El Modelo Biomédico ante la pandemia por Covid-19

Imagen tomada de suramericaanalogica.tumblr.com

 

Resumen

El Modelo Biomédico ha sido objeto de múltiples críticas, sin embargo, en la actualidad se presenta como la única vía para hacer frente a la crisis sanitaria provocada por el virus SARS-CoV-2. En este escrito se muestran algunos de los mecanismos que han incidido en la hegemonía de este Modelo y en la consecuente subordinación de otros saberes médicos. Dominio que se debe no solo a su eficacia, sino también a la relación de poder que se ejerce en su campo y a la lógica e intereses de reproducción del capital a los que responde. Sin embargo, los otros saberes resisten, de tal manera que, junto con la autoatención han coadyuvado para hacer frente a la emergencia sanitaria, particularmente en comunidades donde existe un déficit en los sistemas públicos de salud.

Palabras clave: autoatención, medicina científica, modelo biomédico, pandemia, pluralidad médica, salud.

 

Abstract

The Biomedical Model has been the subject of multiple criticisms; however, it is currently presented as the only way to deal with the health crisis caused by the SARS-CoV-2 virus. This paper shows some of the mechanisms that have affected the hegemony of this Model and the consequent subordination of another medical knowledge. Domain that is due not only to its effectiveness, but also to the power relationship that is exercised in its field and to the logic and interests of reproduction of capital to which it responds. However, the other knowledge resists, in such a way that, together with self-care, they have helped to face the health emergency, particularly in communities where there is a deficit in public health systems.

Keywords: self-care, scientific medicine, biomedical model, pandemic, medical plurality, health.

 

Las pandemias constituyen fenómenos de larga data cuya interpretación y manejo ha ido cambiando a lo largo de la historia de la humanidad. Esto es así porque las maneras de explicar la enfermedad se vinculan con el sistema de creencias y la estructura social dominante,[1] sin olvidar que en estas subyacen relaciones de poder. Asimismo, porque en cada época y sociedad han existido y existen sistemas sociotécnicos específicos para atacar la enfermedad o prevenir la expansión de los contagios.

 

De acuerdo con Mandujano Sánchez “[…] la enfermedad y las prácticas médicas son parte de la cultura y la civilización”,[2] en ese sentido, al igual que como ocurre con la cultura, existirán interpretaciones médicas que se impondrán y se constituirán como hegemónicas; al mismo tiempo que coexistirán otros saberes médicos con una posición subalterna.

 

Bajo el riesgo de simplificar en demasía las concepciones dominantes de las epidemias y pandemias en ciertos momentos de la historia, se señalan algunos ejemplos. Las epidemias ocurridas en el México prehispánico tenían una explicación de carácter religioso, vinculadas con las diferentes formas de organización social, cuyo elemento en común era la base religiosa y militar. “Para los indígenas prehispánicos todos los males, físicos y sociales, eran considerados producto de la voluntad de los dioses, a la actitud de las divinidades hacia el hombre: una maldición, un castigo”,[3] por lo que, mediante tributos se buscaba complacer a los dioses y evitar calamidades. El tratamiento médico ante la enfermedad se realizaba a partir de infusiones con plantas curativas, y este podía variar en cada región. “En el México prehispánico se ha podido identificar un conocimiento médico importante propio de cada cultura, tal es el caso de las medicinas náhuatl y maya, que explicaban las enfermedades dependiendo de las creencias religiosas y resolvían los problemas de salud pública de esa época”.[4]

 

Durante la Edad Media, las interpretaciones alrededor de las epidemias se vincularon con la concepción religiosa dominante, a decir de Galeana “[…] estas plagas contribuyeron a la consolidación del cristianismo”.[5] Sin embargo, es importante señalar que no existía una interpretación unánime acerca de la enfermedad. Por ejemplo, “[…] en el mundo de Bizancio existió una apreciación positiva de la lepra, diferente a la consideración ambivalente del mundo árabe y del mundo occidental”.[6] En cuanto al tratamiento se refiere, convergen distintos tipos de medicina: “[…] metódica (conjuros y ritos), empírica (experiencia) y lógica o racional (teoría hipocrática de los humores). Sus planteamientos se sitúan en los límites del conocimiento científico y religioso mezclando principios de la astrología, la etimología y la magia”.[7]

 

En esa época se construyeron Lazaretos para el control de algunas epidemias. Estos fueron instituciones de reclusión de los “leprosos” a cargo de la iglesia, cuya denominación se debe a que la lepra fue puesta bajo la advocación de San Lázaro.

