Rosa de los vientos. Cartografía europea y política transcontinental en el siglo XVI*

“Mapa antiguo” by Scoutsfalcon is licensed under CC BY-NC-ND 2.0

 

 

Resumen

La cartografía ofrece un testimonio del avance paulatino que se tuvo del conocimiento sobre América del Norte, de sus fronteras cambiantes, de los desafíos económicos, políticos y militares que debieron enfrentar los colonizadores. En muchos casos, los mapas de los siglos XVI, XVII y XVIII que han llegado hasta nosotros fueron elaborados después de una expedición, de una guerra o de un tratado. Así, todo mapa es un archivo que sintetiza un conjunto de datos conocidos; es producto de una abundante información escrita y oral. En ese sentido, desbroza el camino para los historiadores al presentar un reporte ilustrado de una determinada situación en un momento preciso.

Palabras clave: América, Terra incognita, exploración de América del Norte, conocimiento geográfico, Jacques Cartier

Abstract

Cartography provides a testament to the gradual advancement of knowledge of North America, its changing borders, the economic, political and military challenges faced by colonizers. In many cases, the maps of the 16th, 17th and 18th centuries that have come to us were drawn up after an expedition, a war or a treaty. Thus, every map is a file that synthesizes a set of known data; it is the product of extensive written and oral information. In this sense, it clears the way for historians by presenting an illustrated report of a given situation at a precise time.

Key words: America. Terra incognita. Exploration of North America, Geographical Knowledge. Jacques Cartier.

 

 

 

1.- América permaneció durante muchísimo tiempo fuera del conocimiento de los habitantes de Europa, Asia y África. Sin embargo, la frecuentaron pueblos de origen siberiano, los cuales, desde hacía cerca de veinte mil años, solían atravesar el angosto estrecho que separa a Asia de América del Norte. A medida que iba ocurriendo el calentamiento climático que puso fin a la última era glacial, cazadores siberianos perseguían a sus presas, internándose en el sur. Diversos grupos comenzaron a establecerse en tierras favorables para la agricultura, como la región de los Grandes Lagos; otros continuaron con su vida nómada, aprovechando los variados alimentos y piezas de caza que les ofrecía el continente entero. Ciertas civilizaciones se constituyeron entonces durante el transcurso de los dos milenios anteriores a la era cristiana. Hoy, la arqueología ha podido desvelar algunos secretos enterrados en aquel lejano periodo histórico.

Europa occidental olvidó por completo a esos emigrantes. De hecho, las principales rutas que trazaron aquellos cazadores iniciales en suelo americano permanecieron desconocidas para los europeos hasta finales del siglo XV. Dicha ignorancia generalizada tuvo una excepción: los vikingos sentaron sus reales temporalmente en la costa atlántica de América al finalizar el primer milenio, pero su espíritu aventurero no produjo consecuencias ulteriores. La escasa información sobre esas colonias efímeras que se instalaron en tierras sin nombre, cuando llega a oídos de los europeos, no basta para acicatear la curiosidad de éstos últimos. No hay relato ni mapa de primera mano que ofrezca un testimonio fidedigno de ese episodio de la historia.

Siglos después, sin estar enterados de los viajes de sus predecesores, los europeos del norte desembarcan en las mismas costas donde recolectan víveres que garanticen la subsistencia de los asentamientos cuya población va gradualmente amentando. A partir de la segunda mitad del siglo XV, pescadores ingleses y franceses siguen las corrientes marinas que costean Islandia y Groenlandia, pues van tras los grandes bancos de peces que hay en esa zona. En sus andanzas se topan con las “tierras novas”. Para los portugueses y españoles, quienes imaginan ya una ruta por occidente que conduzca a China e India, países repletos de seda, especias y tesoros incontables, las tierras hasta entonces desconocidas que emergen del Océano Atlántico aparecen, en los primeros mapas modernos, con la forma de islas, dejando entre ellas pasajes que permiten el acceso al continente asiático. No obstante, con mayor apego a la realidad, esas tierras pronto se yerguen como una enorme barrera continental que rebasa con creces las conjeturas más audaces de marineros y cartógrafos.

La concepción que los europeos tenían del mundo resulta trastocada. Los dibujantes de mapas se ven obligados a desplegar sus mejores capacidades imaginativas para hacer un lugar a América y delinear sus contornos según los supuestos y presunciones del momento.

Cierto, la región septentrional del Nuevo Mundo no ofrece, como sí lo hace América del Sur, riquezas de ensueño, sobre todo en minería. Sin embargo, el bacalao y el castor se vuelven recursos lo suficientemente rentables para justificar el establecimiento de colonias dedicadas no sólo a la pesca, sino también a la agricultura. A partir de entonces, exploradores provenientes de toda Europa persistirán por espacio de trescientos años en atravesar América del Norte hasta lograr llegar a un mar que los lleve rumbo a las costas de Asia. Sus crónicas y relatos de viaje alimentan la paulatina configuración geográfica de la parte septentrional del continente. Atlas, mapas, portulanos, unos con mayor exactitud que otros, dibujan y desdibujan, corrigen, retocan y eliminan errores que han sido detectados sólo para añadir nuevos disparates.

Las zonas donde las naciones europeas ejercen su influencia van cobrando forma. Los portugueses comparten América del Sur con los españoles; éstos últimos han conquistado también América Central, adjudicándose la costa del Pacífico. Por su lado, los ingleses, interesados en primer lugar en la pesca abundante de Terranova, reivindican para sí esos territorios e instalan colonias sobre toda la costa atlántica. Después, se convierten en tenaces exploradores del paso del noroeste.[1] Partiendo de los poblados ya establecidos en la Bahía de Hudson, viajan hacia la zona ártica hasta que finalmente alcanzan el Océano Pacífico.

Los franceses no tardan en convencerse de que sus dominios son los más ricos y los más fértiles. Una vez que descubren y controlan el paso por el río San Lorenzo, recorren el continente hacia el norte, pero sobre todo en dirección del oeste hasta las Montañas Rocallosas, y hacia el sur hasta alcanzar la desembocadura del Mississippi. A medida que avanzan, fundan establecimientos comerciales al tiempo que establecen redes de fidelidad constante con un buen número de las naciones indias que encuentran. Su presencia en América Septentrional, que dura más o menos doscientos cincuenta años, deja como herencia una toponimia con frecuencia de origen autóctono. Y en ese ir adueñándose de nuevas tierras, elaboran variados mapas de sus posesiones.

Exploradores de otros países europeos, muchas veces a título personal, participaron en la exploración de América del Norte; por ejemplo, los holandeses que se afincaron en la Nieuw Amsterdam,[2] o los rusos que exploraron y describieron, en el transcurso del siglo XVIII, el Estrecho de Bering y la costa norte del Pacífico.

Aquel mundo que los europeos denominaron “nuevo” estaba habitado por los descendientes de los emigrantes de Siberia que habían dejado su tierra mucho tiempo atrás. Es bien conocida la percepción que, en general, la gente de Europa tuvo de los indígenas norteamericanos. Sin embargo, la percepción indígena de los conquistadores resulta difícil conocerla porque sólo han llegado hasta nosotros escasos documentos de primera mano. Gracias al testimonio dejado por exploradores y misioneros, es posible darnos cuenta de que, entre los indios, había efectivamente una voluntad de amoldarse a los recién llegados, pues advirtieron en ellos una posibilidad de comerciar, así como de contar con su apoyo militar. Pero comprendieron que el objetivo principal de los colonizadores era cruzar el continente hasta alcanzar el Mar del Oeste. Casi toda empresa de exploración fue financiada por compañías peleteras o compañías mineras. Desde luego, los exploradores necesitaban a los “salvajes” para informarse, para alimentarse y para no extraviarse. Salvajes, sí, pero eran individuos perfectamente adaptados a su entorno. La información sobre regiones lejanas que proporcionaron a los blancos contribuyó a que la terra incognita apareciera trazada en los mapas con un tamaño cada vez menor.

