Pensar la educación. Vida y técnica de Ana María Valle

 

Presentación del libro: Pensar la educación. Vida y técnica de Ana María Valle. UNAM, 2025

Diálogos con Ana María para pensar la educación

Laura Campos, Manuel Reynoso y Ma. Centeocihuatl Virto

 

El libro Pensar la educación. Vida y técnica de la Dra. Ana María Valle, nos invita a pensar un proceso importante en la vida de toda persona; la educación. En el siglo XXI tenemos el reto del diseño, la práctica y la teorización del proceso formativo-educativo de todas y todos. El conocimiento nos ha situado en un mundo lleno de tecnología, en específico con la creación de la Inteligencia Artificial (IA), ante este panorama podemos hacer uso de la propuesta de Ana María, nos dice, “Pensar la educación es un diagnóstico con y desde el presente; donde se reconocen síntomas, signos y malestares de la vida” (p. 16). Valle nos presenta síntomas, signos y malestares que se tienen que pensar estando en la docencia o en el proceso educativo como estudiante, claro, ambas partes son siempre personas en formación.

Pensar la educación. Vida y técnica nos invita a reflexionar sobre uno de los temas más urgentes de nuestro tiempo: la relación entre la educación, la vida humana y la técnica, en especial, en la era de la inteligencia artificial.

Este libro no es solo un análisis filosófico o pedagógico; es un ejercicio de pensamiento que entrelaza la tradición filosófica con las problemáticas contemporáneas. A lo largo de ocho capítulos, que se pueden leer como ensayos por separado, la autora establece un diálogo entre pensadores como Simondon, Foucault, Freire, Sloterdijk y Nietzsche, entre muchos otros, para proponer una mirada renovada sobre lo educativo.

Se pueden destacar tres ejes centrales que articulan esta obra:

 

  1. La vida ejercitante:

Retomando a Sloterdijk, la autora nos propone entender la educación como una “vida en ejercicio”, donde la contemplación y la acción se unen. Nos invita a pensar en figuras como Kant, cuyo cuidado del cuerpo y la mente no estaban separados de su labor intelectual. La enseñanza, entonces, no es solo transmisión de saberes, sino una práctica corporal, ética y espiritual. Nos dice Ana María, “El pensamiento es cuerpo en acción tanto como el cuerpo es contemplación del pensamiento” (p. 49). Nuestra autora sintetiza la idea central de la “vida ejercitante”, rompiendo la dicotomía entre teoría y práctica, ambas están presentes en la vida ejercitante, dicha separación se presenta solo para fines didácticos.

Kant es un ejemplo, el realizó ejercicios cotidianos durante 14 años. El maestro Kant repitió una rutina constante, la cual era, durante la comida, donde invitaba a amigos, mínimo eran tres y no mas de nueve, era un grupo heterogéneo y diverso para poder entablar conversación entre adultos y jóvenes. Una caminata después de comer, esa era en solitario para continuar con sus meditaciones y realizar una respiración para tener sano el aparato respiratorio, por la importancia de respirar por la nariz. Sus horas de lectura y meditaciones crepusculares, actividad que terminaba a las 9:45 de la noche, dejando tiempo para no llevar ruido mental y prepararse para el descanso. El desayuno lo iniciaba a las 5 de la mañana, despertaba a las 4:55, seguía una lectura matutina de 7 de la mañana a las 12:45, después se alistaba para comer. El ejemplo no se presenta con la intención de imitar a Kant sino para pensar y generar los ejercicios propios. Valle nos dice la vida ejercitante implica generar condiciones que no distingan y no dividan la vida contemplativa (teoría) de la vida activa (práctica), lo que hace preguntarnos ¿qué ejercicios tendremos que realizar para que la IA no haga que nos olvidemos de cultivar la vida contemplativa y la vida activa? ¿a qué hora debería dejar de consultar dispositivos e IAs? ¿Cómo integro una rutina para la vida ejercitante, lo realizo en compañía de la IA? ¿los ejercicios los planteo y realizo la persona o le solicita a la IA la rutina ideal para que ella ejercite una vida contemplativa? Muchas otras preguntas nos genera el análisis y diagnóstico de Ana María.

