Individuación, antropotécnica y educación. Reflexiones desde Simondon y Sloterdijk

PETER SLOTERDIJK

Resumen

Los crecientes discursos que ven en la técnica una herramienta o una amenaza para la educación dejan entrever la distancia que se establece entre la una y la otra. En ese sentido, problematizamos dicha distancia y proponemos recuperar el pensamiento de Simondon y Sloterdijk para plantear ciertas miradas que nos permitan pensar que: en la técnica y en los objetos técnicos se encuentra una realidad humana; asimismo, que el individuo es el recorte de un proceso mucho más amplio denominado individuación; y, por último, que individuación y antropotécnica son dos conceptos que nos permitirían pensar a la educación como un conjunto de técnicas que el humano efectúa sobre sí mismo en el marco de su propio proceso de individuación e inmunización.

Palabras clave: individuación, antropotécnica, educación, técnica, Simondon, Sloterdijk.

 

Abstract

The growing discourses that see technique as a tool or a threat to education reveal the distance that is established between the one and the other. In this sense, we problematize this distance and propose to recover the thought of Simondon and Sloterdijk to propose certain views that allow us to think that: in technique and in technical objects we find a human reality; also, that the individual is the cutout of a much broader process called individuation; and, finally, that individuation and anthropotechnics are two concepts that would allow us to think of education as a set of techniques that humans carry out on themselves within the framework of their own individuation and immunization process.

Keywords: individuation, anthropotechnics, education, technique, Simondon, Sloterdijk

 

Actualmente, los discursos sobre la educación y su relación con la técnica y los objetos técnicos, giran en torno a todo un conjunto de actitudes contradictorias que el filósofo Gilbert Simondon llamará tecnofílicas y tecnofóbicas.[1] Esto es, discursos que enarbolan a los objetos técnicos y ven en ellos la salida perfecta para un progreso educativo o, por el contrario, están aquellas miradas que piensan la técnica y los objetos técnicos como una forma de desaparición de lo educativo, los cuales pondrían en entredicho el vínculo pedagógico. Estas dos miradas, caracterizadas como patologías por Simondon, tienen en común el hecho de establecer una relación del hombre con los objetos técnicos en términos de utilidad, donde lo técnico se sitúa en un espacio diferente y ajeno a lo humano y lo educativo o, en todo caso, en forma de accesorio, herramienta, instrumento o amenaza.

 

En este sentido, el filósofo francés Gilbert Simondon afirma que estos prejuicios se fundan sobre la concepción de un “humanismo fácil” en la que el hombre y los objetos técnicos aparecen de forma separada, donde el primero se relaciona con los segundos ya sea partir de su uso o a través del rechazo al concebirlos como un peligro que atentan contra alguna esencia que le sería propia.[2]

 

Ante esta mirada, a partir del pensamiento de Simondon pensamos que los objetos técnicos no son ajenos al proceso permanente de individuación del humano y, por tanto, tampoco a la educación. Asimismo, a través del concepto de antropotécnica del filósofo alemán Peter Sloterdijk, planteamos que la educación no es simplemente una práctica cultural de transmisión de un contenido, sino que refiere a técnicas, ejercicios y prácticas que constituyen de forma permanente a un individuo siempre en devenir.

 

De esta manera, el objetivo del presente artículo es recuperar el pensamiento de Simondon y Sloterdijk para analizar cómo la individuación y la antropotécnica son dos conceptos que nos permitirían pensar a la educación como un conjunto de técnicas que el humano efectúa sobre sí mismo, como parte de su proceso de individuación y de inmunización. Para ello, el escrito está estructurado en tres apartados. En primer lugar, retomamos el pensamiento de Simondon para profundizar en la idea de que la división entre lo técnico y lo humano no existe, pues en la técnica y en los objetos técnicos se encuentra una realidad humana. En un segundo momento, damos cuenta de que no solo no hay división entre lo técnico y lo humano, sino que ambas se inscriben en un proceso de concretización e individuación permanente. Por último, con la noción de antropotécnica de Sloterdijk, analizamos cómo el proceso de individuación de lo humano es técnico, como parte de todo un conjunto de prácticas ejercitantes de repetición dirigidas al desarrollo y optimización de nuestra capacidad inmunitaria.

