Ethos deshumanizante: contra la nostalgia del arte en tiempos de pandemia

Krolikowski, “Anthropocentrism collage” (2015)

 

En la ausencia de la voluntad humana,

la vida se da mejor.

Pedro García Olivo

 

Tengo coronavirus, porque aunque parece ser que la enfermedad aún no ha entrado por mi cuerpo, gente amada la tiene; porque el coronavirus está atravesando ciudades por las que he pasado en las últimas semanas; porque el coronavirus ha cambiado con un tronar de dedos como si de un milagro, una catástrofe, una tragedia sin remedio se tratara, absolutamente todo.

María Galindo

 

Resumen

La imposición de esta primer pandemia a lo largo y ancho del planeta, ha suscitado una interrupción en el flujo de un sinnúmero de actividades humanas, excepto en aquellas vinculadas a la productividad. El arte, campo que asume un ejercicio creativo de la sensibilidad humana, se ha trasladado acríticamente a los espacios y plataformas digitales bajo discursos de elogio y nostalgia por la humanidad, desaprovechando la potencia de la interrupción para replantear-se las implicaciones del nuevo escenario mundial. En este contexto, nuestro artículo cuestiona la noción de humanidad que ha orientado la producción artística dominante a partir de la pandemia.

Palabras clave: arte, capitalismo, ethos deshumanizante, humanidad, pandemia, sensibilidad.

 

Abstract

The imposition of this first pandemic throughout the planet has caused an interruption in the flow of countless human activities, except for those linked to productivity. Art, a field that assumes a creative exercise of human sensibility, has uncritically moved to digital spaces and platforms under discourses of praise and nostalgia for humanity, missing the power of the interruption to re—think the implications of the new world scenario. In this context, our article questions the centrality of the notion of humanity that has guided the dominant artistic production, especially since the pandemic.

Keywords: art, capitalism, dehumanizing ethos, humanity, pandemic, sensibility.

 

Ante la imposición de la pandemia sobre la diversidad de formas de vida[1] planetaria, como una actualización de las estrategias de control biopolítico que los estados[2] y sus milicias orquestan junto a las transnacionales, y que ahora se ha intensificado bajo el argumento de defender la vida contra la amenaza inminente del virus SARS-CoV-2, una inmensa variedad de prácticas humanas, entre las cuales se encuentra el arte, se han visto confinadas y orilladas a reducir su campo de acción, dejando abierta la posibilidad sólo para aquellas que resulten productivas a la máquina capitalista y, estratégicamente, trasladadas al espacio virtual.

 

El arte en sus diversas expresiones sufrió por un instante una interrupción súbita en todos sus procesos de producción, creación, formación y promoción de sus productos (se asume que hablar de arte hoy es hablar del campo artístico, atravesado por lógicas institucionales y productivas). Carente de toda imaginación estratégica propia, el arte sucumbió ante el mandato global de trasladar sus actividades y acciones al espacio virtual, bajo una serie de dispositivos tecnológicos que nunca fueron cuestionados sobre su factibilidad para ser adquiridos ni producidos y mucho menos en sus implicaciones para la configuración del sujeto modelo y homogéneo de la llamada nueva normalidad.

 

Lo que el arte (y sus agentes) no ha sido capaz de advertir es la potencia misma de la interrupción acontecida. Ya sea por razones de subsistencia económica o por creencias sobrevaloradas sobre el rol del arte en la sociedad, la erupción de nuevos formatos y la improvisación de propuestas de trabajo creativo en condiciones domésticas fue la respuesta inmediata del campo artístico, principalmente promovida por un sinfín de convocatorias y propuestas institucionales para “apoyar” y promover el trabajo de quienes velan por la sensibilidad y la recreación social, o sea las y los artistas, que dicho sea de paso, no terminó de resolverse su problema económico.