¿Qué significaba terra incognita para los europeos? Un espacio inscrito en el estado de naturaleza, tal como lo describe el jusnaturalismo. En otras palabras, una porción de tierra exenta de leyes civiles, regida por la voluntad de los más fuertes. En consecuencia, los europeos podían ponerle el nombre que quisieran, apropiársela del modo que les pareciera más idóneo, imponerle su toponimia, implantar en ella sus estructuras administrativas y sociales, sin tomar en consideración el mundo social autóctono con que se topaban, ya que era un mundo de seres incivilizados, de salvajes. Por añadidura, franceses e ingleses no dudaron en trasladar sus conflictos al continente americano, aprovechando esa situación para definir sus respectivas fronteras coloniales.

Más que cualquier otro medio o expresión, la cartografía ofrece un testimonio incomparable del avance gradual que fue teniéndose del conocimiento sobre América del Norte, de la variabilidad de sus fronteras, de los desafíos económicos, políticos y militares que debieron enfrentar los colonizadores. En la mayoría de los casos, los numerosos mapas de los siglos XVII y XVIII que han llegado hasta nosotros fueron confeccionados después de una expedición, de una guerra o de un tratado. Así, todo mapa es un archivo que sintetiza un conjunto de datos conocidos; es producto de una abundante información escrita y oral. En ese sentido, desbroza el camino para los historiadores al presentar un reporte ilustrado de una determinada situación en un momento preciso.

Al igual que las fronteras mudan de lugar y no echan raíces, exploradores y cartógrafos se dedican a vagabundear de un extremo a otro del continente. Para ellos, el término “frontera” no posee un sentido político o administrativo. Sencillamente alude a una realidad distante que hay que alcanzar y cruzar por atracción a lo desconocido. Lo único que puede detener ese movimiento expansivo es hallar la evidencia de un océano, frontera final ante la cual se rinde cualquier espíritu curioso.

 

2.- ¿De qué manera se representaban el mundo los europeos antes de que el continente americano fuera descubierto? Existen muy pocos mapas de la Antigüedad que han llegado hasta nuestros días. Por consiguiente, los testimonios son escasos. Los dibujados en madera o en hojas de papiro no tenían la posibilidad de sobrevivir a un clima húmedo. Entre esos mapas que hoy conocemos, varios son copias que traicionan el original. Por ese motivo, cuando se busca establecer datos cartográficos que sean confiables, la mayoría de las veces es necesario hurgar en las descripciones literarias, escritas a menudo en un lenguaje poético, no siempre fácil de interpretar.

Es verdad que en Mesopotamia y en Egipto surgieron los primeros esbozos cartográficos de los que se tiene registro. No obstante, los primeros mapas del mundo provienen de la civilización griega. De hecho, no pocas nociones de la cartografía moderna hicieron su aparición por primera vez entre los griegos: la esfericidad de la tierra, proyección, latitud, longitud, etcétera. Diversos autores, hoy célebres, descuellan en esa herencia de la edad clásica que ha llegado hasta nosotros. Tales de Mileto, Eratóstenes, Pitágoras, Hiparco, Estrabón, Ptolomeo, todos ellos fueron griegos y estuvieron versados en el campo de la geografía, de las matemáticas, de la filosofía y de la astronomía. Un progreso significativo en cuanto a la representación gráfica de la tierra tuvo lugar a partir del siglo III a. C. El contexto político y cultural en el que acontece contribuyó a que se diera.

En primer término, cabe señalar el crecimiento de Alejandría, ciudad que era un foco medular de irradiación de la cultura helenística tanto en Egipto como en otras zonas del Mediterráneo. En ella hubo un desarrollo trascendental de las ciencias. Su biblioteca constituía, en esa época, un centro de documentación que propiciaba el encuentro estimulante entre sabios y eruditos. Alejandría se convirtió también en un lugar prolífico de producción cartográfica. Pero el incendio provocado por Julio César destruyó una gran parte del legado cartográfico helénico. Las conquistas orientales de Alejandro Magno animaron también dicha producción. La expansión geográfica inspiró la creatividad de los cartógrafos y trastocó la descripción del mundo que prevalecía en aquel entonces.

Eratóstenes fue uno de los sabios más renombrados de la Grecia antigua. El rey de Egipto, Ptolomeo III, lo convocó para que dirigiera la biblioteca de Alejandría e instruyera al príncipe heredero del trono. Aunque Anaximandro está generalmente considerado como el primer cartógrafo del mundo griego, Eratóstenes fue sin duda el iniciador de la geografía. A él se deben dos logros fundamentales: el primer mapa del mundo dividido en las medidas de longitud y latitud, y el primer cálculo de la circunferencia terrestre.

La conquista de Grecia por los romanos no supuso una disminución de los distintos avances que se realizaban con frecuencia. En realidad, los griegos ocuparon un sitio señero dentro de la ciencia geográfica. La obra de dos autores lo confirman: la de Hiparco de Nicea y la de Ptolomeo. Hiparco fue sin duda el mayor astrónomo de la Antigüedad. Demostró la importancia de la astronomía para la geografía y la conveniencia de observar el cielo para describir mejor la tierra. Quizás su logro más sonado consistió en transformar la cuadrícula irregular introducida por Eratóstenes en un sistema completo de referencia, el cual permitía ubicar cualquier lugar geográfico. Otro griego, Claudio Ptolomeo, fue la máxima autoridad en astronomía y geografía dentro del mundo romano. Su influencia se extendió hasta finales de la Edad Media y comienzos del Renacimiento. Siguiendo los pasos de Eratóstenes e Hiparco, se propuso representar el mundo hasta entonces conocido y llevar a cabo un inventario sistemático de los lugares conforme a su latitud y longitud.[3]

Tras la caída del imperio romano, la representación cartográfica del mundo se adecuó a la cultura y a las creencias de los cristianos. Durante mucho tiempo se creyó que la tierra contenía tres continentes: Europa, Asia y África. Esta división tripartita del mundo era claramente una herencia bíblica. Después del Diluvio, Dios reparte el mundo entre los tres hijos de Noé, Sem, Cam y Jafet (ver figura 1). De tal suerte, los mapas medievales contribuyeron a difundir esa concepción, ya que casi en su totalidad se apegan a un esquema común. Jerusalén se dibuja en el centro; el paraíso terrestre al este, por donde se levanta el sol; y a las tres masas terrestres las rodea el océano. Otra característica común entre ellos proviene de una persuasión ideológica: la parte septentrional figura siempre a la izquierda y el oriente en la parte superior. Esos mapas no sólo contienen caminos que conducen a Jerusalén, sino también rutas a sitios fruto de la fantasía, inexistentes, en cuya realidad se creía a pie juntillas debido a una interpretación literal de la Biblia.

