Un paseo a ciegas por el cementerio: muerte y ateísmo

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Un paseo a ciegas por el cementerio: muerte y ateísmo

Decíase Península Teatro

 

 

Resumen

En el texto se revisan algunas implicaciones contemporáneas en torno a los conceptos de ateísmo y muerte, utilizando la figura del ciego y su tránsito por el cementerio como lugar de frontera y como dimensión figurativa para interrelacionarse, abrir preguntas y plantear derroteros posibles de un abordaje politizador de la muerte.

Palabras clave: ateísmo, muerte, cementerio, biopolítica, necropolítica, capitalismo.

 

Abstract

In the text, some contemporary implications around the concepts of atheism and death are reviewed, using the figure of the blind man and his transit through the cemetery as a frontier place and as a figurative dimension to interrelate, open questions, and propose possible courses of a politicizing approach to death.

Keywords: atheism, death, cemetery, biopolitics, necropolitics, capitalism.

 

Muerte no puede ser sólo el fin de la vida,
Tampoco ateísmo sólo la negación de dios.
Nuestro lugar debe estar errado.

Muerte y potencias en lo imposible

Al referirnos a la muerte estamos ante algo escurridizo.[1] Inefable como lo que no se puede decir. Pensarla, en primera instancia, implica hacerlo de la mano de la vida, condición preexistente a la enunciación. Ideas y representaciones sobre ella podemos rastrear desde los comienzos de los tiempos de la historia en diversos registros de las más variadas culturas, así como en los propios relatos y biografías. Indudablemente, la muerte ocupa un lugar central dentro de los paisajes humanos regados por el globo. Por ejemplo, si revisamos las prácticas de ritos mortuorios y grandes mausoleos de Egipto, hito de las primeras civilizaciones, bien se podría elucubrar que el sentido que le daban a la existencia sería más de una preparación para la muerte. La vida sería un anticipo de una muerte, en cierto sentido, deseada que tendría una relevancia mayor incluso que la vida y, por ende, prioritaria en tanto anhelo existencial.

Latinoamérica en la actualidad, particularmente México, tiene una relación estrecha con la muerte. Desde el culto sacrificial de los pueblos originarios a la colorida celebración del día de muertos, pasando por las tradicionales catrinas que adornan el entramado cultural de ese país en su faceta más atractiva y amable; turística y hasta de espectáculo para miles de personas que consideran la muerte en su esteticidad comercial. Un vasto universo popular que no sólo es estético, sino ritual, literario, musical, “for export” y también “in door”, puertas adentro, presente en refranes, composiciones, objetos y celebraciones. Una cultura en torno a la muerte que no es necesariamente amable, sino trágica y socarrona. El extremo severo y sangriento revela un número de personas asesinadas, desaparecidas, en una constante masacre, especialmente hacia las mujeres, que constituye un fenómeno inusitado en términos históricos,[2] que en el mejor de los casos provoca el rechazo de la comunidad mundial. Catástrofe creciente y desbordada que deviene gore.[3]

En su reconocimiento biográfico, en su cercanía, la presencia de muertes dentro de las familias acerca el tema tan directamente como es posible y afecta definitivamente los campos de desenvolvimiento emocional, muchas veces densificando la potencia del dar sentido, haciendo que la capacidad de elaboración se opaque y el cuerpo desande camino, tembloroso por su insignificancia. Incluso la propia muerte, no la figurada, sino la real, la que al sujeto le acontece en su diario existir, ya ha sido presentada por artistas que han querido fijar aquel efímero momento que difícilmente pueden sostener o asir.

En los mundos contemporáneos y sus dislocaciones mediáticas, la muerte —como fenómeno desde el cual se produce sentido— está, la mayoría de las veces, camuflada u omitida, y el mensaje publicitario de la maquinaria pareciera ser: “no morirás, no te preocupes, resiste que la ciencia y la tecnología nos permitirán ser inmortales”. Tecnociencia como paraíso cristiano, dirán algunos. En torno a la masificación del internet y su impacto subjetivo:

“Internet funciona más como una iglesia que como un museo… el surgimiento de Internet implica el regreso del espectador universal. Así pareciera que estamos de vuelta en el paraíso y que, como los santos, hacemos un trabajo inmaterial de simplemente existir bajo la mirada divina. De hecho, la vida de los santos puede describirse como un blog leído por Dios y que permanece ininterrumpido incluso después de la muerte del santo”.[4] 

En cualquier caso, en esta carrera, la “esperanza de vida” crece estrepitosamente y aferrarse a ella pareciera ser más importante que prepararse para la muerte.