 

En la época de la Revolución Industrial, en los albores de la sociedad moderna, el crecimiento desordenado de las ciudades, la insalubridad y la falta de alcantarillado se convirtieron en caldo de cultivo de diversas enfermedades y de epidemias, lo que dio lugar a distintos discursos y estrategias o modos de intervención. El tema de la higiene colectiva adquirió importancia como problema público. La medicina intervino, tanto en la salubridad del espacio urbano, como en la atención de la enfermedad y la prescripción de comportamientos preventivos a la población en general. La medicina urbana hizo uso de los conocimientos científicos provenientes de la física y la química para una adecuada circulación del aire y del agua. Para hacer frente a las epidemias se implementaron las cuarentenas, las cuales eran estrictamente supervisadas[8] y con una connotación diferente a la existente durante la Edad Media.

 

Existió, pues, un esquema médico de reacción contra la lepra, fue un esquema de tipo religioso, de purificación de la ciudad, es decir, la exclusión; y existió otro, el que suscitó la peste, que no se servía del internamiento ni del reagrupamiento fuera del centro urbano, sino que, por el contrario, recurría al análisis minucioso de la ciudad, al registro permanente. El modelo religioso fue, por tanto, sustituido por el modelo militar, y la revisión militar, y no la purificación religiosa, fue la que en el fondo sirvió esencialmente de modelo a esta organización político-médica. [9]

 

En esa época era frecuente que se asociara el incremento de los contagios con la falta de higiene, convirtiendo a los pobres en lo chivos expiatorios al acusarlos de ser los culpables las enfermedades.[10]

 

Es necesario señalar que, en este momento de la historia, la medicina tiende a identificarse con las ciencias naturales, paralelamente se comienza a reconocer la presencia de virus y bacterias como parte del entorno ambiental. En la transición del antiguo régimen a la sociedad moderna tiene lugar un cambio de paradigma. Así, “[…] la realidad no se explicaba según criterios míticos o mágicos, sino en función de leyes abstractas descubiertas por la ciencia. La consecuencia lógica era que los seres humanos eran capaces de prever el devenir y, en cierta medida, de controlarlo. El binomio ciencia y técnica permitía controlar la realidad mediante el uso de la razón”.[11]

 

Se debe mencionar que, la dominancia que adquiere el conocimiento científico sobre otras formas de conocimiento, deviene de un proceso de colonización del mismo. El conocimiento científico se presentará como universal, objetivo y el único con validez. De tal suerte que, otros saberes y conocimientos médicos que antes fueron reconocidos socialmente, como los tradicionales, serán excluidos o subestimados. Para Olive,[12] lo anterior supone el desprecio epistemológico de los conocimientos que no son derivados de acuerdo con el proceder de la ciencia moderna.

 

La medicina científica y la dominancia del modelo biomédico

 

Para explicar la hegemonía alcanzada por el modelo biomédico se retoman dos aspectos: primero, la aplicación del método y del conocimiento científico en el campo de la medicina y, segundo, el poder adquirido por la profesión médica en la sociedad moderna.

