La locura… ¿es una cuestión de salud mental?

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La locura… ¿es una cuestión de salud mental?

Gabriel mi hijo me pidió hace unos días que pensara sobre los servicios de salud mental en México, ¿qué puedo decir? Cuando yo llegué al hospital psiquiátrico no podía darme cuenta de lo que escondían sus muros, sus rejas, sus expedientes. No sabía nada y pretendía hablar de la locura, me habían invitado a dar un curso y lo hice repitiendo las palabras de otros ¿qué más podía hacer? Después decidí escuchar a los pacientes y a través de sus diferencias empecé a hacerme preguntas sobre el origen de la locura y comprendí que sólo desde ahí, desde las vidas particulares se puede saber. Mi sorpresa fue que sus historias tan distintas armaban el camino de respuestas a mis interrogantes. De la locura nada se puede saber sin las palabras del loco.

Me convertí entonces en una coleccionista de historias. La voz de la locura que era acallada por los neurolépticos era la clave de una lógica que abría la posibilidad de otro tipo de curación, de otra forma de relación con la locura.

La mecánica de las instituciones de salud mental es recibir al paciente que es traído por alguien porque por lo regular él no tiene “consciencia de enfermedad”,[1] él no pide ser atendido porque no se considera enfermo. La cuestión es que no se toma en cuenta lo que él diga porque “está loco” y se pide que esa otra persona que lo llevó se responsabilice de él.

Así al ingresar a una institución el paciente pierde su voz y es encerrado contra su voluntad. Se le abre un expediente donde se elabora la historia clínica cuyos datos son aportados por algún “familiar normal” y con base en éstos y a la observación del psiquiatra o del residente se hace un diagnóstico y se administra un tratamiento. Es claro que la palabra del paciente no es tomada en cuenta. La palabra del paciente a partir de ese momento no existe.

¿Qué consecuencias puede tener esto?

-Mariana me cuenta que el marido la encadenaba de un pie para que no saliera de casa, no obstante ella está enamorada de él, “tenía razón, me dice porque yo me echaba a andar, pero no tenía razón de traerme aquí, porque me dijo mentiras, me dijo que venía al doctor, que me iban a hacer unos estudios, y llegaron los de la ambulancia y me inyectaron, no sé porque estoy aquí. Yo creo que se quiso deshacer de mi, porque ya tiene a otra. Cuando la amiga de su hermana se fue a vivir con nosotros, yo notaba que ellos se veían y se entendían. Yo creo que él quiso sacarme de la casa y lo que más me duele es que esa está con mis hijos, con mis cosas, en mi casa y yo tengo miedo de que me vaya a quedar aquí para siempre, porque no han venido a visitarme ¡nadie ha venido a visitarme! Y aunque yo les explique cómo están las cosas nadie me cree”.

2.0

-“Dice el doctor que ya estoy dada de alta, pero que él tiene que venir ¿y si no viene nunca?, yo quiero ver a mis niños, extraño a mis hijos y a él, aunque ya no me quiera, aunque diga que estoy loca. José es albañil y lo conocí en mi casa ¿por qué estoy aquí? ¡Esta no es mi casa!”

Miguel Angel el paciente que ha sido en verdad demasiado paciente no ha podido escapar a la tragedia de su vida, lleva siete años de espera, siete años con diez internamientos e innumerables consultas que lo han medicado en silencio, tiene según la psicóloga veintitrés años, según otros veintinueve, no se puede adivinar, es un joven viejo, está completamente destruido, nadie lo escucha.

En la sesión clínica del 28 de agosto del 2010 me enteré de que su madre lo abandonó al nacer y se llevó a los otros dos hermanos. Esa mujer eligió dejarlo en manos de su pareja, del hombre del que ella huía. El padre dejó de serlo cuando utilizó sexualmente a su hijo pero no por eso dejó de existir, ahora es su compañero y su amo. El padre ha ido alcoholizado muchas veces a dejarlo al hospital, lo deja como a un aparato descompuesto para que vuelva a servirle y en el hospital como en el taller “lo componen” si así se llama ponerlo a circular idiotizándolo con los tranquilizantes mayores y se lo devuelven al que lo ha enloquecido. Cuando Miguel Angel llegó adolescente no deliraba, ahora si; cree que van a hacerle daño. ¿Esto es una idea delirante o es una asunción de realidad?