El libro presenta una visión concreta y poderosa de la educación como un proceso de cultivo constante, no de mera acumulación de conocimientos. Valle nos dice, “Sólo ejercitando la constancia y la paciencia es posible reunir suficiente energía para desarrollar el talento. Esos ejercicios permiten la acumulación y derroche de acciones, lo cual no es otra cosa que evidencia de vida ejercitante” (p. 36). Las personas que se dedican a la enseñanza deben lograr practicar la contemplación o teorizar la acción, ese movimiento reciproco o doble es importante que lo tenga presente el o la enseñante. “Enseñar, como vida en ejercicio, exige de quien enseña mantener condiciones de aptitud, situación y obligación de cumplimiento” (p. 30-31). La enseñanza se define no como un trabajo, sino como un “modus vivendi” que requiere una preparación integral. Por lo que implica asumir una postura ética y política. Esta idea de enseñanza solicita del enseñante “pensar la práctica de enseñar y saber lo que se piensa respecto al acto de enseñar” (p. 29). Esto implica la fuerza vital que da el ejercicio.

Valle nos dice “Problematizar la educación permite a la pedagogía teorizar la práctica y practicar la teoría” (p. 15). El o la maestra pensadora realiza el ejercicio de replegarse sobre sí mismo, sí misma, de apartarse (epojé), en su ejercitar se repliega en sus pensamientos y/o en sus prácticas, muestra el dominio de su teoría y su praxis, muestra la producción o el emerger de su pensamiento y su práctica, pero, no se puede quedar ahí, en un estado de muerte, de apartamiento, se requiere volver a los otros y otras. El o la enseñante regresa de su epojé como una persona real, tan común y tan defectuosa como cualquiera, es mejor “viajar ligero”, con una vida ejercitante la enseñanza en el siglo XXI lleva a una integración de los nuevos entornos y sus nuevos retos. Es saber lo que entendemos por enseñar, educar y qué prácticas conlleva, crear, inventar y ejercitar nuevas, las que se requieren para el siglo.

 

  1. La técnica como parte de la vida:

Frente a la idea de que la técnica es algo ajeno a lo humano, Valle —inspirada en Simondon— nos muestra que la técnica es constitutiva de nuestra existencia. La inteligencia artificial, lejos de ser un instrumento neutral, modifica nuestro lenguaje, nuestras relaciones e incluso nuestra ética. En este sentido, la alfabetización técnica se vuelve una forma de cuidado de sí.

Ana María nos dice, “Con la inteligencia artificial la vida humana se conecta de un modo otro. No se trata del simple uso de dispositivos o artefactos, la IA está en los confines del lenguaje en forma de metáfora y mito” (p. 17). Va más allá del discurso tecnocrático y sitúa a la IA en el terreno del significado, el lenguaje y la cultura, que es donde realmente impacta.

  1. El lenguaje y la IA:

Uno de los capítulos más provocadores explora cómo la inteligencia artificial habita en los “confines del lenguaje”, no solo desde la gramática, sino también desde la metáfora y el mito. La IA no es solo lógica; también es creadora de sentidos nuevos, desafiando nuestros hábitos de pensamiento. Como la siguiente cita, “La inteligencia artificial, con su materialidad metafórica y mítica, reclama un sentido para el que no dispone de ningún marco de interpretación, porque ella misma trastoca sus condiciones de validez” (p. 95). Es una cita profundamente filosófica que muestra cómo la IA desafía nuestros marcos de comprensión tradicionales y nos obliga a repensar conceptos como el sentido y la verdad. ¿Cuál es nuestra postura ante tal dilema? ¿cómo se construye sentido con ayuda de la IA, se da por sentado que la información que nos comparte es correcta y verdadera o solo habladurías de los comentarios de la red? ¿”Educamos” o moldeamos a las IAs a partir de nuestras preguntas y autores o autoras que trabajamos, ejercitamos esa relación con la IA de forma consciente?

Nuestra filósofa-pedagoga nos invita a pensar, “La cultura debe incorporar los seres técnicos bajo la forma de conocimiento y de sentido de los valores” (Simondon, citado en p. 59). Es una cita importante del libro. Subraya la necesidad ética y cultural de integrar, y no solo usar, la técnica en nuestra vida.