Ante el panorama de la muerte, en cualquiera de sus niveles de análisis, pareciéramos estar en el anunciado desierto, carente de referentes desde los cuales elaborar otro mundo. Porque cada vez que acontece la muerte, desaparece una forma-de-vida y se extiende el temor por la imposibilidad que conlleva una frontera.

 

Un horizonte miope

PIETER BRUEGHEL, “EL TRIUNFO DE LA MUERTE” (1562)

PIETER BRUEGHEL, “EL TRIUNFO DE LA MUERTE” (1562)

La muerte entra dentro del dominio de la fe. Hacen bien en creer que van a morir, por supuesto. Eso les da fuerzas. Si no lo creyeran así, ¿podrían soportar la vida que llevan? Si no estuviéramos sólidamente apoyados en la certeza de que hay un fin, ¿acaso podrían soportar esta historia?
Lacan

 

La muerte, aquel espacio que marca el fin del entendimiento posible sobre las cosas, un punto limítrofe que separa nuestro campo de visión con aquella lejanía real que se escurre a las posibilidades sensibles e inteligibles del régimen de visibilidad contemporánea. Su carácter difuso nos coloca en una posición contradictoria que se debate entre el deseo por presentarla en nuestro campo de mirada para explotarla y la impotencia de colocarla en marco que le dé forma y, por ende, ponderarse. Moriremos. Paradójicamente, siendo la mayor de las certezas no nos es posible experimentarla hasta aquel momento en la que acontece[5] (en un franco acto de fe).

Podríamos, asumiendo esta dificultad y el riesgo que conlleva tal particularización, representarla como un límite o barrera en nuestro horizonte de certezas. La muerte en su aparición establece una frontera irrepresentable. Esta decisión implica que, si no podemos observarla directamente y sólo podemos poner en palabras el camino para recorrerla, así como un astrónomo no puede mirar directamente al sol sin perder la vista, se hace necesario y se propone adentrarse a la ceguera como aquella potencia que neutraliza una entrada sensitiva a la realidad percibida, pero que no anula el entendimiento. [6]

Caminar como ciegos,[7] acercándonos a la frontera, sin más que una vara que nos permita tocar obstáculos y desvíos, con atención a las demás configuraciones posibles en la suculenta y densa oscuridad. Fugándose del escenario de expectación contemporánea; atestado de focos y máscaras, el ejercicio de pensar la muerte nos abre y confronta a representaciones paradójicas que operarían como objetos espectrales, donde lo que se percibe no necesariamente se ve. La reflexión invita a estar ciegos/videntes, capaces de dibujar un borde que, por contraste, nos alterne otros mundos.

 

Y si no muriéramos…

Resulta extraño pensar en lo que pasaría si no cargáramos a nuestros muertos o si no muriésemos, un anhelo distópico que suele atravesar constantemente nuestro pensamiento. El deflesh, el reemplazo de la carne por la no carne, de los transhumanistas. Así, el miedo fundamental en lo humano no sería la muerte, sino todo lo contrario: el hecho de que la vida siga y siga y siga, la fantasía de que no termine, que sea infinita. La muerte trae consigo liberación del envejecimiento y de la enfermedad y es, por tanto, parte también de un descanso que no es posible sin cansancio. El descanso eterno para los cristianos luego del “extenuante” trabajo de autoproducir la propia existencia. Necesitamos de la muerte y deconstruirla se constituye como un proyecto político necesario.

 

La muerte inscrita en el mundo de las cosas

ALEXANDER JAMES, “THE GREAT LEVELLER” (2010)

ALEXANDER JAMES, “THE GREAT LEVELLER” (2010)

Si la muerte es irrepresentable en su aparición, reviste importancia revisar cómo la hemos inscrito en la historia y su recorrido en tanto huella de la memoria. Si al nacer hacemos nuestra aparición en el mundo a partir de la inscripción en los registros de actas de nacimiento, asignándosenos un número de serie, nuestra muerte, como acto cívico, se registra en la burocracia para dar cuenta que un ciudadano ha partido. Así, la inscripción de la muerte en un certificado de defunción y un engorroso e inescrupuloso trámite se acompaña en la mayoría de los casos del reposo del cuerpo en un espacio llamado cementerio. Ambas partes, constitutivas de una tecnología de la muerte, articulan un aparato cívico religioso que, en alianza con la legalidad y la moral, administran formas instauradas de morir. El cuerpo, su esqueleto y desecación quedan en la insistencia de una memoria mortuoria, inscrita así en registros estadísticos para el estado y la iglesia. Una muerte, estratégicamente dispuesta, se pone dentro del campo de lo visible, a modo de objeto sustituto que evita la ansiedad del vacío que provocaría la ausencia radical, vacío que en su aceptación supone la aniquilación de la esperanza y, por ende, el debilitamiento del proyecto cristiano. De todas maneras, las palabras se hacen necesarias para abrazar esa nada y, cuando eso ocurre, los mecanismos de tortura humana se ponen a disposición de los mal intencionados negociantes y administradores de las muertes para sacar provecho de la ceguera.