 

Figura 1. Hartmann Schedel, Secunda etas mundi, 1493

 

 

Sin embargo, en ocasiones los descubrimientos no aparecen consignados en la cartografía europea. Hacia el año mil, los vikingos de Islandia llegan a América, pasando por Groenlandia, y fundan un asentamiento de breve duración, Vinlandia.[4] Aquel descubrimiento no tuvo repercusión alguna. Fue ignorado por completo en Europa.

Una vez terminada la Guerra de los Cien Años,[5] la economía se revitaliza. Las naciones más prósperas buscan nuevos mercados para vender sus productos al tiempo que desean las riquezas de regiones muy remotas: pimienta, seda, especiería y metales preciosos. La antigua ruta comercial que conducía a Asia, y que Marco Polo había recorrido, ya no era suficiente. Para escapar al control que los musulmanes ejercían en el Mediterráneo, además de evitar el monopolio del comercio que detentaban genoveses y venecianos, algunos países se lanzaron a descubrir nuevas rutas marítimas. Un afán irrefrenable de conocimiento, aunado a una creciente ambición mercantil, desató el movimiento de expansión que encabezaron durante los siglos XV y XVI portugueses, holandeses, españoles, ingleses y franceses, el cual fue posible gracias al progreso experimentado en las finanzas, en la construcción naval, en la ciencia de la navegación y en la cartografía.

Ya para el siglo XV era factible aventurarse más allá del Mediterráneo. La expansión europea comenzó durante el reinado de Enrique el Navegante. Rodeándose de cartógrafos experimentados, fundó una escuela de navegación en Sagres. Desde allí, el monarca portugués enviaba sus marineros a que navegaran en aguas del Atlántico. La ciudad de Sagres pronto se convirtió en el centro coordinador de operaciones desde el cual partían y al que llegaban los exploradores con reciente información geográfica. Así se corregían los mapas existentes y se trazaban nuevos. Tales mapas, perfeccionados constantemente, eran a la vez preludio y finalidad de las expediciones.

Los portugueses desembarcan en diversas islas y territorios entre 1418 y 1443: Madera, las Azores, Cabo Bojador, Cabo Blanco y Cabo Verde. Cuando muere el rey, ya han llegado a Sierra Leona. En 1487 Bartolomeu Dias dobla el Cabo de Buena Esperanza. Diez años más tarde, Vasco da Gama echa el ancla en Calcuta luego de haber circunnavegado África. Regresa a Europa con un cargamento de pimienta y demuestra a sus contemporáneos que se puede llegar a Asia por el mar.

Aquellos viajes exitosos por las costas de África incitaron a algunos marineros a pensar en un proyecto que se antojaba a todas luces descabellado: alcanzar Oriente atravesando el Atlántico.

 

3.- ¿A qué parte de América del Norte llegó Giovanni Caboto? Al igual que Colón, estuvo convencido de haber encontrado el país del Gran Khan. Ciertos reportes permiten suponer que Caboto arrió velas en algún punto de la costa este norteamericana, la cual aún no había sido explorada. También se supone que encontró allí presencia humana y pesca abundante.

No obstante, ha sido imposible determinar el lugar que Caboto visitó en 1497. Un año después realizó un segundo viaje del que apenas se tienen informes, puesto que ningún miembro de la tripulación regresó a Europa.

Cosa distinta sucedería con Jacques Cartier. Sus dos primeros viajes son conocidos gracias a la abundante documentación disponible. Poco importa que los relatos que han llegado hasta nosotros sean, en cuanto al primero, una traducción, y en cuanto al segundo, una transcripción.

Cartier había sido alentado por el rey Francisco I para internarse en tierras ignotas y descubrir islas y regiones en las que, afirmaba la conseja popular, de seguro podría hallarse oro y otras riquezas incontables. Recibió instrucciones precisas de aventurarse más allá de la Bahía de Chasteaulx. La rapidez con la que realizó tanto el viaje de ida como el viaje de regreso —veinte y veintiún días respectivamente— permite suponer que transitó por una ruta que no era desconocida, al menos en parte. Cuando deja atrás el Estrecho de Belle Isle, Cartier tiene tiempo suficiente para dedicarse a tareas más gratas que las que le impone la responsabilidad de procurar el buen destino de la expedición que encabeza. De tal modo, se detiene a observar lo que llama su atención, toma notas, pone nombres a sitios, plantas y animales extraños que despiertan su curiosidad.

Sin embargo, no es el único navegante europeo que deambula por aquellas tierras. Cuando avanza más al oeste, divisa a lo lejos un navío. Le preocupa toparse con esa embarcación en caso de que sea española. Su temor está justificado. En Europa, Carlos V y Francisco I no cesan de lanzarse bravuconadas entre sí y enfrentarse en el campo de batalla. La tierra en la que se encuentra Cartier pertenece a España según lo había estipulado el Tratado de Tordesillas, firmado en 1494. Vale la pena recordar que dicho tratado había sido suscrito por los reyes católicos de España y Juan II de Portugal, estipulando el reparto de las zonas de conquista y navegación en el Océano Atlántico y en el Nuevo Mundo mediante una línea ubicada a trescientos setenta leguas al oeste de Cabo Verde. Con ese tratado Portugal se aseguraba que los españoles se mantuvieran apartados de la ruta del Cabo de Buena Esperanza; España, a su vez, que Portugal no se entrometiera en el mar Caribe, donde las Antillas habían sido descubiertas recientemente.

Clemente VII, papa en aquel entonces, pretendía lograr una alianza con Francisco I para reducir el gran poderío de Carlos V. No le fue difícil proponer una interpretación de dicho tratado que se adecuara a los propósitos políticos del monarca francés, convenciéndolo de que otras naciones del orbe cristiano estaban en su legítimo derecho de promover empresas de descubrimiento y conquista en América. La alianza entre ambos gobernantes se concretó en 1553 con el matrimonio del hijo de Francisco I y una sobrina del papa. Se maquinaba así la justificación imprescindible para que Francia se interesara en expandir su dominio en el norte del continente americano.

A la postre, la inquietud de Cartier fue en vano. La embarcación que había visto navegaba con bandera francesa y había zarpado del puerto de La Rochelle. Su capitán fingió estar perdido, no saber dónde se hallaba. Dijo a Cartier que buscaba una ensenada tranquila donde pescar. Éste le respondió que era la tierra que Dios había entregado a Caín después de matar a su hermano, tan agreste e inhospitalaria le parecía. El nombre de Terranova era del todo inapropiado.

Cartier escribirá después que los habitantes del lugar, pese a tener una buena corpulencia, son gente terrible y salvaje. Hombres y mujeres se visten con pieles de animales; éstas las usan más ajustadas y ceñidas a la cintura. Para la pesca, emplean unas barcas hechas con madera de abedul. Cartier opina que aquellos pobladores provienen en realidad de tierras cálidas. Viven temporalmente en esas latitudes, al igual que los europeos, para atrapar lobos marinos y otros animales con los que suelen alimentarse.