Yinhun

¿Qué es ser normal? Entre todas las repeticiones de estudios que insisten en salir normales el engrandecimiento de un traumatismo que sufrió al año y los medicamentos que lo intoxican de acuerdo al residente en turno es difícil “clasificarlo”.

Yinhun

Yinhun

Durante la presentación de su caso sólo oigo su voz en dos o tres frases que por supuesto resultan ser las más importantes de toda la sesión clínica donde su caso es presentado. En la sala de rehabilitación el paciente dice “si me llaman voy, pero tienen que llamarme por mi nombre, ¡tengo un nombre!”

En la sesión se le llama M. A. y se esconde su cara en las fotografías que toma la maestra durante las actividades de rehabilitación, como si se pudiera todo menos reconocerlo pero ¿no es eso lo que él nos está pidiendo?

Miguel Angel dice también que su pelo le estorba, que le pesa ¿Qué significará eso para él? Miguel Angel mira a la calle a esa calle que no es de él, mira a esos otros de los que no forma parte y dice que ha encontrado un lugar para vivir: la cárcel. Lo han metido a la cárcel porque rompió el faro de un coche, lo rompió porque los vecinos lo tachan de loco. En el hospital le han roto el alma, pensando que tal vez no tenía y los médicos no han ido a la cárcel. Muchos pacientes le temen tanto a la cárcel que prefieren estar en el manicomio, él no. La cárcel es terrible pero ahí su palabra vale. Allí él ha encontrado amigos, gente con quien hablar, ahí ha entrado a una com-unidad.

Tuve la sensación de haber presenciado un caso inexistente, me parte el corazón que después de siete años de pedir ser llamado por su nombre lo que alude directamente a la fallida función del padre, ¡después de siete años de rogar a la medicina que lo haga existir a través del reconocimiento!, haya comprendido que en el hospital sólo tendrá el lugar de enfermo, “de usuario”, de desadaptado, de molestia social, de objeto sexual del padre, de drogadicto, de retrasado como dicen los psicólogos al haberle aplicado sus pruebas después de todos los medicamentos. Ayer sentí vergüenza de mi misma; de mi hermano Miguel Angel y de la ignorancia de un hospital que irónicamente se llama de Salud Mental.

2.3

Es cierto que la ciencia ha avanzado a pasos agigantados pero la deshumanización también. En el ámbito de la Salud Mental, seguramente hay estadísticas de muchos pacientes atendidos y medicados pero las consecuencias de la generalización son tremendas. Si lo que se considera normal en la actualidad tiene que ver con las mayorías, con lo general, la clínica tiene que rebelarse a esto y detenerse en las diferencias inherentes a la vida humana. A la vida de cada quien.

Tal vez sea conveniente pensar un poco en qué es lo que caracteriza a la vida humana saliéndonos de lo necesario, de lo indispensable.

Un día en el hospital psiquiátrico un médico que protestaba porque un paciente pedía un cigarro o dinero exclamó: yo no sé porqué pide si aquí tiene todo: un techo, comida, ropa limpia ¿eso es todo? Seguramente no, pensemos en conceptos como felicidad, fantasía, deseo, ambición, ilusiones, miedos, proyectos, amores, aficiones, tendencias, hobbies, etc.

2.4

Hay un cuento de Tolstói que se llama ¿Cuánta tierra necesita un hombre?[2] En éste él explica como el hombre no se conforma con lo que tiene quiere más… ¿Qué es lo que quiere cada quién? ¿Donde encontrará sus límites? ¿Qué es lo que lo lleva a la desesperación, a la locura?[3] La historia de cada quien es tan distinta que lo menos que podemos hacer es escucharla en voz del protagonista.

