Nihilismo, «Dios ha muerto» y el pensar poético en Heidegger

 

Resumen

En este ensayo se propone una reflexión filosófica acerca del nihilismo y la muerte de Dios en Heidegger. Así, a partir de la tesis nietzscheana «Dios ha muerto» y la metafísica de la voluntad de poder, se propone cómo Heidegger vislumbra un pensar salvador en la poesía.

Palabras clave: metafísica, muerte de Dios, nihilismo, poesía, ser, valores.

 

Abstract

In this paper be propose a philosophical’s reflection about the nihilism and the death of God in Heidegger. This way, since the thesis nietzscheana «death of God» and the metaphysics of willpower, to be propose how Heidegger discern a rescue’s thinking in the poetry.

Keywords: metaphysics, death of God, nihilism, poetry, being, values.

 

 

Preámbulo

La reflexión que Heidegger lleva a cabo acerca del nihilismo a partir de Nietzsche tiene como ejes la metafísica de la voluntad de poder y la frase «Dios ha muerto». El punto de partida en esta propuesta de reflexión filosófica es la voluntad de poder pues es desde (dentro de) la esencia de la voluntad poder que es posible un pensar salvador que vislumbre el ser en relación con lo divino. La voluntad de poder lleva en sí la desvalorización y transvaloración de los valores, la tesis del superhombre y por último la imposición de la técnica. Ahora bien, la voluntad de poder y el nihilismo se deben pensar en el trasfondo de la frase de Nietzsche «Dios ha muerto», y por este motivo, se torna necesaria una elucidación de la tesis nietzscheana de la muerte de Dios.

 

El nihilismo en Nietzsche se interpreta como el modo en que el hombre se sitúa respecto al mundo o totalidad de lo ente, a saber, como voluntad de poder. En este horizonte, la voluntad de poder nietzscheana es la consumación de la metafísica moderna en tanto que olvido del ser y posicionamiento del hombre en el mundo. El nihilismo es la incredulidad del devenir, incredulidad que proviene de una voluntad que ha perdido vocación o meta, al reconocer como ilusión o engaño un mundo verdadero, una unidad sistemática o un valor supremo del mundo. Así, el nihilismo surge al situar la voluntad de poder como instancia última de la metafísica sin una meta o valor verdadero.

 

Ahora bien, Nietzsche propone el superhombre, o el hombre venidero creador de nuevos valores, como superación del nihilismo, es decir, un nihilismo consumado o positivo. Sin embargo, en la reflexión heideggeriana sobre Nietzsche, el superhombre es una instancia de la metafísica moderna en tanto que posicionamiento de la voluntad respecto a los entes, por lo tanto, la metafísica del superhombre pertenece a la historia del olvido del ser. La voluntad de poder nietzscheana pertenece a la objetivación del mundo como dominio o riesgo de los entes. De este modo hay un acercamiento de la voluntad de poder con la esencia de la técnica como disponer de las cosas al otorgarles un valor, puesto que el hombre otorga valor a las cosas para darse un valor a sí mismo. Pero desde el nihilismo como abismo y voluntad de poder se abre una vía de acceso al ser a partir del pensar poético.

 

El pensar poético, imbricación de la esencia del pensar y la esencia de la poesía, persigue las huellas de lo divino y lo sagrado dentro del riesgo mismo, a saber, en la esencia de la voluntad de poder que arriesga a los entes en el mundo. El pensar poético es el camino inverso de la conciencia calculadora, de la lógica de la producción, en tanto que se sitúa en lo abierto, en la voluntad como centro de gravedad, y no como “separación ante lo abierto”, es decir, representación de los objetos desde una subjetividad calculadora. En este sentido, el pensar poético  ̶ los poetas en tiempos de penuria como Hölderlin y Rilke ̶  se instala en una lógica del corazón, en la unidad del espacio abierto de la totalidad de los entes. A pesar de pertenecer este pensar poético a la esencia misma de la metafísica como subjetividad, sin embargo, en lo abierto de las fuerzas de gravedad de la voluntad se vislumbran las huellas de lo divino; voluntad no en tanto que emplazamiento de la técnica sino como abismo y riesgo, pues: los poetas son los más arriesgados.