Concluido este episodio, Cartier sale de nuevo al mar. Recorre la costa de Terranova, se adentra en el archipiélago de las islas de la Madeleine y llega a la isla Brion. Allí encuentra praderas, trigo salvaje, arbustos de grosellas y fresas, osos, morsas, zorros. Continúa avanzando hacia el oeste. En cierto momento, llega a una entrada; todo parece indicar que se trata de un golfo. Penetra en esas aguas con prudencia. No tarda en hallar indios. Hay la suerte de que ya están familiarizados con los europeos. Los dos grupos intercambian saludos y obsequios. Cartier no quiere demorarse; le urge proseguir con su exploración. En consecuencia, equipa unas barcas para llegar al fondo del golfo o bahía. Pronto él y sus compañeros quedarán decepcionados. Al comprobar que no existe salida, inician el regreso. Vuelven a toparse con el mismo grupo de indios. Reciben una jugosa ración de carne de lobo marino, ya cocida, como regalo de consolación. Los franceses regresan la amabilidad obsequiándoles hachas y cuchillos. Al final, hay fiesta. Los indios bailan y cantan. Algunos se acercan a los franceses y les frotan los brazos con sus manos. Luego alzan las manos hacia el cielo y dan muestras de un enorme júbilo. Cartier concluye: “Será fácil convertirlos”.

Antes de seguir su viaje, Cartier bautiza el lugar Bahía de los Calores.[6]

Dos semanas más tarde, los franceses llegan a la Bahía de Gaspé, apelativo de origen micmac. De nuevo, un grupo de indios les dan la bienvenida. Hablan un idioma diferente al del grupo anterior. Cartier ordena levantar una cruz gigantesca en la que se inscribe la frase: “Viva el Rey de Francia”. Los franceses se postran de rodillas ante ella, y los indios los contemplan con asombro. El jefe iroqués, Donnacona,[7] toma entonces la iniciativa, se aproxima a esos forasteros y les endilga una perorata. Al tiempo que señala la cruz, explica que toda esa tierra, hasta el horizonte, le pertenece; por eso no deberían plantar dicho objeto sin su permiso. Cartier se esfuerza en aligerar la tensión, precisando que se trata de una especie de baliza porque él y sus compañeros tienen la firme intención de regresar.

Hasta entonces, Donnacona y sus seguidores habían permanecido en una canoa, muy cerca del navío de los franceses. De pronto, la tripulación de Cartier atrapa a la canoa y solicita a sus ocupantes que suban a bordo. Una vez en la cubierta, los hombres blancos los tratan con aprecio. Cartier reitera una y otra vez la utilidad de la cruz para facilitar su retorno. De hecho, propone que algunos indios deberían embarcarse con él para que den testimonio de su mundo y de sus costumbres en Europa, y además, puedan servir de intérpretes. Tras deliberar con algunos de sus allegados, el jefe indio designa a Taignoagny y Domagaya, no sin antes precisar que son hijos suyos, para que realicen el viaje a Francia. Según refiere el relato atribuido a Cartier, una muchedumbre llegó a despedirse de ellos, obsequiándoles varias dotaciones de pescado, y garantizándoles que, cuando volvieran, encontrarían la cruz todavía de pie.

Cartier leva anclas. Llega a un extremo de la isla de Anticosti.[8] Mientras bordea su litoral norte, cree que navega en una bahía cuando en realidad se encuentra en el río San Lorenzo. Priva el mal tiempo. Sopla un viento desapacible y el cielo, fosco, nada bueno presagia. La tripulación se inquieta. Todos piensan que es mejor ya no alargar la expedición y ponerle punto final. El regreso ocurrirá sin sobresaltos.

 

4.- Tiempo después, en octubre de 1534, Cartier obtiene otra comisión del rey. Será su segundo viaje. Podrá zarpar en la primavera al frente de tres navíos, en lugar de dos. Su premura por hacerse a la mar responde a las noticias apetitosas que le han proporcionado los indios. Existe un gran río que corre desde el oeste y conduce hasta una aldea importante, de nombre Hochelaga (ver figura 2), situada muy cerca de unos rápidos que impiden seguir el curso del río.

 

Figura 2. Giovanni Battista Ramusio, Terra de Hochelaga Nova Francia, 1556

 

En esa ocasión, la travesía del Atlántico dura casi dos meses. Los barcos se demoran en el Estrecho de Belle Isle. Suben después hasta la altura de la isla de Anticosti. Es la misma época que el año anterior cuando resolvieron finalizar su viaje y regresar a casa. El viento contrario persiste. Cartier se refugia en una bahía a la que da el nombre de San Lorenzo.[9]

Los dos indios, que consiguieron sobrevivir a su estancia en Europa, aseguran que ese río, que se divisa a lo lejos, conduce a Canadá y a Hochelaga. Cartier da crédito a lo que dicen sus informantes. En respuesta a tal confianza, Taignoagny y Domagaya describen al explorador las etapas que les esperan en su recorrido. No tardan en cruzar el reino de Saguenay. Pronto alcanzan el comienzo del enorme río que los llevará a Hochelaga y a Canadá. Los guías anuncian que más adelante el agua se volverá dulce, prueba irrefutable de que están en la ruta correcta. Ese río es tan inmenso que nadie ha logrado navegar sus aguas hasta el final, añaden. Por su parte, Cartier está empecinado en explorar más esa zona antes de aventurarse en aquella infinitud.

El 6 de septiembre de 1535 los franceses bordean una isla, en cuya ribera norte fondean. Al verlos, los lugareños huyen espantados hasta que Domagaya y Taignoagny son reconocidos como miembros de su tribu. Se tranquilizan y festejan con alharaca el regreso de sus dos compañeros. Los indios regalan a los forasteros pan, anguilas y distintos pescados. Cartier admite, no sin cierta culpa, que devuelve semejante generosidad con diversas chucherías.

Al día siguiente, el soberano de Canadá se presenta en el sitio flanqueado por un cortejo de doce canoas. No es otro que Donnacona, quien abruma de nuevo a los franceses con un largo discurso repleto de paréntesis y circunnavegaciones. Cuando termina, se dirige a Taignoagny y Domagaya. Habla con ellos. Éstos le relatan que fueron tratados con suma amabilidad en Francia. Acto seguido, Donnacona y Cartier conversan como excelentes amigos durante un rato y luego se separan. Al atardecer, Cartier escoge anclar sus navíos en la desembocadura del río Saint-Charles,[10] justo al lado de las tierras que gobierna Donnacona y a un paso de la aldea llamada Stadaconé.

Cartier se dedica a inspeccionar los alrededores. Queda maravillado con la belleza de la isla de Bascus,[11] la cual bautiza así a causa de las vides que encuentra en ella. Sin embargo, no olvida la meta principal de su viaje: Hochelaga. Domagaya y Taignoagny se ofrecen como voluntarios para ir con él. Un tanto molesto, Donnacona se afana en convencerlos de lo contrario, sin éxito.

La convivencia entre ambos grupos se deteriora gradualmente a medida que pasan los días. El jefe indio se muestra contrariado sin motivo aparente. Dice y hace cosas que buscan incordiar a los visitantes. Los lugareños insisten que Hochelaga no compensa el sacrificio de llegar hasta ese lugar tan lejano. Para persuadir a los franceses y obligarlos a desistir de sus intenciones, les ofrecen más obsequios, entre los cuales destacan una jovencita de doce años y dos niños aún más jóvenes. Continúa ese estira y afloja, pero la determinación de Cartier en lograr su propósito no cede un ápice. Entonces Donnacona recurre a un ardid. Pide a los franceses que lancen un tiro de cañón por el placer de escuchar su rugido. Taignoagny aprovecha el miedo que ha originado esa explosión para notificar que murieron dos de los suyos. Es mentira. A nadie ha matado o herido el disparo. No obstante, los lugareños convocan al Gran Espíritu para que intervenga a su favor. Unos indios disfrazados de diablos van al campamento de los europeos y les advierten, de manera poco amistosa, que su dios Cudouagny predijo que, en un corto número de lunas llenas, todos ellos morirán.

