Jean-Luc Nancy en cuerpo y alma

MIQUEL BARCELO, JL NANCY, 2012. COLECCIÓN DEL ARTISTA. FOTO ANDRÉ MORIN

 

Resumen

El presente texto conmemora al pensador francés Jean-Luc Nancy recordando sus reflexiones sobre el alma y el cuerpo e indicando algunos de los caminos que nos dejó señalados para perseguir los caminos de su pensamiento.

Palabras clave: alma, inconsciente, cuerpo, extensión, Nancy, psicoanálisis.

 

Abstract

This paper commemorates the french thinker Jean-Luc Nancy recalling his reflections on the soul and the body and paying atention to some of the paths that he left us indicated to continue the directions of his thought.

Keywords: soul, inconscient, body, extension, Nancy, psycoanalisis.

 

Imaginemos la siguiente situación: Un conjunto de neuronas humanas hacen sinapsis entre sí. En ese momento, no hay ningún neurólogo observándolo; pero de haberlo, nada le habría impedido efectuar las pruebas necesarias para comprobarlo. Añadamos lo siguiente a esa situación: Esas conexiones cerebrales llevan a alguien a escribir lo siguiente: “El intruso está en mí, y me convierte en extranjero para mí mismo”. Sobre este último hecho podemos afirmar que nuestro neurólogo habría tenido serias dificultades si hubiera querido extraer este suplemento de sus estudios: De entre sus datos no habría podido encontrar ni el más mínimo indicio de esta oración. Sin embargo, esta frase se publicó. Esto es: alguien la escribió, generando por todo el mundo una gran cantidad de nuevas sinapsis y de nuevos pensamientos entre sus lectores. Por otro lado, estos pensamientos, nunca fueron directamente accesibles al que escribió esa proposición por primera vez.

 

Este elemento siempre retirado pero, a la vez, siempre expuesto, siempre visible para todos —salvo para sí mismo— en sus sinapsis y sus escritos, pero nunca accesible a los demás en la intimidad de su pensamiento, en otros tiempo, fue llamada “alma” y ni era personal ni remitía a algún sujeto o a alguna substancia eterna o inmortal. Pero, no es eso lo que este texto quiere tratar. Si el lector busca conocer un poco más sobre esta cuestión, me limitaré a recomendarle los estudios sobre filosofía y literatura griega de Felipe Martínez Marzoa y en especial el apartado dedicado a los pitagóricos en su “Historia de la filosofía antigua” (2000).

 

Pero, como os decía, no quiero hablaros de esto. Por el contrario, la intención de este escrito es hablar y homenajear a Jean-Luc Nancy, el cual recientemente nos dejó. De hecho, la situación que describía más arriba era una especulación sobre el momento de redacción de su libro El intruso.

Este libro se escribió a partir de las intervenciones coronarias que sufrió su autor a lo largo de la década de los 90. En ese momento, a corazón abierto, se percató – nos dice – de que algo de él que ni había visto ni llegaría a ver nunca de forma inmediata estaba expuesto y a la disposición de todos. Tanto es así que se lo habían arrancado para cambiárselo por otro. Tuvieron que extraerle el corazón porque, de no haberlo hecho, la muerte se habría avanzado unos treinta años.

 

Es decir: había algo cuyo buen funcionamiento era esencial para que él pudiera seguir pensando e, incluso, viendo que él no podría ver nunca, y ello a pesar de que eso estuviera al alcance de todos los demás. Pero, por otro lado, había algo que él estaba viendo siempre o que, mejor dicho, estaba siempre que él veía, y que, sin embargo, nadie más podría llegar a ver nunca de manera directa. De hecho, si sabemos de ello es sólo por los indicios que dejó en sus acciones y sus publicaciones.

Jean-Luc Nancy nos dejó el pasado 23 de agosto. No obstante esto, si miramos los artículos periodísticos que se le han dedicado desde su partida, parecería que sigue aquí más presente que nunca. Cabe decir, sin embargo, que, a pesar de esta súbita presencia, ya no nos será posible recibir ningún indicio de aquello que venía pensando desde hace tiempo.

