El mal

 Octubre de 2011

Gógol

Gógol

Estoy leyendo varias cosas al mismo tiempo, entre ellas: Una vuelta de tuerca (no una sino otra…) de Henry James que me sorprende porque yo llevaba años imaginando que ese libro que tanto recomendaba Jorge era otra cosa, me extraña cada palabra, cada personaje, la forma de contar los sucesos, los hombres y las mujeres del siglo XIX con su dicción tan particular que muestra una forma de aprehender el mundo tan distinta a la actual pero con los mismos elementos intrínsecos y, tal vez, esa es la virtud y la fascinación, que nos lleva a saber lo que somos. Las excesivas reglas de cortesía, de reserva, el protocolo, las clases sociales tan marcadas, me recuerdan a Gógol con el personaje de las Almas muertas que circulaba por el campo y las ciudades sin poder decir lo que realmente pensaba, porque cavilaba todo el tiempo aquello que no podía decir y pasaba directamente a la pluma, como la señorita institutriz de Jones en la otra vuelta de tuerca, que se sorprendía de sí misma y atrapaba en la letra su realidad interior. Ella escribe en primera persona ¿para quién? Su escritura da consistencia a las vivencias que sobrepasan a la realidad ostensible para otros, eso tiene que salir de sí y la palabra escrita es su único recurso como el del naufrago que mete su mensaje en una botella y la arroja al mar donde espera que algún día en algún tiempo otro lo lea, otro sepa del que estuvo detrás de la pluma y pueda contarlo, pueda hacerlo existir.

Lo primero que leí esta mañana fue un artículo de Annie Le Brun que me dejó sorprendida, es más bien una entrevista realizada por Philippe Ollé- Laprune a raíz de su visita a México, en junio del 2011. “Letras Libres” publica esta entrevista que contiene puntos esenciales de su pensamiento alrededor del tema del mal, lo traduce Fabienne Bradu.

Annie Le Brun

Annie Le Brun

Yo siempre he pensado que “el mal” está encerrado en “el bien”, “es por tu bien”, la frase lapidaria de la educación, lo ilustra perfectamente ya que acarrea historias de desolación y renuncia, doblegando al propio deseo. Me estremece pensar en esa frase que sale de la voz del amo, del padre, del poseedor de “la verdad”, del moralista, del bueno.

Annie Le Brun nos habla del secreto y su poder; la vida privada, lo individual, lo propio que se opone al conformismo global de lo uniforme, de la tecnología, del “robo de las ideas” que corre en pos de un mercado centrado en un acuerdo general de lo deseable; en sus palabras se encuentran frases extraordinarias.

Nuestras sociedades se caracterizan por el hecho de que la mayoría sigue sin reparar en la mercantilización de los contrarios. (Ejemplo: Por un lado la satanización de la pedofilia y por otro la contratación de maniquís cada vez más jóvenes). Todo tiene un precio, cuando el precio de nuestra supervivencia depende únicamente de la apuesta a lo que no tiene precio (“Letras Libres”, octubre 2011, p. 63)

El sometimiento a la técnica intenta abolir los mitos (para evocarlos y contenerlos) y ritos que el hombre ha inventado para explicarse lo inexplicable que lo habita. Los mitos representan las fuerzas oscuras (¿el mal?) que está dentro y fuera de nosotros por lo tanto evocarlos es contenerlos. Y abolirlos es quedar en el vacío.

El hombre prácticamente moderno ignora lo inhumano de nuestra condición “lo negativo” intenta convencer a la sociedad de que no hay inconsciente, de que basta con someterse a la técnica. La noción cristiana del mal genera una ideología donde la violencia y el crimen pueden aparecer sobre pedido dice Le Brun ya que se sirven del mal para fabricar buenos y malos; y decide qué crímenes son condenables y cuales recomendables.

Sade proclama que un crimen es un crimen, el fin no justifica los medios y dice con Bradu que los asesinos están en el palacio de justicia (bástenos con recordar la inquisición). Ollé Laprune le hace una pregunta maravillosa a Le Brun:

-“¿El mal no sería acaso la ausencia de sueño, más allá de los juicios morales y de los cambiantes criterios de justicia?

-Sí, si el mal existe estaría en la ausencia de sueño.

-“Este mundo duerme pero no sueña” dice Radovan Ivsié (compañero de Le Brun) entonces, más vale apostarle a lo improbable. Los neurolépticos impiden el sueño, hacen que la gente duerma, sin sueños.

1.2

Sade descubre que la ferocidad del deseo está ligado a la criminalidad y esta manera de pensar es terriblemente escandalosa para una sociedad que no quiere saber nada del horror que encierra su condición humana. Por lo tanto encierra a Sade que paradójicamente declara que es libre.