 

El pensar poético es la apertura, en tanto que posibilidad, de hallar las huellas de lo divino en el abismo del nihilismo y el olvido del ser. Lo divino se debe entender en relación con los mortales, en una imbricación que permite situar el ser ya no como la totalidad de lo ente, i.e., como voluntad de poder, sino como destino del ser y verdad del ser. Así, desde el horizonte del nihilismo, la metafísica como metafísica de la voluntad de poder y la muerte de Dios, Heidegger vislumbra el pensar originario en la poesía. En el pensar poético el ser no es la presencia de lo ente en tanto que representación para un sujeto, o artefacto técnico  ̶ que ya en Ser y tiempo se debe leer como lo “a la mano”, lo útil ̶ sino que es la unión de los divinos con los mortales, el cielo y la tierra, en el encuentro originario con el ser más allá del dominio de la técnica o la época de la imagen del mundo.

 

¿Qué significa la frase nietzscheana: «Dios ha muerto»?

 

En el ensayo “La frase de Nietzsche «Dios ha muerto»” del año 1943, recogido en Caminos de bosque, Heidegger se propone la tarea de reflexionar filosóficamente el significado de dicha frase. Heidegger arguye que la metafísica de Nietzsche, la concepción nietzscheana de la historia de occidente y la consumación del nihilismo se resume en la frase «Dios ha muerto»: “Ahora se trata de meditar sobre la metafísica de Nietzsche. Su pensamiento se ve bajo el signo del nihilismo. Este es el nombre para un movimiento histórico reconocido por Nietzsche que ya dominó en los siglos precedentes y también determina nuestro siglo. Su interpretación es resumida por Nietzsche en la breve frase: «Dios ha muerto»”.[1] De este modo, la historia de occidente culmina en la tesis «Dios ha muerto», es decir, en la consumación del nihilismo como historia de la metafísica y del destino del ser, pues el nihilismo es una época en la historia del ser. Nietzsche entiende por Dios no sólo el dios del cristianismo sino el mundo de lo suprasensible, de los valores supremos que otorgan sentido último a la existencia y al mundo. Así, la visión nietzscheana de la muerte de Dios se dirige a una interpretación platónica del cristianismo y la metafísica.

 

Heidegger acentúa que, para Nietzsche, la historia de la metafísica pertenece a la lógica del nihilismo, ya que la metafísica de occidente está dominada por el principio de la voluntad de poder que conlleva en su desarrollo histórico la desvalorización de los valores supremos y la consideración de la totalidad de lo ente como voluntad de poder. Es decir, la metafísica occidental es la historia del modo en que el mundo suprasensible de los valores supremos llega a su acabamiento y decadencia. El nihilismo consumado es la metafísica de la voluntad de poder, en tanto que desvalorización y transvaloración de los valores, que se opera en la época moderna en la puesta del ego cogito como fundamento del mundo:

 

Lo que ocurre es que, para Nietzsche, el nihilismo no es en absoluto únicamente una manifestación de decadencia, sino que como proceso fundamental de la historia occidental es, al mismo tiempo y sobre todo, la legalidad de esta historia. Por eso, en sus consideraciones sobre el nihilismo, a Nietzsche no le interesa tanto describir históricamente la marcha del proceso de desvalorización de los valores supremos, para acabar midiendo la decadencia de Occidente, como pensar el nihilismo en tanto que «lógica interna» de la historia occidental.[2]

 

La lógica interna del nihilismo reconocida por Nietzsche en la historia de occidente permite a Heidegger pensar la historia de la metafísica de occidente como nihilismo en tanto que olvido del ser y, por lo tanto, la misma metafísica de Nietzsche es nihilista en cuanto que pertenece a la historia del olvido del ser al instaurar la voluntad de poder como la totalidad de lo ente. Ahora bien, Heidegger reconoce que Nietzsche intenta superar el nihilismo en la tesis de la transvaloración de los valores, en el reconocimiento de la voluntad de poder como principio que fundamenta una nueva posición de los valores, en definitiva, en la postura perspectivista del valor. Así, Nietzsche establece una aguda distinción entre nihilismo incompleto y nihilismo completo:

 

