Algunos casos de los gemelos unidos en la literatura

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Algunos casos de los gemelos unidos en la literatura

“Cada uno nace solo y cada uno muere solo”, o por lo menos así lo plantea Sartre. Pero ¿es aplicable esta sentencia en el caso de los gemelos unidos, llamados hasta hace poco “gemelos siameses”? Dicha nomenclatura se debe a unos hermanos del siglo XIX y que se distinguían por una especificidad congénita –compartían una banda de cartílago a la altura del ombligo así como el hígado. Estas personas de la vida real han perseguido la imaginación literaria de América del Norte, como lo ilustra el escritor Mark Twain quien les consagra un relato titulado “Personal Habits of the Siamese Twins”. En las ficcionalizaciones posteriores, como en la de John Barth de los años 60 del siglo XX, se narra la vida de estos hermanos de manera humorística:

“(…) hasta Chang y Eng, esos parangones de cooperación tuvieron sus diferencias. Chang era un borrachín, Eng era abstemio; a Eng le gustaban las partidas de damas que duraban toda la noche. Chang no era jugador; al menos en unas elecciones votaron a candidatos opuestos; (…)” (75).

Añado otros datos sobre ellos: se casaron con dos hermanas, tuvieron dos casas separadas y cada tres días alternaban la residencia. En total, tuvieron 22 hijos. A pesar del alto grado de individuación que lograron, también presentaban rasgos de la identificación: se vestían de la misma manera, firmaban en singular Chang-Eng y siempre caminaban abrazados. Menciono estas anécdotas porque me gustaría plantear lo siguiente: ¿se trata de dos personas que comparten una fisio-morfología única?, o es que ¿una persona se divide en dos materialidades corporales que se entrelazan? Los gemelos unidos desafían la categoría de la persona concebida como autónoma tanto mental como corporalmente.. Parece que los gemelos inseparables, o terata didyma, subvierten los conceptos del cuerpo, persona, incluso de la muerte, como una situación individualizada. La profunda ambivalencia que les caracteriza muestra la falacia de un enfoque meramente biológico. Por tanto, los leo como un sitio de confrontación entre los discursos médicos, culturales y literarios en torno a la corporalidad y la subjetividad.

En algunos cuentos como el de la escritora canadiense Barbara Gowdy, del ya mencionado John Barth, y Vladimir Nabokov –quien al momento de la creación de este cuento ya era nacionalizado estadounidense-, los personajes corresponden a los dos tipos del desdoblamiento corporal. Por un lado, existen los gemelos unidos propiamente dichos que destacan por sus técnicas corporales particulares. Por el otro, se narran casos de cuando un gemelo ejerce como el “auto-sitio”, o sea, es formado completamente y funciona orgánicamente, mientras que el otro está incorporado en el cuerpo del primero. Este gemelo llamado parasítico suele ser/tener sólo la cabeza, las extremidades o el torso. En el cuento “Sylvie” de Barbara Gowdy, en el cuerpo de la protagonista Sylvie se incrusta su hermana Sue que “no es otra cosa que un par de piernas. Piernitas perfectas, con rodillas, muslos y panza, la panza que crece de la panza se Sylvie, justo debajo de su ombligo. Las piernas (de Sue) cuelgan hasta las rodillas de Sylvie, y están en la misma dirección que sus propias piernas (43). Además, su hermana “no tiene más poder sobre estas piernitas que sobre sus orejas, pero las siente, siente calambres que a veces las atraviesan, siente cuando algo les toca (43-4). En este cuento, el cuerpo parasítico defeca de manera individual y tiene su propio ciclo menstrual, que no coincide con el de su hermana. Esta situación tan particular hace evocar lo planteado por Liz Grosz, “¿se trata de dos identidades, aunque el gemelo parasítico tiene algunas funciones desarrolladas y formadas? Es decir, ¿qué sucede si el espacio corporal no es único, sino que se desdobla?” (62). Otra muestra de los gemelos parasíticos viene también en un cuento de Gowdy cuyo título ya señala lo singular de su circunstancia corporal -“El hombre de dos cabezas”-. A su vez, en el cuento “Súplica” de John Barth también se trabaja la dualidad corporal. Estos ejemplos literarios acerca de los gemelos parasíticos revelan la gran relevancia que tiene la configuración de su imagen corporal. En esta línea, Grosz plantea interrogantes: “Dado que las sensaciones del gemelo parasítico no siempre las percibe el gemelo que configura el auto-sitio, en este caso ¿la imagen corporal incluye el cuerpo parasítico? ¿De qué tipo de imagen corporal se trata en el caso cuando el cuerpo abarca las sensaciones y las experiencias que el sujeto no puede vivenciar en la primera persona?” (63). La discordia entre las dos figuras corporales se evidencia en el protagonista de Barth, quien a partir de las sensaciones corporales divergentes adquiere el conocimiento de su dualidad:

