificultades a las que nos enfrentamos al situarla en el campo de la escritura de código. Como vimos, este tipo de escritura no sería propiamente un medio de comunicación, sino de ejecución de comandos u órdenes, pero esto no la desvincularía de una metafísica de la presencia asociada a la noción de técnica como medio y del sujeto que puede dominarla. Es decir, permanece el binarismo entre herramienta y usuarios. La programación con la que contamos actualmente se sigue desarrollando como una escritura que refuerza la noción de “marca” como “código”, en tanto no nada que no pueda ejecutarse como programa tiene algún valor, pues no se podría demostrar su eficacia.

 

Considero relevante haber realizado el recorrido por la noción de código que explora Derrida para examinar los límites y posibilidades que puede tener al situarse en el terreno de la escritura de código guiada a la ejecución de programas. Esto nos muestra que la apertura planteada por Derrida tanto del código, como del contexto no ocurre en la escritura de software, pero ese campo minado se vuelve provechoso para ubicar otro tipo de tecnologías y escrituras que no remitan a la programación. Esto implicaría una investigación de las tecnologías producidas en diferentes geografías y cómo se producen diversas experiencias que no culminen en esa reducción de la tecnología con la dimensión de lo digital. Se trataría, entonces, de una resistencia genealógica a que la tecnología pueda ser comprendida solo de ese modo.

 

Por otro lado, sería necesario ampliar la noción de programa (software) y plantear si en efecto puede alejarse de la relación de instrumentalidad y soberanía de la técnica. Si es posible, como afirma Derrida, que tanto código como contexto se alteren en su propia iterabilidad y que un código siempre pueda ser leído de otra forma, tendría que cuestionarse cuáles son esas otras posibilidades de escritura de código que no son necesariamente comandos, que dan espacio a la ambigüedad, y que no sostengan una binaridad entre lo “humano” y la “máquina”.

 

Como se señalaba al inicio, cuando se pregunta por ¿qué es la escritura? o ¿qué es la programación? No solo caemos en la reflexión sobre las esencias, sino que situamos un lugar de origen sin que sea posible reclamar otro. La pregunta por “¿qué es la programación?” Nos suele remontar a un origen que normalmente se sitúa solo en la escritura de código que devino software. Así, más que situar la ausencia que implica todo tipo de marca, se sobrepone una presencia absoluta en un código específico: el inglés. Se continuaría así con los procesos de etnocentrismo al admitir esa esencialización que impediría que se pueda romper el protocolo de cómo opera un código, en consecuencia, este no podría ir más allá de su contexto y, sobre todo, no podría ser leído fuera de él.

 

Si bien esta discusión podría llevarse, dentro del mismo marco derridiano, al problema de la memoria y sus soportes externos, en este ensayo solo me ceñí a enfatizar el carácter instrumental que se consolida en nuestra relación con tecnologías basadas en una escritura que solo está regida por órdenes o comandos. Esto implica, por un lado, que el código se reduzca a una marca que comunica y, por el otro, que el programa, aunque no comunique en sí mismo, ejecute solo las órdenes que han sido establecidas. Así, la escritura con la que estamos produciendo efectos está guiada solo para que se ejecute algo más, lo que acentúa una relación con la tecnología que solo tiene valor desde el cálculo que no da espacio a la ambigüedad.

 

Este tipo de programación se sitúa como un punto histórico donde la escritura automatizada sintetiza procesos y operaciones que tienen un efecto en la modificación de nuestra sensibilidad. Es decir, se produce la noción de “sujeto” o “humano” en correspondencia con el tipo de escritura con el que se articula y transforma su propia “esencia”, esto es, aquello dirigido a la eficacia, la ejecución de órdenes y sin espacio a la ambigüedad. Se trataría, entonces, del giro hacia los “usuarios” como el lugar que se establece en nuestro vínculo con la tecnología. Así, este tipo de escritura afecta la experiencia que tenemos con las tecnologías digitales, pues la configuración del tiempo, al estar en el campo de lo calculable y el “tiempo de la línea”, trae consigo la eficiencia y la inmediatez como un tipo de respuesta que también se desarrolla en los comandos que conforman un programa. La linearidad que refuerza este tipo de escritura cambia nuestra noción de temporalidad hacia lo inmediato y eficaz.