Podemos resumir el pensamiento de Nietzsche sobre el nihilismo incompleto de manera más clara y precisa diciendo: es verdad que el nihilismo incompleto sustituye los valores anteriores por otros, pero sigue poniéndolos en el antiguo lugar, que se mantiene libre a modo de ámbito ideal para lo suprasensible. Ahora bien, el nihilismo completo debe eliminar el lugar de los valores, lo suprasensible en cuanto ámbito, y por lo tanto poner los valores de otra manera, transvalorarlos.[3]

 

En este sentido, el nihilismo completo o nihilismo consumado, no implica solamente la desvalorización de los valores supremos en la historia de Occidente, la puesta en marcha de la decadencia occidental a raíz de la “muerte” del mundo suprasensible de los valores; el nihilismo consumado es el reconocimiento de la voluntad de poder como rasgo fundamental de lo efectivamente real, de la totalidad de lo ente, y como fundamento de la vida. Así, la voluntad de poder constituye a la vida como conservación y aumento, a saber, como permanencia en el poder que conlleva no un querer algo como carencia, sino en tanto que voluntad de querer-se a sí misma, la voluntad de la voluntad: la voluntad incondicionada en tanto que voluntad que se quiere a sí misma. El nihilismo consumado es la esencia de la voluntad de poder que instaura nuevos valores; pero estos nuevos valores no son una simple inversión del mundo suprasensible al mundo sensible, o una sustitución de unos valores por otros, sino que posiciona una nueva perspectiva del valor, en el centro mismo de la voluntad, y que delimita la tesis nietzscheana del superhombre.

 

La metafísica de Nietzsche es la metafísica de la voluntad de poder. Nietzsche intenta superar el nihilismo en el ámbito mismo de la voluntad de poder, a través de la desvalorización y transvaloración de los valores. El nihilismo consumado es la puesta en marcha de la voluntad de poder como horizonte del superhombre y la nueva instauración de valores, en definitiva, el perspectivismo. Así, el valor fundamental ya no es la verdad o Dios, cuya muerte comienza precisamente al pensarlo como valor supremo; el valor es la propia lógica de la voluntad de poder en tanto que superación del nihilismo de Occidente. Al respecto, Heidegger comenta:

 

Pero en la medida en que Nietzsche concibe su propio pensamiento, la doctrina de la voluntad de poder como «principio de la nueva instauración de valores», en el sentido de la auténtica consumación del nihilismo, ya no comprende el nihilismo de manera sólo negativa, en tanto que desvalorización de los valores supremos, sino también de manera positiva, como superación del nihilismo; en efecto, la realidad efectiva de lo efectivamente real, ahora experimentada de manera expresa, la voluntad de poder, se convierte en origen y medida de una nueva instauración de valores.[4]

 

De esta manera, Nietzsche postula un nihilismo consumado que implica la desvalorización de los valores supremos de Occidente, del mundo suprasensible; y propone una transvaloración de estos valores, una nueva instauración de valores, cuyo principio es la conservación y aumento de la voluntad de poder. Así, la frase «Dios ha muerto» significa la desvalorización de los valores suprasensibles dentro del proceso de eliminación de la concepción del mundo que subyace en el cristianismo-platonismo que Nietzsche lleva a cabo en su obra Genealogía de la moral, y la promesa de un nuevo hombre que supera al nihilismo en la historia de occidente. El sentido metafísico de la frase «Dios ha muerto» significa la desvalorización de los valores suprasensibles. Esta afirmación significa que se postula a la voluntad de poder como el ser de la totalidad de lo ente; de este modo, el ser de lo ente ya no tiene fundamento en lo suprasensible [Dios] sino en la voluntad de poder, que es la transvaloración de los valores supremos.

 

Ahora bien, la lectura heideggeriana acerca del nihilismo y la frase «Dios ha muerto» de Nietzsche, debe pensarse desde la idea del olvido del ser que ya se plantea en Ser y tiempo. Al establecer el ser de lo ente como voluntad de poder, asimismo como instauración y posicionamiento de los valores, se piensa la totalidad de lo ente y el ente supremo Dios como valor, por ende, en la historia del olvido del ser. Así, pensar el ser como valor constituye un momento de la historia del nihilismo como olvido del ser. En síntesis, la metafísica de la voluntad de poder y las reflexiones de Nietzsche sobre el nihilismo, además de la tesis del nihilismo consumado como superación del nihilismo, sin embargo, pertenecen al destino del ser en tanto que olvido del ser. Nietzsche pertenece a la historia de la metafísica como olvido del ser.

