Cuentos pandémicos

Mônica Calazans

 

Resumen

Este ensayo se basó en mis reflexiones profesionales sobre el mantenimiento de vínculos con mujeres asistidas por el servicio de asistencia social del municipio de Guarapuava, Paraná, Brasil, durante la pandemia de Covid-19. A través de la historia aquí compartida, es posible identificar cómo la asistencia en línea marcó nuestro trabajo diario, en un momento de exigencia de distanciamiento social para controlar el contagio, y cómo logramos provocar resquebrajaduras en la llamada “nueva normalidad”, conservando afectos.

Palabras clave: afectos, asistencia en línea, distanciamiento, control, pandemia, tecnología.

 

Abstract

This essay was based on my professional reflections on maintaining ties with women assisted by the social assistance service of the municipality of Guarapuava, Paraná, Brazil, during the Covid-19 pandemic. Through the story shared here, it is possible to identify how Online assistance marked our daily work, at a time when social distancing was required to control contagion, and how we managed to cause cracks in the so—called “new normality”, preserving affection.

Keywords: affection, online assistance, distancing, control, pandemic, technology.

 

Una dama desvergonzada

 

“Me acosté y me enamoré”. Estas son las palabras de una señora de 76 años que inició conmigo un recorrido de sesiones en línea durante la pandemia del Covid-19. Esta historia de encuentros y afectos nos lleva a una reflexión sobre las nuevas configuraciones de nuestra forma de relacionarnos. Imagino que a partir de esta historia es posible reflexionar sobre algunas cuestiones. ¿Cuál sería la nueva normalidad? ¿Cómo nos hemos adaptado a ella? ¿Qué consecuencias nos ha traído este periodo de aislamiento?

 

Las narrativas y acciones que negaban la gravedad de la pandemia fueron intensas, más aún en Brasil, un país gobernado por un dictador fascista que se burla de las muertes ajenas. Al reclamar un estado necropolítico,[1] el gobierno hizo poco para frenar las muertes y el sufrimiento causados por el SARS-CoV-2, al contrario, se dedicó a que la contaminación alcanzara niveles alarmantes, matando a miles de personas.

 

Así, grupos de personas que ya sufren las amenazas del Estado, como la población periférica, los negros, los indígenas, los pueblos tradicionales, las mujeres, resultaron más afectados. Sea con la falta de acceso al saneamiento básico, la falta de acceso a las políticas públicas, los cuidados excesivos, la pérdida de empleos y las muertes.

 

Lo humano fue puesto en riesgo, las formas de habitar el mundo de los humanos fueron puestas en jaque. Como nos enseña Ailton Krenak,[2] al cuestionar si somos siquiera una humanidad, sólo los humanos fueron amenazados por el virus, y tal vez sea hora de entender cómo se construyó la idea de humanidad que prescribe una única forma de vivir en el planeta Tierra. Con la colonización europea y la llamada a la civilización, se impuso violentamente el modo de vida blanco, europeo y cristiano con la justificación de la existencia de esta humanidad. Otros conocimientos y experiencias de culturas que sufrieron el borrado sistemático, de genocidios históricos para el mantenimiento de un modelo hegemónico, cobran cada vez más sentido ante la amenaza que la humanidad —que creemos tener— causa al planeta.

 

Hoy, después de dos años de pandemia, es posible identificar algunos avances en términos de enfrentamiento de la enfermedad, como la ciencia, que finalmente nos da la vacuna. Esto, junto con la atención al distanciamiento social, es lo que ha salvado vidas. Sin embargo, muchos fueron los lobbies, las acciones de presión de las organizaciones sobre los políticos, para la venta y publicidad de productos, objetos de cuidado personal, medicamentos sin eficacia que, apoyados en informaciones falsas, engañan a millones de personas para el enriquecimiento por parte de las empresas.