 

Si bien estas son algunas de las consecuencias que pueden ubicarse en la relación de la escritura, su operación como código y la programación quedaría todavía por realizar esas genealogías que permitan rastrear esos diferentes modos de la tecnología que no entran ni en la programación ni en lo digital y que escapan a la noción de medio. Es decir, esos espacios donde la “marca” no devenga necesariamente “código” como algo cerrado. Se tratará de buscar estrategias de diseminación que no refuercen la presencia del: 1) emisor, como aquellos que escriben el código; 2) el mensaje, que se convertiría en el programa mismo; y 3) el receptor, como simple usuario que no modifica el código ni lo saca de contextos.

 

 

Bibliografía

 

  1. Derrida, Jacques, De la gramatología, Siglo XXI, México, 2021.
  2. ________ “Firma, acontecimiento, contexto”, en Márgenes de la filosofía, Cátedra, Madrid, 2019, pp. 347-372.
  3. Derrida, Jacques y Stiegler, Bernard, Ecografías de la televisión, Editorial Universitaria de Buenos Aires, Buenos Aires, 1998.
  4. Frabetti, Federica, Software theory: a cultural and philosophical study, Media philosophy, Londres, 2015.
  5. Heidegger, Martin, “La pregunta por la técnica”, en Filosofía, ciencia y técnica, Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 1997, pp. 111-148.

 

 

Notas

 

  1. Jacques Derrida, De la gramatología, ed. cit., p. 38.
  2. Ibidem., p. 97.
  3. Cfr. “Psyché. Invenciones del otro” (1984-1986), conferencia en la que reflexiona sobre la repetición y las formas de invención a partir de las tecnologías que se sirven de la programación como un tipo de escritura. La serie de entrevistas que le hizo Bernard Stiegler que fueron publicadas como Ecografías de la Televisión (1996), en donde se discute las consecuencias de la técnica, específicamente, a partir de la televisión. En estas entrevistas Derrida desarrolla su concepto de «teletecnología» para referirse a los diversos medios de comunicación contemporáneos, la televisión y los medios de grabación. Por otro lado, se encuentra Papel Máquina (2001) en donde se reúnen una serie de textos que Derrida dedica a la pregunta sobre el cambio que traerían, o no, las formas de escritura y archivo digital. Particularmente en el capítulo: “La máquina de tratamiento de texto” (1996), se abordan las implicaciones de la escritura en las computadoras personales, que sustituyeron a las máquinas de escribir que usaban papel y cinta, así como en la World Wide Web (www).
  4. Jacques Derrida, “Firma, acontecimiento, contexto”, ed. cit., p. 351.
  5. Martin Heidegger, “La pregunta por la técnica”, ed. cit., p. 123.
  6. Jacques Derrida, De la gramatología, ed. cit., p. 31.
  7. Jacques Derrida, y Bernard Stiegler, Ecografías de la televisión, ed. cit., p. 165.
  8. Jacques Derrida, “Firma, acontecimiento, contexto”, ed. cit., p. 357.
  9. Ibidem., p. 356-357.
  10. Ibidem., p. 356.
  11. Ibidem., 357.
  12. Ibidem., 356.
  13. Diccionario de la Real Academia Española, en línea, https://dle.rae.es/código
  14. Jacques Derrida, “Firma, acontecimiento, contexto”, ed. cit., p. 356.
  15. Ibidem., p. 357.
  16. Ibidem., p. 357-358.
  17. Ibidem., p. 351.
  18. Ibidem., p. 352.
  19. Ibidem., p. 353.
  20. Jacques Derrida, De la gramatología, ed. cit., p.4.
  21. Federica Frabetti, Software Theory, ed. cit., p. 10. La traducción es mía.
  22. Ibidem., p. 11. La traducción es mía.
  23. Jacques Derrida, “Firma, acontecimiento, contexto”, ed. cit., p. 355.
  24. Federica Frabetti, Software Theory, ed. cit., p. x.
  25. Ibidem., p. xx. La traducción es mía.
  26. Jacques Derrida, De la gramatología, ed. cit., p. 170.
  27. Ibidem., p. 170.
  28. Ibidem., p. 7.