Como es comprensible, Cartier se da prisa en abandonar Stadaconé. Iza velas y se marcha, ya sin ningún guía local. Se pasma ante el espectáculo de las dos riberas del río San Lorenzo. El 28 de septiembre de aquel año del Señor[12] llega a un lago gigantesco, más allá del cual emergen cuatro o cinco islas. En una de ellas hallan a un pequeño grupo de indios cazando. Se acercan a los franceses. Uno toma a Cartier en sus brazos y lo transporta a tierra sin el menor esfuerzo. Esos nativos le confirman el camino correcto hacia Hochelaga.

Menos de una semana después, una multitud considerable recibe a los forasteros con una fiesta en la que no faltan comida y bailes alrededor del fuego. Cartier vagabundea por aquel territorio. Llega a una montaña que denomina Mont Royal,[13] donde hay una aldea que él designa con el término “ciudad” porque posee fortificaciones y unas cincuenta chozas rectangulares que en el texto se describen minuciosamente. Los nativos lo miran con respeto y creen que tiene poderes especiales. Llevan enfermos ante su presencia para que los cure. Cartier no sabe qué hacer. Lo único que se le ocurre es ponerse a leer el evangelio según San Lucas. Luego navega hasta alcanzar unos rápidos demasiado impetuosos, y no le queda más remedio que aceptar que ha llegado al final de su viaje. En realidad, no le disgusta el abandono forzado de esa empresa, pues le dicen que más allá —un recorrido de tres lunas— vive un pueblo cruel y malvado.

A todo esto, los franceses habían dejado su barco más pequeño, El Émerillon, en el lago Saint-Pierre. Lo recuperan, y ya reunidas las tres embarcaciones, atracan en la ensenada de Saint-Charles. Allí pasarán todo el invierno, soportando ventiscas y un frío inhumano.

Donnacona y su tribu fingen alegrarse con el regreso de los forasteros. La mutua desconfianza reina otra vez entre ambos grupos. Un buen día, los nativos exhiben sin recato la piel de cinco cabezas humanas, botín capturado tras combatir contra los toudamans. El suceso despierta la curiosidad de Cartier. A partir de ese instante lleva un registro puntual de las costumbres de los indios. Por ejemplo, señala en repetidas ocasiones su hábito de fumar.

Además de ese interés etnológico, le preocupa la seguridad precaria de sus hombres. Por consiguiente, manda reforzar el fuerte en que están instalados. Sin embargo, un mal imposible de prever ataca con fiereza: el escorbuto. Provoca estragos por igual en lugareños y franceses. Plegarias, misas, procesiones, se revelan inútiles para frenar el número de muertos. Veinticinco de ciento doce han perdido la vida, y casi la totalidad del resto padece ya esa enfermedad misteriosa. De pronto, Cartier se da cuenta que Domagaya luce en plena forma cuando hacía apenas unos cuantos días estaba prácticamente moribundo. En un gesto de empatía, Domagaya le confiesa que se curó bebiendo el jugo de las hojas de un árbol, y promete a Cartier que le enviará un par de compañeros suyos para que le enseñen cómo se prepara el remedio. La annedda[14] obra el milagro.

Cuando inicia la primavera, la tensión disminuye. Los franceses comienzan a preparar su partida. Genio y figura hasta la sepultura, Taignoagny teje y desteje innumerables intrigas para predisponer el ánimo de Donnacona contra los forasteros. En una de sus maquinaciones, divulga el rumor que se está preparando un complot para matar al señor de Stadaconé. Éste no muerde el anzuelo. Por el contrario, accede con gusto a viajar con sus huéspedes a Europa. El 16 de julio de 1536 llega a Francia.

Donnacona deslumbra a Francisco I desde su primer encuentro. Le cuenta acerca de los pigmeos, de hombres con una sola pierna, del clavo, de la nuez moscada, de la pimienta, del oro, de los rubíes y de otras suculentas riquezas. El jefe indio desentraña con rapidez los gustos y apetitos de su anfitrión. Sabe qué decirle y sobre qué temas conversar. El monarca francés se pregunta si acaso el misterioso Saguenay no será la puerta de entrada que conduce a la celebérrima Catay…[15]

Sin embargo, por encima de esas ensoñaciones, Francisco I debe atender asuntos urgentes de gobierno. Las ambiciones imperiales de Carlos V le preocupan día y noche. Aun así, se da un tiempo para pensar en Canadá. Su Cesárea Majestad, cabeza del Sacro Imperio Romano Germánico, también tiene en la mira aquellas tierras del continente americano. En 1540, el emperador encarga al Gran Comendador de la Orden de Alcántara[16] que convenza a Francisco I de abandonar cualquier proyecto que contemple a Canadá como objetivo. Lejos de amedrentarlo, las palabras del emisario español redoblan su deseo de expander sus dominios. Se dice a sí mismo que el sol es uno e ilumina igualmente para todos. Por tanto, el emperador tendría que mostrarle la claúsula del testamento de Adán donde se excluye al rey de Francia de la repartición del mundo.

De este modo, las nuevas intenciones del monarca relegan la exploración a un segundo plano y se centran en la colonización. Debido a ese cambio de planes, Cartier ya no resulta una pieza clave a ojos de la corona. Para reemplazar a su antiguo explorador, es lógico que el rey busque a un individuo con carrera militar en el ámbito de sus allegados. Se decide por Jean François de La Rocque, sieur de Roberval, un aristócrata sin fortuna, perteneciente a una familia noble de antiguo abolengo. Francisco I le encomienda que desarrolle, defienda y gobierne un nuevo país, cuya soberanía sólo él detentará. Es verdad que gente autóctona vive en Canadá, aunque su número es increíblemente reducido, según le han comentado. Pero lo más alentador es que aún no ha sido ocupado por príncipe cristiano alguno. Con ese encargo a La Rocque, el rey francés proclama una de sus convicciones políticas más profundas. Para que un descubrimiento de tierras, antes ignotas, adquiera un tinte político, es menester que le siga un poblamiento efectivo y una capacidad eficaz de defensa.

De tal suerte, Roberval recibe instrucciones para que se apodere de aquellos territorios, sea de manera amistosa, o en el peor de los casos, mediante las armas. Los poderes de los que gozará serán considerables. Tendrá plena autoridad y podrá otorgar por igual feudos y títulos nobiliarios. Así, cuando dichas tierras ya estén ocupadas —concibe Francisco I—, el nuevo país será poblado con hombres y mujeres de todas las condiciones sociales, con artesanos, con agricultores, y dotado de ciudades, fuertes e iglesias.

Contra lo que pueda suponerse, Cartier no queda del todo relegado. Gracias a su conocimiento geográfico de la zona, servirá de guía a Roberval.