El loco tiene derecho a conservar su voz, porque si no se convierte en un fantasma inexistente, excluido bajo la tesis de un bienestar social; se convierte en un fantasma construido con criterios colectivos de adaptación y bonanza. ¿Quién decide los tratamientos de un “enfermo mental” por ejemplo los electroshocks? hay mucha gente implicada en esto pero el mismo paciente no.

2.5

En el hospital psiquiátrico se hace firmar una hoja al responsable que autorizó el internamiento para aplicarle tal o cual tratamiento y una vez firmado tal documento no hay argumento que pueda evitarlo, el bien- estar del paciente pasa a ser criterio de otro en un simple trámite burocrático.

Sería muy ilustrativo hacer un poco de historia sobre los tratamientos psiquiátricos y sus resultados pero en cuanto a experiencia personal yo puedo decir que es común que un paciente re-incida en seis, siete o más internamientos ¿Cómo explicárnoslo? El argumento “oficial” es que suspendió la medicina, lo que invita también a investigar si realmente la medicina cura y a cuestionarnos seriamente ¿qué es la cura?, ¿qué cura? O ese imperativo médico dirigido al paciente y a los familiares “deberá tomarla toda la vida” parte de una voluntad de control.[4]

2.6

No es mi intención hacer una crítica a las políticas de los laboratorios y su poder sobre los médicos si no considerar los efectos secundarios que son muchos y describir la relación que hay entre la medicina (la pastilla) y la palabra del paciente.

¿Cómo vive el paciente la ingestión de medicamentos que lo hacen babear, que le quitan el deseo sexual, que lo hacen engordar, que le accionan secreciones glandulares; que le dan sueño o que le hacen caer en un éxtasis parecido al que proporcionan las drogas?

Recuerdo la tristeza de un paciente cuando me platicó la conversación que tuvo con un enfermero, el paciente le relataba que cuando había estado con una prostituta no había podido, no había tenido erección y el enfermero le había dicho que era afortunado pero que había tenido que pagar el precio de la salud, ahora ya no iba a sufrir las alucinaciones, se había convertido en un hombre de bien.

Cuando me encontré con las historias en el hospital psiquiátrico de Villahermosa, con los personajes, con los lazos sociales entramados entre el personal y los que viven internados bajo llave, sentí que allí había realmente una comunidad. Los pacientes crónicos que habitan ese lugar desde que se llamaba la granja compartían acontecimientos y experiencias sorprendentes que la gente de afuera desconocía por completo como si la comunidad de los excluidos viviese en otro mundo.

Hasta aquí espero haber planteado cómo la peor exclusión es la exclusión de la palabra (y no sólo en el ámbito de la locura, pensemos en la ley del hielo, el dejar de hablar a alguien, el no tomarlo en serio, el no dejarlo hablar en un juicio o no dar una explicación ante algo tiene consecuencias tremendas).

A lo largo de los siglos ha habido luchas muy intensas por preservar la palabra de los pueblos; ya que el poder decir es el poder ser. Y creo seriamente que el loco es loco a causa de esto. A causa de haber sido excluido del orden familiar. A los actos de inclusión y exclusión está íntimamente ligado el concepto de identidad, de tal manera que éstos son los ejes centrales de la vida de la humanidad. Si uno no sabe quién es, no es.

El ser humano para constituirse como tal tiene que estar inscrito (incluido) en un orden familiar y social y si a través de historias personales advertimos que hay algunos que no han sido inscritos, éstos se llamarán locos porque a través del argumento delirante de su locura buscan una inscripción en el saber.

Flor es una joven que vive en el hospital hace muchos años, cuando su madre la tuvo estaba enojada con su marido y como éste la acusó de infidelidad, cuando Flor nació no la reconoció como hija. La madre al parecer ni se inmutó y la registró como madre soltera con sus dos apellidos. Tiempo después se reconcilió con su pareja y tuvieron mas hijos que fueron reconocidos por ambos, Flor así quedó excluida. Una de las hermanas la quería mucho y le daba constantes muestras de afecto incluyéndola en todos los eventos familiares pero cuando esta hermana protectora murió en un accidente Flor empezó a delirar, enloqueció, se hizo efectiva su exclusión.