 

Si bien durante la Edad Media se genera un vínculo entre la profesión médica y el Estado, este se consolida en la sociedad moderna. Con dicha alianza, la profesión médica se convierte en “[…] uno de los vehículos ideológicos más importantes del Estado”.[13] Por su parte, el Estado le garantiza la competencia exclusiva del contenido y tratamiento de la enfermedad. De este modo, la profesión médica:

 

Aplica y desarrolla la concepción del Estado acerca de la salud; pero a su vez influye en el Estado al hacerle asumir sus propios criterios y concepciones de lo normal y lo anormal. Se convierte así en, no únicamente el hacedor de la enfermedad, sino también en el grupo social que dictamina sobre el bien y el mal en nuestra sociedad. Si a todo ello le unimos su interés en lo económico no resulta extraña la calificación que de “empresario moral” hace de ella Freidson. Empresario de la moralidad que significa el monopolio sobre lo que es normal y sobre lo que es desviado, y monopolio de las técnicas para solucionar dicha desviación.[14]

 

En lo que respecta al modelo biomédico, sus antecedentes se encuentran en la medicina hipocrática y su constitución como un saber técnico fundado en el conocimiento de la naturaleza. Los médicos hipocráticos, “[…] influidos por el movimiento intelectual de los filósofos presocráticos, interpretan la realidad ‘patológica’ desde esquemas racionales y lógicos”,[15] distinto a las concepciones míticas de la enfermedad. Otra característica es su perspectiva de “integralidad” en la explicación de la enfermedad.

 

Con el nacimiento del positivismo, en el siglo XIX, tendrá lugar un cambio en el paradigma en la medicina, el cual deberá basarse en principios científicos y generar conocimientos médicos con base en la aplicación del método hipotético-deductivo. En ese orden de ideas, se desarrollarán tecnologías para obtener un diagnóstico correcto de la enfermedad. Piulats resume el cambio de paradigma de la siguiente manera:

 

Con las teorías bacteriológicas de Pasteur y la celular de Virchow —por citar meramente lo más esencial— se echa al desván de los recuerdos a aquella medicina dialéctica, finalista, epistemológicamente subjetiva, que comprendía a la enfermedad como algo profundamente relacionado con el todo, con la sociedad y sus últimos fines, y creía en la relación con la naturaleza, armónica y proporcionada, para la curación de los organismos; para ser a su vez reemplazada por una medicina analítica, de reconstrucción externa y objetiva de la realidad y que servilmente no se pregunta por las últimas causas de la enfermedad ni por el papel que ejerce el todo social en su origen.[16]

 

La llamada medicina científica impondrá un criterio para distinguir la salud de la enfermedad y, a decir de Foucault, se constituirá en un saber y un poder, a través del cual se orientará la práctica médica. La institución hospitalaria pasará de ser una institución de exclusión a una institución terapéutica. “Gracias a la tecnología hospitalaria el individuo y la población se presentan simultáneamente como objetos de saber y de intervención de la medicina”.[17]

 

No solo la eficacia de la medicina científica coadyuvará para que socialmente sea reconocida como válida, también intervendrán elementos de carácter político a través de los cuales se subordinarán otros saberes médicos. Como se mencionó con anterioridad, el papel del Estado será central en la institucionalización social de la medicina, cuya supremacía será reafirmada a través de diversas instituciones nacionales e internacionales.

 

El desarrollo de las ciencias y de los conocimientos médicos propiciará un optimismo respecto al control y combate de las enfermedades. Sin embargo, el caso de las epidemias y pandemias será particular, toda vez que la amenaza estará latente, por la probabilidad de que surjan nuevos virus o se desarrollen otras cepas, y porque no se sabe cuándo podrían aparecer, resultando en una inseguridad endémica.

 

La gestión de la pandemia por COVID-19

 

A diferencia de otras épocas en donde una epidemia o pandemia no llegaba a todo el mundo, ni se expandía con la rapidez con que lo hizo el virus SARS-CoV-2, hoy en día las pandemias forman parte de lo que Beck[18] denomina riesgos globales; esto es así porque, en un mundo globalizado, las interacciones internacionales y los viajes aéreos favorecen el intercambio veloz de enfermedades.