Este libro también aborda temas como la modulación en redes sociales, el populismo neoliberal y la gubernamentalidad, siempre con una pregunta de fondo: ¿cómo educar en un mundo donde la técnica redefine lo humano?

Pensar la educación. Vida y técnica no ofrece respuestas fáciles, sino que nos invita a problematizar —en el sentido foucaultiano— nuestras prácticas educativas. Nos recuerda que educar es, ante todo, un acto de coraje: el coraje de preguntar, de dudar, de mantener viva la relación entre pensamiento y realidad.

En un mundo hiperconectado pero frecuentemente superficial, este libro es una brújula para educadores, filósofos y todos aquellos que buscan entender —y transformar— el vínculo entre vida, educación y técnica. Ana María Valle nos dice, “Más que un saber enciclopédico, la base del pensamiento es saber preguntar y la pregunta por la educación es sospechar de toda respuesta a preguntas inexistentes” (p. 14).

La gramática del lenguaje es entendida por Valle como sistema: un sistema de reglas que rige la representación del mundo y, por eso, afirma, la articulación que hace de éste el ser humano y de la vida que en él desarrolla. Las reglas de la gramática, nos dice Valle, tienen un carácter lógico y racional, por lo que la vida que está organizada por la gramática, está así organizada: de un modo lógico, racional y calculado (p. 76). De esta manera, Valle habla de la gramática del mundo y de la vida organizada por la gramática. Los límites de este mundo están configurados por lo que el lenguaje permite conceptualizar. Estos límites pueden ser excesivamente restrictivos. Hay, según lo afirma Valle, un exceso de lenguaje que oprime al ser humano cuando la única manera de concebir a la realidad y a la vida es a través de él y de su gramática racional. No obstante, afirma Valle, hay dentro de esa realidad lingüísticamente conceptualizada, una vía que ofrece una forma creativa de expansión y cambio: la metáfora. La metáfora, propone Valle, es sí, posibilitada por el lenguaje y por tanto, por la gramática; pero, a la vez, es una forma de transgredir los límites del lenguaje en su dimensión semántica. La metáfora permite ir más allá de la conceptualización normalizada que la gramática determina.

Valle asume una postura interactiva y fenoménica de la metáfora según la cuál, una metáfora consiste en un traslado de significado. La metáfora es un proceso por el cual a partir de significados lingüísticamente determinados se generan nuevos significados. Estos nuevos significados que resultan del traslado semántico operado por la metáfora, propone Valle, no son significados lingüísticos habituales. Los significados lingüísticos habituales pretenden explicar el mundo. En cambio, para Valle, los significados generados metafóricamente permitirían percibir al mundo o en general, experimentarlo en una dimensión puramente fenoménica (p. 79). A través de este mecanismo metafórico, propone Valle, se trascienden los límites del lenguaje regido por la gramática habitual. Al generar significados que se salen de la norma impuesta por la gramática habitual del lenguaje, la metáfora permite acceder a lo que para Valle es un mundo nuevo alternativo a aquel que nos permite articular la gramática del lenguaje.

A partir de esta concepción de la metáfora, Valle adelanta esta tesis: La inteligencia artificial (IA) operada por tecnologías como el CHAT GPT tiene un carácter constitutivo metafórico y mítico. De acuerdo con Valle, la interacción de un ser humano, un agente intencional, y estas formas de IA es de orden metafórico: esta interacción consiste en un traslado de significados. Al interpretar los productos generados por una IA, el ser humano da lugar a una dimensión semántica inédita. Sólo que esta vez, el punto de partida es una creación de un agente artificial. La IA genera un producto, por ejemplo, una expresión o una imagen; este producto carece de marco interpretativo. Este marco o trasfondo debe ser proporcionado y en ello, tiene lugar el traslado de significado: la creación de una dimensión semántica completamente nueva a la que la gramática del lenguaje y la metáfora surgida a partir de ésta dan cabida. De esta manera, sostiene Valle, la IA abre la posibilidad de reordenar y de trasladar significados y así, abre la posibilidad de reorganizar el mundo y la vida de maneras alternativas.