El delirio es un medio de inclusión, basta con oír el texto de algunos de ellos para encontrar la necesidad de pertenencia, la necesidad de ser para alguien. Un hombre no puede existir aislado por esto el peor castigo es confinar a alguien a un aislamiento total. El delirio es el argumento que el excluido construye para volverse a incluir en el mundo que en un principio lo ha rechazado.

La advertencia de este juego esencial inclusión-exclusión marca, a mi parecer, la política a seguir en el ámbito de la salud mental y en la dirección de la cura.

Si pensamos en la locura como un problema social y no médico, ya que de acuerdo a sus parámetros, lo que pertenece estrictamente a la medicina son los trastornos neurológicos y demenciales, éstos ocuparían sólo un 10% de las llamadas enfermedades mentales.

2.7

Las psicosis funcionales que son la mayoría de las padecidas por los habitantes del hospital psiquiátrico son el resultado de la historia personal (por más que los psiquiatras hablen de una psiquiatría biológica y traten de encontrar la piedra de la locura como en los primeros siglos y en la Edad Media (ver cuadro del Bosco).

Nos podemos preguntar con toda propiedad ¿por qué la sociedad, a la tragedia de la locura, a la exclusión, ha respondido con otra exclusión?

Recordemos que primero cada familia encerraba a su loco en el ático (ver Fanny y Alexander), o que lo mandaba a deambular por las calles de tal manera que casi cada pueblo tenía su loco que divertía a los parroquianos por ser diferente a ellos y por decir cosas que ellos no se atrevían a decir.

Recordemos también que se les excluía de las Villas y tenían que vivir en las afueras o se les embarcaba en “La nave de los locos”. Recordemos que luego se construyeron asilos que hospedaban a enfermos, mendigos, prostitutas y toda aquella persona que no encajaba en lo que la sociedad quería ver. De ahí con el tiempo se fue separando a los indeseables y algunos asilos se convirtieron en hospitales psiquiátricos, granjas y se hicieron para ellos también secciones especiales en las cárceles a fin de que no estuvieran revueltos con los delincuentes “no locos”.

En fin, los humanos hemos respondido a la exclusión con exclusión, no lo hagamos más. Tendremos que adoptar una política de inclusión de los excluidos. ¿Y cómo se logrará esto? El paso fundamental es devolverles la palabra que les quitamos apenas pisan el hospital psiquiátrico.

2.8

La nave de los locos es el navío donde se transportaba en la antigüedad a posesos y desequilibrados rumbo al exilio. Como Foucault explica en su Historia de la locura en la época clásica, no todos los locos eran expulsados, sólo aquellos particularmente extraños, particularmente molestos. Entregados al mar, “esa gran incertidumbre exterior de todo”, se convertían en “prisioneros en medio de la más libre y abierta de las rutas”. Al pensar en la nave de los locos se me viene a la cabeza que arribar a algún puerto, a alguna tierra es abrir la posibilidad de inventar otra forma de vivir. Es interesante esta idea que atraviesa por el mar, que se da la oportunidad de encontrar algo que lo detenga, de creer que hay alguna tierra a donde llegar. Esta alegoría no es igual al encierro en un hospital psiquiátrico ni a las cadenas químicas. Esta alegoría implica la posibilidad de encontrar.

Me dirán tal vez que no se puede hablar con un loco porque está loco pero al escuchar algunos de los relatos que yo he recabado todos los años que he convivido con ellos tengo la esperanza de que su idea cambiará.

A continuación expongo uno

¿Enfermo de los nervios?

Un hombre en la Sala de rehabilitación del hospital psiquiátrico movía los brazos y la cabeza, hacía girar el cuerpo y las piernas también se flexionaban, al pasar por la cara metía sus dedos en la nariz. Lo hacía repetidas veces, constantemente, siempre igual.