 

Ante la actual pandemia, el modelo biomédico se ha colocado como la única vía de atención de la enfermedad conocida como Covid-19, lo que ha reforzado su hegemonía, tanto de países occidentales como no occidentales. “El saber-poder médico concentrado en las esferas de decisión internacionales, regionales y locales se ha desplegado como nunca antes frente a la irrupción de la pandemia de COVID-19, dictando las políticas sanitarias y el desarrollo de tecnologías, muy lejos de cualquier propuesta democratizadora del conocimiento y la acción”.[19]

 

Desde el enfoque biologicista, que sostiene el modelo biomédico, la pandemia por el virus SARS-CoV-2 es entendida “[…] como la difusión más o menos homogénea de una cadena de transmisión viral que recorre el planeta a través de interacciones humanas exclusivamente corporales y directas”.[20] Consecuentemente, la estrategia general de control se centrará en la disminución de contactos directos, el aislamiento de los casos positivos y el rastreo de las personas con quienes se haya tenido contacto.

 

Un aspecto novedoso ha sido la implementación de dispositivos para el control digital de la pandemia en países como China, Singapur y Corea del Sur, tales como Aplicaciones (Apps) de geolocalización de las personas contagiadas y de sus contactos, así como el uso de sistemas biométricos para acceder a determinados espacios. Sin embargo, el empleo de estos artefactos ha generado la preocupación de que se mantengan de forma posterior a la pandemia como medios de control. Como señala Ramonet “[…] las medidas ‘excepcionales’ que están adoptando los poderes públicos ante la alarma pandémica, podrían permanecer en el futuro, sobre todo las relativas a la cibervigilancia y el biocontrol”.[21]

 

Paradójicamente, mientras algunos países cuentan con la más alta tecnología para hacer frente a la pandemia, en otros países existen amplios sectores de la población que no pueden atender las mínimas recomendaciones de prevención, como el lavado constante de manos al no disponer del recurso hídrico para llevarlas a cabo.

 

Evidentemente, en la interpretación biologicista de la pandemia por Covid-19, se dejan de lado las condiciones sociales, económicas, políticas y culturales que inciden en la propagación del virus y en la muerte de millones de personas. Condiciones que se encuentran en los niveles micro, meso y macro de la realidad, propiciando distintas vulnerabilidades.

 

Pensar la pandemia únicamente en términos de una transmisión viral deja intactas las estructuras existentes, y queda prácticamente anulada la intervención sobre las condiciones socioeconómicas que preexisten a la pandemia. Siguiendo a Basile, en la respuesta a la pandemia actual se “[…] externalizan los riesgos y daños de la salud en el individuo y transfiere responsabilidades a la sociedad (‘estilos de vida’) pero en ningún caso abre replanteos sobre el Estado y sus sistemas de salud, protección y cuidado”.[22]

 

Cabe señalar que el reconocimiento de las causas sociales de las enfermedades no es algo nuevo, encontrándose desde el higienismo de la primera mitad del siglo XIX y su análisis de la influencia del medio físico en la morbilidad.[23] Así como también en el enfoque de las determinantes sociales en la salud, desarrollado en el siglo XX a partir del replanteamiento que se hace de la epidemiología clásica.[24] En esa línea, Berlinguer, citado en Menéndez,[25] establece que los procesos de salud-enfermedad evidencian las contradicciones del sistema económico.

 

La actual pandemia ha dejado clara la relación entre inequidades sociales y riesgos en la salud. Al respecto, Horton enfatiza el componente social de la pandemia indicando que no se trata de una pandemia, sino de una sindemia. “Las sindemias se caracterizan por interacciones biológicas y sociales entre condiciones y estados, interacciones que aumentan la susceptibilidad de una persona a sufrir daños o empeoran sus resultados de salud”.[26]

 

Adicionalmente, el control de la pandemia se ve atravesado por usos políticos y económicos. Toda vez que la salud se ha convertido en un bien de consumo incorporado a la lógica del mercado,[27] de tal manera que, los actores intervinientes en la gestión de la seguridad sanitaria —llámese gobiernos, laboratorios, farmacéuticas, hospitales y aseguradoras— capitalizan el temor y la incertidumbre ante el riesgo de enfermar.

