¿Iatrogenia?

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Ernst Hemingway antes de suicidarse pegándose un tiro en 1961 a los 62 años, se quejó amargamente de la terapia electroconvulsiva a la que había sido sometido meses antes. Dijo que el tratamiento había destruido algo en él, que sentía que había perdido una gran parte de su memoria y sólo quería morirse, ya no se le ocurría absolutamente nada mas sobre lo que pudiera escribir.

Se dice que una de las razones que pudo conducirlo a desesperarse lo suficiente como para quitarse la vida, obedece a este hecho que lo alteró severamente según cuenta la gente que lo conoció.

Muchos años antes había declarado que un hombre debe pasar por mucho para hacer un libro realmente interesante y su vida fue congruente a este decir. Por esto, perder parte de su memoria fue naturalmente mortal.

¿Cómo, ante estas evidencias, “perder la memoria” puede constituirse en un criterio de salud? ¿De qué estamos hablando cuando decimos borrón y cuenta nueva u olvídalo, sino de un gran desconocimiento del ser humano?

Es cierto que muerto el perro se acabó la rabia pero ¿no es eso pugnar por la destrucción de aquello que forma los cimientos de lo humano?

Más acá de eso me pregunto sobre la bondad y más específicamente sobre la bondad de la violencia ejercida en los hospitales psiquiátricos a través de la terapia electroconvulsiva. Pienso en Jorge Cuesta, el extraordinario poeta veracruzano que decide quitarse la vida después de haber pasado por ese tratamiento y en Antonin Artaud que opta también por morir.

No dudo de la buena intención en la aplicación del tratamiento electroconvulsivo y de las bondades de esa medida terapéutica pero la escucho como las palabras de los padres a los hijos cuando éstos no entienden por qué los tratan de esa manera: “es por tu bien”; confieso que el bien me aterra más que el mal, lo que se ha hecho en el mundo en nombre del bien asusta: la Inquisición, las guerras santas, Irak.

La intención de borrar la memoria como medida terapéutica se filtra como un fantasma en la medicina y en la educación donde la instrucción tecnológica no requiere de historia ni de filosofía esperando lograr una especie de robotización práctica para que tanto pacientes como alumnos no se preocupen de nada y en cambio se ocupen de tareas inmediatas.

Las terapias ocupacionales en los hospitales están centradas en manualidades, en tareas que no toman en cuenta las aficiones y gustos previos de los pacientes sino la uniformidad de un criterio claro, fácil y útil. Hay que producir algo vendible donde se aprovechen los materiales de desperdicio, donde se recicle la vida. Así, la re-habilitación se desliga del re; se trata de una habilitación, para una “nueva vida”, se trata de una amputación de la historia personal.

Por lo general estos tratamientos tienen éxito porque paradójicamente a través de la historia hemos apreciado que el hombre se somete, se cosifica y olvida, adaptándose a la propuesta de uniformidad social, pero algunos se rebelan como los artistas que insisten imprudentemente en seguir sus locuras, recordar aquello que les ha hecho diferentes y decir cosas tan disparatadas como Hemingway.

¿Para qué quiero vivir si no puedo escribir? expresa Hemingway antes de matarse como un argumento contundente para hacerlo. También se lo pregunta el matemático que protagoniza la película “Mente Brillante”[1], ¿para qué quiero vivir si no puedo tener relaciones sexuales, si no puedo estar con mi hijo? El ¿para qué vivir? traspasa a la biología situando al hombre en circunstancia, al hombre que como ser hablante, se pregunta por su destino y su pasado.

Es curioso que los electroshocks sean utilizados como método terapéutico y también como instrumento de tortura donde los choques eléctricos son descritos por las víctimas aterrorizadas como un dispositivo demasiado parecido al empleado en los hospitales. La hipótesis de aplicación es muy distinta pero la corriente pasa por el cuerpo en forma similar y asusta.

El médico al sustentar la cura en el olvido, parece creer que el borramiento de la memoria puede detener algo, pero no toma en cuenta la angustia que suscita ese vacío. Ese paso de corriente que atraviesa la intimidad del cuerpo subjetivado, esa intromisión.

“Siento que alguien pasó sobre mi cuerpo” decía una paciente después del electroshock. ¡Qué curioso! Es una mujer que ha sido violada constantemente y ahora a través de sus palabras puede dar cuentas de esta nueva violación hospitalaria, de ese nuevo atravesamiento del cuerpo que se inscribe en ella como tal. “Creo que he sido casada, pero no se dónde estoy, ni por qué estoy aquí y quisiera saberlo, me siento perdida, no se por qué me hacen esto”.

