La dominación moral y los quebrantos de la democracia actual en Una Sociedad de señores: Dominación moral y democracia

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La dominación moral y los quebrantos de la democracia actual en Una Sociedad de señores: Dominación moral y democracia

Mario Campaña, Una sociedad de señores: Dominación moral y democracia, Ed., Jus, México, 2017

 

Polinices — Un hecho es lo más duro:
el desterrado no tiene libertad de palabra.
Yocasta — Eso que dices es propio de un esclavo:
no decir lo que piensa.
Fenicias 390-395, Eurípides

 

De entre la vasta obra de Platón, uno de los pasajes que más sorprendente resulta es aquel de su República en el cual señala la necesidad —en términos políticos— de que los gobernantes enhebren mentiras útiles, engaños o ficciones que faciliten la cohesión social. Mentiras que ponen al alcance del entendimiento de los legos “justificaciones” verosímiles acerca de por qué el orden en la polis se estableció de esa manera y no de otra. Karl Popper criticó con acidez el postulado platónico, pues consideró inaceptable la necesidad de una sociedad cerrada a través de fronteras que delimitan a los hombres y mujeres que alberga según clases perfectamente definidas y comparadas, de acuerdo a su valor, con metales: oro, plata y bronce; gobernantes, guardianes del orden y clase trabajadora, respectivamente. Popper no menciona en su crítica la situación de los esclavos en el balance social propuesto por Platón. Sabemos, sin embargo, que en la antigüedad la esclavitud no fue un problema susceptible de reflexión, de tal suerte que la democracia ática estuvo desde su nacimiento, a pesar de conceptos claves como isonomía (igualdad civil entre los ciudadanos) e isegoría (igualdad en los recursos y posibilidades para la libre expresión pública), reservada para los ciudadanos griegos. Por ello la fidelidad de las mujeres fue tan apreciada durante el periodo clásico de Grecia, debido a la necesidad que tuvieron los helenos de asegurar el buen genos y la pertenencia, con plenos derechos, a la ciudad y la ciudadanía, tal como nos lo permite saber Jacqueline De Romilly en su obra Los fundamentos de la democracia.

Ahora bien, con frecuencia aparecen en el discurso cinematográfico obras centradas en la esclavitud, desde la gente de color en cintas como El color púrpura de Steven Spielberg o la más reciente, 12 años de esclavitud dirigida por Steve McQueen, hasta las que dan un salto temporal más arriesgado y cimentan discursos visuales (no siempre afortunados) en la antigüedad grecorromana.

Tal parece que la esclavitud es, a nuestros ojos, uno de los peores estados en los que se puede pervivir. La indiferenciación, el servilismo, las manos puestas al servicio de otros, el cuerpo, los deseos, la mente o las palabras. Personas que son confundidas con esclavos cuando en realidad, tras un proceso de manumisión, eran libertos. Mujeres que se resisten a separarse de sus hijos o hijos mulatos que no comprenden su origen denostado. En suma, lo que priva en dichas narrativas que conjugan fuentes históricas, testimonios biográficos y ficción, es la resistencia a aceptar como natural tal asimetría. Y es desde dicha asimetría de donde parte la obra de Mario Campaña, Una sociedad de señores: Dominación moral y democracia, obra en la que se nos ofrece un sugerente recorrido a través de las ideas que han servido de apoyo para el establecimiento de clases dominantes.

La tesis de Campaña es simple: en Occidente se ha luchado por difuminar los límites que separan a los hombres en clases altas y bajas. Límites que se han trazado de acuerdo a cualidades que van desde la excelencia o areté griega, la virtud cristiana, la superioridad monárquica, la educación y el refinamiento burgués, el poder adquisitivo favorecido por el capitalismo, la alta y baja cultura o la cultura letrada frente a la popular. Pero a pesar de las recurrentes luchas que desde distintos frentes han evidenciado las inconsistencias de tales argumentos, y aunque en términos discursivos se acepte la igualdad de todos los hombres sin cortapisas ni restricciones, los valores señoriales, según el postulado de Campaña, persisten en las sociedades occidentales.