 

Esa misma lógica es la que prevalece en el ritmo de vacunación, el cual se ve influenciado por intereses económicos y políticos, lo que propicia una distribución diferenciada a nivel mundial, y que reproduce las desigualdades sociales. A dos años de que fuera declarada la pandemia, algunos países han logrado cubrir a su población con alguna vacuna, mientras que en el otro extremo están quienes mantienen un bajo porcentaje de inmunización. Lentitud que propicia la aparición de nuevas olas de contagio y la mutación del virus, dificultando la eficacia de las vacunas actuales.

 

Los otros saberes médicos ante la pandemia

 

Frente a la hegemonía de la llamada medicina científica, es necesario reconocer la capacidad agencial de quienes poseen otros saberes médicos, para resignificar, oponerse o resistir a la imposición del modelo biomédico. Sin embargo, también existen procesos inducidos para que se dé la inclusión de estos saberes. Al respecto resulta significativa la aprobación, en 2017, de la Política sobre Etnicidad y Salud, por los Estados miembros de la Organización Panamericana de Salud (OPS), en la que se reconoce la necesidad de adoptar un enfoque intercultural que coadyuve a abordar las inequidades en salud.

 

En el contexto actual, la medicina tradicional ha mantenido una posición poco visible. Sin embargo, en varios grupos étnicos se hará uso de ella de forma preventiva o curativa, ante el déficit de servicios de salud. En otros casos, el modelo médico hegemónico “avalará” su utilización de forma “complementaria”. Dentro del campo de la medicina natural y tradicional, Soborit Rodríguez,[28] refiere el uso de plantas medicinales para prevenir o tratar la enfermedad Covid-19, destacando las investigaciones que se han realizado con la planta Artemisia annua, así como también con la acupuntura en China o la homeopatía en Cuba.

 

En ese mismo orden de ideas, diversas investigaciones han mostrado las prácticas médicas de comunidades indígenas, derivando en algunas propuestas de salud intercultural. La alta efectividad de las alternativas utilizadas para prevenir y aliviar los síntomas de Covid ha evidenciado la riqueza en los saberes médicos tradicionales y, en ciertos casos, se ha planteado la importancia de ahondar en la investigación.

 

Otro aspecto relevante lo constituye la autoatención, es decir, las formas en que los grupos y sujetos enfrentan los padecimientos. En la autoatención podrán confluir distintos saberes médicos, de tal suerte que las prescripciones, de la llamada medicina científica, serán adaptadas o combinadas con medicina tradicional en la búsqueda de mayor efectividad, sea en forma preventiva o durante la convalecencia.

 

En la sociedad moderna, el desarrollo de la ciencia permitió una nueva mirada de la enfermedad, dando lugar a un optimismo respecto al control y combate de ésta. Sin embargo, el riesgo de nuevas enfermedades no se puede evitar.

 

En este trabajo se exploró el manejo de la crisis sanitaria provocada por el virus SARS-CoV-2. El modelo biomédico es presentado como la única vía para la gestión de la pandemia, un modelo que ha sido objeto de múltiples críticas por plantear una explicación reduccionista del proceso salud-enfermedad-atención. Este modelo invisibiliza las condiciones objetivas, como lo son las determinantes socioeconómicas, que conducen a exposiciones diferenciadas ante el virus, culpabilizando a la persona de su salud. Con ese enfoque, se termina por estigmatizar a ciertos sectores de la población, como ocurría con el modelo salubrista, ocultando la responsabilidad que tiene el Estado de garantizar el derecho a la salud.

 

La pandemia ha hecho evidente la necesidad de recuperar y aplicar el conocimiento comunitario a los programas de salud. Ello exige un diálogo activo, distinto al modelo monológico en que se sustenta el modelo biomédico, en el sentido de reconocer otros saberes y prácticas curativas, buscando una solución colaborativa. Pero esto tampoco es suficiente. Se necesita un replanteamiento en la distribución de recursos, al ser una de las principales causas de la inequidad en la salud, no solo al interior de los países, sino también a escala mundial. En una sociedad global no es suficiente que un país cierre sus fronteras, puesto que las economías se encuentran interconectadas, de tal manera que la vulnerabilidad de un país es una amenaza para todos.