¿No se lo han dicho?, le pregunto y pienso en las declaraciones de un guerrillero preso que se escapó de los militares[2] (y explica):

Me quitan totalmente la ropa y me envuelven en una sábana o cobija, posteriormente me atan a una mesa o tabla. Con una cuerda me hacen un amarre de pies a cabeza tipo vendaje, como enterraban en la antigüedad los griegos a sus muertos y . . . las descargas de electricidad eran tan fuertes y cada vez mas prolongadas que al concentrarse en huesos y cerebro (en el sistema nervioso central) cada sesión se está al borde la muerte o al menos del desmayo.

La violencia en el cuerpo del otro está implicada en el acto mismo. ¿Cómo no entenderla? ¿Cómo no darse cuenta de que el método adquiere la dimensión de castigo? Una paciente que ya había pasado muchas veces por el procedimiento repetía angustiada “tengo que portarme bien para que no me den electroshocks” y temía no poder lograrlo, “por su enfermedad”.

Pienso con un gran sentimiento de impotencia que la relación salud-olvido es muy desafortunada y que las bondades del recurso terapéutico están demasiado ligadas al goce del verdugo. ¿No lo cree usted así?

Testimonios:

Es el 16 de septiembre de 2007 el día de la Independencia y Rocío se dirige a mí:

“Yo no sé si los electroshocks me harán bien o no, los doctores dicen que si, pero algunas personas dicen que se destruye la neurona, vaya usted a saber, pero yo no quiero olvidar. Imagínese el otro día, iba entrando a ese lugar (señala el dormitorio) y no sabía donde estaba, eso no se vale. Vino mi mamá y me dijo ¿sabes quien soy? ¡Como no voy a saberlo!”.

“No sé porque estoy aquí, dice mi hija que ella me trajo, que estaba destrozando la casa ¿pero por qué no me acuerdo? Antes de ‘esas terapias’ yo sabía lo que hacía.

Quiero que usted me diga una cosa ¿será que me están dando esos electrochoques? Porque yo no siento nada. Me ponen una agujita acá y me meten un palito, para que no me muerda, si yo no tengo ese mal. ¿Por qué me voy a morder? Y luego todo se me olvida, regreso a la sala y como que no sé ni dónde está el baño. Dicen que nos engañan, que no nos hacen nada ¿será cierto que nos aplican eso? algunos dicen que no”.

4 de marzo del 2006.

 

Mirtha

Hoy el rostro de Mirtha, me pareció agradable, sereno.

Poco después de haber entrado a la sala se dirigió a mí “¿Ahora si vamos a hablar?”

Tomo su turno, porque Esperanza y Lupita la precedían, Meche interrumpía a cada rato y eso no me molestaba pues en cierta forma su locura me abrió la puerta de este hospital que es su casa. Meche ha perdido la razón, se ha vuelto loca, no hace treinta años cuando la internaran sino ante la insistencia de quererla “curar” con medicamentos que la hicieron olvidar.

Mirtha, me dice, “lo que me pasa, es que a veces me creo más que Dios y eso me da miedo”.

Mirtha no encontró un lugar en su casa y lo encontró en la iglesia así que el odio de Dios la aterra, la ata a una tierra que la expulsa, que la excluye de la humanidad. La familia la lleva a internar cada vez que quiere incluirse a golpes, a fuerza, no ha encontrado otra manera.

–“¿Vino al hospital porque ya acabo su permiso terapéutico?”

–“No Doctora me trajeron porque le pegué a mi mamá, yo no quería pegarle pero ella me contestó mal, hablaba con mi hermana de mí y le dije que no lo hiciera, que ¿qué le decía?

–“Ella me contestó mal en unas palabras que no quiero repetir. Su hermano me maldijo, siempre me maldice y me trajeron aquí con un policía”.

He sabido que a Mirtha le quieren hacer una lobotomía y que un psiquiatra fuera del hospital aceptó mediante una suma, que la familia está reuniendo, silenciosamente, mientras él, “bondadosamente” busca la forma de internarla una que otra vez.

–“Mi tío, el que me maldijo, es el papá de mi prima que vino aquí”, continúa Mirtha

(MAL-DIJO, MAL-TRATA). Estas palabras encierran a Mirtha asegurando su exclusión.