Es a partir de ese cariz diferenciador que se perfiló en la antigüedad y se trasmitió, después, al mundo cristiano, desde donde parte la recapitulación sugerida por Mario Campaña. Recapitulación justificada por la sospecha de que la diferencia entre el señor y los siervos, el monarca y los súbditos, aún opera en los tejidos superficiales y profundos de nuestras sociedades.    

Desde la muy lejana Ilión, trazada por Homero en la Ilíada, rastrea la ontología de esa asimetría que fundamentó las diferencias entre seres humanos que en apariencia eran semejantes pero que social, económica y moralmente no lo eran. Además de la exhaustiva recopilación de datos que incluyen fuentes clásicas en cuanto a los estudios históricos se refiere como Tucídides, Heródoto o Cicerón y en términos contemporáneos, Adkins o Arditi; también ofrece ejemplos de cómo se integraron rasgos propios de las monarquías europeas en la burguesía que floreció bajo la repulsa hacia los antiguos señores, pero emulando ciertas prácticas, defendiendo ciertos privilegios fundados en rasgos que se han ido heredando históricamente y que desembocan en nuestras actuales sociedades “democráticas”.

Todo esto bajo la persistencia de una lógica dicotómica que define lo alto y lo bajo, lo superior y lo inferior, lo virtuoso y lo despreciable moralmente. Basta volver a Concierto barroco o a El reino de este mundo de Alejo Carpentier o releer Noticias del imperio de Fernando del Paso, para apreciar cómo se luchó por enlazar los topónimos de las tierras americanas con títulos nobiliarios. Novelas que retratan el conflictivo uso de pecheras, polvos y afeites en medio de un trópico que caricaturiza con su potente sol esas cabezas en donde las pelucas resbalan sin decoro.  

Por otra parte, la propuesta de Mario Campaña no es divergente de la de un pensador como Michel Foucault, como quizá podría sospecharse a primera vista, pues la tesis axial de la que parte Campaña en Una sociedad de señores no es el predominio de un “poder” centralizado que ordena jerárquicamente, en una escala vertical desplegada desde un centro situado a la cabeza hacia las zonas bajas. Se trata de valores que segregan de acuerdo a cualidades que van desde el origen, la extracción social a la cual se pertenece, la virtud moral, la educación, el trato refinado o el color de piel, es decir, diferencias que se consolidan en la horizontalidad de las relaciones sociales cotidianas. Un rasgo en el que se observa la cercanía entre el análisis de Campaña y la obra de Foucault, es que ambos resaltan la auténtica necesidad de las sociedades occidentales por delimitar, contener y separar a lo otro, lo que no corresponde con cierto imaginario, con la clase de hombre que la sociedad ensalza. Campaña lo hace de manera análoga a como lo logró Michel Foucault en su célebre Historia de la locura en la época clásica. En esa obra Foucault identifica y señala la presencia de valores y pecados que articularon la construcción, manejo y segregación de los sujetos. Se trata de la lujuria, de la pereza, taras que se encabalgaron y predominaron de acuerdo a las necesidades sociales en boga; pecados que se situaron como los más ominosos en un momento dado y luego cedieron su lugar a otros que, a su vez, fueron sustituidos por otros.      

Por lo demás, la obra de Campaña no se limita a la fundamentación de sus tesis con documentos de traza filosófica, histórica o sociológica, es cierto, entre sus páginas se cita en reiteradas ocasiones a Aristóteles, Platón, Diógenes Laercio, Cicerón, Tomás de Aquino, Adam Smith, Norbert Elias o Enrique Dussel, pero también nos muestra cómo los valores que dibujaron al señor occidental permearon obras de arte: literatura y pintura.