 

Técnica y humanismo

 

En su segunda tesis titulada El modo de existencia de los objetos técnicos, Gilbert Simondon buscó resituar al individuo a partir de su pensamiento sobre los objetos técnicos al hacer una crítica a la contraposición existente entre la cultura y la técnica. En ese sentido, a lo largo de su extensa introducción, Simondon explicará cómo la cultura se ha constituido en un sistema de defensa del hombre en contra de los objetos técnicos, a los cuales piensa más allá de toda realidad humana. El hombre, nos dirá Simondon, se comporta con el objeto técnico como el xenófobo con el extranjero, al que desprecia y le niega todo estatuto de humanidad. De esta forma, Simondon nos dirá que, detrás de los discursos que plantean una alienación o pérdida de lo humano por las máquinas, lo que se esconde es la ignorancia y el desconocimiento de su realidad social.[3] Como afirmara el filósofo alemán Peter Sloterdijk, es como si el hombre, al ser comparado con la máquina, viera humillado su narcisismo humano, y tratara de defender “[…] su dignidad supercompleja, indeterminada, y, en esa medida, enigmática”.[4]

 

Ante esto, Simondon afirma que “[…] la cultura ignora en la realidad técnica una realidad humana [y] la cultura debe incorporar a los seres técnicos bajo la forma de conocimiento y de sentido de los valores”.[5] De esta manera, critica toda mirada antropocéntrica de cualquier tipo de humanismo e invita a una transvaloración con respecto al modo en el que nos relacionamos y comprendemos a los objetos técnicos. Al respecto, Pablo Rodríguez refiere que Simondon le declara la guerra a ese “[…] clima intelectual que ha creado un prejuicio inútil respecto de la técnica que nos impide ver su lugar en la existencia humana. La cultura ha generado resentimiento hacia la técnica gracias a un ‘humanismo fácil’ que desconoce la realidad humana en los objetos y sistemas técnicos”.[6]

 

En este sentido, nos dirá Simondon, se distinguen dos modos fundamentales de relación del hombre con el hecho técnico.[7] Por un lado, el hombre se relaciona con el objeto técnico a partir de la utilidad y la costumbre, donde las máquinas serían simplemente ensamblaje de materia desprovisto de toda significación social. A este primer modo fundamental de relación del hombre con el hecho técnico, Simondon lo caracterizará como minoría de edad. Asimismo, al modo de relación de minoría de edad le corresponden dos actitudes contradictorias que caracterizan en gran medida a nuestra época: una actitud tecnofílica ingenua que ve en los objetos técnicos máquinas de liberación y una actitud tecnofóbica, que observa en las máquinas robots animados con intenciones hostiles que representan un peligro permanente para su propia soberanía. Lo que caracteriza a la relación de minoría de edad con los objetos técnicos es su concepción reducida de éstos como meros instrumentos de uso. De hecho, lo que estas dos actitudes de minoría de edad comparten es una cierta mirada negativa acerca del supuesto automatismo que representa el vínculo entre hombre y máquina. Por un lado, hay quienes presentan una actitud tecnofílica, pues piensan que el grado de perfeccionamiento de una máquina es proporcional a su grado de automatismo, lo cual representaría una oportunidad de afianzar cierto tipo de prácticas de organización industrial, que antes de ser un problema de carácter técnico, están determinadas por su carácter económico, político o social. De la misma forma, hay quienes poseen una actitud tecnofóbica debido a que, según este prejuicio, un mayor grado de automatización de los objetos técnicos, representaría una amenaza de desaparición o sumisión de lo humano frente al poder de la máquina. En ese sentido, nos dirá Simondon, estos prejuicios son concepciones muy limitadas de lo que representa el automatismo en relación con el grado de perfeccionamiento de un objeto técnico. En el caso de las prácticas educativas, no hay pérdida, ni perfeccionamiento de lo educativo por la supuesta automatización de las prácticas de enseñanza y aprendizaje, mediadas por las máquinas. De hecho, nos dirá Simondon, la automatización es un grado bastante bajo de perfeccionamiento de un objeto técnico. Para convertir una máquina en automatizada se requiere sacrificar muchos usos y grados de perfeccionamiento posibles. El verdadero perfeccionamiento de una máquina no es el aumento de su automatización, sino la posibilidad de mantener un cierto grado abierto de indeterminación, donde el hombre mismo se coloca como organizador e intérprete viviente de las máquinas.[8] El humano no es dueño, ni esclavo de sus propias máquinas. De acuerdo con Simondon, en el segundo modo fundamental de relación con el hecho técnico, caracterizado como de mayoría de edad, el hombre se convierte en un inventor y organizador permanente de las máquinas con las que comparte una realidad social, producto de una toma de conciencia y una operación reflexiva con respecto a los objetos técnicos.