 

Bibliografía

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  23. Saborit Rodríguez, Adrián, “Presencia de la medicina natural y tradicional en la batalla contra la Covid-19”, en 16 de Abril, Revista Científico Estudiantil de Ciencia Médicas de Cuba, Vol. 59, Núm. 277, 2020, p. 978.
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Notas

[1] Armando Arredondo, “Análisis y reflexión sobre modelos teóricos del proceso salud-enfermedad”, ed. cit.
[2] Angélica, Mandujano Sánchez, Luis, Camarillo Solache, y Mario A., Mandujano, “Historia de las epidemias en el México antiguo. Algunos aspectos biológicos y sociales”, ed. cit., p. 9.
[3] Ibidem, p. 11.
[4] Alejandro Hernández-Solís, Guillermo Velázquez-Sámano y Raúl, Cicero-Sabido, “Una breve mirada a las enfermedades respiratorias en la época prehispánica en México”, ed. cit., p. 306.
[5] Patricia Galeana, “Las epidemias a lo largo de la historia”, ed. cit., p. 20.
[6] Esteban Augusto, Greif, “La percepción del leproso en el Reino Latino de Jerusalén”, ed. cit., p. 158.
[7] Manuel Amezcua, “El cuidado de la salud en la Edad Media”, ed. cit., p. 7.
[8] Michel Foucault, “Nacimiento de la medicina social”, ed. cit.
[9] Ibidem, p. 375.
[10] Ana María Carrillo Farga, “Pandemias ayer y hoy”, ed. cit.
[11] Antonio Martín Cabello y Jaime Hormigos Ruiz, “La sociedad del riesgo y la necesidad moderna de seguridad”, ed. cit., p. 33.
[12] León, Olive, “Por una auténtica interculturalidad basada en el reconocimiento de la pluralidad epistemológica”, ed. cit.
[13] Josep A. Rodríguez, “El poder médico, desde la sociología”, ed. cit., p. 96.
[14] Ibidem, p. 96.
[15] Octavi, Piulats Riu, “Orígenes del naturismo médico. La medicina hipocrática”, ed. cit., p. 5.
[16] Ibidem, p. 8.
[17] Michel, Foucault, “La incorporación del hospital en la tecnología moderna”, ed. cit., p. 110.
[18] Ulrich, Beck, La sociedad del riesgo global, ed. cit.
[19] Fernando Miguel Garelli, y Gabriela Dumrauf, “Una mirada al campo de la educación en salud: hegemonía, pandemia y alternativas”, ed. cit., p.24.
[20] Gilberto Hernández Zinzún, “El manejo técnico-sanitario de la pandemia de Covid-19 en México: Lecciones aprendidas y por aprender”, ed. cit., p. 147.
[21] Ignacio, Ramonet, “La pandemia y el sistema-mundo”, ed. cit., p. 15.
[22] Gonzalo Basile, La triada de cuarentenas, neohigienismo y securitización en el SARS-CoV-2: matriz genética de la doctrina del panamericanismo sanitario, ed. cit., p. 13.
[23] Luis Urteaga, “Higienismo y ambientalismo en la medicina decimonónica”, ed. cit.
[24] Jaime Breilh, Crítica al modelo ecológico funcionalista de la epidemiología, ed. cit.
[25] Eduardo L. Menéndez, “Las enfermedades ¿son solo padecimientos?: biomedicina, formas de atención “paralelas” y proyectos de poder”, ed. cit.
[26] Richard Horton, “Offline: COVID-19 is not a pandemic”, ed. cit., p. 874.
[27] Rodrigo Castro Orellana, “Capitalismo y medicina. Los usos políticos de la salud”, ed. cit.
[28] Adrián Saborit Rodríguez, “Presencia de la medicina natural y tradicional en la batalla contra la Covid-19”, ed. cit.

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