 

Así, por ejemplo, en una entrevista efectuada el año pasado en la UNAM, afirmaba, por ejemplo, que, si la salud lo dejaba, quería escribir un libro sobre el psicoanálisis. Más concretamente, quería tratar el inconsciente freudiano como esta exterioridad inaccesible a uno mismo y que, desde fuera, se ve como interioridad. Es decir, buscaba pensar el inconsciente como aquello que un poco más arriba llamábamos “alma”. ¿Cómo lo quería hacer?, ¿qué fragmentos concretos de los escritos de Freud quería utilizar para hacerlo?, ¿cómo los entrelazaba e interpretaba? Seguramente las notas de lectura que haya dejado podrán ayudarnos a responder a estas preguntas. Pero una cosa es segura: Nunca podremos saber cómo las habría contestado y expuesto él mismo. [¿Habría eliminado o reescrito ese fragmento antes de su publicación? ¿La obra habría seguido el plan previsto o su estructura se habría alterado antes de que saliera a la luz? ¿Consideraba que esas notas que podamos encontrar estaban listas para su publicación o no?, etc.]

 

Ciertamente, en sus libros ya publicados podemos ver algunos indicios de cómo lo habría hecho. Pero esto sólo nos autoriza a la especulación. Así, por ejemplo, en el epílogo del que tal vez sea su último gran libro, Sexistencia (2020), nos habla de cómo Freud da dos definiciones aparentemente distintas de pulsión: por un lado, tenemos que pulsión es el fondo o la base de todo el movimiento psicológico; del otro, que la pulsión es un mito. Ahora bien, nos dice, este fondo o esta base está siempre expulsada, en constante movimiento hacia el exterior y, por lo tanto, no da ningún tipo de fundamento firme o seguro.

 

Por su parte, el mito no es más que una narración que se fundamenta en su propia expresión, que no apela a ninguna autoridad previa  – es en ese relato que se sustenta la divinidad y no al revés -, de tal modo que con cada nueva expresión se vuelve a fundamentar. Pero, a la vez, aquello que fundamenta queda fuera de sí, expresado y a disposición de quienes lo escuchan.

 

Explicados de este modo, se puede apreciar mucho mejor la proximidad entre la pulsión como mito y la pulsión como fundamento: Ambas formas remiten a una auto-fundación que, a pesar de alzarse desde sí, requiere salir fuera de sí para fundarse, de tal modo que no puede darse sin una alteridad.

No es difícil ver, a su vez, la proximidad de estas dos nociones con aquello que al principio del texto llamé “alma” y que Nancy, haciendo uso del griego, a menudo llamará “psique”. Ya desde sus primeras obras (p. ej. 1978), y citando de nuevo a Freud, insistía reiteradamente en que “psique es extensa”, es decir, está expuesta y limitada por las otras cosas. Y a ello añadía: “nada sabe de ello”. Dicho de otro modo: La psique no es sólo la intimidad inaccesible desde el exterior o, mejor dicho, si el alma es esta intimidad, lo es porque, a la vez, está expuesta a los demás. Si podemos saber que se nos escapa alguna cosa de la intimidad de los demás es porque podemos ver que allí hay alguna cosa más a parte de lo que vemos. Pero, a la vez, el alma, la intimidad, no sabe nada de esta exposición, no sabe nada de lo que queda más allá de ella, a pesar de que lo necesite para su fundamentación. Así, su exponerse es inconsciente. Incluso podría decirse que esto mismo es el inconsciente.

 

Pero ya hemos dicho que estas conclusiones sólo pueden se especulaciones, ya que su último libro quedó sin escribir. Ahora bien, si podemos hacer estas especulaciones es gracias a que, a pesar de no poder dejar constancia escrita de todo lo que pensaba al respecto, nos dejó los indicios necesarios para saber que lo estaba pensando. Dejó indicado, sin saber del todo a quién se lo indicaba ni qué le indicaba, que allí había una intimidad, la suya, que se nos escapaba. Tal vez por ello, nuestra mejor despedida tal vez sea no dejarlo partir, no dejar de hacernos presente aquello que pensaba.

 

Bibliografía

  1. Martínez Marzoa, Felipe. Historia de la Filosofía Antigua. Akal, Madrid, 2000.
  2. Nancy, Jean-Luc. El intruso. Amorrortu, Buenos Aires, 2006.
  3. Nancy, Jean-Luc. Sexistencia. Universidad de Granada, Granada, 2020.
  4. Nancy, Jean-Luc. “Psique”. Prèmiere Livraison, nº 16. París. 1978.

 

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