 

Para establecer una toma de conciencia de la realidad humana contenida en los objetos técnicos se necesita reconocer al objeto técnico a través de su propia génesis, como proceso de concretización, desadaptación y adaptación funcional de sí mismo y con el medio asociado que comparte con el hombre. El hombre no se encuentra a distancia de sus máquinas, las máquinas contienen al hombre como parte de su génesis. Lo que habita en los objetos técnicos es humanidad cristalizada en estructuras que funcionan, como parte de un proceso de individuación, de devenir constante, del propio hombre en relación con un medio asociado.

 

Así, los objetos técnicos, lejos de ser vistos de forma peyorativa en términos de utilidad, tenerles miedo o idolatrarlos, deben ser vistos como mediadores entre la naturaleza y el hombre, para establecer con ellos una relación social que permita, no solo reconocer una realidad humana en los objetos técnicos, sino también dar cuenta del carácter técnico del proceso de individuación del humano. Hombre y máquina no están en lugares opuestos, a la vez que, cultura y técnica no se contraponen. Por el contrario, se constituyen como parte de un proceso de individuación más amplio. Nuestras concepciones sobre lo humano, donde hombre y objetos técnicos, son pensados de forma separada o antagónica, ya no alcanzan para vivir nuestro tiempo altamente tecnológico. Como afirma Pablo Rodríguez, recuperando el pensamiento de Sloterdijk, “Vivimos técnicamente y pensamos pretécnicamente”.[9] O como escribiera el propio Peter Sloterdijk en su polémico texto La humillación por las máquinas:

 

El personalismo judío, el platonismo cristiano y el humanismo estoico han sido arrinconados en posiciones reaccionarias por la aparición de la cultura intelectual cibernética y sistémica. Una posición se dice reaccionaria cuando desde ella es posible protestar pero no seguir pensando. El humanismo clásico, que vino al mundo como cuidado personalista del animismo humillado, está hoy prácticamente agotado; […] La mediación superior sólo puede ya ser realizada desde la modernidad maquinista: ésta tiene que proclamarse como la fuerza humana mayor. Hay que convertirse en cibernético para poder seguir siendo humanista.[10]

 

En suma, concebir a la técnica como algo ajeno con respecto a lo humano refiere a un tipo de ignorancia que supone que lo humano se encuentra no solo en un lugar diferente, sino superior. El pensamiento de Simondon pretende resituar al individuo, lo que conllevaría a la configuración de nuevas relaciones sociales con los objetos técnicos y la técnica a partir de una concepción diferente de estos últimos, en las que se los piense de manera horizontal, sin que eso signifique que la técnica y lo humano sean lo mismo. Es decir, hombre y técnica, cada uno con sus diferencias, se sitúan en un mismo nivel de coexistencia. La relación que se establece entre ellos se da siempre en el marco de un movimiento constante denominado proceso de concretización en los objetos técnicos y, proceso de individuación en lo viviente, que en nuestro texto refiere a lo humano, pero que no se limita a ello.[11] A continuación, nos gustaría ahondar en lo que se comprende por proceso de individuación en el pensamiento simondoniano para, posteriormente, relacionarlo con la noción de antropotécnica del filósofo Peter Sloterdijk.