 

El nihilismo europeo bajo la mirada de Nietzsche

 

En el texto “El nihilismo europeo”, que forma parte del conjunto de trabajos que Heidegger escribió sobre Nietzsche, y que corresponde a un curso impartido en el año 1940, se lleva a cabo una reflexión del nihilismo desde el horizonte de la voluntad de poder y la muerte de Dios. El nihilismo europeo, a partir de (y en) Nietzsche, se debe entender como la muerte de Dios, a saber, la muerte de todo lo suprasensible  ̶ valores, normas, leyes ̶  respecto al ente en su totalidad. De este modo, el nihilismo implica la transvaloración de los valores a partir de una interpretación de lo totalidad de lo ente como voluntad de poder. La voluntad de poder es el principio que posiciona los valores, establece una jerarquía de los valores, y en este sentido, la transvaloración es un posicionamiento.

 

El nihilismo europeo es la transvaloración de los valores; transvaloración que  ̶ siguiendo la lectura de la Genealogía de la moral ̶  ya se operó en el judaísmo puesto que, al instaurar la moral de esclavos como la moral verdadera, se llevó a cabo una transvaloración de la moral de señores. La transvaloración de los valores significa que los valores supremos se desvalorizan, pierden una meta y fundamento último. Por esta razón el nihilismo es la lógica de la historia en la cual se desvalorizan los valores supremos hasta la culminación en la muerte de Dios. El nihilismo es la pérdida de sentido del mundo, a saber, la falta de vocación o sentido de la voluntad en cuanto querer-se a sí misma. El nihilismo es la falta de una meta última, o telos de la historia; es la irrealidad del devenir y la ilusión de una unidad metafísica del mundo. A consecuencia de esta pérdida de sentido e ilusión de unidad, específica del nihilismo incompleto o negativo, se opera una desvalorización de los valores; pero, al mismo tiempo, se abre un nuevo horizonte del nihilismo:

 

Hay nihilismo y nihilismo. Nihilismo no sólo es el proceso de desvalorización de los valores supremos, ni tampoco solamente la retirada de esos valores. Ya introducir esos valores en el mundo es nihilismo. La desvalorización de los valores no termina con una progresiva pérdida de valor de los valores, al modo de un arroyuelo que se pierde en la arena, el nihilismo llega a su acabamiento en la retirada de los valores, en su dimensión activa. Nietzsche quiere hacernos patente la riqueza esencial interna del nihilismo.[5]

 

De este modo, la esencia del nihilismo llega a su cumplimiento en la superación de un mundo verdadero-suprasensible y un mundo sensible, i.e., del platonismo que Nietzsche observa en la historia de Occidente. Sin embargo, el nihilismo no se agota en la desvalorización, puesto que este mismo proceso de desvalorización es activo y, por ende, se consolida con un nuevo posicionamiento de valores, una transvaloración de valores. Pero este nuevo posicionamiento no radica en una simple sustitución de unos valores por otros, sino en el reconocimiento de la esencia del valor como poder. La desvalorización de todos los valores es un momento histórico intermedio entre la decadencia y el nuevo posicionamiento de valores, en definitiva, como una época del nihilismo que afecta al hombre actual y desde donde actúa:

 

Ahora el nihilismo ya no es un proceso histórico que, como espectadores, tenemos simplemente frente a nosotros, fuera de nosotros o incluso detrás de nosotros; el nihilismo se revela como la historia de nuestra propia época, una historia que le marca su espacio de acción y por la que somos requeridos. No estamos en esta historia como en un espacio indiferente en el que se podrían adoptar a discreción posiciones y puntos de vista. Esta historia es el modo en el que estamos y nos movemos, el modo mismo en que somos.[6]

 