 

Los cementerios son fronteras

¿De qué otra manera ir si el camino nos conduce a la imposibilidad?

Si la frontera tuviera forma, probablemente sería la del cementerio.[8] Nuestro pasaporte sería el cuerpo ya sin vida que es dejado ahí para ir hacia lugares que los más hábiles ofrecerán: paquetes turísticos all included de vacaciones en el más allá.

Los cementerios, aproximaciones terrenales y concretas al vacío, espacios cristianos, ambiguos y ultra sensibles, lugares de inscripción de la muerte presentada según disposiciones visuales y escenográficas específicas que aparecen incluso sin ser vistas. Algunos cementerios ponen número o nombre a las calles dentro, semejantes a ciudades; y sí, los hay como barrios residenciales y otros mucho más amontonados, donde las tumbas colocadas una al lado de otra, como si fuesen casas en una población callampa,[9] disponen una ficción de horizontalidad y homogeneidad, cuando en su recorrido aparecen también palacetes y fosas comunes, afirmando que aquella muerte ofrecida tiene nombre y apellidos puestos en lápidas que dan valor a la “diversidad” de muertes posibles. Escrita en sistema braille, esa diversidad pareciera intentar cooptar la indignación y aquietar las aguas de una trascendencia “en oferta” que está allá, a lo lejos, y que no hace más que reforzar la miseria de la vida cercana. La muerte como lugar a politizar.

El epitafio sería una didáctica de memoria, “así recordarás” pareciera decir el texto escrito en la tumba y podría agregársele “aquellos que puedan recordar que recuerden que tuve vida y viví, que aparecí y que me transformó en texto, para ser leído por alguien más que, tal como yo, morirá”. Acumulando el peso del lenguaje, se escribe una consigna en un cuerpo que no puede sacudírsela. En un incesante círculo vicioso de repeticiones que insisten en hacer de la muerte un espectáculo de expectación que engrose listas del aparato dominante.

La “innombrable” no sería inocua y deslavada. La muerte, al igual que la vida, estaría atravesada por un entramado moral que genera circuitos de creencias que lucen impolíticos, pero que afirman la administración liberal de la vida, ésa que nos corresponde biopolíticamente, de obligatoriedad sobre lo posible y lo correcto, incluso lo trascendente. Se aprecia aquí la configuración y carácter moral de la cultura que actúa como escenografía disimulada. Un ejemplo: el suicidio como acto de decidir[10] sobre nuestra muerte está en constante contradicción con los postulados imperantes desde la moral cristiana. La decisión de morir se torna un acto de enjuiciamiento desde el deber. Su ocurrencia se vuelve delito/pecado y recibe castigo social.

 

Un cementerio ateo

WILLIAM WETMORE, “ÁNGEL DEL DOLOR” (1894)

WILLIAM WETMORE, “ÁNGEL DEL DOLOR” (1894)

La naranja está por caer de la rama, o ya está en el suelo
Nadie la ve caer.

Jorge Luis Borges

 

La iglesia, con sus intrincadas creencias, se apropia de este espacio de irrepresentatividad para alojarlo en su cuna y generar desde ahí un entramado de proposiciones que mantienen su propio negocio. Por tanto, estos bordes dibujados y que anuncian lo desconocido han sido rellenados con formas de las más variadas clases y utilizados en la redacción y el bosquejo del poder a lo largo del tiempo. Así, el acto de morir acontece en el contexto de una emocionalidad configurada por el temor a su ocurrencia, principalmente provocada por una retórica salvacionista que, para explicársela y buscarle respuesta, ha recurrido a referentes que, en su relación con el poder, enaltecen figuras masculinas, generalmente protectores asimétricos a venerar, que revisten privilegios e invitan a la sumisión, obediencia y pasividad al encararla. Paraísos patriarcales. Un algoritmo que conduce directamente al mantenimiento de la dominación. En el cementerio dominante, los ángeles y las figuras vigilantes nos envuelven en su montaje desde su benevolencia. Aquí se hace necesario un ejercicio de convulsión de la muerte, de lo que constituye desecho y exceso.