 

El proceso de individuación en Simondon

 

En su primera tesis La individuación a la luz de las nociones de forma e información, Simondon pone en cuestión dos miradas que han intentado esclarecer una posible ontogénesis del individuo: el sustancialismo y el hilemorfismo. Si bien, afirma que ambas miradas se oponen debido a que el sustancialismo funda al individuo sobre sí mismo y la vía hilemórfica lo hace a partir del encuentro entre forma y materia, tienen algo en común: “[…] suponen que existe un principio de individuación anterior a la individuación misma, susceptible de explicarla, de producirla, de conducirla”.[12] Es decir, ambas miradas parten del individuo constituido para posteriormente intentar explicar el proceso de individuación que hizo posible su constitución. Sin embargo, parece ser que, tanto el sustancialismo como el hilemorfismo, pasan con demasiada rapidez tal proceso de individuación y más que pensar al individuo individuándose, lo piensan en tanto individuo formado, acabado, en donde la individuación no es pensada como proceso, sino como un principio desde el cual se constituye el individuo que es la realidad última. Así, el individuo, en la obra simondoniana, es comprendido como una realidad relativa, una fase del ser, puesto que su proceso de individuación continúa y puede seguir deviniendo permanentemente, pues el individuo no está agotado en sí mismo. El ser es devenir y el individuo es solo una muestra, una captura de ello.

 

Ante esto, Simondon afirma que en estas dos posturas hay “[…] una zona oscura que recubre la operación de individuación”.[13] Y es a esta zona oscura a la que se dedicará el filósofo francés, para pensar, más que al individuo terminado, al proceso de individuación, pues “[…] allí donde vemos relaciones entre esencias, debemos comprendernos como seres en una permanente conversión hacia el plano individual”,[14] esto es, en devenir constante. De lo que se trata es de “[…] conocer al individuo a través de la individuación antes que la individuación a partir del individuo”.[15]

 

Ahora, ¿qué comprende Simondon por proceso de individuación? En principio, nos dirá el filósofo francés, los procesos de individuación no se limitan a lo humano, es decir, abarcan también a los objetos técnicos, a los cuerpos físicos y a los demás seres vivientes. En ese sentido, se pueden distinguir tres gradaciones de la individuación: los procesos de individuación en el mundo físico, en el mundo vivo o biológico y en el mundo de lo psíquico-colectivo.[16]

 

Los procesos de individuación buscan resolver un problema existencial de manera parcial, un problema consigo mismo y en relación con el medio. Para ello, Simondon afirma que existe una carga potencial, una energía, que permitiría dar una resolución a dicho problema existencial, sin embargo, nunca se llegaría a una solución definitiva, a menos que la materia ya esté muerta.[17] Así, Simondon, más que hacer énfasis en el individuo constituido y estático, le interesa poner en evidencia la relación que éste tiene con su medio y que le permite estar en procesos de individuación constantes debido a la tensión existente entre ambos (individuo y medio) y consigo mismo. Lo que importa es la constitución de una teoría que capte el proceso de individuación, como descripción del devenir del ser, antes que el individuo mismo. En suma, dicho proceso de individuación no sólo producirá al individuo como una fase del ser, también producirá su medio asociado a partir de la resolución de las tensiones mediante las cuales se transforman mutuamente, se modifican, devienen. De esta forma, el ser no solo es devenir, también es relación. O, mejor dicho, es devenir en relación consigo mismo, con el medio y los objetos técnicos. Ante esto, Simondon afirma: “[…] la individuación como operación no está ligada a la identidad de una materia, sino a una modificación de estado”.[18] En ese sentido, la pareja individuo-medio hace parte de un sistema en el que se:

 

[…] define la posibilidad de acciones mutuas en relación con los demás objetos que constituyen el sistema, lo que hace que la pertenencia a un sistema se defina por una reciprocidad virtual de acciones entre los términos del sistema. Pero la realidad de la energía potencial no es la de un objeto o una sustancia consistente en sí misma y “que no tiene necesidad de ninguna otra cosa para existir”; ella tiene necesidad, en efecto, de un sistema, es decir, al menos de otro término.[19]

 

De lo que se trataría en este proceso de individuación sería de agotar la energía potencial que reside en el ser para pasar a una fase de cierto equilibrio, cierta estabilidad cristalizada en el individuo debido a la resolución de una tensión. Especialmente en el mundo de lo viviente, el ser no está cerrado en sí mismo, sino que su individuación es siempre abierta y en relación con un medio asociado. Es decir, a diferencia de los cristales o las moléculas, lo viviente posee una resonancia interna que entra en comunicación con su mundo circundante, lo que provoca tensiones de manera recurrente, en un proceso de individuación en devenir constante. Lo viviente, escribirá Simondon, no es solamente resultado de individuación, sino también teatro de individuación.[20]