Campaña cita la producción literaria de Stendhal entre las obras que puntualizan la presencia de valores de segregación social. Julien Sorel es interpretado como ese hombre de extracción humilde, siempre resentido, que busca a toda costa escalar peldaños en el tejido social. No debe perderse de vista el hecho de que Sorel logra situarse cerca de Madame de Rênal, en Rojo y negro, gracias a una prodigiosa memoria que le permite recitar pasajes enteros de las Sagradas escrituras. Pues, «…encargada de dirigir la vida espiritual de Europa durante siglos desde las entrañas del poder temporal, la Iglesia modeló la civilización occidental con la ideología nobiliaria, sobre la base de la división social y, sobre todo, moral entre superiores e inferiores».[2]

Un breve repaso por la composición de la obra y las materias que en cada capítulo se abordan, ofrecerá una idea más aproximada de su coherencia interna y de sus tesis primordiales:

Tras el planteamiento inicial delineado en la Introducción, señalado como el primer apartado de la obra, en el cual el autor nos ofrece un pormenorizado detalle de sus intuiciones intelectuales con respecto al tema que ya hemos bosquejado en las líneas precedentes; continúa su recorrido hacia las ideas de excelencia y superioridad que vertebraron la competencia agonística entre los hombres de la Grecia Antigua. Campaña no pasa por alto conceptos claves como areté o excelencia, ni tampoco la pujante hambre de respeto y honor entre los héroes griegos. La persistencia de valores aristocráticos en la democracia ática es destacada por nuestro autor de la mano de Werner Jaeger quien nos recuerda que «el pensamiento ético de los grandes filósofos atenienses permanece fiel a su origen aristocrático al reconocer que la areté sólo puede hallar su verdadera perfección en almas selectas».[3]

Aunque no se detiene en la transmisión de estos presupuestos de Grecia a Roma, Campaña si nos permite conocer la implantación de elementos de diferenciación en la sociedad romana: nobles, patricios, pueblo llano; con sus actividades cotidianas propias de acuerdo a la clase social en la que se ubican y también con sus espacios de entretenimiento y recreación separados. Posteriormente, Campaña se esforzará en demostrar a detalle la forma en la que se trasmitieron y divulgaron las diferencias y el intercambio ideológico no especialmente entre griegos y romanos, sino entre las instituciones seculares y las religiosas.

El capítulo tercero del libro, uno de los más extensos y ricos en referencias, versa sobre la transmisión y el sincretismo de valores señoriales en la Iglesia. El cristianismo, según la documentación utilizada por nuestro autor, desde su misma aparición estuvo marcado por una dinámica de ágil asimilación de los valores de la nobleza: «Los historiadores —detalla Campaña—, han demostrado que a finales del siglo IV los obispos de origen humilde eran una excepción: la gran mayoría procedían, o bien de la aristocracia “terriera” municipal o provincial, cuyos consejos o curiales detentaban, o bien de los senadores. En ocasiones, la distinguida condición social o la elevada instrucción de un candidato eran ya suficientes —por encima de sacramentos como el bautismo o de toda práctica eclesiástica— para la designación de un obispo, en un trasvase directo desde posiciones de poder en el ámbito secular hacia otras igualmente de mando en la jerarquía cristiana».[4]

El cuarto capítulo abunda en referencias que dan cuenta de dos fenómenos de capital importancia, a saber, la compleja trabazón entre la religión y la monarquía, la validación de las estirpes reales por parte de la Iglesia, y, por otra parte, la asimilación de la burguesía de protocolos, formas y cualidades de distinción propias de la monarquía e integradas entre los señores burgueses. Sobre este rasgo particular se cita hacia el final de este capítulo a Dostoievski: «La aristocracia mantuvo su influencia en la nueva época. Dostoievski, que lo vio tempranamente, allá en su Rusia natal, escribió en El jugador: ‘La revolución fue heredera de la aristocracia. Hoy día, el francés más vulgar tiene maneras, expresiones y hasta ideas del mayor refinamiento, sin que haya contribuido a ello ni con su iniciativa, ni con su espíritu ni con su corazón; todo ello lo tiene por herencia’».[5]