 

También, según Krenak, con la modernidad[3] nos hemos alejado de nuestra condición natural de existencia y nos hemos alienado de nuestro lugar en la tierra, de nuestro territorio, haciendo de la humanidad una cosa y de la Tierra otra, y mientras esto sucede las corporaciones se encargan de la destrucción, devorando bosques, montañas y ríos para luego producir remedios a problemas que ellas mismas crearon: “Se inventan kits superinteresantes para mantenernos en este lugar, alejados de todo, y a ser posible tomando muchas medicinas. Porque, al fin y al cabo, hay que hacer algo con lo que queda de la basura que producen, y harán medicamentos y un montón de parafernalia para entretenernos”.[4]

 

Para Yayo Herrero, “El conocimiento que nació en Europa se proclamó como un conocimiento universal y el sujeto patriarcal se convirtió en el protagonista de la economía y la política”[5] y nos presenta la película Alicia en el país de las maravillas como ejemplo de cómo la era capitalista concibe la naturaleza como un mecanismo predecible y controlable. La reina, después de asegurarse de que Alicia ha entendido las reglas del juego, durante la partida, las cambia, convirtiendo esa experiencia en un caos. El capitalismo funciona así, ya que el mundo occidental moderno se esfuerza por entender el mundo desde fuera, rompiendo y alejándose de él, cambiando las reglas de la naturaleza cuando se propone explotarla de forma insultante.

 

Por lo tanto, no hay fin a los modelos de tecnologías que se actualizan para controlar las vidas en la Tierra. Con el fin de lograr desarrollos consolidados en bienes materiales, estos avances tecnológicos y nuevos modelos de patrones de vida reducen aún más nuestro tiempo en la Tierra, y en lugar de profundizar en lo que es esta destrucción que causa las pandemias, y cambiar nuestras formas de existir, tratamos de sobrevivir con lo que queda.

 

La historia de doña Micheli[6] se me presenta como una chispa de esperanza de algo nuevo y placentero que ocurrió en medio del caos. Durante la pandemia mundial, las relaciones humanas se vieron sacudidas; el contacto físico, los abrazos, los besos y el simple toque de manos se convirtieron en armas mortales, la presencia se convirtió en una amenaza y, mientras el mundo buscaba formas de adaptarse a un nuevo y peligroso compañero, el coronavirus, se produjo un importante encuentro para doña Micheli.

 

Ella vive sola, nunca se casó ni tuvo hijos. Decía que no tenía interés en “formar una familia” y sus relaciones se concentraban entre sus hermanos y sus amigos. Ella frecuentaba un grupo de ancianos que se reunía semanalmente en la instalación donde yo trabajaba como psicóloga social, y su experiencia en la comunidad fue muy fuerte hasta la llegada de la pandemia.

 

Nuestro encuentro tuvo lugar durante mi trabajo como psicóloga social en un Centro de Referencia de Asistencia Social (CRAS), que, según la Tipificación Nacional de Servicios de Asistencia Social (2014), son instalaciones clave para combatir las desigualdades que existen desde hace años en Brasil. Situados cerca de las comunidades, los centros promueven actividades de talleres colectivos (deportes, guitarra, musicalización, artesanía, educación física, entre otros), organizados por grupos temáticos que abordan cuestiones como el mercado laboral, la independencia financiera, la salud física y mental, la educación, la prevención de la violencia. Forman parte de la política nacional del Sistema Único de Asistencia Social (SUAS) y constituyen un lugar muy privilegiado para atender a la población porque exigen, en sus normas, la participación de los profesionales de la Psicología, que deben actuar tanto en la prevención de los factores de riesgo como en la construcción colectiva de las potencialidades.

 

Doña Micheli solía asistir al Servicio de Convivencia y Fortalecimiento de Vínculos para personas mayores, donde se realizaban reuniones de charla, paseos y actividades físicas. Con los cambios necesarios para evitar la transmisión de un virus poco conocido en ese momento, las actividades se interrumpieron y hubo que replantear las formas de vigilancia.