 

El nuevo foro es la pantalla y la nueva aspiración —no hubo opción— ser vistos en las redes, lo mismo para presentar una nueva obra poética, coreografías, obras de teatro, performance, conciertos. Sólo que ahora imperaba, en la inmensa mayoría de producciones, una apología de lo humano puesto en crisis por la pandemia; una nostalgia por la presencia y por los espacios comunes para el encuentro de las y los artistas con sus públicos. Casi, podría decirse, que se vivía —y se vive— una nostalgia por la anterior normalidad.

 

Es decir, que la interrupción creada por el coronavirus fue sólo en apariencia, y su irrupción, más bien, fungió como un catalizador del traslado de la vida al espacio virtual, impulsado por la inercia de una subjetividad imperante en el campo artístico de querer ser y hacer arte, y de no dejar morir aquello sagrado heredado por los ilustres nombres que conforman la historia —patriarcal— del arte; pasando de forma inadvertida el acontecimiento mismo y su potencia para desvirtuar y desvirtualizar el rumbo, y para cuestionar el punto al que nos han traído esa normalidad y esa humanidad ahora anheladas.

 

En su misión por mantener vivo el espíritu humano, el arte no ha tomado en cuenta que la humanidad, tan defendida en este esfuerzo global por superar la pandemia, es también una construcción (narrativa y existencial). Esta corresponde a lo que Alvarado y Nava bien señalan como un proyecto político-social impulsado por las élites empresariales y militares,[3] de la que deriva una serie de dispositivos de control, manifiestos tanto en una versión suave como en formas explícitamente violentas; dicho de otra manera, se suele pasar inadvertida la transformación fundamental que infringe a la (noción de) humanidad el despliegue de dispositivos que van desde la imposición militar del confinamiento domiciliario o del cierre de fronteras, hasta el modo sutil en que la vida se traslada al ciberespacio y que nos deja subsumidos/as a los intereses de las corporaciones que lo diseñan y controlan.

 

Frente a ello, el arte insiste en, como apuntó Javier Toscano en su crítica contra el arte contemporáneo que hiciera antes de la pandemia, pensarse como si fuera un terreno de pureza al que hubiera que defender a toda costa, una región mítica de procesos esenciales[4] (y esencialmente humanos) al margen de la guerra que la máquina capitalista libra contra las formas de vida humanas y no humanas a lo largo y ancho del planeta.

 

No obstante, coincidimos con aquellas y aquellos que consideran que existen otros espacios para experimentar no sólo la creatividad, como apunta Toscano, sino para ensayar espacios para la vida fuera o al margen de las imposiciones y vejaciones bio y necropolíticas[5] de la época. Se trata de otras territorialidades en las que el arte se contrapone a su historia colonial y occidental, desobedece el mandato productivo y espectacular, y se posiciona frente a las estructuras institucionales, para salir al encuentro de otras perspectivas, narrativas y prácticas surgidas de los márgenes y de formas de vida en desventaja de la actual sociedad global.

 

Entonces, el arte pierde el miedo de dejar de llamarse arte[6] y se aleja de su nostalgia por lo humano, para reconocer que su defensa es la defensa del sujeto capitalista antropocéntrico, una amenaza aún mayor que el virus que dio origen a la pandemia. Estos procesos y experimentaciones creativas, que se mantienen cercanos a lo que podríamos reconocer como expresiones artísticas, cambian su rumbo hacia la búsqueda de formas, usos y prácticas que reconfiguren la sensibilidad individualista de este sujeto moderno.

 

En estas esferas, cada vez más, se resta relevancia al resultado en tanto producto artístico que sirve, sobre todo, para engrandecer prestigios, y se asume una especie de anonimato que da rostro a un sujeto ahora colectivo, que transmuta a ser cuerpo común con otras existencias provenientes de todo orden: animal, vegetal, mineral, ancestral, etc.