Así, el nihilismo es un destino del ser, una momento de la historia que afecta a la civilización occidental, y que es la lógica interna de la historia hasta la cúspide en la frase «Dios ha muerto». El nihilismo como historia significa que es la historia de Occidente en tanto que metafísica, pues la metafísica delimita a la historia. Sin embargo, la metafísica occidental es una metafísica de la voluntad de poder, en la cual la totalidad de lo ente se interpreta  ̶ en la mirada de Nietzsche ̶  como voluntad de poder. La voluntad de poder es la forma que tiene el nihilismo activo, ya que el nihilismo activo es una voluntad de dominio por medio del posicionamiento del valor. Vale la pena decir que hay una distinción entre nihilismo pasivo y nihilismo activo. El nihilismo pasivo niega la verdad, es una forma de pesimismo que vive en la continua desilusión de los valores ideales que no se realizan en el mundo. En cambio, el nihilismo activo no sólo niega los valores ideales, sino que se dirige a la esencia de la verdad como voluntad de poder y de dominio; así, el nihilismo activo es el nihilismo clásico o consumado, que persigue una nueva posición de los valores.

 

El nihilismo y la muerte de Dios, en tanto que lógica interna de la historia y la metafísica occidental, guían a la tesis del perspectivismo nietzscheano. En el perspectivismo la totalidad de lo ente se mide en cuanto valor, y este medir el mundo en cuanto valor es un punto de vista determinado de la voluntad de poder. Así, a cada ente individual le corresponde un punto de vista desde una voluntad de poder que valora; un punto de vista que conforma una perspectiva propia de cada ente individual. De este modo, el nihilismo consumado de Nietzsche, en tanto que fundamentado en una voluntad de poder que posiciona nuevos valores, es perspectivista, es decir, crea su propia escala de valores. Sin embargo: ¿el nihilismo consumado y la tesis del perspectivismo superan el nihilismo? ¿La posición de la voluntad de poder como principio de desvalorización y transvaloración, parte fundamental de la metafísica de Nietzsche, es un principio superador del nihilismo del “olvido del ser? Heidegger arguye que la metafísica de la voluntad de poder de Nietzsche y, por ende, su tesis del nihilismo consumado y del perspectivismo, pertenecen a la historia del olvido del ser, puesto que piensa la totalidad de lo ente como voluntad y no desde el horizonte mismo del ser.

 

El pensar poético como salvación del abismo

 

En 1946, por los mismos años de los escritos y cursos sobre Nietzsche, Heidegger escribe un texto para conmemorar al poeta Rainer Maria Rilke, titulado “¿Y para qué poetas?”. En este texto, Heidegger dice que los poetas son los mortales en tiempos de penuria, quienes tocan el abismo en la consumación de la metafísica moderna. De este modo, la poesía de Rilke pertenece a la historia de la metafísica puesto que se centra en el riesgo de todo lo ente, de la naturaleza como riesgo, y en última instancia, de la totalidad de lo ente como voluntad de poder. En la poesía de Rilke el hombre es el querer que camina con el riesgo de todo lo ente, por lo tanto, dentro del abismo de la metafísica de la voluntad en tanto que olvido del ser. Rilke ve a la naturaleza como voluntad y fundamento de todo lo ente:

 

Aquí, debemos pensar la naturaleza en el sentido amplio y esencial en el que Leibniz usa la palabra Natura, escribiéndola con mayúscula. Significa el ser de lo ente. El ser se presenta en cuanto vis primitiva activa. Ésta es la capacidad inicial y captadora, que todo lo reagrupa junto a sí y que, de este modo, abandona a cada ente a sí mismo. El ser de lo ente es la voluntad. La voluntad es esa reunión que se concentra en sí misma de cada ens consigo mismo. Todo ente, en cuanto ente, está en la voluntad. Es en cuanto algo querido. Con esto se quiere decir que lo ente no es sólo y en primer lugar en cuanto algo querido, sino que él mismo, en la medida en que es, es al modo de la voluntad. Sólo en cuanto algo querido es a su vez lo que quiere, siempre a su modo, en la voluntad.[7]

 