 

Doña Micheli, entonces, sin la posibilidad de un encuentro cara a cara, comenzó a sentirse sola, y su deseo se convirtió en la posibilidad de tener una compañía frecuente, comenzó a cuestionar su elección de no tener una familia, de no tener hijos, ahora que necesitaba mantenerse aislada.

 

Doña Micheli no dejó de visitar a sus hermanos y hermanas, pero se sintió angustiada con las transformaciones que también se producían en su cuerpo. Así que acudió al CRAS y me preguntó si era posible tener sesiones individuales. Le expliqué que las citas seguían suspendidas (el momento más alarmante de la pandemia, cuando se sabía poco del contagio y se estaban produciendo muchas muertes, sobre todo entre las personas mayores) y le ofrecí la posibilidad de reuniones online, para que no tuviera que arriesgarse a salir de casa ya que, como persona mayor, forma parte de un grupo de riesgo, y cuando se volvieran a liberar las citas podríamos pensar en reunirnos.

 

La demanda de atención psicológica de la Sra. Micheli consistía en comprender los sentimientos y las sensaciones que le producía el encuentro con un “véio gavola“, término que ella utilizaba para explicar que era un hombre que reconocía su belleza, su encanto y su capacidad para conquistar a las mujeres, al tener su primera relación sexual.

 

Nuestras reuniones tenían lugar por internet una vez a la semana. Al principio fue extraño, sin presencia física, nos fuimos amoldando hasta encontrar una forma cómoda para que doña Micheli compartiera sus experiencias con seguridad. Cabe mencionar que estaba eufórica, ansiosa con las dudas sobre lo que se le presentaba en ese momento de mucho cuidado, y miedo al futuro.

 

No más peligroso que el ser humano —porque como nos enseña Antonio Bispo, el sistema capitalista creado por el hombre fagocita todo lo que puede— el virus comenzó a evolucionar muy rápidamente, sin darnos tiempo a reordenar nuevas configuraciones de existencia en la Tierra, trayendo mucha angustia y sufrimiento ante lo que estaría por venir. Así que, incluso con la caída de los números, doña Micheli y yo decidimos mantener las reuniones online.

 

La historia de doña Micheli afirma que “incluso en el infierno la vida insiste”, y se entrelaza con mi propia historia en los momentos de rediscutir las estrategias de atención en el servicio público para no perder los vínculos y la esperanza en los encuentros.

 

En la instauración de la pandemia, yo, como profesional de la psicología social, me vi involucrada en los intentos de no perder los vínculos construidos con las mujeres atendidas en grupo, así, investigar formas de atención se convirtió en el foco del trabajo entre el equipo. Sin embargo, no podíamos imaginar los caminos a los que nos llevarían estos nuevos descubrimientos y las nuevas propuestas de trabajo.

 

Las tecnologías de control se reforzaron, ya que los cuerpos necesitaban ser vigilados en su necesidad de reunirse y nuestro servicio en el CRAS, al principio, sirvió a este control para ofrecer la orientación necesaria en un momento en el que todo era oscuro: se sabía poco sobre el contagio y el empeoramiento de los síntomas. Ya sabíamos que no se trataba de una “pequeña gripe”, como afirmaba el genocida presidente de la república, y nos encontramos con intentos desesperados de salvar vidas ante la posibilidad de futuros encuentros. La asistencia con información, alimentos —ya que muchas personas no tenían ingresos ni trabajo—, y, sobre todo, la atención a la salud mental se convirtió en una constante. Pero, ¿cómo mantener el vínculo sin una reunión? ¿Cómo cuidar el miedo a estar solos, a aislarnos?

 

La nueva normalidad, que es vieja en cuanto a la devaluación de las vidas y la destrucción de la naturaleza, hizo que las pantallas de los celulares, de las computadoras, de los laptops sustituyeran el calor, los cuerpos, los colores que llevaba el otro que podíamos tocar, sustituyó las libretas, los tés, los cafés, los sándwiches, los pasteles, los materiales. El contacto de nuestros cuerpos pasó a ser con las sillas, con pantallas infinitas que dañaban nuestra espalda y nuestros ojos a causa de la luz. Lo que nuestros cuerpos nos hacían sentir en el encuentro cara a cara, que eran una fuente de tranquilidad, cultura y amor, se convirtió poco a poco en una fuente de miedo y de inseguridad mediada por el alcohol en gel y la mascarilla.