¿Y cuál es ese marco requerido para interactuar con la IA? Es un marco mítico, nos dice Valle. Se puede decir, sostiene Valle, que no hay IA sin horizonte mítico (p. 81). ¿Qué quiere decir esto? Aquí Valle parece recurrir a una argumentación trascendental. La premisa inicial de esta argumentación es que no hay proceso interpretativo alguno cuya posibilidad no suponga un trasfondo mítico. Este trasfondo es lo que posibilita al lenguaje y sus significados habituales, a la metáfora con sus significados alternativos y, en fin, lo que hace posible a toda actividad representacional e interpretativa. ¿Y qué es el mito? Valle lo entiende como un todo colectivo y común: el mito está hecho de lo que todos saben, dicen y piensan, pero que nadie en lo individual sabe, dice y piensa. Este trasfondo mítico no es ni lógico, ni racional ni representacional, sino que es anterior a todo ello; es lo que está en su origen, en su raíz. En el mito no actúa la razón sino que éste se alimenta de la imaginación, afirma Valle, la cual tiene un carácter prelógico. Aquí, la propuesta de Valle sería esta: en tanto que nuestra interacción con los productos de la IA es metafórica y por eso, interpretativa, esta interacción supone el mito, pues de otra manera no sería posible. Dado este carácter mítico y metafórico que la IA exhibe en nuestra interacción con ella, como Valle lo propone, la IA es una apertura. La IA, nos dice Valle, como es propio de las dimensiones metafórica y mítica, abre nuevas posibilidades hacia maneras nuevas e inéditas de articular el mundo y de organizar la vida. Posibilidades a las que las prácticas educativas no deben y que, en realidad, a los que no pueden eludir. La práctica educativa deberá hacerse cargo de incorporar los procesos creativos de generación de significado que, de acuerdo con Valle, son propios de la interacción entre ser humano e IA.

Valle propone un encuentro para sentipensar cómo la vida, la técnica y el acto pedagógico se entrecruzan. Con una propuesta desde la filosofía y la pedagogía, la autora invita a pensar que la educación está atravesada por dimensiones técnicas, afectivas, corporales y políticas que le dan sentido. Su libro es una propuesta para criticar nuestras prácticas y experiencias desde la educación, animándonos a repensarlas.

Entre las líneas que articulan su texto se encuentra la idea de vida-técnica: una manera de entender la educación como experiencia encarnada, situada y siempre mediada por herramientas, lenguajes, preguntas y procesos de individualización. La técnica se presenta como condición de posibilidad de la vida humana. La educación, afirma la autora, solo puede pensarse como un proceso técnico-vital, donde lo humano no existe sin esta mediación, pero tampoco la técnica existe sin vínculo con lo humano.

Con base en esta premisa, en los capítulos finales del libro de Valle encontramos dos temas esenciales: la relación entre alfabetización técnica y pedagogía de la pregunta, desarrollada a partir del diálogo entre Simondon y Freire, y la manera en que la pandemia reveló las zonas más frágiles, tensionadas y creativas del acto educativo. Estos dos capítulos funcionan como un cierre conceptual, ya que retoman las categorías antes trabajadas y las lanzan hacia escenarios donde la articulación entre vida y la técnica se hacen palpables.

En el capítulo “Alfabetización técnica y Pedagogía de la pregunta. La vida entre Simondon y Freire”, Valle recupera a partir de Simondon la idea de la técnica no como un objeto o una herramienta, sino como un proceso que construye a los sujetos tanto como ellos la construyen. La técnica como una manera de estar en el mundo (p. 174). Como señala la autora: “la técnica, las técnicas y la tecnicidad son una manera en cómo la vida se manifiesta. La vida se puede apreciar a través de la técnica” (p. 177).  Desde Freire, la autora afirma que la educación no es transmisión mecánica de saberes, sino liberación y emergencia de pensamiento crítico. Así, la alfabetización técnica no se reduce a enseñar habilidades, sino a desarrollar la capacidad para interrogar el mundo y sus artefactos. De este modo, la alfabetización técnica se vuelve indisociable de la pregunta: no hay comprensión de la técnica sin cuestionamiento, y no hay pregunta genuina sin reconocer la técnica como parte constitutiva de la vida. Como Valle afirma: “La experiencia, en lo cotidiano, se produce cuando se interroga sobre el sentido, la historia, el lugar político y económico, la operación, entre otro, de los elementos técnicos que componen el modo de vida que se vive” (170).