No obstante, este proyecto de Francisco I suscita un problema de legitimidad nada fácil de resolver: ¿cómo es posible que el monarca pueda conceder unas tierras que ya están pobladas? Conoce a Donnacona y ha conversado con él, por lo que no puede fingir que ignora que aquella región tiene ya un soberano que la gobierna. En la relación de su segundo viaje, Cartier habla en innumerables ocasiones de “pueblos”, “personas”, “hombres”, “pobladores” y “habitantes”. En su primera relación, estos términos están ausentes; el que usa con frecuencia es la palabra “salvajes”. Aunque jamás ha sido viable probar quién escribió esas relaciones, cabe imaginar que ambas reflejan el vocabulario empleado por Cartier. Sobre todo, la diferencia entre los vocablos utilizados en una y en otra relación evidencia el cambio de perspectiva que experimentó el explorador con el paso del tiempo. En consecuencia, no resulta descabellado pensar que Francisco I oyó a Cartier referirse a esa gente con semejantes palabras, lo cual mostraba su convicción de que los asistía un derecho legítimo, incuestionable, para poseer el territorio donde vivían. Más aún, en las instrucciones que el monarca da a Roberval, se refiere a los autóctonos como gente de fisonomía agradable y bien dispuestos tanto en espíritu como en entendimiento. Cartier ya había señalado que convertirlos a la Religión Revelada sería una tarea sencilla. Lo paradójico es que Roberval, hugonote confeso, tendría que vigilar dicha conversión.

La elección de Roberval disgustó sin duda a Cartier. Prueba su enfado el hecho de que no aguarda para que partan juntos. Cartier zarpa antes con cinco naves y mil quinientos hombres. Llega a Stadaconé, pero esa vez decide no instalarse en la desembocadura del río Saint-Charles. Sienta sus reales cerca del río du Cap-Rouge. Ordena entonces construir dos fuertes, uno en la cima de la punta y el otro abajo. Como era de esperarse, los rigores del invierno hacen mella en los franceses. El escorbuto los ataca de nuevo, pero la annedda impide que los muertos se multipliquen. Quizás la hostilidad de los nativos, o el descubrimiento de unas piedras parecidas a los diamantes, lo incita a regresar a Francia más pronto de lo programado. Ya de regreso, se cruza con la flotilla de Roberval a la altura de Terranova, en junio de 1542. Recogidos en diferentes puntos de las riberas del San Lorenzo, los supuestos diamantes que Cartier lleva consigo no son más que trozos de pirita de hierro y de cuarzo. De esa pifia se acuñara la expresión “falso como diamantes de Canadá”. Sin embargo, muchos seguirán creyendo que aquel territorio está plagado de rutilantes riquezas. Pescadores y balleneros continuarán buscando y rebuscando tesoros que no existen, fieles a los rumores y mentiras que se propagarán de boca en boca hasta que Samuel de Champlain explore la región y desmienta tal idea.

 

5.- A lo largo del siglo XVI, la vida política y social francesa estuvo hondamente trastornada por el acontecimiento conocido como “guerras de religión”. Se suele denominarlas “guerras”, así en plural, porque se trató de diversos conflictos —combates civiles, operaciones militares y luchas religiosas— en los que se enfrentaron católicos y protestantes.[17] Las primeras persecuciones que sufrieron aquellos que abrazaron la reciente religión reformada tuvieron lugar en 1520. Hasta 1598 se alcanzó la paz entre los dos bandos cuando el rey Enrique IV promulgó el Edicto de Nantes, instaurando con él una atmósfera de tolerancia religiosa y reconociendo a los protestantes no sólo derechos civiles, sino un derecho de culto propio.

La Reforma protestante fue iniciada por el monje agustino Martín Lutero. Entre sus escritos, las noventa y cinco tesis de Wittenberg son la obra más difundida. Contienen una declaración de guerra al valor que se atribuía a las indulgencias, guerra que incluye a la jerarquía eclesiástica en su totalidad. En ellas hay un espíritu indomable de controversia; hay acusaciones graves, quejas fundadas, injurias, ironía. Por ejemplo, la número 75 dice: “Es una locura la opinión de que las indulgencias papales tienen tanto valor que pueden absolver a un hombre, incluso aunque, por un imposible, hubiese violado a la madre de Dios”.

El resorte que motivó el ataque de Lutero fue un negocio financiero por demás turbio. Ocurrió de este modo. El arzobispo de Magdeburgo y administrador de Halberstadt, Alberto de Brandeburgo, fue elegido en 1514 arzobispo de Maguncia, una de las sedes eclesiásticas más codiciadas porque implicaba disfrutar el cargo de Príncipe Elector del imperio. Quien lo detentaba, no sólo acumulaba beneficios, sino que le era factible desatender su tarea pastoral. Para conseguir esa dispensa, es decir, para participar en ese redituable negocio, el Vaticano pidió a Alberto una suma estratosférica. Aunque hoy poco significa para nosotros, se trataba de veinticuatro mil ducados. Baste señalar que nadie en el planeta tenía la capacidad de pagarlos al contado. Se acordó entonces la solución de conceder al arzobispo la facultad de predicar las indulgencias en sus vastos dominios. A pesar de que ello era normal en aquel tiempo, el asunto escondía un complicadísimo arreglo económico en el que tomaron parte Alberto, el banco de los Fugger (una de las familias más ricas e influyentes de Europa), y el emperador Maximiliano I, quien exigió su trozo del pastel. El arreglo implicaba las siguientes estafas: los Fugger aceptaban pagar un cuantioso adelanto sobre los ingresos de las indulgencias a una tasa de interés fuera de toda mesura; al emperador, que no tenía vela en ese entierro, había que pagarle una cantidad nada despreciable, quién sabe a cuento de qué; y en el colmo de la desfachatez, el Sumo Pontífice reclamaba únicamente el cincuenta por ciento de la cosecha de dinero. El propósito era loable: concluir las obras en la basílica de San Pedro, pues era lo que más requería la Humanidad.

Hoy cuesta trabajo darnos cuenta de lo que significaban esas campañas de indulgencias. Constituían una maquinaria impecablemente orquestada por el Vaticano. El papa vendía perdones a diestro y siniestro. El predicador principal, los subalternos, los recolectores, los exactores, las procesiones, la venta de reliquias, los novenarios, las limosnas, el costo de una misa, el precio de los cirios, los ramos de flores en el altar, los funerales, etcétera, todo eso formaba parte de un pingüe negocio. Y las multitudes creyentes, temerosas por la perdición de su alma, entregaban dinero a manos llenas, dinero que en realidad no tenían. Ya en el siglo de Lutero, había dispersos por Europa un millón de trozos de la Vera Cruz, cien mil pedazos del Santo Prepucio, varios cientos de Coronas de Espinas, diez mil lanzas de Longinos que habían dado el estoque final a Jesús, docenas de cabelleras completas de Santa Brígida, docenas de dedos gordos izquierdos de éste o de aquél santo, y lo que uno guste imaginar. La Iglesia Católica Apostólica Romana vendía Cielo y Amor Divino, dos cosas que los pobres e indigentes compraban a granel. En suma, la salvación era algo tan desvirtuado, tan corrompido, que Lutero arremetió. La Santa Sede era ahora la Nueva Babilonia, y León X, la Gran Puta de Babilonia.

Desde su irrupción, Francisco I había desaprobado por completo el movimiento de la Reforma protestante porque consideraba que ésta socavaba el poder monárquico absoluto. A nadie sorprendió, por ende, que el número de protestantes en Francia creciera vertiginosamente. Para muchos, aceptar la doctrina de Lutero era una manera de mostrar su descontento frente a los abusos y arbitrariedades de ese absolutismo. El bando de los hugonotes adquirió pronto una presencia política nada despreciable, y comenzó a luchar, valiéndose de múltiples estrategias, para que su credo ganara más adeptos en el entorno cercano al monarca.