En mi más tierna infancia no me daba cuenta de que era dos; fue lo intratable de aquella criatura siempre delante de mí (que iba hacia la izquierda cuando yo hubiera ido hacia la derecha, berreando por comer cuando yo querría dormir, riéndose cuando yo lloraba) lo que me abrió los ojos a la posibilidad de que fuera otro distinto de mí mismo; (…) (79).

Si recordamos que según Schilder, la imagen del cuerpo se va formando entre las imágenes de otros cuerpos de su entorno, es indicativo que los personajes literarios cobran conciencia de su manera singular del estar en el mundo sólo cuando entran en contacto con otros niños de su edad.

Otro de los aspectos que caracterizan los gemelos unidos son las “fronteras fluidas” (Shildrick). Se les mezclan los pensamientos, los sueños se les engarzan, lo que hace desmoronar la dicotomía entre el cuerpo y la mente así como la diferencia entre un cuerpo y el otro. Además, la unidad fenoménica que subyace en ellos habla de la importancia de un cuerpo subjetivo, cuerpo vivido.

El cuerpo fenoménico de los personajes duplicados destaca por la cenestesia, o percepción interna del cuerpo propio, que según Jean Starobinski, consiste en dos factores elementales. Las conciencias encarnadas reciben los datos cenestésicos a partir del dolor y el deseo. Ambas facetas que poseen el valor cenestésico, se observan en el cuento “Sylvie” cuando Sue, la hermana cuyo cuerpo consiste sólo en la parte inferior, está siendo víctima de un niño que al meter su dedo entre sus piernitas, la lastima y la hace sangrar, Sylvie experimenta este dolor. A su vez, cuando el amante le hace el amor al cuerpo parasítico, también Sylvie vivencia el placer sexual.

En estos cuentos, algunos personajes aún siendo niños ya estaban enterados de que su esquema corporal es algo especial, pero los significados que le adjudicaban eran distintos a aquellos que la sociedad les otorgaba. Sylvie antes de su primer día en la escuela, cuando su madre le advierte de que debe ocultar su marca corporal singular, ella lo interpreta como si “una no debiera ser presumida”. Esto pone de manifiesto que las representaciones de los gemelos unidos son fruto de la elaboración cultural. No siempre se les ha entendido en términos patológicos, como sucede en la época actual, ya que por ejemplo en los tiempos antiguos, eran adorados como dioses. El que la percepción de estas figuras corporales esté sujeta a paradigmas culturales, parece reflejarse en Nabokov donde se menciona explícitamente que alguna vez los protagonistas hubiesen sido vistos como “un doble ser mitológico”. A su vez, en Sylvie, la protagonista ejerce como una suerte de talismán para los soldados quienes antes de ir al frente, se toman fotos con ella, para tener buena suerte.