-“Dicen los doctores que son los nervios, yo no quería salir de la sala allí estaba limpio, la psicóloga me quiso traer, yo no quería venir a terapia”.

Me parecía que este hombre ejecutaba un movimiento sexual que acompañaba a la introducción de los dedos en los hoyos visibles de la cara y que comprometía todo el cuerpo como una posesión.

-¿Es usted psicóloga? Me dijo

-Si, (se me hizo difícil escucharlo pues sus movimientos nunca se interrumpían pero supe que era indispensable entenderle).

De pronto paró para vomitar, de su boca salía un líquido blanco acompañado de grandes esfuerzos guturales pues parecía sacarlo de muy adentro, le di un pañuelo y otro (sólo traía dos), comprendí que no podía contenerlo, no podía parar, se repetía que no debía haber salido de la sala, que eran los nervios, que le habían dado unas pastillas… estuve a punto de pararme, la escena era grotesca. Los dos sentados en una especie de gradas que hay en el área de rehabilitación (¿como un teatro griego?) éramos personajes de Ionesco, el pseudo hombre parecía un guiñapo, un títere y yo una necia en el sentido de Erasmo de Rotterdam ¿quién me creía?, ¿por qué insistía tanto en acompañar a este loco, a ese extraño personaje que me había impresionado como un enfermo neurológico que probablemente había nacido con esas taras, con esas lesiones, con esas imposibilidades?

Pensé que en ese hospital venían a depositar la escoria y yo estaba ahí sentada como pegada al pavimento junto a ese hombre semi deshecho envuelto en vómito. Supe que no me iba a levantar, supe que ese era mi sitio y eso me tranquilizó.

Tiene que hablarme le dije, porque supuse que estaba enfermo de no hablar y me enteré por él que se llama domingo, como mi abuelo, pero lo escribo con minúscula porque pienso en el séptimo día, porque siento que aún no existe como alguien.

Sus movimientos como dije antes no parecían exactamente tics, sus músculos escribían palabras, su cuerpo hablaba de que algo muy terrible había pasado en su vida, eso era lo que mostraba y se lo dije.

El seguía vomitando y en los intervalos hablaba, durante más de media hora repitió que no quería salir de la sala, que su esposa no soportaba verlo así…

-¡Ah tiene esposa! Le dije

-Si, y dos hijas también de quince y trece años

-Tuve primero un hijo varón que debe tener veinte años, lo tuve con una mujer mayor, con la que me junté hace mucho tiempo pero no sé nada de ellos, ahora vive con la madre de mis hijas que tiene la misma edad que yo, cuarenta y tres años

-¿Y en qué trabajaba antes de enfermarse? le pregunté

-Yo nunca trabajé

-¿Pero si estudio…?

-Ah si, hasta quinto

-Y qué pasó en quinto año

-No, quinto semestre de físico-matemático

Me sorprendí de encontrar esa historia en el hombre-despojo que estaba a mi lado

-Cuando estaba estudiando para físico matemático fui a visitar a mi madre que vive en una ranchería, ella nunca me ha querido; no quería que estudiara, no quería que me casara, y ese día me dio a beber un aceite, me envenenó. Después de eso estoy aquí, después de eso ya no se me para, llevo seis años de no tener relaciones sexuales, ¿verdad que mi esposa me va a dejar?

¡Ah, con razón vomita! Atiné a decirle, tiene que sacar el veneno, pero me parece que hoy sacó todo lo que le quedaba,

Sus movimientos aunque presentes disminuyeron, Domingo estaba visiblemente mas tranquilo y me preguntó: entonces ¿por qué dicen que son los nervios?, ¿verdad que eso fue? , que me envenenaron, ¿usted cree que pueda volver a estudiar y volver a estar con mi mujer?