 

Hoy, en 2022, gracias a la vacuna, los encuentros se reanudan lentamente, pero todavía con mucho cuidado, ya que las variantes del virus original no dejan de aparecer y provocan nuevos síntomas, nuevos cuadros de la enfermedad. Por esta razón, y hasta que encontremos formas de estar seguros, el control ha sido la forma más eficaz de evitar la propagación del virus. En China se desarrolló un dispositivo de rastreo de contactos, se vigilaba a las personas en todos sus pasos y se utilizaba la información obtenida para impedirles entrar en establecimientos o salir de sus casas.

 

Según informa el diario online g1.globo.com, de amplia difusión en Brasil, con fecha del 13/05/2020, la aplicación creada por el gobierno chino y luego utilizada en otros países, está en todas partes y se basa en los datos de geolocalización de los operadores de telefonía móvil. A partir de los datos ofrecidos por los propios usuarios, se rastrean sus movimientos a lo largo de los 14 días anteriores para averiguar si han estado en una zona de riesgo o en contacto con alguien infectado por Covid. Aunque aparentemente la población china acepta que se controlen sus movimientos por el bien de la salud colectiva, cabe preguntarse a dónde van a parar estos datos, qué se hace con ellos.

 

Muchas tecnologías son cuestionadas cuando interfieren en la privacidad de las personas, pero estamos siendo controlados incluso antes de la pandemia, con nuestros iPhone y otros dispositivos, pero también con la imposición de formas de vida.

 

Vivimos en un territorio colonizado, lo que significa que nuestras experiencias y subjetividades estuvieron y están atravesadas por la dominación de cuerpas[7] forjadas en jerarquías de género, raza, clase y sexualidades. Nuestras vidas también están controladas por ideologías dominantes, históricamente formadas, que no tienen en cuenta las necesidades colectivas que, durante años, han servido al modelo de desarrollo capitalista que tiene como máxima el rendimiento y los valores consumistas. Estas ideologías hacen que la convivencia en los espacios públicos y privados sea cada vez más conflictiva.

 

Lo que la pandemia pone en cuestión son los modelos occidentales que crean un sistema mundial europeo/europeo-estadounidense capitalista/patriarcal moderno/colonial, como argumenta Mignolo,[8] porque, aunque nuestro territorio ya no sea una colonia, puesto que hubo resistencia al fin del colonialismo, podemos cuestionar el mito de la descolonización y la tesis de que la posmodernidad nos lleva a un mundo ya desvinculado de la colonialidad. El fin del colonialismo no significó una ruptura con la jerarquización racial-étnica, de género, epistemológica y sexual formada por siglos de expansión colonial europea en nuestro territorio, lo que nos lleva a buscar formas de romper con estas imposiciones.

 