Gaspard II de Coligny, un noble que alrededor de 1561 se había convertido a la religión reformada y había hecho profesión pública de su nueva fe, comenzó a destacar entre los cortesanos gracias al buen desempeño de sus funciones como Almirante de Francia. En consecuencia, consiguió influir paulatinamente en las opiniones de la reina-madre Catalina de Médici. No obstante, para su mala fortuna, Coligny tenía en la corte un enemigo jurado, el duque de Guisa, jefe del bando de los católicos. En cierto momento, Coligny persuadió a María de Médici para que adoptara una política de reconciliación con los protestantes. Un año después, el rey Carlos IX, con apenas doce años de edad, fue empujado por su madre a firmar el Edicto de Tolerancia de Saint Germain,[18] lo que desató una violenta reacción de los católicos. Para evitar mayores repercusiones en contra suya o contra sus seguidores, Coligny decidió abandonar la corte, desaparecer de París y volver a sus dominios.[19]

Desde tiempo atrás, el Almirante, ya como líder indiscutible de los hugonotes, fraguaba un conjunto de maniobras que pretendían consolidar la participación de los protestantes en el gobierno, así como minar el influjo que los católicos ejercían en palacio. Una de esas acciones consistió en alentar las expediciones de corsarios franceses contra los navíos españoles, cargados a reventar de plata y oro. Aquellos bucaneros fueron multiplicándose en distintos mares, atraídos por botines muy apetitosos. Personajes como François Le Clerc, llamado Pata de Palo (Jambe de bois), o Jacques de Sores, conocido como el Ángel Exterminador (l’Ange exterminateur), terminaron convirtiéndose en leyendas.

Sin embargo, Coligny estimó que esas correrías de malhechores no eran suficientes para alcanzar el objetivo anhelado por la facción protestante. Con relativa frecuencia, algunos cartógrafos solían mostrarle en su despacho mapas del continente americano. Así, poco a poco fue concibiendo la posibilidad de un refugio donde sus correligionarios pudieran resguardarse, lejos de la persecución y rechazo que sufrían en su propio país. Su mirada se fijó en Brasil. Navegantes franceses habían ya tocado sus costas, pero Coligny fue uno de los que impulsó la idea de fundar allá una colonia francesa. En marzo de 1554, Enrique II[20] autorizó que se entregara una fuerte suma de dinero al chevalier de Villegaignon para que condujera a buen fin la empresa. Al final, la aventura fue un rotundo fracaso.

Aquel intento fallido, así como el intento de poblar Florida —el cual, a su vez, resultó una catástrofe—, son acontecimientos que han sido prácticamente omitidos en la historiografía francesa. Sólo unos cuantos historiadores los han evocado. Una excepción es Paul Gaffarel, autor de un par de libros sobre el tema. En el caso de Florida, a lo más que se llega a mencionar son las dificultades en el terreno que los franceses tuvieron que sortear, las pugnas internas que los dividieron, la constante hostilidad de los nativos, y una horrenda masacre que padecieron a manos de los españoles.[21] Dicha matanza tuvo tales proporciones, que uno se pregunta cómo fue posible que la noticia del episodio se transmitiera y llegara hasta nosotros. Hubo poquísimos sobrevivientes. Uno de ellos fue Jacques Le Moyne de Morgues, de oficio pintor. Pudo regresar a Francia, y después se trasladó a Inglaterra en la época en que Enrique VIII se había separado de Roma e instaurado la religión anglicana en su reino. Allí conoció, entre otros, a Théodore de Bry y John White.[22]

 

 

 

Figura 3. Jacques Le Moyne de Morgues, Carte de Floride, 1591

 

A Le Moyne de Morgues debemos un importante mapa de Florida (ver figura 3). Realizó los grabados que acompañaron al relato de Laudonnière acerca de la expedición francesa a esa península. Tras su muerte, Théodore de Bry compró a la viuda una parte de sus dibujos y los publicó en 1591 en uno de los volúmenes de sus Grandes y Pequeños Viajes, el titulado Brevis narratio eorvm qvae in Florida Americæ provicia Gallis acciderunt…

Dicho mapa se hizo célebre. Constituyó un modelo a seguir tanto para los cartógrafos holandeses de esos años como para los cartógrafos franceses de los siglos XVII y XVIII.

 

 

 

 

Bibliografía

1. A.A.V.V., Visiones de la conquista y la colonización de las Américas, Universidad de Alcalá, col. Obras Colectivas Humanidades 48, ed. Francisco Castilla Urbano, Alcalá de Henares, 2015.

2. BERNAL Rafael, El Gran Océano, Fondo de Cultura Económica, México, 2015.

3.BORGIA Alejandro (Alejandro VI), Inter Cætera. Bulas papales, Feedbooks. s.l., Epub.

4. CARTIER Jacques, Voyages de Découverte au Canada, entre les années 1534 et 1542, par Jacques Quartier, Le Sieur de Roberval. Jean Alphonse de Xanctoigne, &c. suivis de la Description de Québec et de ses Environs en 1608, et de divers Extraits relativement au lieu de l’Hivernement de Jacques Cartier en 1535-1536, Chez William Cowan et Fils, Québec, 1843.

5. GAFFAREL Paul, Histoire de la Floride Française, Librairie de Firmin-Didot et Cie., Paris, 1875.

6. ___________, Histoire du Brésil au XVIéme siècle, Maisonneuve et Cie Libraires-Éditeurs, Paris, 1878.

7. GAGNON François-Marc & PETEL Denise, Hommes effarables et bestes sauvaiges: images du Nouveau-monde d’àpres les voyages de Jacques Cartier, Les Éditions du Boréal, Montréal, 1986.

8. HOLAND Hjalmar Rued, Explorations in America before Columbus, Literary Licensing, LLC, New York, 2013.

9. INGSTAD Helge, Westward to Vinland: The Discoveries of Pre-Columbian Norse House-sites in North America, Harper/Colophon Books, trans. Erik J. Friis, New York, 1972.

10. JOUANNA Arlette, La Saint-Barthélemy: les mystères d’un crime d’État (24 août 1572), Paris, Éditions Gallimard, coll. Les journées qui ont fait la France, 2007.

11. GOULAINE de René de, Histoire notable de la Floride située ès Indes Occidentales, Contenant les trois voyages faits en icelle par certains Capitaines et Pilotes françois, decrits par le capitaine LAUDONNIÈRE, qui y a commandé l’espace d’un an trois moys: à laquelle a esté adjousté un quatriesme voyage fait par le capitaine Gourgues. Mis en lumiere par M. Basanier, Gentil-homme François Mathematicien, Chez P. Jannet Libraire, Paris, 1853.

12. LE ROUX Nicolas, Les guerres de Religion (1559-1629), Paris, Éditions Belin, coll. Histoire de France, 2009.

13. LUTERO Martín, Obras, Ediciones Sígueme, trad. Teófanes Egido, Salamanca, 1977.

14. MEYER Jean, Les Européens et les autres, Armand Colin, Paris, 1975.

15. MORIN Michel, L’usurpation de la souveraineté autochtone: le cas des peuples de la Nouvelle France et des colonies anglaises de l’Amérique du Nord, Les Éditions du Boréal, Montréal, 1997.