 

No estamos diciendo que existe un nuevo giro en el arte que avanza en ese sentido, pues no apostamos ni a lo nuevo ni a avanzar, valores por excelencia de la humanidad neoliberal. Al contrario, se esboza el trayecto de prácticas que integran un ethos deshumanizante como rumbo posible para la experimentación de las potencias creativas de los seres humanos, que reduzcan, irónicamente, su humanidad, en aras de la sobrevivencia colectiva. En todo caso, tal como lo hace María Galindo en sus provocaciones a la desobediencia frente al coronavirus,[7] se instiga a desobedecer el mandato universal de la bondad humana y su correspondiente defensa de la humanidad, para enfrentar que es precisamente esta necedad antropocéntrica la que tiene en crisis a un sinnúmero de existencias en el planeta: ecosistemas y pueblos enteros que resisten a la embestida capitalista, muchas veces sin otro destino que el confinamiento o el exterminio.

 

Este ethos deshumanizante deviene en lo que, para Suely Rolnik, debe ser el arte: una práctica de experimentación de la producción de sentidos en el mundo;[8] un ensayo constante de producción de mundos de temporalidad y espacialidad indefinidas: esferas, territorios, refugios, derivas, rutas de fuga, etc. De modo que se van trastocando las diferentes prácticas que hasta ahora conformaban la cotidianidad, todas con un trasfondo político y económico —a veces invisible pero concreto y determinante—, que influye en las diferentes formas de relación de lo humano con los demás seres e incluso, en las formas orgánicas que sostienen la vida humana, como la alimentación, el sueño o la respiración.

 

Por ello, las apuestas en este sentido se dirigen muchas veces hacia una reapropiación del cuerpo y sus formas de habitar el tiempo y el espacio, en estrechos vínculos con una recuperación del territorio y la defensa de aquellas existencias que nos sostienen. En este desciframiento de signos que reterritorializa las prácticas estéticas para acercarlas a la vida colectiva, el ethos deshumanizante recompone nociones hasta ahora cotidianas: nos encontramos con Lorenza Aillapan,[9] para quien la danza se aleja de ser espectáculo y constituye una expresión que se manifiesta en el cuerpo humano, pero que tiene conexiones con los vínculos y relaciones entre los diferentes planos que conforman y reivindican el territorio mapuche; a Neyen Kintulen, para quien el arte consiste en una reapropiación de formas ancestrales de tejer y entretejer la vida entre las diferentes existencias;[10] a Rafael Guimarães, quien recupera e integra formas de alimentación tradicional del Brasil, como la moqueca, para plantear-se incluso otras cartografías de la existencia frente a la pandemia.[11]

 

La lista sigue pero no es larga. La inmensa mayoría de artistas se mantienen en la inercia de la nostalgia por la humanidad. Como ejemplo y evidencia de ello encontramos los diferentes ensayos y poemas recopilados (y premiados) en la publicación Miradas artísticas sobre la pandemia, una compilación del Programa Universitario de Estudios sobre Democracia, Justicia y Sociedad de la UNAM:

 

Se oye entre murmullos,

“saldremos del vado”

Se respira el viento del mañana,

Volverán aquellos días

De furor y dicha.

Encuentro y retorno. Bladimir Tapia Neri[12]

 

Si bien a lo largo de los textos se resalta la importancia del intercambio afectivo y de alimentar los mecanismos comunitarios,[13] y se advierten el control y la vigilancia a través de los dispositivos tecnológicos,[14] el discurso no contempla una crítica a lo humano como factor participante en la crisis a la que se quiere hacer frente desde las miradas artísticas. Más bien se comprende a la pandemia como un nuevo enemigo que unifica la lucha de lo humano contra la muerte, asumiendo, a la vez, de cierto modo, una afrenta entre la humanidad tecnocrática y global-capitalista contra “la naturaleza”.

