¿Quién tiene miedo a la deconstrucción?

VALENTIN HOUSSON

 

Trad. Maria Konta

 

“Deconstruir la deconstrucción”. Esta es la consigna de un simposio intenso en la Sorbona, e intitulado “Después de la deconstrucción”, los días 7 y 8 del enero pasado, e inaugurado por el Ministro de Educación Nacional, J.-M. Blanquer.[1] Este último calificó, como tal, la deconstrucción, y el nombre propio que le asignó inmediatamente, Jacques Derrida, como un “virus”. Pero, ¿quién le teme a la deconstrucción? ¿Esta palabra, cada vez más mal utilizada, desde hace diez años, en la boca de los políticos? ¿Cuál es el nombre o el síntoma de la deconstrucción que desata hasta tal punto las pasiones?

 

La deconstrucción, que apareció en la década de los sesentas, bajo la pluma de Derrida, tenía como objetivo informar acerca un examen crítico de nuestra historia filosófica. La deconstrucción nombraba, en el fondo, la manera de abrir el pensamiento pasado a su impensado porvenir: todo gran texto de filosofía, de literatura, lleva en sí una novedad, una intempestividad, que ayuda a comprender el presente. La deconstrucción daba cuenta de esto: que para pensar en lo nuevo había que volver a lo viejo; que cualquier gran texto piensa contra sí mismo, contra su autor, y libera una versión diferente, una otra interpretación, que el comentario académico aceptado. Porque no hay nada nuevo, solo renovación.

 

Es con este espíritu que se involucró fuertemente en el Grupo de Investigación en Enseñanza de la Filosofía (GREPH), que implementó prácticas de enseñanza de la filosofía a niños de la primaria. Lejos de cualquier adoctrinamiento, el desafío es abrir la infancia a los interrogantes que trae, y apoyarse en la inteligencia de los niños para construir preguntas complejas, utilizando las experiencias que permite la filosofía. En efecto, habrá que preguntarse por el destino de estos trabajos. ¿Por qué han quedado en letra muerta, por qué nunca han sido implementados por la Educación Nacional?

 

Lo que ahora estamos presenciando es un deseo de liquidar este patrimonio, este gesto de pensamiento. Los neorreaccionarios, presos del pánico por la “cultura de cancelación”, pretenden anular lo mejor que la cultura hizo en el siglo XX. Es asombroso cómo la reacción toma inevitablemente la forma de lo que detesta. “Conviértete en lo que odias”: esta es la fórmula de todo pensamiento reactivo. ¿Se trataría entonces de hacer una tabula rasa del pasado, de reproducir el modelo americano, tan vilipendiado por estos mismos individuos, de depurar las bibliotecas y las universidades? Lo que se organiza, en definitiva, es una censura de todo pensamiento innovador. “Deconstruir la deconstrucción” equivale a “criticar el pensamiento crítico”. Se trataría, en efecto, de prepararse para no cuestionar más nuestra historia, sino para aceptar conocimientos positivos, mandatos gerenciales, medidas médicas, decretadas por una Alta Autoridad, hechas para “nuestro bien”. No se equivoquen al respecto: este cuestionamiento de la deconstrucción es parte integral del espíritu de los tiempos. Christine Lagarde lo había formulado en 2007 ante la Asamblea Nacional: “Francia es un país que piensa. Difícilmente hay una ideología de la que no hayamos hecho la teoría. Tenemos en nuestras bibliotecas suficiente para discutir en los siglos venideros. Por eso, agregó, me gustaría decirles: ya basta de pensar, arremanguémonos. Lo que nos están preparando es una contrarrevolución de la Ilustración, no, como dijo Kant, ‘Ten el coraje de usar tu propio razonamiento’, ‘Ten el coraje de pensar por ti mismo’, sino ‘Ten el coraje de gastar (tú mismo) sin pensar’. Nuestro presidente jupiteriano nunca habrá dejado de decirnos, como un padre amordazando a su hijo: ‘Pienso luego tú eres’. Es obvio que para gobernar con tal máxima se exime a los súbditos de cualquier examen crítico del mundo tal como es. ¿No están de acuerdo? —Es que Ud. es un conspirador, o quizás un islamoizquierdista, o quizás incluso, un deconstruccionista…”.

 

Para nosotros no se trata de defender la deconstrucción, sino de dar vida a sus líneas de fuga, más allá de la hagiografía y la inquisición. Hacer juicios finales sobre el pasado no es la urgencia de nuestro tiempo. Escuchar sus ecos enterrados, repensar sus archivos dormidos para iluminar nuestro camino colectivo es una tarea mucho más exigente. La deconstrucción es solo irracional para quien la lee como slogan, es una brújula para todos aquellos que se exponen a la búsqueda del sentido común.

 

Los que temen a la deconstrucción son los que temen a una sociedad libre, y aún no sujeta a la omnipotencia del mercado, que, por su parte, no exige que pensemos, sino que nos adaptemos, que apliquemos, que nos sigamos las directivas. “Saber que podemos contar con su colaboración”, esta frase que encontramos al pie de nuestros correos profesionales, lo dice todo en el momento: pretendiendo dejarse libre para adaptarse, la elección ya está hecha por Ud.; sobre todo, no lo piense más, la deconstrucción perjudica mucho a las construcciones necesarias para el mercado del mañana; controlamos la situación. La Contra-Ilustración está “En marcha”. Y una deconstrucción de todos los miedos de nuestro tiempo (al extranjero, a un virus, a la muerte, etc.), e incluida aquella, hace que se asusten de un pensamiento deconstructivo y crítico, que, ciertamente, nos ayudaría a comprender mejor la servidumbre voluntaria que nos espera.

 

Notas

[1] El original en francés intitulado « Qui a peur de la déconstruction ? » fue publicado el 17 de febrero 2022 en The Times of Israel. Véase:
https://frblogs.timesofisrael.com/qui-a-peur-de-la-deconstruction/?fbclid=IwAR0G9cWDiUNVQd_2-n8yyGqDGtqzL3X-rX8Hgkhl1MKG9TNWKX2oHqqcFMY.

 

Agradezco a Valentin Husson por darme el permiso de publicar su traducción.

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