“Ellos no me dejan estar ahí no me invitan a lo que ellos hacen, me tienen miedo, doctora. Y los niños, yo quiero mucho a mis sobrinos y no me dejan jugar con ellos. Yo lavo, plancho, hago el quehacer, lavo los baños, quiero estar ahí pero no me quieren”

–“Mi papá dejó a mi mamá por mi, dijo que yo no era su hija y no me quiso dar el apellido ¿Usted cree?”

–“Dice mi mamá que yo nací mera bonita, ella me registró con sus dos apellidos. Mi papá con su otra esposa tuvo dos hijos más que sí registró con su apellido y hasta una que recogió de la calle ¿y por qué a mí no doctora? Yo cuando lo veía en la calle corría a saludarlo y él si, me besaba, sabía que era su hija”.

–“A mí me da mucho miedo Dios y yo me preguntó ¿cómo puede ser amor Dios si castiga tanto? En la Biblia dice que a los que no cree en él, los que no lo adoran serán (destruidos). Yo tengo miedo doctora de que a veces se me viene a la cabeza que no existe, o que soy más que Él”.

–“El diablo es un ángel o un arcángel que lo desobedeció y entonces Dios tuvo que crearle un lugar aparte (y pienso en el lugar aparte de Mirtha). El ángel se rebeló quería ser más que él y eso no se puede”.

–“Ahorita me siento mal doctora, tengo miedo por estarle platicando esto a usted, temo que Dios me castigue y que me vaya a morir yo en el electroshock que me van a dar el lunes”.

–“Tengo miedo de que Dios me mate, con eso. Yo creo que soy santa. Y a veces creo que somos igual que Dios y que él se equivoca como nosotros ¿usted que cree doctora?”

–“Yo también creo que Dios se equivoca”, le digo a Mirtha, su pregunta se me hace muy inteligente.

–“¿Cuál doctora? ¿Cómo si Dios es amor puede castigar de forma tan cruel a sus criaturas sólo por no adorarlo? Ah si, inteligente si soy doctora. Y sabe qué doctora, le voy a decir yo a veces dudo que Dios exista ¿usted que cree doctora?”

–“¿Le digo la verdad Mitha?, yo también”.

–“Ay doctora qué vamos a hacer, si no existe cómo vamos a vivir; tengo miedo al electroshock de mañana, tengo mucho miedo. Cuando yo era niña, nunca lo voy olvidar, yo quería ser perfecta, iba a la escuela y sacaba puro diez y hacía todo lo que me decían. Quería ser como Dios, a su imagen y semejanza, pero eso es malo ¿verdad? No me podía equivocar, sólo pensaba en eso y entonces fue cuando me trajeron aquí la primera vez”.

Una paciente describe los electroshocks:

Te pasan la maquinita por el cerebro aquí en la sien y te causa una revolución, se te hacen los ojos para acá y para allá, por eso los ojos te quedan rojos.

¿Sabe cuanto cuestan? 190 varos, pero gracias a Dios tengo seguro.

La cabeza te da vueltas, te gira el seso que tienes en la cabeza y eso mismo te provoca que no estés en tu lugar.

Es una sesión de cinco, no más, porque una te pone al brinco. El cabecilla es ese doctor que ves ahí.

De pronto en el patio oigo gritar a Hilda: “¡voy a platicar 10 minutos con la psicóloga!”

Y se sale de la fila a pesar de los terapistas que los conducen al comedor.

–“Vengo a hablar 10 minutos contigo”, me dice:

–“¿Me trajo algo?”

— “Nada más un saludito Hilda”

— Sonríe, “¿no traes de eso para los labios?” Me dice

— “No traigo nada”

— “Hoy me dieron TEC ¡tanto TEC que me han dado!”

— Noto que tiene la boca chueca, hinchada, maltratada, y le digo que le traeré una pomada. — “¿y por que le dan TEC Hilda?”

— “No sé, hoy no me dieron porque no quise”.

— “¿Qué se siente con los TEC Hilda?”

— “No sé, feo, ya no quiero que me den”.

–“Hace 17 años, cuando caí la primera vez aquí, me ponían esa cosa, donde te amarran la boca. Ahí fue cuando yo supe que yo podía quemar la tierra, era una energía que tenía en el cuerpo y le pedí en ese tiempo a la Doctora Tino que me diera más toques, creía que con eso se me iba a quitar ese trauma, porque soy la mitad biónica”.

–“¿Y se le quito?”

–“Sí”

— “Era como una fuerza magnética que tenía yo, por esos piercing que me pusieron los chinos, y todavía los traigo, mire, son para controlarme”.