 

Deshumanizar el arte implicaría desarraigar su esencialismo antropocéntrico-capitalista para dar cabida a otros cursos, en los que lo central es la subsistencia, resistencia y la desobediencia colectivas. Deshumanizarnos para reconocer que vivimos vinculadas por frágiles hilos a un entramado de interrelaciones y existencias que abarcan desde los órdenes microscópicos hasta los cuerpos cósmicos y mundos ancestrales. Para ello hará falta atreverse a mirar con otros ojos, para desconocer lo cotidiano, para desconfiar de los deseos propios, incluso, para reconciliarnos con la finitud de la vida y abrazar la muerte. Esto, claro está, propuesto como ruta de una búsqueda hacia posturas críticas y honestas frente a las nuevas estrategias de control (estatal, biopolítico, social, militar, etc.) que nos embisten, de las cuales la pandemia no es la primera ni será la última.

 

Bibliografía

  1. Agamben, Giorgio, “Forma de Vida”, en Revista Estudos Hum(e)anos, 8, núm. 1, septiembre de 2020. http://revista.estudoshumeanos.com/forma-de-vida-por-giorgio-agamben/ . Consultado el 1 de mayo de 2022.
  2. Alvarado, Víctor y Mayra Nava, “El centinela: entre la tendencia tecno-totalitarista y la urgencia de agenciarse la vida”, en Reflexiones Marginales, núm. 64, 28 de julio de 2021. https://reflexionesmarginales.com/blog/2021/07/28/el-centinela-entre-la-tendencia-tecno-totalitarista-y-la-urgencia-de-agenciarse-la-vida/ Consultado el 1 de mayo de 2022.
  3. Foucault, Michel, Historia de la sexualidad 1. La voluntad de saber. ed. Siglo XXI, México, 1977 (2007).
  4. Galindo, María, “Desobediencia: por tu culpa voy a sobrevivir”, en La vorágine. Cultura crítica, 26 de marzo del 2020. https://lavoragine.net/desobediencia-por-tu-culpa-voy-a- sobrevivir/ Consultado el 1 de mayo de 2022.
  5. Garcés, Marina, “Un mundo entre nosotros”, en Espai en blanc, 3 de marzo de 2009. http://espaienblanc.net/?page_id=759 Consultado el 29 de abril de 2022.
  6. Gutiérrez Aguilar, Raquel, Horizontes comunitario-populares. Producción de lo común más allá de las políticas estado-céntricas. Traficantes de Sueños, Madrid, 2017.
  7. Martínez, Omar, “Territorios danzantes. Una mirada ancestral de la danza y otros vínculos sensibles con el entorno”, en Revista Espaço Acadêmico, vol. 21, núm. 231, nov/dic 2021. https://periodicos.uem.br/ojs/index.php/EspacoAcademico/article/view/60767 Consultado el 2 de mayo de 2022.
  8. Mbembe, Achille. Necropolítica, Santa Cruz de Tenerife, Melusina, 2011.
  9. Moreno Rayman, María Loreto. Pegeluwam Mapuche Zomo ñi Az. Corpo-visibilidad y presencias estético-simbólicas en la mujer mapuche, Editorial Mallolafken, Temuco, 2021.
  10. Programa Universitario de Estudios sobre Democracia, Justicia y Sociedad—UNAM, Miradas artísticas sobre la pandemia, Fondo de Cultura Económica, México, 2021.
  11. Rolnik, Suely, ¿El arte cura?, Quaderns portatils, Barcelona, 2006.
  12. Siqueria de Guimarães, Rafael, “Pandemia e guerrilhas estéticas: (des) educaçao e processos de subjetivação”, en Revista Espaço Acadêmico, vol. 20, edición especial, febrero de 2021. https://periodicos.uem.br/ojs/index.php/EspacoAcademico/article/view/57137 Consultado el 2 de mayo de 2022.
  13. Toscano, Javier, Contra el arte contemporáneo, Tumbona Ediciones, México, 2014.