Los dos últimos capítulos, VI y VII, pretenden ser una reflexión general sobre este mismo tema, pero expresada en términos de políticas mercantiles y transformaciones económicas: campo propicio para acentuar esas añejas diferencias. Si bien Campaña tiene en cuenta que la flexibilidad y el intercambio entre las clases sociales no es estrictamente rígido, sí llama nuestra atención sobre aspectos que denotan la persistencia de privilegios. Los blancos frente a los esclavos en la sociedad americana son un ejemplo de ello. Citas concretas de la normativa norteamericana en relación con la población de color y con la clase trabajadora, denuncian la persistencia de jerarquías y divisiones. Por ejemplo, John Adamas defendió a ultranza la desigualdad entre los hombres como una ley inscrita en la naturaleza: «Según él, la igualdad entre los hombres sólo podía tener sentido en el terreno de los derechos, pero la existencia de las desigualdades naturales hacía legítima e inevitable la existencia de una aristocracia».[6]          

En Norteamérica los Founding Fathers se mostraron renuentes a reconocer y facilitar la igualdad entre los ciudadanos. La defensa de una esclavitud legítima fue prolongada y fundamentó, también, el que se depositara sobre hombres blancos las tareas ejecutivas, legislativas y judiciales. Después, cuando la defensa de la esclavitud no soportó más lo embates del creciente descontento, la sociedad norteamericana sitúo en otro punto focal las distinciones: del color de la piel y el origen racial se pasó al tipo de trabajo que se ejecuta como medio de supervivencia de tal suerte que: «la división de rangos y clases en la sociedad americana ha estado crecientemente basada en el tipo de trabajo más que en la gradación del mérito de los individuos».[7] Ello sin olvidar que las adherencias del origen nunca se erradican por completo, el acento, el tipo de fisonomía, todo aquello que cargue con el lastre de la migración, sigue siendo una marca detestable.

Antes de ofrecer una lista detallada de las virtudes que hoy en día se celebran en nuestras sociedades y que distinguen a los individuos, Campaña se permite recordar el pasado colonial de Latinoamérica. La emancipación estuvo en manos de criollos, de mestizos, nunca se integró de manera inmediata y real a los nativos, los nacidos de la tierra permanecieron al margen: «La ciudadanía universal no fue una reivindicación de los revolucionarios hispanoamericanos. La misma Venezuela declaró en su primera constitución que habría ciudadanos de primera y de segunda, a los que llamó “activos” y “pasivos”».[8] De más está mencionar, otra vez, las primeras caracterizaciones que se hicieron de los nacidos en estas latitudes: se les comparó con los hombres sólo en apariencia, negándoseles el carácter de humano durante siglos.

En la obra que nos ocupa se enfatiza con insistencia que aunque las distinciones arbitrarias que han marcado la historia de Occidente parezcan lejanas, crecen y se multiplican nuevas formas de segregación de entre las cuales destaca la cultura letrada frente a la iletrada, la llamada alta cultura en detrimento del folclor autóctono, el culto a la personalidad frente a la identidad comunitaria, y lo individual ante lo grupal.

Tras el crudo balance realizado en Una Sociedad de señores, el desencanto se insinúa con una firmeza arrobadora, sin embargo, la pluma de nuestro autor bosqueja algunas líneas en las que parece factible trastocar los órdenes, a menudo intransigentes, sobre los que discurre nuestra existencia, sobre todo teniendo presente que «los seres humanos sufrimos o somos felices también por las ideas que poseemos o nos poseen»;[9] pues poniendo en duda las ideas que nos bosquejan, tal vez logremos demoler las que se nos han entregado a quemarropa.[10]

 

 

                          

           

Notas
[1] Mario Campaña, Una sociedad de señores: Dominación moral y democracia, Ed., Jus, México, 2017, pp. 353.
[2] Ibídem., p. 119
[3] Ibídem., p. 68
[4] Ibídem., p. 95
[5] Ibídem., pp. 142-143
[6] Ibídem., p. 175
[7] Ibídem., p. 189
[8] Ibídem., p. 211
[9] Ibídem., p. 51
[10] La presente reseña crítica se inscribe dentro de las actividades llevadas a cabo en el Proyecto PAPIIT IN403017 Sofística y pragmatismo, coordinado por la Dra. Mónica Gómez Salazar. Proyecto de investigación y divulgación académica auspiciado por la Universidad Nacional Autónoma de México.

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