Claro que si, le contesté, usted tiene que parar, para que se le pare, tiene que hablar de todo esto, tiene que hablar…[5]

A mi parecer la palabra de los que pretenden curar la locura está atrapada por las ideas pre-hechas que se declaran científicas, pero en la clínica nada sustituye a la particularidad extrema de cada quien. Así el psiquiatra y el psicólogo se resisten a escuchar lo que los puede poner en relación con su propia locura porque ¡por supuesto que escuchar a un loco es convocar a nuestra propia locura, ésta es justamente lo que nos posibilita una relación, una incursión hacia lo que no entendemos de ellos y de nosotros mismos. Así que el principio radica en reconocer que no estamos hechos de un material distinto al loco, que como dijo Erasmo de Rotterdam en su Elogio a la locura: todos estamos locos y el que dice que no, está loco de eso, de negarlo. Todos estamos locos porque todos tenemos una historia de dificultades ¿por qué unos deliran y otros no?; ¿por qué unos alucinan y otros no? Eso es una pregunta seria que no se resuelve adjudicando el problema a la medicina.

Nadie sale limpio de este trabajo[6] hacerlo sería como pretender que los deshollinadores, los albañiles, los plomeros no se ensuciaran. El escudo científico es lo que ha puesto a los medicamentos en primer plano y las enormes ganancias que esto significa para los productores de ellos lo ha sostenido; pero es conveniente quitarlo y escuchar lo que hay detrás de él.

Si el loco quiere hablar es porque tiene algo que decir y tiene derecho a hacerlo.

Desde la ley, unas palabras sobre la inimputabilidad:

El juicio de inimputabilidad es el instrumento legal que se ha construido para sellar la descalificación de la palabra del loco y sumirlo en el silencio.

Si se declara que no tiene responsabilidad del acto que cometió alguien porque estaba loco eso quiere decir que en ese estado no sabe lo que hace y de ese acto no puede decir nada, no tiene la culpa y no tiene porqué pagar nada en consecuencia. De esta manera se le excluye de las leyes humanas y se le sume en la confusión de excluirlo de su propio acto.

Pensemos en la locura de Hércules, en Althuser, (o en La doctora que mató a sus hijos en Villahermosa en los años 80 que fue declarada inimputable y fue loca hasta su muerte).

Hércules se sabe responsable de su acto aunque haya sido cegado, engañado por los Dioses y paga con los doce trabajos para tener de nuevo acceso a la vida.

Para ser incluido siempre hay que pagar, siempre. ¿Por qué de pronto lo único que interesa es tranquilizar al loco, al psiquiatra y a su familia? (No hay que olvidar que a los anti-psicóticos se les llama tranquilizantes mayores). ¿No convendría más saber qué es lo que los intranquiliza?

2.9

La locura si es “una enfermedad” o un trastorno como se ha calificado en el DSM 4 (Manual diagnóstico utilizado como una Biblia en la psiquiatría) es un trastorno social pensemos por lo tanto que podíamos crear otro tipo de instituciones y no sólo los hospitales psiquiátricos para acoger a nuestros locos.

Comunidades de artistas y artesanos por ejemplo, centros de trabajo y sobre todo tolerancia a formas distintas de ser.

Actualmente existen las casas de medio camino que son una especie de hotel donde el huésped puede entrar y salir.

Los hospitales de día donde hay psicólogos, psiquiatras y trabajadores que se pueden consultar; trabajos comunitarios y sobre todo la oportunidad de tener amigos, de estar inscritos en la red social tomen o no medicamentos pero con una idea más clara del por qué las toman.

Los mismos hospitales psiquiátricos si admiten que el paciente tiene argumentos válidos sobre si mismos y sobre lo que le pasa serían otros, podrían ser realmente un lugar para vivir y no el terrible infierno de donde los pacientes quieren escapar.

El Arte como alternativa en el ámbito de la Salud Mental

El arte lo que nos ofrece es un lugar para vivir. Recuerdo muy bien una conversación con mi amigo psicoanalista Roland Lethier en la que yo le preguntaba por qué se vuelve alguien loco y él que tiene muchos años de tratar con adolescentes locos me contestó no sé pero si lo que uno puede ofrecerle, lo que uno puede hacer es un jardín donde él pueda vivir. Esta respuesta poética después de haber admitido nuestra ignorancia nos enseña que la estética posibilita lo que muchas respuestas prácticas sabihondas pretenden hacer sin lograrlo.