 

Notas

[1] Por “forma—de—vida”, Giorgio Agamben entiende una “vida política”; una vida que no puede separarse nunca de su forma, una vida que no es posible aislar como nuda vida, noción que se extiende más allá de lo exclusivamente humano. Véase Giorgio Agamben, “Forma de vida”, Op. cit., pp. 1-2.
[2] A lo largo del texto, la palabra estado aparecerá con “e” minúscula como un posicionamiento desde la escritura, en acuerdo con Raquel Rodríguez, quien lo hace “[…] como un guiño que convoca a la desfetichización de aquello a lo que se suele aludir con el vocablo ‘Estado’ con mayúscula.” Véase Raquel Gutiérrez, Horizontes comunitario—populares. Producción de lo común más allá de las políticas estado—céntricas, Op. cit., p. 20.
[3] Víctor Alvarado, Mayra Nava, “El centinela: entre la tendencia tecno—totalitarista y la urgencia de agenciarse la vida”, Op. cit.
[4] Javier, Toscano, Contra el arte contemporáneo, Op. cit.
[5] Biopolítica y necropolítica son dos términos que refieren a las diferentes estrategias de control social y político sobre los cuerpos y las vidas de las personas. El primero proviene de los planteamientos del filósofo francés Michael Foucault sobre el biopoder, con que los estados modernos subyugan y explotan a la población; años más tarde, el filósofo y teórico camerunés Achille Mbembe se refirió a la necropolítica para aludir a la forma en que las prácticas de control social y político exponen a procesos de muerte a segmentos diferenciados de la población. Al respecto véase Michel Foucault, Historia de la sexualidad 1. La voluntad de saber, Op. cit., y Achile Mbembe, Necropolítica, Op. cit.
[6] En sus elaboraciones sobre cómo concebir y habitar un mundo común, Marina Garcés ya había advertido que era necesario asumir el riesgo de que, en aras de una reconfiguración del modo de habitar individualista dominante en el actual capitalismo, una práctica como el arte, a la que se asocia con la imaginación y concreción de otros porvenires, incorpore prácticas y perspectivas que hasta ahora no le son propias, aún si con eso dejase de llamarse arte. Véase Marina Garcés, “Un mundo entre nosotros”, Op. cit.
[7] María Galindo “Desobediencia: por tu culpa voy a sobrevivir”, Op. cit.
[8] Suely Rolnik, ¿El arte cura?, Op. cit.
[9] Para una mayor aproximación a la labor de la danzante y activista mapuche Lorenza Aillapan, véase Omar Martínez, “Territorios danzantes. Una mirada ancestral de la danza y otros vínculos sensibles con el entorno”, Op. cit.
[10] En el apartado “Reflexiones sobre el Retxan y las prendas tejidas y su interrelación con el kimun” de su reciente publicación, la tejedora tradicional e investigadora mapuche, Neyen Kintulen, abunda en la forma en que la forma de vida mapuche se halla inscrita en sus formas de tejido y elaboración de prendas. Véase María Loreto Moreno, Pegeluwam Mapuche Zomo ñi Az. Corpo-Visibilidad y Presencias Estético-Simbólicas en la Mujer Mapuche, Op. cit.
[11] Rafael Siqueria de Guimarães, artista y activista brasileño, a partir de una reapropiación del plato tradicional de la moqueca elabora una apuesta descolonizante que parte de la alimentación y el modo en que esta es concebida, pero que se desborda a las otras esferas de la existencia. En sus recientes elaboraciones sobre la pandemia y las guerrillas estéticas, plantea incluso una “cartomoqueca” como modo de enfrentamiento político a la actual pandemia. Para mayor referencia, véase Rafael Siqueria de Guimarães, “Pandemia e guerrilhas estéticas: (des) educaçao e processos de subjetivação”, Op. cit.
[12] Programa Universitario de Estudios sobre Democracia, Justicia y Sociedad-UNAM. Miradas artísticas sobre la pandemia, Op. cit., p. 173.
[13] Ibidem, p. 175.
[14] Ibidem, p. 168.

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