16. MORVAN Jean Baptiste (abbé de Belgarde), A General History of all Voyages and Travels Throughout de Old and New World, from de first Ages to this present Time, Illustrating Both the Ancient and Modern Geography, Containing an Accurate Description of each Country, its Natural History and Product; the Religion, Customs, Manners, Trade, &c. of the Inhabitants, and whatsoever is Curious and Remarkable in Any Kind. An Account of all Discoveries hitherto made in the most Remote Parts, and the Great Usefulnes of such Attempts, for Improving both Natural and Experimental Philosophy; with a Catalogue of All Authors that have ever describ’d any Part of the World, an Impartial Judgement and Criticism on their Works for discerning between the Reputable and Fabulous Relaters; and an Extract of the Lives of the most considerable Travellers, Edmund Curll, London, 1708.

17. PINKERTON John, A General Collection of the best and most interesting Voyages and Travels in all parts of the World; many of which are now translated into English, Printed for Longman, Hurst et alia, 17 vols., London, 1808.

18. PRÉVOST Antoine-François, Histoire Générale des Voïages ou Nouvelle Collection de toutes les Relations de Voïages par Mer et par Terre, Qui ont été publiées jusqu’à présent dans les différentes Langues de toutes les Nations connues: contenant ce qu’il y a de plus remarquable, de plus utile, et de mieux averé, dans les Païs ou les Voïageurs ont pénétré, touchant leurs Situation, leur Étendue, leurs Limites, leurs Divisions, leur Climat, leur Terroir, leurs Productions, leurs Lacs, leurs Rivières, leurs Montagnes, leurs Mines, leurs Cités y leurs principales Villes, leurs Ports, leurs Rades, leurs Édifices, &c. Avec les Mœurs et les Usages des Habitans, leur Religion, leur Gouvernement, leurs Arts et leurs Sciences, leur Commerce et leurs Manufactures; pour former un Systême Complet d’Histoire et de Géographie Moderne, qui représentera l’état actuel de toutes les Nations: Enrichi de Cartes Géographiques nouvellement composées sur les observations les plus authentiques, de Plans et de Perspectives, de Figures d’Animaux, de Végétaux, Habits, Antiquités, &c., Didot Libraire, vols. 12-15, Paris, 1746-1759.

19. SOLER Isabel, El nudo y la esfera. El navegante como artífice del mundo moderno, Acantilado, Barcelona, 2003.

20. VERNE Jules, Histoire Générale des Grands Voyages et des Grands Voyageurs. Les Grands Navigateurs du XVIIIème siècle, J. Hetzel & Cie, coll. Bibliotèque d’Éducation et de Récréation, Paris, 1899.

 

Notas

* Este ensayo fue escrito gracias a la beca PASPA que me otorgó la Dirección General de Asuntos del Personal Académico (DGAPA-UNAM) para realizar una estancia sabática de investigación en el Instituto de Filosofía del Centro de Ciencias Humanas y Sociales (CCHS) del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) de Madrid, de enero a julio del 2021.

[1] La ruta del paso del noroeste corre entre la masa continental ártica y el norte de Canadá, y continúa a lo largo de la costa noroeste de Alaska. Sin importar que los exploradores del siglo XVI demostraran con sus viajes que el continente americano constituía una barrera infranqueable que impedía trazar una ruta corta desde Europa hasta el este asiático, persistió la esperanza de que existiera un paso natural para desembocar en el Océano Pacífico sin tener que ir hasta la parte extrema sur y rodear el Estrecho de Magallanes. Se popularizó entonces la idea de que era factible llegar hasta China e India a través del Polo Norte. Así, hallar el paso noroeste, o paso del norte, se convirtió en un objetivo primordial, aunque semejante ruta carecía, aún en esa época, de cualquier interés comercial.

Además de Frobisher y Davis, un gran número de navegantes, exploradores y viajeros se empeñaron posteriormente en encontrarlo. Hudson, Baffin, Fox, James, el capitán Cook, Mackenzie y Chateaubriand fueron algunos de ellos.

[2] Después será Nueva York.

[3] Además de su Geographia, que tuvo una enorme difusión, compuso el Almagesto, obra que se preservó en manuscritos árabes, como sucedió con todos los tratados griegos clásicos de la ciencia. En el siglo XII, el monje italiano Gerardo de Cremona lo tradujo al latín.

En cuanto a la Geographia, bien conocida en el mundo árabe, la descubrió para Occidente el monje bizantino Maximus Planudes, Su traducción al latín apareció en Florencia en el año de 1406. Circularon numerosas copias manuscritas. Más tarde, en 1475 salió impresa. Fue un éxito editorial, equiparándose con la Biblia. La integraban mapas cartográficos y tablas, incluyendo alrededor de ocho mil nombres de lugares con sus respectivas coordenadas geográficas.

[4] Ese territorio se menciona en las sagas nórdicas. Corresponde a lo que hoy es Terranova y los alrededores del Golfo de San Lorenzo.

[5] Conflicto feudal que comenzó en 1337 y se prolongó hasta 1453. En ella se enfrentaron Inglaterra y Francia. Después de que Enrique II Plantagenet subiera al trono, los franceses finalmente la ganaron.

[6] Se ubica en el centro del Golfo de San Lorenzo.

[7] Los iroqueses vivieron a lo largo del río San Lorenzo hasta la segunda mitad del siglo XVI, en la región de Quebec, de Ontario y en el estado de Nueva York.

[8] Es la isla más grande de Quebec. Está en el Golfo de San Lorenzo.

[9] En la actualidad es la Bahía de Sainte-Geneviéve. El nombre de “San Lorenzo” pasará después al golfo y al río.

[10] En esa época se llamaba Sainte-Croix.

[11] Posteriormente se llamará isla de Orleans.

[12] Seguimos en 1535.

[13] Es el origen de la ciudad de Montreal.

[14] Cartier consigna este nombre. Hasta la fecha no ha podido identificarse con exactitud de qué planta se trata.

[15]  Así se designaba el norte de China. Marco Polo popularizó el nombre en Occidente en su libro Il Milione o Libro de las Maravillas, en cuyas páginas relató las riquezas de fábula que abundaban en aquella región distante.

[16] Una de las cuatro órdenes militares de España. Todavía existe. Fue fundada en el Reino de León durante el siglo XII. Las otras tres órdenes son la de Calatrava, la de Santiago y la de Montesa.

[17] Los protestantes en Francia se llamaron “hugonotes” (huguenots). El término comenzó a aparecer en documentos gubernamentales, sustituyendo al de “luterano” (luthérien). Existen varias hipótesis acerca del origen de esta palabra, pero ninguna ha sido del todo convincente.

[18] También conocido como Edicto de Enero.

[19] Esa actitud precavida no impidió que, años más tarde, muriera asesinado en París la noche del 24 de agosto de 1572, fecha en que se desató la matanza de protestantes a manos de los católicos. La degollina duró varios días en la capital, y se extendió a cerca de veinte ciudades durante los siguientes meses. El episodio se conoce como “La noche de San Bartolomé (La Saint-Barthélemy), pues ese día se celebraba la fiesta de dicho santo.

[20] Fue el hijo menor de Francisco I. Coronado en Reims, reinó desde 1547 hasta su muerte en julio de 1559.

[21] La llevó a cabo Pedro Menéndez de Avilés. En ella murió Jean Ribault, comandante de la primera expedición francesa a Florida. Su teniente, René de Goulaine de Laudonnière, se salvó, y gracias a su testimonio se supo en Europa del suceso.

[22] Dibujante nacido en Londres que participó en todos los intentos iniciales de colonizar América del Norte por parte de los ingleses. Sus acuarelas de la fauna y de los habitantes costeños de Carolina del Norte son una de las fuentes iconográficas más antiguas relacionadas con esa región del continente americano.

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