Yo maté a dios, pero fue en defensa propia

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Yo maté a dios, pero fue en defensa propia

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Pesqueira, José Luis, Los secretos, Ed., ICED, Durango. 2010

 

La relación entre la palabra escrita y aquello que denominamos lo sagrado depende en buena medida del gusto por la errancia que permea al lenguaje; esta enrancia aparente da lugar a encuentros con aquello que se sale del plan previsto para el curso de la labor “humanista” trazado por la cultura occidental.

En algún momento de este andar por andar el lenguaje (antes que otra experiencia humana) hubo que llegar a algunas de las fronteras que delimitan lo humano; el lenguaje al llegar ahí habría de cartografiar el terreno, mas como afirma Gregory Bateson los mapas no son los territorios, la afición del cartógrafo afanado en dar nombres a los nuevos territorios no es la misma que la de aquel otro explorador-caminante que nombra sin nombrar (es decir de manera poética) las parcelas humanas que su mirada aprehende, y que nombrar no nombrando convierte en experiencia de y para el lenguaje, este personaje bien podría ser llamado “vidente” o “visionario”.

Aquel que otorga un signo o palabra arbitraria a una experiencia enteramente personal, sin afán de dar presencia a nada más que aquello enteramente individual comúnmente destinado a ser desterrado hacia el terreno de lo general, se topará en primera instancia con la incomprensión y el rechazo: la palabra fruto de la fidelidad sobre sí mismo que se resiste a asumir otro sentido distinto al de seguir su marcha autónoma será catalogada por la mayoría como locura:

Sigo escribiendo con la misma fe que tiene el ciego al andar perdido en el desierto (p. 77).

Esta clasificación, en su forma moderna derivada de la nosología médica diagnosticaría alguna forma de Esquizofrenia; esta categorización de la experiencia humana poco o nada importan al momento de hablar de una obra escrita, que rebasa los límites del autor al involucrarnos a todos en el relato que el lenguaje hace de —y desde— sí mismo, independientemente del tiempo o el sujeto que lo expresa:

la vida siempre la misma, es atemporal (p.33).

La palabra escrita que se despliega a través del autor no abandona ciertos vínculos con lo que llamamos “realidad”, porque estos vínculos están caracterizados por la marca de la angustia, de la pasión y de la incertidumbre:

La vida no se paga, se sufre en la vida misma (p.37).

Estos vínculos con lo trágico nos incluyen a nosotros también; el estilo que despliega el escritor duranguense José Luís Pesqueira Ibarra esta marcado por esa ritualistica expiatoria, ante la cual necesariamente participamos al no poder permanecer indiferentes ante la zozobra existencial manifiesta en lo que el autor denomina “literatura aplicada” (p. 81):

Dios no disfruta, sufre en mi carne sin llegar a derramar lagrima ninguna (p. 88).

Esta forma de escritura es la mejor manera que encuentra el autor a fin de defenderse del Dios exiliado que quiere seguir cobrando su tributo de lágrimas:

Yo le di muerte a Dios, pero fue en defensa propia (p. 99).

Los juegos sagrados desplegados a partir de este sacrificio logran convocar la experiencia de lo otro, y en este sentido no es exagerado relacionar la experiencia de aquel que escribe desde la travesía a oscuras del ser con aquella experiencia que vivieron los poetas místicos:

Sentir el susurro del viento a través de la piel, cuando la noche lo envuelve todo… (p. 47).

Los secretos compartidos por Pesqueira Ibarra en las más de 70 “cartas de relación” son bitácoras de lo más íntimo de su propio continente; al dejarnos envolver por el poder de las palabras, encontramos en nosotros mismos aquella parte del ser que no ha podido ser cartografiada: el oscuro suelo donde el árbol de la religión y el árbol del erotismo comparten tierra, donde el sinsentido juega espalda con espalda con el éxtasis místico, a la orilla de la muerte.

Sobre el velero de la extrema singularidad y empujado por el viento de lo inefable decide lanzarse Pesqueira al mar de la pregunta ontológica, y al hacernos pensar en sus palabras podemos afirmar que un primer reino ha sido ya por él conquistado:

Si quieren que reine piensen en mi en este instante y hasta el final (p.22).

Acaso podría objetársenos lo irreal de ese reinado, pero recordemos que:

El universo es solo un pensamiento (p.7).

Y que a final de cuentas la cualidad de real ha de ir de la mano de la posibilidad de sentir en carne propia la existencia; como cantara Baudelaire: “¿Qué importa lo que pueda ser la realidad colocada fuera de mí si me ayudo a vivir, a sentir que soy y lo que soy?”.

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