No se trata como se ha intentado hacer (arte-terapia, músico- terapia) de convertir al arte en una psicoterapia si no en ofrecer al mal llamado “enfermo mental”, a la persona transtornada una alternativa, un vínculo, una forma de relación que lo incluya   en la comunidad. A través de la cual pueda hablar, decir, expresar aquello que no lo deja vivir.

En el Hospital de Salud Mental de Villahermosa la maestra de pintura utiliza un método “para curar” a través de indicar a los pacientes que pinten formas pre- vista por ella y algunos “mejoran” (según sus propios criterios) pero la mayoría desiste al no poder elegir qué, cómo y cuándo pintar; el no poder escoger los colores o la técnica lo nulifica y esto es precisamente lo que él quiere impedir. El loco resiste todo lo que puede a la automatización. ¿Por qué históricamente se ha intentado adaptarlo a una realidad que no comparte?

El domingo 12 de septiembre leo en el Milenio un pequeño artículo de Eduardo Rabasa[7] titulado “La muerte del alma”.

En él Rabasa comenta un libro del psicoanalista británico Darian Leader titulado: The new black morning. Melancholia and Depression que critica la mecanización del hombre de la tecnología y el mercado cuando lo que caracteriza al ser humano es su diferencia y en este sentido cada pérdida marca su vida. El englobar todos los padecimientos ocasionados por los procesos de duelo y manera de vivir las pérdidas de cada quien en la categoría psiquiátrica de depresión y ansiedad que propone un tratamiento común sustentado por el éxito que arrojan las investigaciones pagadas por los mismos laboratorios que los producen y los venden, destruye el alma, sostiene el autor, destruye la especificidad del ser humano y copio textualmente:

Diversos cuadros (de arte contemporáneo) han plasmado la apatía, fragmentación y pérdida de identidad que son tan comunes en la actualidad. La principal función del arte es la de ser un vehículo que nos permita acceder al dolor ocasionado por las pérdidas.

El libro de Leader dice Rabasa es una radiografía punzante de un mundo de autómatas empastillados, empeñado en mecanizar las profundidades de lo que separa al hombre del resto de las especies del planeta.

El trabajo

Cuando pienso en el trabajo siempre recuerdo la postura de Bataille que dice que el trabajo es la característica principal del ser humano, que el trabajo lo humaniza. El trabajo es pues necesario, indispensable.

Cuando se encierra a los pacientes en el hospital no sólo se les aísla de su comunidad si no que se les aleja de todo lo que hacían, esto naturalmente sumerge al paciente en una apatía y en un desasosiego al que la institución responde con mas medicinas. El paciente es separado de su trabajo, de su actividad previa y las que se le ofrecen como “rehabilitación” no tienen nada que ver con ellas. ¿Qué sabe hacer?, ¿qué está dispuesto a hacer?, esto no se toma en cuenta se implementan actividades para todos que no son remuneradas.

Cuando el hospital psiquiátrico de Villahermosa era la Granja, se cultivaban parcelas donde los pacientes, casi todos de origen campesino podían seguir sembrando y ¡cosechaban!

El trabajo y el pago por éste echa a circular la vida, así está organizada nuestra sociedad ¿no es una terrible exclusión privar al loco de estas dos condiciones?

  

La privacidad

Todos necesitamos de un espacio privado ¿por qué privar de éste a los locos?, el argumento es que puede hacerse daño, no puede tener objetos peligrosos ¿cuáles son los objetos peligrosos? Observemos cómo caen en el ridículo las minuciosas revisiones en los aeropuertos o a la entrada de las cárceles. El estar expuesto siempre a la mirada y a la vigilancia del otro aún en espacios como el baño es un tormento. Todos tenemos cosas que sólo nos pertenecen a nosotros por ejemplo el diario, un libro, un álbum de fotos; desde la intimidad nos ligamos al mundo de los otros y el no permitir que el paciente las tenga para protegerlo hace mas loco al loco.