 

En ese sentido, Simondon escribirá que este equilibrio que se da en el individuo como fase de su proceso de individuación no es estable, ni inestable, sino metaestable. Esto es, que el agotamiento de la energía potencial no es completo y el individuo mantiene un residuo, una reserva de energía que le permitirá seguir deviniendo. En el caso de la individuación de lo viviente, existe una fase psíquico-colectiva que deviene luego del proceso de individuación vital, en el que el “[…] ser, para resolver su propia problemática, está obligado a intervenir él mismo como elemento del problema a través de su acción, como sujeto”.[21] De acuerdo con lo anterior, sobre la base de esta dimensión psíquico-colectiva del proceso de individuación, la técnica y los objetos técnicos ya no son pensados, en un sentido agregativo o de utilidad, como habilidad realizada por un individuo ya constituido. Desde esta perspectiva, lo viviente es presentado por Simondon como ser problemático, al mismo tiempo agente y teatro de individuación, que va produciendo por él mismo y en colectivo operaciones de resolución de problemas existenciales que siempre están en devenir. Para Simondon el individuo viviente no es ni sustancia, ni simple parte de lo colectivo. Lo colectivo forma parte de un proceso de individuación que contiene ya todos los elementos potenciales de resolución de las problemáticas individuales.

 

En ese sentido, desde la crítica al esquema hilemórfico y sustancialista, podemos sugerir que la educación no es simplemente una práctica de dar forma a un cuerpo viviente, según esquemas que podrían ser establecidos de manera previa al propio proceso de individuación. Tal como ocurre, por ejemplo, con los objetivos de aprendizaje. Como muestra Simondon en su ejemplo de la arcilla y la formación del ladrillo, el ladrillo no se obtiene simplemente entre el encuentro de una materia y una forma abstractas.[22] Ambas, tanto la arcilla como el molde de ladrillo son ya individuaciones que contienen energías potenciales concretas que permiten la individuación del ladrillo, pues ni la arcilla es cualquier materia, ni el molde es cualquier tipo de molde. En la formación del ladrillo, la operación técnica no sólo funge como acto de convergencia entre una forma y una materia pasivas, sino como acto de mediación “[…] entre dos semicadenas de transformaciones que se encuentran en un cierto punto, cuando los dos objetos elaborados poseen caracteres compatibles, están a la misma escala”.[23] En un sentido analógico, la educación podría ser comprendida como un proceso de individuación psíquico-colectiva en la que los sujetos se encuentran ellos mismos implicados en la operación técnica de resolución de sus problemas existenciales. Como la arcilla, el humano no es sustancia pasiva al que se le educa según esquemas preestablecidos, como los objetivos de aprendizaje. Su individuación biológica, psíquica y colectiva, es fuente rica en energías positivas que permiten al humano un proceso de individuación nunca acabado. Como afirma Simondon: “El individuo viviente es sistema de individuación, sistema individuante y sistema individuándose”.[24]

 

En síntesis, desde Simondon se piensa al ser no como individuo agotado en sí mismo, sino como ser inacabado en constantes procesos de individuación. Dicho proceso remite a la resolución de un problema existencial que conlleva necesariamente la trasformación del ser mismo y de su medio. Ahora bien, una vez presentadas algunas ideas sobre el proceso de individuación del hombre, como condición siempre abierta y metaestable, nos gustaría incorporar la noción de antropotécnica de Peter Sloterdijk, para ampliar en algunas reflexiones que nos permitan comprender de mejor forma el papel ya no solo del objeto técnico, sino de la técnica, en este caso como práctica repetitiva y ejercitante, en la formación de lo humano.