La naturaleza es voluntad, y en este sentido, Rilke mira al abismo mismo de la metafísica: la totalidad de lo ente como voluntad de poder. Así, Nietzsche y Rilke miran la voluntad y el riesgo de lo ente como un querer que se abandona a sí mismo, ya sea como perspectivismo o como conatus del mismo ente. Sin embargo, en la mirada de Rilke se vislumbra un pensar salvador, que a pesar de no salir de la esencia de la metafísica y de la técnica como autoimposición, sí muestra el camino de la esencia de los mortales y las huellas de lo divino. La esencia de los mortales es, precisamente, la finitud y la muerte; finitud y muerte que están en conflicto con la autoimposición de la técnica o voluntad de poder. Y la huella de lo divino es la pertenencia al ser, en un tipo de lenguaje originario que ya no es el de la técnica, el cálculo o la medida. Así, desde la voluntad de poder misma, en el riesgo de los entes, Rilke es el más arriesgado de los mortales pues, en su decir, expresa la esencia del ser, del amor y la finitud, desconocidas para el hombre en la era de la técnica. Rilke es un poeta en tiempos de penuria pues persigue la huella de lo divino y la esencia de los mortales en el mundo de la autoimposicion de la técnica, en el ámbito de la metafísica de la voluntad de poder:

 

Los tiempos no son sólo de penuria por el hecho de que haya muerto Dios, sino porque los mortales ni siquiera conocen bien su propia mortalidad ni están capacitados para ello. Los mortales todavía no son dueños de su esencia. La muerte se refugia en lo enigmático. El misterio del sufrimiento permanece velado. No se ha aprendido el amor. Pero los mortales son. Son, en la medida en que hay lenguaje. Todavía se demora un canto sobre su tierra de penuria.[8]

 

Los poetas forman parte de la historia y destino del ser. En la metafísica de Occidente, el destino del ser se realiza en la forma del olvido del ser, pues el ser se oculta. Así, la relación entre el ser y el hombre es el de ocultamiento y desocultamiento. En la metafísica occidental el ser de lo ente se expresa como voluntad de poder, en última instancia, como dominio de la naturaleza en el modo de autoimposición de la técnica. La historia y metafísica occidentales se enmarcan en el nihilismo en tanto que olvido del ser. El nihilismo y la muerte de Dios, en la lectura de Heidegger, se deben interpretar como destino del ser, en tanto que olvido y ocultamiento del ser. De este modo, Nietzsche y Rilke ponen como principio de la vida y de lo ente a la voluntad de poder, pero en esta metafísica de la voluntad de poder apenas si vislumbran las huellas de lo divino y la esencia de los mortales. En el pensar poético de Heidegger, los poetas muestran el acceso al ser a través del lenguaje, en el canto poético acerca de lo divino y los mortales, de la tierra y el cielo. La poesía de Rilke, pero sobre todo la poesía de Hölderlin, muestra el abismo del nihilismo y la tesis «Dios ha muerto»; sin embargo, en este mirar de frente al peligro [Nihilismo y Dios ha muerto], hallan la salvación en la apertura al ser.

 

Bibliografía

  1. Heidegger, Martin “El nihilismo europeo” en: Tomo II, Destino, Barcelona, 2000.
  2. _______________, “La frase de Nietzsche «Dios ha muerto», en: Caminos de bosque, Alianza, Madrid, 2010.
  3. _______________, “¿Y para qué poetas?” en: Caminos de bosque, Alianza, Madrid, 2010.

 

Notas

[1] Heidegger, M., “La frase de Nietzsche: «Dios ha muerto»”, en: Caminos de bosque, Alianza, Madrid, 2010, p. 159.
[2] Heidegger, M., “La frase de Nietzsche: «Dios ha muerto»”, en: Caminos de bosque, Alianza, Madrid, 2010, p. 167.
[3] Heidegger, M., “La frase de Nietzsche: «Dios ha muerto»”, en: Caminos de bosque, Alianza, Madrid, 2010, p.168
[4] Heidegger, M., “La frase de Nietzsche: «Dios ha muerto»”, en: Caminos de bosque, Alianza, Madrid, 2010, p. 186
[5] Heidegger, M., “El nihilismo europeo”, en: Nietzsche. Tomo II, Destino, Barcelona, 2000, p. 72.
[6] Heidegger, M., “El nihilismo europeo”, en: Nietzsche. Tomo II, Destino, Barcelona, 2000, p. 75-76.
[7] Heidegger, M., “¿Y para qué poetas?” en: Caminos de bosque, Alianza, Madrid, 2010, p. 206.
[8] Heidegger, M., “¿Y para qué poetas?” en: Caminos de bosque, Alianza, Madrid, 2010, p. 203.

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