Las propuestas del feminismo decolonial pueden ser una de estas vías, ya que nos ayudan a entender estas matrices de control basadas en el género, el sexo, la raza y las sexualidades, pues recuperan importantes elaboraciones del proyecto decolonial, como los conceptos de colonialidad del ser, del poder y del saber discutidos por intelectuales latinoamericanos del grupo Modernidad/colonialidad, como Aníbal Quijano y Maldonado Torres. Según la antropóloga social feminista y afrodescendiente Ochy Curiel,[9] estos son conceptos clave, porque una de las principales fuentes del feminismo decolonial son las prácticas colectivas en las que participan muchas mujeres feministas y que permiten entender cómo se configuran las relaciones basadas en estas matrices de dominación. Conocimiento valorado como universal y neutro, sin emoción (colonialidad del saber), cuyas vidas tienen derecho a ser protegidas por el estado y sus instituciones modernas (colonialidad del ser), todo ello compuesto por el patrón mundial de poder configurado en la relación entre modernidad-colonialismo y capitalismo mundial. Estos conceptos son retomados por el feminismo decolonial con la centralidad del género y las sexualidades como formas de control por parte del patriarcado y el Estado. Todas estas colonialidades controlan nuestras formas de ser para alcanzar un estándar colocado como modelo, que se afianzan durante la pandemia con el aumento de casos de feminicidio y en un mayor número de personas no blancas contaminadas y más vulnerables. Recordemos que la primera víctima del Covid-19 en Brasil fue una mujer negra, trabajadora doméstica, contaminada por los empleadores que estaban en Europa,[10] y la primera persona que recibió la vacuna contra el Covid fue también una trabajadora negra.[11]

 

Estas matrices de dominación, consecuencias de los procesos colonizadores sufridos en Brasil, se actualizan en la esfera pública del Estado, tal como lo conocemos, y afectan principalmente a las mujeres con la domesticación de la vida privada. Rita Segato,[12] antropóloga y feminista argentina, al tratar de la ley Maria da Penha, una forma de “solucionar” la violencia doméstica contra las mujeres, afirma que “[…] el Estado les da con una mano, lo que ya les sacó con la otra”, lección que podemos trasladar a la realidad de la pandemia en Brasil que, al mismo tiempo, tiene una organización social de explotación del trabajo doméstico mayoritariamente realizado por mujeres negras —teniendo aquí, por lo tanto, un componente de dominación de raza y género—, y aplicó la primera vacuna en una enfermera negra. El Estado da lo que quita, el capitalismo crea remedios para los problemas que ha creado y, nosotros, para no enterrarnos, tenemos que buscar los mundos posibles que ya existen.

 

En otro artículo que escribí junto con el profesor Rafael Guimarães y mi colega de doctorado Marianne Góis, demostramos posibilidades de acceso a otros mundos a partir del diálogo con artistas y pensadores latinoamericanos, como Leona Vingativa, travesti negra de la periferia y artista activista por los derechos ambientales, también con pensadoras indígenas del feminismo comunitario, indígenas Krenak, Tupinambá y pueblos andinos que han sobrevivido durante siglos a los embates del capital, que nos enseñan a buscar el equilibrio entre el mundo animal, vegetal y las divinidades, que nos enseñan a hackear la pandemia y, desde ahí, hackear las estructuras de opresión, construyendo redes de apoyo comunitario y formas de pensar más allá de los sistemas de Gobierno: “Se trata de hackear desde las alternativas de salud, vivienda digna, distribución de agua y alimentos, buscar transformar la economía que contenga la vida y no el lucro en su núcleo, hackear la lógica del capital, la crisis climática y la lógica del consumo”.[13]

 

Pero qué tiene que ver todo esto con la historia de doña Micheli. Para esta señora, la tecnología funcionó para fortalecer nuestros vínculos, ya que cada semana, incluso en las salas online, nuestros lazos se reforzaban y se producían transformaciones en nuestros afectos y en nuestro cuerpo, porque necesitábamos, más que antes, utilizar nuestro cuerpo como herramienta relacional con el exterior, para asegurar la presencia. Hablamos de las nuevas experiencias con su cuerpo, experiencias que no había sentido porque, al seguir las doctrinas religiosas y ser educada en modelos que situaban y sitúan a la mujer en una posición de subordinación, se le impedía conocer sus deseos. Al pasar de las sesiones de grupo a las sesiones en línea, nos centramos en los temas relacionados con la educación sexual, así como en la acogida de los sentimientos de culpa aportados por Micheli.