Quiero citar, a manera de reflexión, el final de Juliette:
“Repudia las pasiones sin darse cuenta de que la razón se enciende con su llama”. Para Sade no hay ideas sin cuerpo ni cuerpo sin ideas.

En 1964 Herbert Marcuse escribe El hombre unidimensional, donde preconiza que el hombre como causa de la sociedad industrial y de la técnica se convertiría en un ser exclusivamente funcional. Me aterra la palabra funcional utilizada como sinónimo de salud en el Hospital Psiquiátrico y en el lenguaje psicológico habitual. A la que se agrega un concepto de uniformidad, salud para todos, bondad, igualdad, apertura…

Por el contrario, la privacidad, el secreto (de acuerdo con Sade) tiene una dimensión erótica capaz hasta el absoluto de amplificar la imperiosa necesidad del deseo. El deseo es exclusivo de cada quien y esto reclama la necesidad imperiosa de respetar la diferencia de cada uno. A través del deseo se intenta alcanzar una soberanía absoluta (libre de la mirada y el juicio de Otro).

La total privacidad es lo que uno persigue en el sueño y en el amor donde uno se constituye como dueño absoluto de ese momento sin freno, sin barreras. El secreto preserva la condición erótica propia de cada quien y establece sus fronteras.

El poeta se aparta de los otros en ese momento espiritual que lo inspira y surge como alguien extraño difícil de leer porque en su retraimiento nos habla de que el amor es a un tiempo puro y concupiscente. Se aparta de la colectividad y lanza sus palabras a los otros como un enigma, como un texto sagrado donde el secreto se mantiene y causa efectos distintos.

Nosotros somos un mezcla del bien y el mal y el tratar de separarlo nos lleva a ponerlo fuera desconociéndonos. Es así, defendiéndonos de nosotros mismos que construimos un perseguidor que nos acusa Y lo combatimos para librarnos de la culpa como hacían en la guerra santa los cristianos.

El separar lo contrario nos sumerge en la irrealidad, en la paranoia, en la locura. Pues como dice André Bretón (en los años 30) en un texto que se llama “Claramente”: “La vida tal como la entiendo ni siquiera llega a ser el conjunto de los actos atribuibles a un individuo… si no la manera como él parece haber aceptado la inaceptable condición humana”.

Algunos, dice Le Brun logran desafiar lo inaceptable (con palabras, contornos, sonidos) dando forma a lo que los habita. Y en esta dimensión ubico al arte. Pero la nueva cultura nos está despojando del tesoro de la tradición al oficializarla queriendo adecuarla a la moda que busca una identidad uniformizada.

La manera de reconquistar estos tesoros radica en las formas de oposición y para esto basta con tomar un libro, abrirlo y leerlo; efectuar dentro de la turbulencia del mundo la propia lectura.

***

Safransky

Safransky

Sólo agregare dos ideas que me vienen a la cabeza: el 4 de diciembre de 2011,

Rüdiger Safranski (filósofo alemán contemporáneo), afirma que el mal es tan complejo y tan profundo que tiene que ser abordado a partir de una reflexión moral y filosófica que tendría que hacerse a partir de la literatura porque ésta, siendo menos reglamentada que otra disciplinas, puede adentrarse de manera más libre por los abismos del ser humano considerando que la filosofía, tal vez sea demasiado racional como para abordar totalmente el mal.

Kant afirma que el ser humano no hace el mal por el mal, ¡esto sería inconcebible! (los signos de admiración son míos). Hay que entender bien, (enfatiza) que en el ser humano existe la posibilidad de hacer el mal.

El mal es una opción normal del ser humano dice Safranski no es una enfermedad, el problema es que no sabemos cómo enfrentar el abismo del mal en el hombre. No tendríamos libertad si no tuviéramos esa opción, el mal ejerce una fascinación, sólo es cuestión de marcarla un poco más profundo de lo que hacen los psicólogos.

Y como muestra a esta última observación de Safranski en el mismo periódico (“Milenio” del domingo 4 de diciembre de 2011) aparece un texto insulso donde la medicina privada unida a los sexólogos (Ibid p.18) propone usar fármacos para controlar los impulsos sexuales de los violadores.

Leer a Baudelaire recomienda Safranski, en la literatura encontraremos un poco más allá de la satanización de los malos y la beatificación de los buenos.

Con la literatura podremos ir un poco más allá de los psicólogos y de Calderón nuestro ex-presidente cuando se declaró aliado de Dios para ir como en las Cruzadas tras los herejes, y declaró la guerra a los narcos acusándolos de ser los detractores de su bondad.

Baudelaire

Baudelaire

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