–“Ahora cuando vengo, ya no me dan TEC, porque el Doctor Valladares me conoce bien, el fue mi doctor en el tiempo en el que yo hablaba con las manos”.

–“En ese TEC que me dieron empecé a hablar con Dios y a pedirle ayuda, porque pensé que mi mamá, mis hermanos y hasta Dios eran mis enemigos”.

Hablando de los electroshocks

Encuentro en el patio del hospital al doctor que me señaló la paciente y platico con él de una joven a quien él había tratado con electroshocks. Le digo que la vi cuando fue dada de alta y parecía estar muy bien, su cara había perdido la expresión de la locura. Si me dijo con una sonrisa que encubría el “yo si la curé con los electroshocks a los que usted tanto se oponía”. –“Se refiere a los electroshocks ¿verdad?”

-“Sí”, contestó, “a veces no hay otra alternativa”, entonces le pedí una vez más que me explicara cuál era su efecto y me dijo: “mire la descarga eléctrica pone orden en la mente”.

Me contó también que le había hablado fuerte a la madre en el sentido de que su hija tenía que tomar regularmente sus medicamentos y que ella tenía que hacerse tratar porque la veía mal.

Le pregunté si la joven no le había hablado más de mí y me dijo que no pero que él advertía que ella había hecho una notable diferencia entre yo y los otros psicólogos que no habían podido escucharla. Con usted, reconoció el médico, pudo hablar de lo que no había hablado con nadie. Entonces resonaron en mi las palabras que cruzamos la paciente y yo cuando salió del hospital: “Carmen lástima que ya no iré contigo”; “sí, lástima, pero hicimos un buen trabajo”. Y sí, creo que hubo un cambio subjetivo, un efecto de nuestra relación transferencial que duró diez años, algo pasó.

Después, sigo hablando con un paciente con quien había iniciado una conversación interrumpida por la presencia del doctor y como lo noto un tanto suspicaz sobre lo que éste me dijo le comento que el doctor me dijo que los electroshocks ordenan la mente.

–“¡No es cierto! exclama él”.

–“Los electroshocks hacen que el paciente olvide a las personas que están involucrados en su vida actual. Hacen lo que se llama un rapto psicológico”.

–“Tratan de quitar una parte de la vida cuando el paciente siente que no puede con ella, con eso tratan de ayudarlo y de que sea como que no paso nada, de quitarle ese cargo… es que como los doctores tienen la cátedra de Hipócrita, de Hipócrates (corrige)… y se ríe”

“Le explico con mi caso: yo me siento muy mal por la actitud de mis jefes en el Taller de arte donde trabajaba antes de venir aquí. Ellos no supieron como tratar mi cuerpo. Y el hospital tampoco, porque me recetaron electricidad y pastillas”

–“En mi familia estaban preocupados, me aconsejaban que yo hiciera un trato con los del trabajo o algo así”.     Y yo tenia ideas, podía haberme explicado … pero los doctores no me dejaron hablar”.

–“Lo que hacen en el hospital es querer borrar, separar de mí esa idea que yo traigo. Primero quieren que les hable del problema mío y de mi familia y me dicen: cuente, cuente para que yo me desahogue pero en realidad no oyen nada, eso no les interesa. Y viene el electroshock para que yo olvide eso ¿entendió? Primero se apropian de la idea y eso se llama rapto psicológico y luego la destruyen”.

–“Me ha tocado ver pacientes tirados en el piso después del electroshock, es algo fuerte”.

–“Cuando regresan uno tiene los labios separados por eso que le ponen para que no se muerda”.

–“¿Ya ha oído como dicen que la gente habla de dientes para afuera? Lo que hace el electroshock es hacer que el hable con los dientes para adentro. Silenciar al paciente que se calla y que su familia ya no se preocupe por eso. Se trata de que eso que le pesaba tanto se olvide”.

–“Ah, entonces lo que hace el electroshock es exactamente lo contrario de lo que hago yo Raúl porque yo creo que no hay que callar sino hablar del problema para entenderlo. Hay que recordar primero para poder olvidar, para poder pasar a otra cosa”.

-“Si, es exactamente lo contrario de lo que hace usted…”, y seguimos hablando.

 

 

 

 

 

 

Notas

[1] Una mente brillante, película del 2001, historia del matemático John Forbes Nash basada en el libro del mismo nombre de Sylvia Nasar.

[2] La temporada en el Infierno de Rafael, publicado en historias, por Diego Enrique Osorno. Periódico Milenio de Villahermosa, Tab. el 23 de septiembre del 2007, p. 12

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