Renunciar a la idea del cementerio es una posibilidad que actualmente existe, de hecho, la cremación se torna muerte alternativa. Mas, ¿cuánto de esto nos permite una muerte como ausencia radical?

Aquella frontera irrepresentable, intuible, a punto de aparecer, en su interrelación con algunos elementos con una representatividad más corta, asible y colocada, imaginada en su escenificación, queriendo que al dibujar sus bordes lo que esté en tensión se insinúe inevitablemente; la innombrable muerte, la prohibición de su cita, el pecado de su convocatoria nos hace pensar que hablar de ella es, en estos momentos, difícil, aunque posible, a través de la generosa poesía. Ante el juego de luces y sombras del conocimiento, sólo decimos lo que nos es posible decir, reconocer el límite es reconocer la complejidad del cementerio en el que nos movemos, sin atestar certeros y rápidos pasos, sino en una rutina confusa, circunscrita a un bastón y en este entramado, pararnos frente a un sitio ensombrecido y oscuro del conocimiento.

Ceguera ante el cálculo y administración de la muerte: lo necro-político. Potencia en la imposibilidad: ¿qué puedo cuando no puedo?

Cementerio atravesado por un ciego ¿Qué hay? Golpes de bastón sobre los caminos simétricos y ordenados, síntomas de nuestros miedos, ordenados como en una oficina geométricamente regulada. ¿Qué se habita en su recorrido? Lo que se hace mientras se hace: desplazamiento e intención. La luz como dios y guía, la oscuridad como el extravío y la muerte ¿Qué ocurre cuando se muere?

La sombra y la luz en la luna como fenómenos aglutinados en torno a un objeto. Si dios —el padre sol, la luz que guía— hizo posible el mundo, la oscuridad se vuelca tránsito de lo imposible. Ceguera como posibilidad en lo imposible. El ateísmo desde el significante, potencia disruptiva ante lo verdadero. Criterio laico. Ateo, en su significado, sin dios, como potencia en la ausencia.

La misteriosa muerte está presente pero no siempre es bien recibida. La mayoría de las veces incomprendida, incluso rechazada; una visita inesperada, extranjera; un personaje que está por entrar a escena, ob skené.

 

Bibliografía.

  1. Brecht, Berloth, La vida de Galileo. Madre coraje y sus hijos, Alianza, España, 2012.
  2. Diéguez, Liliana, Iconografías y teatralidades del dolor, Ediciones Documentales Escénicas, Buenos Aires, 2013.
  3. Groys, Bris, “Internet, la tumba de la utopía postmoderna”, en Anfibia (http://www.revistaanfibia.com/ensayo/internet-una-tumba/), consultado el 02 de marzo del 2018.
  4. Sábato, Ernesto, Informe sobre ciegos, Planeta, México, 2011.
  5. Saramago, José, Ensayo sobre la Ceguera, Alfaguara, México, 1998.
  6. Valencia, Sayak, Capitalismo Gore, Melusina, España, 2010.

 

Notas

[1] Ileana Diéguez desarrolla esta idea en, su libro Cuerpos sin duelo.
[2] Se estima en 85.000 la cifra estimada de asesinadas y asesinados desde que el Gobierno del expresidente Felipe Calderón comenzó su guerra contra los cárteles y el narcotráfico. Esa cifra nos puede dar una idea de la magnitud de la devastación.
[3] Valencia desarrolla en el concepto de capitalismo gore para referirse a esto.
[4] Groys, op. cit., p. 138.
[5] La profesora Liliana Diéguez nos comentaba en una de sus charlas la irrepresentabilidad de ver morir a uno de sus perros en sus brazos.
[6] Brecht, en su obra de 1939 La vida de Galileo, trata sobre este tema.
[7] Tanto Sabato en Informe sobre ciegos como Saramago en su libro Ensayo sobre la ceguera dan cuenta de este temor que asedia al sujeto moderno.
[8] La palabra cementerio viene del término griego koimētḗrion (κοιμητήριον), que significa dormitorio porque, según la creencia cristiana, en el cementerio, los cuerpos dormían hasta el día de la resurrección. A los cementerios católicos se les llama también camposantos, dado que en Pisa, cuando ateniéndose a medidas de higiene la autoridad ordenó cerrar el cementerio, que había sido construido en el siglo XIII dentro de la ciudad, el terreno fue cubierto con una gran capa de tierra, que las galeras pisanas habían traído de los lugares santos de Jerusalén. Y la palabra panteón se utiliza como sinónimo de cementerio en algunas regiones de América, como México, y en Andalucía (España).
[9] Población callampa es la forma en la que en Chile se les llama a las poblaciones informales.
[10] El único momento de decisión, dirá Sartre.

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