 

Antropotécnica e individuación: reflexiones para pensar lo educativo

 

En su libro Has de cambiar tu vida, Sloterdijk nos hablará del concepto de antropotécnica en el marco de un estudio de carácter genealógico acerca de todo un conjunto de prácticas y ejercicios técnicos, a partir de los cuales los animales humanos devienen hombres. Tanto en Has de cambiar tu vida como en Normas para el parque humano, Sloterdijk da cuenta del concepto de antropotécnica, a partir de la tesis del hombre como un ser en déficit. Es decir, para el filósofo alemán, el hombre es un animal que se encuentra desprovisto de facultades biológicas y anatómicas que le permitan sobrevivir a un medio que le resulta en todos sentidos amenazante. Tal como relata Stiegler en su lectura sobre el mito de Prometeo y Epimeteo, en el cual, el animal humano es un ser que parte de su propia carencia y que hace uso de sus facultades técnicas para ajustarse con su mundo circundante, creando para sí mismo una segunda naturaleza a partir de su propia inventiva.[25] En ese sentido, escribirá Sloterdijk, el hombre se ve obligado a convertirse en un ser técnico, pues requiere tanto del despliegue de ejercicios repetitivos, como de la creación de prótesis y ambientes artificiales, que le permitan producir individual y colectivamente sus propios sistemas inmunitarios, como una forma de compensación de sus carencias orgánicas.[26]

 

Para Sloterdijk, la técnica y los objetos técnicos no están a distancia de lo humano, ni son pensados en un sentido contrario o agregativo al hombre. En ese sentido, el concepto de antropotécnica nos permite pensar la técnica no sólo como una práctica dirigida a la formación de producto. La técnica no es lo mismo que trabajo. Para Sloterdijk, la técnica es una práctica que, si bien está dirigida a la resolución de problemas existenciales concretos que el individuo tiene con su mundo circundante, el despliegue de estas habilidades y capacidades, poseen un efecto retroactivo en el hombre mismo, lo cual le posibilite su subsistencia como especie. De esta manera, dentro del concepto de antropotécnica, la técnica y los objetos técnicos no son meras actividades y herramientas de las que pueda disponer libremente el hombre. El hombre no utiliza la técnica, sino que es en sí mismo un animal técnico, en tanto homo inmunologicus.[27] Esto es, el hombre es un animal técnico que requiere de la optimización permanente de su capacidad inmunitaria para sobrevivir.

 

De acuerdo con Sloterdijk, es a este conjunto de técnicas al que nos referimos cuando utilizamos el ambiguo término cultura y al que corresponden todo un amplio espectro de prácticas entre las que incluyen hábitos, creencias, entrenamientos y la educación misma.

 

Por lo tanto, afirmará Sloterdijk, quien se aproxime a “los jardines de lo humano” sin mencionar los ejercicios técnicos productores de sus sistemas inmunitarios, ha errado desde el principio. Para Sloterdijk, el hombre es homo artista y la dimensión biológica de su inmunidad depende de la ejecución técnica de prácticas así llamadas culturales, como la educación, las cuales permiten al hombre darse a sí mismo una segunda naturaleza.[28] “Quien busque hombres encontrará acróbatas”,[29] afirmará el filósofo alemán.

 

Tal como mencionamos anteriormente, la cultura no está distanciada de la técnica, pues tanto para Simondon como para Sloterdijk, la técnica y los objetos técnicos tienen una relación estrecha con la individuación de lo humano en sus dimensiones biológicas, psíquicas y colectivas. De esta forma, afirmará Sloterdijk, si hay posibilidad de mostrar la hipótesis antropotécnica según la cual la vida del hombre se encuentra estrechamente vinculada a la obligación de operar sobre sí mismo una fuerte vida ejercitante, a pesar de las propias carencias, será a través de la experiencia que todos los días nos muestran los lisiados.[30] Para Sloterdijk, hay posibilidad de mirar en la experiencia del lisiado, nuestra propia condición humana como seres en carencia, de la misma forma que el lisiado es la muestra palpable de la ética acrobática, que nos constituye como humanos.