El título de Nabokov que reza “Escenas de la vida de un monstruo doble”, es significativo porque remite a una acepción muy antigua que asocia a estos seres especiales con el signo de lo monstruoso. El monstruo se vincula con la imaginación y los deseos de la madre ya desde La generación de los animales de Aristóteles cuando se creía que un ser poco habitual nacía porque la madre recordaba la imagen de un objeto ausente. Un texto perdido atribuido a Empédocles sugirió lo que se convertiría en una creencia popular: los fetos podían ser modificados por las estatuas y pinturas que una mujer mirara durante la concepción y el embarazo. La progenie considerada “monstruosa” emerge como producto de la imaginación que imprimió sus marcas sobre el niño. De alguna manera, los cuentos aquí reunidos rememoran este teorema sobre “la imaginación materna”, que también puede referirse a los sucesos traumáticos que se dieron en el momento de la concepción. En Nabokov, la madre del “doble monstruo” fue violada y murió poco después de darles a luz. En Sylvie, la madre cree que es debido a la constipación durante el embarazo que los dos bebés no tuvieron suficiente lugar para desarrollarse (Gowdy 44). De modo parecido, la alteración u obstrucción del desarrollo fetal en la fase uterina, es mencionada en Barth donde la madre parece haber tenido un “útero estrecho”. Por último, en “El hombre de dos cabezas” de Gowdy, una madre alcohólica parece ser responsable de la condición corporal que atañe a estos gemelos.

El cuento de Barth, en particular, aborda el tema de la normalización de la otredad somática. Un gemelo escribe una carta en la que alega las razones por las que requiere ser separado de su hermano. A su vez, en Sylvie, la protagonista se somete a una cirugía que la separa del cuerpo parasítico de su hermana. Estas gemelas unidas son una muestra fehaciente del cuerpo que se moldea, y de paso, violenta, mutila, para estar conforme con un ideal normativo. Esta normalización va acompañada de la patologización de las formas corporales que están en desacuerdo con las casillas conceptuales habituales. En vez de la intervención quirúrgica, conviene más bien hablar de la mutilación e incluso -en muchos casos cuando la cirugía fracasa- del asesinato. La medicalización agresiva e impuesta a los gemelos unidos, revela que su corporalidad es tan poco usual, que resulta “intolerable”, en palabras de Grosz.

Para terminar, los cuerpos diferenciados –dos enlazados en uno- es un terreno sobre la cual los textos literarios inscriben los significados. Algunos, como en Barth, están más acorde con el discurso de la normatividad, dado que el protagonista señala “Sólo tenemos en común (…) la carne que nos aprisiona, la tumba que pronto nos recibirá” (78), revelando la “ansiedad normativa” de adquirir un cuerpo normal. Mientras tanto, los relatos de Gowdy y de Nabokov desestabilizan el concepto de la persona como una y única, y abogan por una visión en la que varios estados corporales fluctuantes cambian de manera dinámica. Los gemelos unidos entrañan una gran ambigüedad respecto a los límites corporales, y por consiguiente, a los límites de la subjetividad. Esta situación se puede extrapolar a otros sujetos, así que les invito a reflexionar junto con Donna Haraway: “¿Deberían nuestros cuerpos terminar allí donde nuestra piel termina”?

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Barth, John. “Súplica.” Perdido en la casa encantada. Barcelona: Península, 1988 [1963, “Petition”. Lost in the Funhouse]:73-86.

Gowdy, Barbara. We so seldom look on love. South Royalton, Vermont, Canada: Steerforth Press, 1997 (1992, 1ª ed.).

Grosz, Elizabeth. “Intolerable Ambiguity: Freaks as/at the Limit.” Garland Thomson, Rosemarie, ed. Freakery: Cultural Spectacles of the Extraordinary BodyNew York: New York UP, 1996. 55-66.

Nabokov, Vladimir. “Scenes from the Life of a Double Monster” (“Escenas de la vida de un monstruo doble”). <http://lib.meta.ua/book/11123/>.

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