 

Doña Micheli se definía como una mujer honrada, que no mostraba sus deseos en público y juzgaba a las mujeres con libertad sexual como “desvergonzadas”. Le pregunté qué entendía por “sinvergüenza” y me respondió que era alguien que no tiene miedo, ni vergüenza, de hacer lo que quiere, de exponerse. Cuando se acostó sin estar casada, sintió que no era buena y en su primera experiencia sexual no se sintió muy cómoda. Las acusaciones de que se acostaba a la primera oportunidad que le ofrecía un hombre le hacían sentir culpable, ya que era una mujer educada en las doctrinas cristianas y creía que era necesario establecer una relación seria, compromiso al que no estaba dispuesto el véio gavola.

 

En el trato con doña Micheli, traté de entender de dónde venían los pensamientos de culpa para intentar establecer con ella, qué le serviría de esta nueva experiencia, como una mayor conexión con su cuerpo, una sensación de libertad (mencionada por ella al relacionarse sexualmente), así como la realización de sus deseos, dejados de lado durante los momentos de su vida en que se le exigía comportarse como una “mujer honrada”.

 

Un hecho relatado por doña Micheli que me llamó la atención y me hizo comprender la posibilidad de resignificar la experiencia, junto con el significado que se le daba a lo que sería una “desvergonzada”, —algo que le estaba causando sufrimiento—, es que hace unos 8 años fue candidata a Miss en un baile para ancianos en otra ciudad donde vivía, dijo que se sentía muy bien cuando desfilaba para varias personas, se sentía guapa, elegante y feliz. En ese momento le dije que entonces era una desvergonzada, por sentirse bella cuando desfilaba para otras personas. Micheli se rio y se quedó en silencio reflexionando unos instantes, haciéndose presente al darse cuenta de qué molestias eran suyas y cuáles eran impuestas por una sociedad machista y patriarcal.

 

En el contexto contemporáneo —donde las relaciones se aceleran con el tiempo y con una pandemia que se extiende poniendo en riesgo nuestra existencia en la tierra— el crecimiento de las nuevas tecnologías que nos mantienen conectados las 24 horas del día a las pantallas se transformó gracias a mis encuentros con doña Micheli, con quien, más allá de las pantallas, nos proporcionamos presencia. Además de hablar de la experiencia de la doña Micheli en sus aventuras sexuales a los 76 años, hablamos de la experiencia de un nuevo modelo de estar presente en el encuentro.

 

Para Veiga y Tedesco,[14] es en la presencia donde se constituyen ventanas de devenir a pesar de los efectos del capitalismo global que produce subjetividades temporales, donde desplegamos el tiempo en la realización de diversas actividades y apenas nos detenemos para estar presentes y realizar nuestros afectos.

 

En los encuentros con la doña Micheli desciframos la nueva normalidad, a través de nuestra presencia, aunque mediada por pantallas y por el tiempo acelerado, posibilitamos la existencia de afectos y permitimos el surgimiento de resignificaciones en un contexto de destrucción y aislamiento.

 