 

En ese sentido, para mostrar la relación que existe entre el planteamiento antropotécnico del hombre como ser en déficit y la técnica como vida ejercitante optimizadora de nuestra capacidad imnunitaria, Sloterdijk recupera el ejemplo de Carl Hermann Unthan, un lisiado que, a principios del siglo XX, escribió un libro titulado Das Pedískript, en el cual relata su experiencia como virtuoso del violín a pesar de no tener brazos. En ese sentido, escribirá Sloterdijk: “No cabe duda de que Unthan, sin quererlo, merece tener un sitio en el Panteón de los virtuosos de la existencia. Se cuenta entre aquellos que han sabido hace mucho de sí mismos, aunque a la vista de las condiciones de partida todo indicaba que él no podría hacer de sí mismo absolutamente nada o muy poco”.[31]

 

A los seis años, Unthan, que de hecho había nacido sin brazos, inventó un método que le permitiera tocar el violín con la condición de que dicho objeto técnico se encontrara fijado a un cajón asentado en el suelo. Desde ese momento, relatará Sloterdijk, Carl Hermann Unthan se volcó, con una mezcla de ingenuidad, fuerza de voluntad y mucha repetición, al perfeccionamiento de su propio método, hasta lograr transformarse él mismo en un virtuoso del violín. Para el filósofo alemán, el libro Das Pedískript de Untham (que también escribió con los pies) puede ser leído como la experiencia acerca de un virtuosismo que es pensado en su conjunto como una ética acrobática, basada en una fuerte vida ejercitante y en el desarrollo de un conjunto de capacidades potenciadoras de vida en relación estrecha con sus técnicas y sus objetos técnicos. Para Sloterdijk, la experiencia de Unthan muestra que el lisiado no es el discapacitado o la persona con capacidades especiales o capacidades diferentes, como el lenguaje políticamente correcto sugiere llamarles hoy en día. La experiencia de Unthan, nos muestra que el lisiado hace del reconocimiento de su propia carencia, no el motivo para la autocompasión, sino una auténtica escuela de la voluntad dirigida a compensar mediante ejercicios de carácter técnico su condición biológica de ser en déficit. De acuerdo con Sloterdijk el lisiado es un obstinado que nos muestra nuestra propia condición humana y el lugar que ocupa la técnica en relación nuestros procesos de compensación de dicha falta. La experiencia de Untham muestran que la técnica y la vida no están en contraposición. Para el filósofo alemán, la vida del lisiado es un arte del vivir, de la misma forma que la técnica, como vida ejercitante, es la única posibilidad que tiene el sujeto carente para vivir como cualquier otro. Tanto para Sloterdijk como para Simondon, la experiencia del lisiado es el vivo ejemplo de cómo la técnica y los objetos técnicos no están en oposición al hombre. El objeto técnico, en este caso el violín, se convierte para el lisiado no en una simple herramienta de uso, sino en un órgano externo que pertenece a él mismo y a sus procesos de individuación. Para Unthan el violín, como objeto técnico, y la técnica que él mismo inventó para poder tocarlo, son elementos que poseen un efecto retroactivo sobre el cuerpo del lisiado y que potencian su propia condición de vida. En ese sentido afirmará Sloterdijk: “Si se quisiera traducir las intuiciones más generales de Unthan en una dicción de carácter teorético habría que determinar su posición como la de un «existencialismo de lisiado» con tintes vitalistas”.[32]

 

A partir de lo anterior, en su libro Normas para el parque humano, Sloterdijk lanzará una serie de preguntas que nos convocan a replantear nuestras concepciones sobre el proceso de individuación de lo humano, así como nuestras desgastadas fórmulas humanistas sobre la educación y la técnica:

 

[…] ¿qué amansará al ser humano, si fracasa el humanismo como escuela de domesticación del hombre? ¿Qué amansará al ser humano, si hasta ahora sus esfuerzos para autodomesticarse a lo único que en realidad y sobre todo le han llevado es a la conquista del poder sobre todo lo existente? ¿Qué amansará al ser humano, si, después de todos los experimentos que se han hecho con la educación del género humano, sigue siendo incierto a quién o a qué educa para qué el educador? ¿O es que la pregunta por el cuidado y el modelado del hombre ya no se puede plantear de manera competente en el marco de unas simples teorías de la domesticación y de la educación?[33]

 

El humanismo, afirmará Sloterdijk, ha tomado a la educación como actividad propia de formación de lo humano, pero esta fórmula ha fracasado, pues toma como punto de partida al hombre como un ser acabado, al que después puede aplicarle todo un conjunto de prácticas de amansamiento como la lectura y la teoría.[34] Como dijera Simondon, partimos del individuo para después describir a la individuación.[35]