 

Conclusión

Como lo he puntualizado a lo largo de mis reflexiones la locura gira alrededor de dos ejes: la exclusión y la identidad que no son ajenos uno de otro porque juntos articulan la cuestión del ser. Para existir uno tiene que ser algo para alguien, entonces el ser loco ¿qué significa? Candelario es un ser excluido de la comunidad de los normales, ha tenido varios internamientos y ahora aunque vive con su madre mantiene una constante relación con el hospital donde se le permite lavar carros y cobrar por ello. Un día me dijo que añora los tiempos en que él manejaba un tráiler y está pensando en volver a pedir trabajo de chofer pero no podría si no lleva siempre entre sus cosas los papeles que lo acrediten como paciente del hospital psiquiátrico esto, me dice, me abrirá las puertas de cualquier hospital psiquiátrico por si me pongo mal en las rutas que tome. Candelario nos enseña cómo para circular él tiene que tener una identidad, tiene que ser reconocido oficialmente como loco, como miembro de una comunidad de locos en toda la República. Tener una identidad, saber quiénes somos para otros nos permite incluirnos, formar parte de la comunidad.

El psicoanálisis tiene un marco conceptual para tratar de entender la locura, hay en él referencias teóricas que nos ayudan a pensar como El estadio del espejo, el deseo del Otro, la erotización del cuerpo, la construcción de realidad, el inconsciente, los órdenes de existencia, la libido, la pulsión de muerte, la dimensión del acto, etc. Pero esto no es la respuesta al enigma de la locura porque sus interrogantes (valga la redundancia) nos interrogan en cada paciente que nos atrevemos a escuchar.

La premisa indispensable es la escucha, el dar un lugar a la palabra del loco para que a partir de su despliegue podamos encontrar formas de inclusión. La voz del loco no puede quedarse sólo en of y el arte por ejemplo nos ha dado lecciones de esto. Tenemos historias por ejemplo la vida de Antonin Artaud o de Camille Claudel, Van Ghog que tendríamos que escuchar con detenimiento.

El loco tiene derecho a ser, para ser tiene que ser tomado en cuenta, es decir devolverlo a su lugar de ciudadano responsable de sus actos y capaz de dar cuenta de ellos. Tomar en serio su historia y sus argumentos y no excluirlo de entrada confinándolo a no ser mas que loco. Nombre que tampoco le es permitido usar sino que se le cambia por “usuario”, “paciente”, “alienado”, enfermo mental, discapacitado, etc..

A partir de ser escuchado la decisión para él y para los demás será mas fácil. Recuerdo a un paciente que habiendo escapado del hospital psiquiátrico se dedicó a predicar pero nadie le hacía caso y se sentía perseguido por los policías además de por los demonios que lo acosaban siempre en su delirio, cansado de esto regresó al hospital en donde, si seguía las reglas de la comunidad podía predicar con toda libertad.

No se trata de negar la locura sino de reivindicar su derecho a hablar.

Notas

[1] Esto nos permite reflexionar si la locura es una enfermedad o por lo menos preguntarnos cómo se ha apropiado de ella revisando la historia.[Escribir el nombre de la compañía]
[2] Lev N. Tolstói, Relatos, Alba Editorial, Barcelona, 2006 (pág. 293)
[3] Ibid, Las memorias de un loco, pág. 211
[4] Michel Focault, La vida de los hombres infames.
[5] Nota.- Supe que Domingo fue dado de alta y que pudo hablar con su madre aclarando la cuestión de “su envenenamiento”. También supe que regresó al hospital porque su esposa enfermó como una manera de dejar claro que no quería ya vivir con él. Y él empezó a considerar que había otros lugares, otras formas de vivir.
[6] Gloria Leff, Juntos en la chimenea, Ed. Epeele, México 2007.
[7] Milenio, sección Cultura, pág.23

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