Bibliografía

  1. Barbosa, Marianne, Rafaela Contessotto y Rafael Guimarães, “Pandemia y algunas notas sobre otros mundos posibles”, en Revista Reflexiones Marginales, núm. 64, 2021. https://reflexionesmarginales.com/blog/2021/07/28/pandemia-y-algunas-notas-sobre-otros-mundos-posibles/ Consultado el 21 de febrero del 2022.
  2. Brasil, Ministério do Desenvolvimento Social e Combate à Fome. Conselho Nacional de Assistência Social. Tipificação nacional de serviços socioassistenciais, Brasilia, 2014.
  3. Curiel, Ochy, “Construindo metodologias feministas a partir do feminismo decolonial”, en Pensamento feminista hoje: perspectivas decoloniais. Hollanda, H.B. comp. Bazar do Tempo, Rio de Janeiro, 2020.
  4. Krenak, Ailton, Ideias para adiar o fim do mundo, Companhia das Letras, São Paulo, 2019.
  5. Herrero, Yayo, Ausencia de Vínculos e Extravio de conhecimento, https://rebelion.org/ausencia-de-vinculos-y-extravio-del-saber/ Consultado el 15 de agosto del 2021.
  6. Mbembe, Achille, Necropolítica. Biopoder, soberania, estado de exceção, politica da morte, N-1 edições, São Paulo, 2018.
  7. Kury, Brunay Capelobo Walla, Desejo que sobrevivamos pois já sobrevivemos. https://www.glacedicoes.com/post/desejo-que-sobrevivamos-pois-ja-sobrevivemos-bruna-kury-e-walla-capelobo. Consultado el 22 de enero del 2022
  8. Mignolo, Walter, “El pensamiento decolonial: desprendimiento y apertura. Un manifiesto”, en El giro decolonial: reflexiones para una diversidad epistémica más allá del capitalismo global. Castro-Gomes, S. y Grosfoguel, R., editores. Instituto Pensar, 2007.
  9. Presse, France, Na China, aplicativos de rastreamento do coronavírus estão em toda parte. https://g1.globo.com/mundo/noticia/2020/05/13/na-china-aplicativos-de-rastreamento-do-coronavirus-estao-em-toda-parte.ghtml. Consultado el 18 de febrero del 2022.
  10. Segato, Rita, “Colonialidad y patriarcado moderno: expansión del frente estatal, modernización, y la vida de las mujeres”, en Tejiendo de otro modo: Feminismo, epistemología y apuestas descoloniales en Abya Yala. Miñoso, Y.E; Correal, D.G; Muñoz, K.O, editoras. Editorial Universidad del Cauca, Popayán, 2014.
  11. Veiga, Lucas y Tedesco, Silvia, “O analista está presente: performance e clínica”, en Revista de Psicología, vol. 32, núm. 3, pp. 291-297, sept.-dec., 2020.

 

Notas

[1] Término acuñado por el filósofo camerunés Achille Mbembe que se refiere a las políticas estatales que definen quién vive y quién muere en base a matrices coloniales, siendo la raza el principal componente de esta explotación.
[2] Ailtom, Krenak, Ideias para adiar o fim do mundo, ed. cit.
[3] Visto aquí como un momento histórico asociado a la constitución de las instituciones políticas y económicas a partir de las revoluciones.
[4] Op. cit., p. 11.
[5] Yayo, Herrero, Ausencia de Vínculos e Extravio de conhecimento, ed. cit.
[6] Nombre ficticio.
[7] Para llamar cuerpa, tomo como referencia el texto de Bruna Kury y Walla Capelobo, que discute la categoría de los infecciosos en la pandemia, debido a las maniobras de exclusión. https://www.glacedicoes.com/post/desejo-que-sobrevivamos-pois-ja-sobrevivemos-bruna-kury-e-walla-capelobo en un intento de nombrar a aquellos que están marcados por la raza y el género y las disidencias sexuales, y por lo tanto más infecciosos, menos aptos para la vida destacando la ausencia colonial e histórica de las políticas de cuidado.
[8] Walter, Mignolo, El pensamiento decolonial: desprendimiento y apertura, ed. cit.
[9] Ochy, Curiel, Construindo metodologias feministas a partir do feminismo decolonial, ed. cit.
[10] Fuente: https://noticias.uol.com.br/saude/ultimas-noticias/redacao/2020/03/19/primeira-vitima-do-rj-era-domestica-e-pegou-coronavirus-da-patroa.htm
[11] Fuente: https://g1.globo.com/fantastico/noticia/2021/01/17/enfermeira-de-54-anos-e-a-primeira-pessoa-a-receber-vacina-contra-covid-no-brasil.ghtml
[12] Rita, Segato, Colonialidad y patriarcado moderno: expansión del frente estatal, modernización, y la vida de las mujeres, ed. cit.
[13] Marianne, Barbosa, Rafaela, Contessotto, y Rafael, Guimarães, “Pandemia y algunas notas sobre otros mundos posibles”, ed. cit.
[14] Lucas, Vega y Silvia Tedesco, “O analista está presente: performance e clínica”, ed. cit.

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