 

En conclusión, tanto individuación como antropotécnica, son dos categorías que nos permiten capturar el proceso de ontogénesis del hombre y mirar en este proceso su dimensión técnica como ejercicios repetitivos y su relación con los objetos técnicos. De la misma forma, antropotécnica e individuación, nos permiten pensar a la educación no como una práctica cultural de domesticación del humano, aplicada sobre la base de un individuo ya constituido; sino mirar en aquello que llamamos educación todo un conjunto de técnicas que el humano efectúa sobre sí mismo como parte de su proceso de individuación y de inmunización.

 

Bibliografía

  1. Simondon, Gilbert, El modo de existencia de los objetos técnicos, Ed. Prometeo Libros, Buenos Aires, 2007.
  2. _______________, La individuación a la luz de las nociones de forma e información, Cactus, Buenos Aires, 2009.
  3. Sloterdijk, Peter, Has de cambiar tu vida. Sobre antropotécnica, Pre-Textos, Madrid, 2012.
  4. _______________, “La humillación por las máquinas” en Sin salvación. Tras las huellas de Heidegger. Ediciones Akal, S.A, Madrid, 2011.
  5. _______________, Normas para el parque humano, Siruela, Madrid, 2006.
  6. Stiegler, Bernard, La técnica y el tiempo 1. El pecado de Epimeteo. Hiru, Euskal Herria, 2003

 

Notas

[1]Cfr. Simondon, Gilbert, El modo de existencia de los objetos técnicos, p. 10.
[2] Cfr. Ibid., pp. 14-16.
[3] Cfr. Ibid., p. 31.
[4] Sloterdijk, Peter, “La humillación por las máquinas” en Sin salvación. Tras las huellas de Heidegger, p. 231.
[5] Simondon, Gilbert, El modo de existencia, Op. cit., p. 31.
[6] Ibid., p. 15.
[7] Cfr. Ibid., pp. 105-108.
[8] Cfr. Ibid., p. 156.
[9] Rodríguez, Pablo, “Surgimiento y actualidad de la Filosofía de la Técnica” en el Seminario Internacional Filosofía de la técnica, 2021. YouTube: https://www.youtube.com/watch?v=UHsZT-Vpkrc
[10] Sloterdijk, Peter, “La humillación por las máquinas”, Op. cit., p. 239.
[11] Cfr. Simondon, Gilbert, El modo de existencia, Op. cit., p. 12.
[12] Simondon, Gilbert, La individuación a la luz de las nociones de forma e información, p. 23.
[13] Ibid., p. 25.
[14] Simondon, Gilbert. El modo de existencia, Op. cit., p. 11.
[15] Simondon, Gilbert, La individuación, Op. cit., p. 26.
[16] Cfr. Simondon, Gilbert. El modo de existencia, Op. cit., p. 11.
[17] Cfr. Ibid., p. 12
[18] Simondon, Gilbert, La individuación, Op. cit., p. 108.
[19] Ibid., p. 93.
[20] Simondon, Gilbert. El modo de existencia, Op. cit., p. 11.
[21] Simondon, Gilbert, La individuación, Op. cit., p. 32.
[22] Cfr. Simondon, Gilbert. El modo de existencia, Op. cit., p. 259.
[23] Simondon, Gilbert, La individuación, Op. cit., p. 51.
[24] Ibid., p. 31.
[25] Cfr. Stiegler, Bernard, La técnica y el tiempo 1. El pecado de Epimeteo. Hiru, Euskal Herria, 2003, p. 283.
[26] Sloterdijk, Peter. Has de cambiar tu vida. Sobre antropotécnica. Pre-Textos. Madrid. 2012, p. 24.
[27] Cfr. Ibid, p. 25.
[28] Cfr. Idem.
[29] Ibid., p. 29.
[30] Ibid., p. 61.
[31] Ibid., p. 62.
[32] Ibid., p. 65.
[33] Sloterdijk, Peter, Normas para el parque humano, p. 52.
[34] Cfr. Ibid., p. 29.
[35] Cfr, Simondon, Gilbert, La individuación, Op. cit., p. 26.

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