La autora propone una pedagogía de la pregunta. Interrogar desde la duda, desde lo no dado, concebir otros datos. Esta pedagogía mantiene la idea de que de lo que se trata es interrogar al mundo desde la vida misma, desde la experiencia que nos atraviesa y nos sitúa en él (p. 169).

En este capítulo Valle también se detiene en ejemplos cotidianos que ayudan a mostrar cómo la técnica está presente en cada acto humano: un lápiz, un teléfono, un automóvil o un libro no son solo objetos inertes; son redes de existencia que “representan la realidad natural en la vida cultural” (p. 176). A partir de ellos, la autora explica que la alfabetización técnica no consiste solo en saber usar algo, sino en preguntarse por la relación vital que establecemos con esos objetos, por las redes sociales y culturales que posibilitan y por los modos de existencia que abren o cierran.

Lo más sólido del capítulo es su insistencia en que la pregunta es el motor del pensamiento. “Las preguntas mantienen las conexiones con la realidad al interrogarla no solo para definirla sino, sobre todo, para concebirla” (p. 169). El libro acierta al mostrar que la alfabetización técnica sin pregunta se reduce a adiestramiento, y la pregunta sin técnica corre el riesgo de volverse abstracta o estéril. La articulación entre ambas sostiene la propuesta general: la educación es un entrelazamiento de vida y técnica donde la crítica se convierte en acto vital.

El capítulo “La enseñanza en medio de un corte vital: la pandemia” vincula el acto educativo con una experiencia cercana. Aquí, la autora plantea que la pandemia fue un corte vital que mostró las condiciones situadas de todo acto educativo. En ese momento, la educación pasó a pantallas, hogares, teléfonos, cuartos improvisados y espacios precarios. La desigualdad, que muchas veces permanecía oculta detrás de la normalidad escolar, se volvió visible en toda su crudeza.

En este capítulo, Valle afirma algo contundente: que: “la realidad siempre rebasa todo intento de su dominio y obliga a valernos de la experiencia” (p. 185). No vale el intento por controlar el acto educativo a través de la planeación institucional, la herramienta tecnológica o el manual pedagógico, frente a la fragilidad, el duelo, cansancio y la enfermedad que se vivieron en aquellos momentos. La educación dejó de ser un sistema controlable y se convirtió en un ejercicio de reinvención continua.

Una de las apuestas más importantes de este apartado es evidenciar que la alfabetización técnica no consistió en aprender a usar plataformas digitales, sino en mantener el vínculo educativo en condiciones adversas. Incluso las preguntas cambiaron. Dejaron de centrarse en el conocimiento para volverse existenciales. La técnica pareció como un espacio de vida, no como una prótesis externa. No existe técnica sin vida, afecto o presencia.

Valle muestra como ante la ausencia de cuerpos, este corte que se vivió en aquellos momentos transformó el sentido de la presencia. La mediación técnica no anuló el vínculo, lo volvió más evidente. La pandemia mostró que la educación no solo se basa en la administración de contenidos, sino en el sostenimiento de vínculos humanos y afectivos en condiciones frágiles. La técnica solo sostiene la educación si está habitada por una pregunta viva.

Para tratar de cerrar estos capítulos, su puede señalar que una de las ideas más importantes de esta autora es insistir en que no se puede separar la técnica de la vida ni la vida de la técnica en el acto educativo. Su propuesta conceptual es sugerente y se enriquece cuando coloca en diálogo a Simondon y Freire, o cuando analiza la pandemia como corte vital que alteró por completo la manera de enseñar y aprender. Con base en esto se plantea que la educación no es un sistema que se administra, sino un proceso que se habita. Que la vida y la técnica se entrelazan en cada gesto pedagógico, en cada clase, en cada vínculo que sostienen quienes enseñan y quienes aprenden. La educación no puede vivirse fuera de la experiencia, de la pregunta ni de las mediaciones que hacen posible la vida compartida.